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Donde se demuestra que no existe en la entera Carta una sola frase que diga "la fe sola salva, y sí : "la fe sola justifica", y se ve, "a la luz de la clara razón", que la frase fue una manipulación luterana del Texto. La Fe justifica al hombre respecto a todos sus crímenes pasados, y, convirtiéndolo en hijo de Dios, le ofrece una Vida Nueva : sujeta a la Ley de Cristo, y es desde esta Ley y ante esta Ley que el Cristiano debe responder de sus "palabras, pensamientos y actos" ante Dios. Por esto dijo Santiago "La fe sin obras es fue muerta", entendiendo por "obras" los "pensamientos, palabras y actos" que proceden de la Ley de Cristo. Disfruta de la lectura de "esa sabiduría predestinada a los perfectos".etc

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El Evangelio de Cristo según San Pablo

(Análisis biohistórico de la Epístola a los Romanos

 

 

 
Deseo de Pablo
Saludos de Pablo a los fieles de Roma
Argumento de la Epístola
Libro Primero
La verdadera Circuncisión
La justificación de Abraham
La obra de Adán y la de Jesucristo
Libro Segundo
El cristiano unido a Cristo
La Ley y el Pecado
La potencia maligna del pecado
La Vida del espíritu
Los que caminan según la carne
El cristiano, hijo de Dios
Los sufrimientos presentes comparados con la gloria futura
El Espíritu ora en nosotros
El plan de Dios sobre los elegidos
Sentimientos del Apóstol por los judíos
La justicia de Dios para con los gentiles y los judíos
Libro Tercero
Por qué los judíos no admitieron la fe
Las dos justicias
El Evangelio, predicado a los judíos y desechado por ellos
La reprobación de los judíos no es total

La reprobación de Israel

Libro Cuarto
La vida nueva
Obediencia a los poderes públicos
La perfección de la caridad
El día de la salud está próximo
Los fuertes y los débiles en la fe

EPILOGO

Prólogo al evangelio de San Pablo a los Romanos

 

PRÓLOGO

 

La necesidad de aplicarle a la Epístola a los Romanos de San Pablo el método biohistórico que le aplicara anteriormente a las famosas 95 Tesis de Lutero surge de la relación entre esta Carta y la confesión por antonomasia de la Reforma, su ley madre: “La Fe sola”, al parecer tomada de esta Epístola. Digamos que yo no soy quien para juzgar a nadie, pero en cuanto hijo de Dios sí me considero capacitado para poner sobre la mesa el juicio de Dios sobre quien manipula la Sagrada Escritura, por las razones subjetivas que fueren, sea añadiendo o quitándole parte al Texto o desfigurando mediante la parte el todo.

Si mal no recuerdo creo que es el propio Dios, en boca de su Hijo, quien al final de su Libro, por la mano de San Juan, dio a conocer su juicio contra todo el que se atreviera a quitarle o se atreviese a añadirle palabra al Texto de la Sagrada Escritura, diciendo: .

“Yo atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía de este Libro que, si alguien añade a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas descritas en este Libro; y si alguno quita de las palabras del Libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están escritos en este Libro”.

Personalmente entiendo por “este libro” el Libro de Dios, en su conjunto, de principio a fin, de Génesis a Apocalipsis, de manera que acabándolo el Autor da a conocer su sentencia contra todo el que se atreviera o se atreviese a manipular su Libro, todo él, se entiende, una profecía de principio a fin. Sobre lo cual hay mucho que decir, pero en cuyo tema no nos entretendremos más de la cuenta; de hacerlo lo haría únicamente en la medida que lo exija este Análisis Biohistórico de la Carta a los Romanos, en cuyas páginas el Apóstol de los Gentiles dejó escritas las líneas maestras de su Evangelio, que hombre indoctos pervirtieron contra el consejo de San Pedro, profeta, quien viendo venir lo que habría de pasar con el fruto de la inteligencia de Pablo ya lo anunciara, diciendo:

 “Por esto, carísimos, esperando estas cosas, procurad con diligencia ser hallados en paz, limpios e irreprochables ante El, y considerad la longanimidad de nuestro Señor como salvación, según nuestro amado hermano Pablo os escribió conforme a la sabiduría que a él le fue concedida. Es lo mismo que, hablando de esto, enseña en sus epístolas, en las cuales hay algunos puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos e inconstantes pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia perdición”.

Hablando sobre puntos de difícil inteligencia San Pedro se refería a puntos de difícil interpretación, entendiendo esta dificultad desde el abismo que separa la inteligencia del Creador de la de la Criatura, abismo que “personas indoctas” (incluyendo San Pedro en esta categoría a los sabios según los títulos académicos por los que el mundo reconoce a sus hombres doctos) pervierten; es decir, manipulan para mediante la perversión del sentido divino de la Escritura reclamar para sí la santidad del espíritu del Autor del Libro. Manipuladores que no faltaron entonces ni habrían de faltar hasta nosotros, cosa que se demuestra dando un paseo por la memoria histórica del Género Humano, pero que dejaremos para otro momento pensando en el acceso público que todo el mundo tiene a las memorias de la Humanidad en general y del Cristianismo en especial.

La acción perversora a la que se refiere San Pedro debemos nosotros entenderla como la manipulación que tiene lugar cuando se saca un texto de su contexto, se traslada este texto a un contexto ajeno y se interpreta el texto original desde el contexto extraño al texto original. En realidad todo el mundo puede realizar una operación vírica de este tipo. Es una operación que en la vida diaria es el pan de cada día. Desgraciadamente no debiera ser así, se entiende, pero es lo que hay. Ciertos políticos y ciertos periodistas son maestros en este arte de perversión de un texto, de donde se demuestra que cualquiera es capaz de sacar adelante con éxito una operación de trasplante de contexto.

De todas formas, para no perderme en retóricas y demagogias destinadas a marear la perdiz y ganarme la atención del lector mediante imágenes inconscientes innatas, es bueno poner los puntos sobre las íes. Quiero decir, el éxito de una operación de manipulación de un texto, de una frase o de cualquier mensaje depende de un factor clave, sin cuya presencia todos los intentos, incluso el del más genial de los genios, no pasarían de ser un aborto mal alumbrado. Esta condición es la ignorancia del destinatario de la operación manipuladora. Para engañar, pervertir o manipular a alguien hay que contar con la ignorancia de ese alguien. No se puede engañar ni pervertir ni manipular a alguien que conoce perfectamente el texto del mensaje y la identidad del mensajero. Tomemos el caso de Adán y la Serpiente.

En toda la historia de la Creación no encontraremos un caso de manipulación tan básico. Tal vez por esto, independientemente de que “ese toro ya había acorneado con anterioridad”, las consecuencias de aquélla manipulación han cambiado de un forma tan revolucionaria la estructura de la relación entre Dios y su Creación. Entremos en los intríngulis del caso. Adán estaba a la espera del regreso de Dios. Dios estaba poniendo a Prueba la Obediencia y Fidelidad de Adán. No abrir la Caja de Pandora, en términos clásicos, era la Prueba. La confianza entera puesta en su creación Dios descansó de todas sus obras, Día séptimo de la creación del Universo.

Desde la teología de los reformadores, especialmente la calvinista, Dios le dio la espalda a su hijo para que pasara lo que en su presciencia y omnisciencia había predispuesto, la Caída de Adán. Según la teología de la Reforma, siendo Dios Omnisciente y Presciente las dos partes en el conflicto, Satán y Adán, estaban predestinadas a interpretar en sus carnes el guión de antemano escrito por el Creador de ambos: Adán la Caída y Satán la Traición.

Desde la Teología que Jesucristo puso en marcha Dios es omnisciente y presciente y la posibilidad de la Traición y de la Caída entraban en el contexto del futuro del Edén. Pero si Dios no nos dejara a sus hijos la libertad para decidir por nosotros mismos la puerta de qué futuro queremos abrir, en este caso no habría libertad ni creación a imagen y semejanza de Dios; y la filiación divina del hombre sería una gigantesca farsa.

Las puertas de la Vida y de la Muerte estaban delante de Satán, y de Adán. Sí, por supuesto que la caja de Pandora estaba ahí. Pero entre el tentador y el tentado había una diferencia letal. El primero conocía por experiencia la naturaleza de lo que guardaba la caja; el segundo sólo sabía lo que le había dicho Dios, que el día que la abriera, moriría.

Amando, conociendo y creyendo en Dios, Adán se limitó a elegir, entre la vida y la muerte, la vida. En cuanto a la caja, Adán no conocía la naturaleza de lo que escondía. Ni le preocupaba. El fruto mataba al que lo comía. Con qué tipo de veneno mataba no era su problema, al muerto la forma de morir una vez muerto ¿qué le importa?

Esa era la prueba que Adán tenía que superar, permanecer en el Estado del Edén durante un tiempo equis. La Sabiduría per se le abriría su reino en flor, de esta manera expandiendo el Reino de Adán, hijo de Dios, hasta los confines de la Tierra.

Más sencillo imposible. Y para que el tiempo le fuera más leve le dio Dios a su hijo Adán por compañera una hembra, Eva. De donde se ve que el Fruto Prohibido no era el Sexo, pues de haberlo sido Dios habría sido el Autor Intelectual de la Caída, deviniendo tanto Adán cuanto Satán, por esta regla, ambos actores de las Crónicas de una Caída Anunciada, postura que adoptara Calvino en su Teología de la Predestinación, en razón de cuyos principios vino a ser el Abogado del Diablo. Se desprende de la Historia Divina que el Fruto Prohibido era la Guerra, y el Pecado de Adán no fue otro que proclamar la Guerra Santa como autiopista hacia la Coversión del Mundo a la Divinidad.

Así estaban las cosas, en Paz, cuando entró en el escenario, con pleno conocimiento de causa, en posesión de todas sus facultades mentales e intelectuales, uno de los hijos de Dios, uno de aquéllos hijos a los que Dios les confiara el proceso de civilización de las razas humanas cuando dijera “Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza”, ergo, hijo de Dios. El hijo de Dios en cuestión, la Serpiente Antigua, se llamaba Satán. Fue de éstos hijos de Dios, no de esta Creación, que Moisés dijera en su Cántico:

Cuando el Altísimo distribuyó su heredad entre las gentes, cuando dividió a los hijos de los hombres, estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Dios” (Deuteronomio).

A diferencia de Adán, Satán sí conocía qué había detrás de la puerta de la Ciencia del bien y del mal. Abrirla y empujar a Adán al infierno que había al otro lado era una decisión exclusivamente personal. Dios, conociendo a Satán, conocimiento que luego dejó traslucir en la relación Jesús-Judas, sabía que la posibilidad de la Traición estaba ahí. “Aquél toro había acorneado ya con anterioridad”.

Existía la posibilidad. Y porque existía, para apartar a Satán de la tentación Dios levantó la pena de destierro eterno de su Reino para cualquiera que osase intervenir en los acontecimientos del Edén. Aquí, en este aspecto de la Ley, estaba la Ignorancia de Adán. Adán creía que la Ley lo miraba sólo a él, y desconocía este aspecto de la Ley. Satán, que conocía este talón de Aquiles de Adán, despreciando al Cielo en preferencia al Infierno, y sabiendo que Adán nunca desconfiaría de un hijo de Dios, sólo tuvo que hacerse pasar por el mensajero que venía a anunciarle la buena nueva. ¿No era sutil Dios recompensando con aquello que prohibiera?

Así pues, hubo ignorancia, y porque la hubo Dios levantó su puño al Cielo jurando por su Cabeza vengarse de sus enemigos. La cuestión, volviendo ahora al tema, es la siguiente, ¿hubo ignorancia en los tiempos de la Reforma? ¿Estuvieron todos los actores de la Reforma : Lutero, Calvino, Enrique VIII, la iglesia romana, al corriente de la naturaleza de todas las fuerzas que estaban en movimiento en el universo? ¿Nadaban los pueblos alemán, inglés, suizo, holandés, español, francés e italiano en la abundancia de sabiduría?

¡¡¿¿La Fe sola salva??!! ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Están seguras todas las ramas de las iglesias protestantes que se dividieron del árbol de la Iglesia Católica que San Pablo dijo alguna vez que “la Fe sola salva”? ¿Sin las obras de la Sabiduría, sin la Iglesia de Dios? ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Entonces es verdad que fue Dios quien envió a Satán para que le clavara el puñal a Adán por la espalda?

 

¡Qué cosa más curiosa, la Teología de la Reforma! Porque claro, si Dios es Omnisciente y Presciente y nada sucede sin su conocimiento por lógica El tenía que conocer lo que iba a pasar, y si sabiéndolo no hizo nada es porque no quiso hacer nada, y si no quiso hacer nada tal vez sería porque creara a a ambos actores del Edén para protagonizar el espectáculo de la Caída. ¿O me equivoco? Y si me equivoco ¿en qué me equivoco?

¿Dios es omnisciente?

Sí.

¿Dios es presciente?

Sí.

¿Significa que Dios puede ver todo lo que va a pasar?

Sí.

¿Entonces por qué no hizo nada para detener a Satán?

Obviamente -se respondió la Teología de la Reforma- porque a unos los crea desde su nacimiento para el Infierno y a otros para la Gloria. De manera que sin haber hecho nada malo los malos ya están condenados al Infierno en razón del conocimiento de quien de antemano ya conoce los delitos que los harán merecedores del castigo del Infierno. Y al contrario, los predestinados al Cielo, los buenos, no tienen de qué preocuparse en vida porque ya están salvados en razón de quien antes de cometerlos ve sus actos y, pesados en la balanza de su justicia, ya tienen por premio la Gloria. “La fe sola por tanto” -concluyó la Reforma- “es la medida del juicio de Dios, pues aunque el hombre lo quiera ninguna acción que proceda de su propia voluntad podrá abatir el platillo del juicio final a su favor o en su contra. De aquí que Lutero aconsejara no tenerle miedo a ser un pecador más grande que el propio Judas, pues aunque un protestante violase a la misma Virgen quedaría absuelto de su crimen “por la preciosa sangre de Cristo”.

Este tipo de teología -si teología puede llamarsele a semejante Apología del Diablo- peca de absolutismo racional. Al querer glorificar a Dios hasta el infinito se olvida de un detalle crucial, no lo glorifica sino que lo demoniza, no lo ensalza sino que lo bestializa. Para afirmar a Dios niega el principio básico con el que abre su marcha la Sagrada Escritura: al Principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

Estas consideraciones previas hechas es hora de devolver el texto que Lutero extrajera de su contexto paulino a su verdadero contexto sagrado. Y negarle al protestantismo, sin afirmarle al vaticanismo, el derecho a manipular la Sagrada Escritura en nombre de la necesidad de combatir la Idea de la Iglesia Romana contra Cristo impuesta por algunos de sus siervos. Perversión de la Idea Jesucristiana establecida por un obispado medieval, que contra la voluntad de Dios resucitara lo que Dios condenó: el Imperio. Voluntad Divina contra cuya Juicio se rebelaron el Patriarca de Bizancio, escondiendo al emperador de Constantinopla bajo su manto, y el Patriarca de Roma, resucitando lo que Dios ya había enterrado.

A pesar de estos delitos de rebelión contra Dios, y como ya se demostrara en “Lutero, el Papa y el Diablo”, es un delito aún más grave el delito de quien en su ceguera confunde un obispado metropolitano, sea romano o moscovita, con la Iglesia Católica. La Iglesia Católica era antes del nacimiento del obispado romano y seguirá siendo después, sempiternamente, independientemente de la existencia o la desaparición de la ciudad de Roma, de Moscú y de todas las demás ciudades de la Tierra.

 

 

 

EL EVANGELIO DE CRISTO SEGÚN SAN PABLO

(Análisis Biohistórico de la Epístola a los Romanos)

 
Deseo de Pablo
Saludos de Pablo a los fieles de Roma
Argumento de la Epístola
Libro Primero
La verdadera Circuncisión
La justificación de Abraham
La obra de Adán y la de Jesucristo
Libro Segundo
El cristiano unido a Cristo
La Ley y el Pecado
La potencia maligna del pecado
La Vida del espíritu
Los que caminan según la carne
El cristiano, hijo de Dios
Los sufrimientos presentes comparados con la gloria futura
El Espíritu ora en nosotros
El plan de Dios sobre los elegidos
Sentimientos del Apóstol por los judíos
La justicia de Dios para con los gentiles y los judíos
Libro Tercero
Por qué los judíos no admitieron la fe
Las dos justicias
El Evangelio, predicado a los judíos y desechado por ellos
La reprobación de los judíos no es total

La reprobación de Israel

Libro Cuarto
La vida nueva
Obediencia a los poderes públicos
La perfección de la caridad
El día de la salud está próximo
Los fuertes y los débiles en la fe

EPILOGO

 

Prólogo al evangelio de San Pablo a los Romanos

 

PRÓLOGO

 

La necesidad de aplicarle a la Epístola a los Romanos de San Pablo el método biohistórico que le aplicara anteriormente a las famosas 95 Tesis de Lutero surge de la relación entre esta Carta y la confesión por antonomasia de la Reforma, su ley madre: “La Fe sola”, al parecer tomada de esta Epístola. Digamos que yo no soy quien para juzgar a nadie, pero en cuanto hijo de Dios sí me considero capacitado para poner sobre la mesa el juicio de Dios sobre quien manipula la Sagrada Escritura, por las razones subjetivas que fueren, sea añadiendo o quitándole parte al Texto o desfigurando mediante la parte el todo.

Si mal no recuerdo creo que es el propio Dios, en boca de su Hijo, quien al final de su Libro, por la mano de San Juan, dio a conocer su juicio contra todo el que se atreviera a quitarle o se atreviese a añadirle palabra al Texto de la Sagrada Escritura, diciendo: .

“Yo atestiguo a todo el que escucha mis palabras de la profecía de este Libro que, si alguien añade a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas descritas en este Libro; y si alguno quita de las palabras del Libro de esta profecía, quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, que están escritos en este Libro”.

Personalmente entiendo por “este libro” el Libro de Dios, en su conjunto, de principio a fin, de Génesis a Apocalipsis, de manera que acabándolo el Autor da a conocer su sentencia contra todo el que se atreviera o se atreviese a manipular su Libro, todo él, se entiende, una profecía de principio a fin. Sobre lo cual hay mucho que decir, pero en cuyo tema no nos entretendremos más de la cuenta; de hacerlo lo haría únicamente en la medida que lo exija este Análisis Biohistórico de la Carta a los Romanos, en cuyas páginas el Apóstol de los Gentiles dejó escritas las líneas maestras de su Evangelio, que hombre indoctos pervirtieron contra el consejo de San Pedro, profeta, quien viendo venir lo que habría de pasar con el fruto de la inteligencia de Pablo ya lo anunciara, diciendo:

 “Por esto, carísimos, esperando estas cosas, procurad con diligencia ser hallados en paz, limpios e irreprochables ante El, y considerad la longanimidad de nuestro Señor como salvación, según nuestro amado hermano Pablo os escribió conforme a la sabiduría que a él le fue concedida. Es lo mismo que, hablando de esto, enseña en sus epístolas, en las cuales hay algunos puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos e inconstantes pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia perdición”.

Hablando sobre puntos de difícil inteligencia San Pedro se refería a puntos de difícil interpretación, entendiendo esta dificultad desde el abismo que separa la inteligencia del Creador de la de la Criatura, abismo que “personas indoctas” (incluyendo San Pedro en esta categoría a los sabios según los títulos académicos por los que el mundo reconoce a sus hombres doctos) pervierten; es decir, manipulan para mediante la perversión del sentido divino de la Escritura reclamar para sí la santidad del espíritu del Autor del Libro. Manipuladores que no faltaron entonces ni habrían de faltar hasta nosotros, cosa que se demuestra dando un paseo por la memoria histórica del Género Humano, pero que dejaremos para otro momento pensando en el acceso público que todo el mundo tiene a las memorias de la Humanidad en general y del Cristianismo en especial.

La acción perversora a la que se refiere San Pedro debemos nosotros entenderla como la manipulación que tiene lugar cuando se saca un texto de su contexto, se traslada este texto a un contexto ajeno y se interpreta el texto original desde el contexto extraño al texto original. En realidad todo el mundo puede realizar una operación vírica de este tipo. Es una operación que en la vida diaria es el pan de cada día. Desgraciadamente no debiera ser así, se entiende, pero es lo que hay. Ciertos políticos y ciertos periodistas son maestros en este arte de perversión de un texto, de donde se demuestra que cualquiera es capaz de sacar adelante con éxito una operación de trasplante de contexto.

De todas formas, para no perderme en retóricas y demagogias destinadas a marear la perdiz y ganarme la atención del lector mediante imágenes inconscientes innatas, es bueno poner los puntos sobre las íes. Quiero decir, el éxito de una operación de manipulación de un texto, de una frase o de cualquier mensaje depende de un factor clave, sin cuya presencia todos los intentos, incluso el del más genial de los genios, no pasarían de ser un aborto mal alumbrado. Esta condición es la ignorancia del destinatario de la operación manipuladora. Para engañar, pervertir o manipular a alguien hay que contar con la ignorancia de ese alguien. No se puede engañar ni pervertir ni manipular a alguien que conoce perfectamente el texto del mensaje y la identidad del mensajero. Tomemos el caso de Adán y la Serpiente.

En toda la historia de la Creación no encontraremos un caso de manipulación tan básico. Tal vez por esto, independientemente de que “ese toro ya había acorneado con anterioridad”, las consecuencias de aquélla manipulación han cambiado de un forma tan revolucionaria la estructura de la relación entre Dios y su Creación. Entremos en los intríngulis del caso. Adán estaba a la espera del regreso de Dios. Dios estaba poniendo a Prueba la Obediencia y Fidelidad de Adán. No abrir la Caja de Pandora, en términos clásicos, era la Prueba. La confianza entera puesta en su creación Dios descansó de todas sus obras, Día séptimo de la creación del Universo.

Desde la teología de los reformadores, especialmente la calvinista, Dios le dio la espalda a su hijo para que pasara lo que en su presciencia y omnisciencia había predispuesto, la Caída de Adán. Según la teología de la Reforma, siendo Dios Omnisciente y Presciente las dos partes en el conflicto, Satán y Adán, estaban predestinadas a interpretar en sus carnes el guión de antemano escrito por el Creador de ambos: Adán la Caída y Satán la Traición.

Desde la Teología que Jesucristo puso en marcha Dios es omnisciente y presciente y la posibilidad de la Traición y de la Caída entraban en el contexto del futuro del Edén. Pero si Dios no nos dejara a sus hijos la libertad para decidir por nosotros mismos la puerta de qué futuro queremos abrir, en este caso no habría libertad ni creación a imagen y semejanza de Dios; y la filiación divina del hombre sería una gigantesca farsa.

Las puertas de la Vida y de la Muerte estaban delante de Satán, y de Adán. Sí, por supuesto que la caja de Pandora estaba ahí. Pero entre el tentador y el tentado había una diferencia letal. El primero conocía por experiencia la naturaleza de lo que guardaba la caja; el segundo sólo sabía lo que le había dicho Dios, que el día que la abriera, moriría.

Amando, conociendo y creyendo en Dios, Adán se limitó a elegir, entre la vida y la muerte, la vida. En cuanto a la caja, Adán no conocía la naturaleza de lo que escondía. Ni le preocupaba. El fruto mataba al que lo comía. Con qué tipo de veneno mataba no era su problema, al muerto la forma de morir una vez muerto ¿qué le importa?

Esa era la prueba que Adán tenía que superar, permanecer en el Estado del Edén durante un tiempo equis. La Sabiduría per se le abriría su reino en flor, de esta manera expandiendo el Reino de Adán, hijo de Dios, hasta los confines de la Tierra.

Más sencillo imposible. Y para que el tiempo le fuera más leve le dio Dios a su hijo Adán por compañera una hembra, Eva. De donde se ve que el Fruto Prohibido no era el Sexo, pues de haberlo sido Dios habría sido el Autor Intelectual de la Caída, deviniendo tanto Adán cuanto Satán, por esta regla, ambos actores de las Crónicas de una Caída Anunciada, postura que adoptara Calvino en su Teología de la Predestinación, en razón de cuyos principios vino a ser el Abogado del Diablo. Se desprende de la Historia Divina que el Fruto Prohibido era la Guerra, y el Pecado de Adán no fue otro que proclamar la Guerra Santa como autiopista hacia la Coversión del Mundo a la Divinidad.

Así estaban las cosas, en Paz, cuando entró en el escenario, con pleno conocimiento de causa, en posesión de todas sus facultades mentales e intelectuales, uno de los hijos de Dios, uno de aquéllos hijos a los que Dios les confiara el proceso de civilización de las razas humanas cuando dijera “Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza”, ergo, hijo de Dios. El hijo de Dios en cuestión, la Serpiente Antigua, se llamaba Satán. Fue de éstos hijos de Dios, no de esta Creación, que Moisés dijera en su Cántico:

Cuando el Altísimo distribuyó su heredad entre las gentes, cuando dividió a los hijos de los hombres, estableció los términos de los pueblos según el número de los hijos de Dios” (Deuteronomio).

A diferencia de Adán, Satán sí conocía qué había detrás de la puerta de la Ciencia del bien y del mal. Abrirla y empujar a Adán al infierno que había al otro lado era una decisión exclusivamente personal. Dios, conociendo a Satán, conocimiento que luego dejó traslucir en la relación Jesús-Judas, sabía que la posibilidad de la Traición estaba ahí. “Aquél toro había acorneado ya con anterioridad”.

Existía la posibilidad. Y porque existía, para apartar a Satán de la tentación Dios levantó la pena de destierro eterno de su Reino para cualquiera que osase intervenir en los acontecimientos del Edén. Aquí, en este aspecto de la Ley, estaba la Ignorancia de Adán. Adán creía que la Ley lo miraba sólo a él, y desconocía este aspecto de la Ley. Satán, que conocía este talón de Aquiles de Adán, despreciando al Cielo en preferencia al Infierno, y sabiendo que Adán nunca desconfiaría de un hijo de Dios, sólo tuvo que hacerse pasar por el mensajero que venía a anunciarle la buena nueva. ¿No era sutil Dios recompensando con aquello que prohibiera?

Así pues, hubo ignorancia, y porque la hubo Dios levantó su puño al Cielo jurando por su Cabeza vengarse de sus enemigos. La cuestión, volviendo ahora al tema, es la siguiente, ¿hubo ignorancia en los tiempos de la Reforma? ¿Estuvieron todos los actores de la Reforma : Lutero, Calvino, Enrique VIII, la iglesia romana, al corriente de la naturaleza de todas las fuerzas que estaban en movimiento en el universo? ¿Nadaban los pueblos alemán, inglés, suizo, holandés, español, francés e italiano en la abundancia de sabiduría?

¡¡¿¿La Fe sola salva??!! ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Están seguras todas las ramas de las iglesias protestantes que se dividieron del árbol de la Iglesia Católica que San Pablo dijo alguna vez que “la Fe sola salva”? ¿Sin las obras de la Sabiduría, sin la Iglesia de Dios? ¿Y esto lo dijo San Pablo? ¿Entonces es verdad que fue Dios quien envió a Satán para que le clavara el puñal a Adán por la espalda?

 

¡Qué cosa más curiosa, la Teología de la Reforma! Porque claro, si Dios es Omnisciente y Presciente y nada sucede sin su conocimiento por lógica El tenía que conocer lo que iba a pasar, y si sabiéndolo no hizo nada es porque no quiso hacer nada, y si no quiso hacer nada tal vez sería porque creara a a ambos actores del Edén para protagonizar el espectáculo de la Caída. ¿O me equivoco? Y si me equivoco ¿en qué me equivoco?

¿Dios es omnisciente?

Sí.

¿Dios es presciente?

Sí.

¿Significa que Dios puede ver todo lo que va a pasar?

Sí.

¿Entonces por qué no hizo nada para detener a Satán?

Obviamente -se respondió la Teología de la Reforma- porque a unos los crea desde su nacimiento para el Infierno y a otros para la Gloria. De manera que sin haber hecho nada malo los malos ya están condenados al Infierno en razón del conocimiento de quien de antemano ya conoce los delitos que los harán merecedores del castigo del Infierno. Y al contrario, los predestinados al Cielo, los buenos, no tienen de qué preocuparse en vida porque ya están salvados en razón de quien antes de cometerlos ve sus actos y, pesados en la balanza de su justicia, ya tienen por premio la Gloria. “La fe sola por tanto” -concluyó la Reforma- “es la medida del juicio de Dios, pues aunque el hombre lo quiera ninguna acción que proceda de su propia voluntad podrá abatir el platillo del juicio final a su favor o en su contra. De aquí que Lutero aconsejara no tenerle miedo a ser un pecador más grande que el propio Judas, pues aunque un protestante violase a la misma Virgen quedaría absuelto de su crimen “por la preciosa sangre de Cristo”.

Este tipo de teología -si teología puede llamarsele a semejante Apología del Diablo- peca de absolutismo racional. Al querer glorificar a Dios hasta el infinito se olvida de un detalle crucial, no lo glorifica sino que lo demoniza, no lo ensalza sino que lo bestializa. Para afirmar a Dios niega el principio básico con el que abre su marcha la Sagrada Escritura: al Principio Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

Estas consideraciones previas hechas es hora de devolver el texto que Lutero extrajera de su contexto paulino a su verdadero contexto sagrado. Y negarle al protestantismo, sin afirmarle al vaticanismo, el derecho a manipular la Sagrada Escritura en nombre de la necesidad de combatir la Idea de la Iglesia Romana contra Cristo impuesta por algunos de sus siervos. Perversión de la Idea Jesucristiana establecida por un obispado medieval, que contra la voluntad de Dios resucitara lo que Dios condenó: el Imperio. Voluntad Divina contra cuya Juicio se rebelaron el Patriarca de Bizancio, escondiendo al emperador de Constantinopla bajo su manto, y el Patriarca de Roma, resucitando lo que Dios ya había enterrado.

A pesar de estos delitos de rebelión contra Dios, y como ya se demostrara en “Lutero, el Papa y el Diablo”, es un delito aún más grave el delito de quien en su ceguera confunde un obispado metropolitano, sea romano o moscovita, con la Iglesia Católica. La Iglesia Católica era antes del nacimiento del obispado romano y seguirá siendo después, sempiternamente, independientemente de la existencia o la desaparición de la ciudad de Roma, de Moscú y de todas las demás ciudades de la Tierra.