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ZALACAÍN EL AVENTURERO
PÍO BAROJA
(Historia de las
buenas andanzas y fortunas de Martín
Zalacaín el Aventurero)
ÍNDICE
PRÓLOGO.--Cómo era
la villa de Urbia en el último tercio del siglo XIX
LIBRO PRIMERO LA INFANCIA DE ZALACAÍN
I.--Cómo vivió y se
educó Martín Zalacaín.
II.--Donde se habla del
viejo cínico Miguel de Tellagorri
III.--La reunión de la
posada de Arcale
IV.--Que se refiere a la noble casa de
Ohando
V.--De cómo murió Martín López de
Zalacaín, en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce
VI.--De cómo llegaron
unos titiriteros y de lo que sucedió después
VII.--Cómo Tellagorri
supo proteger a los suyos
VIII.--Cómo aumentó el
odio entre Martín Zalacaín y Carlos Ohando
IX.--Cómo intentó
vengarse Carlos de Martín Zalacaín
LIBRO SEGUNDO ANDANZAS Y CORRERÍAS
I.--En el que se habla
de los preludios de
II.--Cómo Martín,
Bautista y Capistun pasaron una noche en el
monte
III.--De algunos hombres
decididos que formaban la partida del Cura
IV.--Historia casi
inverosímil de Joshé Cracasch
V.--Cómo la partida del
Cura detuvo la diligencia de Andoain
VI.--Cómo cuidó la señora
de Briones a
VII.--Cómo Martín
Zalacaín buscó nuevas aventuras
VIII.--Varias anécdotas de
Fernando de
IX.--Cómo Martín y el
extranjero pasearon
X.--Cómo transcurrió el segundo día
en Estella
XI.--Cómo los acontecimientos se
enredaron,
XII.--En que los acontecimientos marchan al galope
XIII.--Cómo llegaron a Logroño y lo que les ocurrió XIV.--Cómo Zalacaín y
Bautista Urbide tomaron
LIBRO TERCERO
I.--Los recién casados
están contentos
II.--En el cual se
inicia la Deshecha
III.--En donde Martín
comienza a trabajar
IV.--La batalla cerca
del monte Aquelarre
V.--Donde la Historia
Moderna repite el
VI.--Las tres rosas del
cementerio de Zaro.
CR: Estas notas se leyeron en el Ateneo Científico y Literario de Valencia a principios del siglo XX, o al menos así figura en la portada del librito : "1905", tiempo en que Pío Baroja era un desconocido, según dice el ponente, en términos de fama nacional. El tipo tiene una gracia tremenda en su exposición del talento de Baroja y desgrana su obra con una crítica tan maravillosa que te entran ganas de correr a comprar sus libros. Y termina sus Notas con una alegría que es para preguntarse : ¿Y cómo habiendo gente tan maja en aquellos días se liaron los españoles a garrotazos 30 años después? En fin, sobre Zalacaín no dice nada porque salió a luz en el 1908. Zalacaín huele a Cervantes y es deliciosa, pero estas Notas de Federico Garcia Sanchis me han hecho reir de una forma que no copiarlas sería crear un agujero negro en un espacio gritando "sí sí, por favor". Ahí van pues.
Señores : Vivimos en una provincia; yo he aprendido en la Corte, de donde acabo de llegar, como quien dice; yo he aprendido en la Corte que la vida de estas ciudades provincianas es una vida quieta, mansa, desmazalada y tonta. Para los madrileños, en cualquier población que no sea Madrid, no puede haber más que ranciaduras. Creen que aquí todo caballero por fuerza será un excelente burgués, siempre metido en el casino, en un triste casino. Las viejas mujeres provincianas, indiscutiblemente, han de vestir de negro y han de suspirar mucho; tejiendo randas las mozas han de palidecer tras unos cristales. Antiguos caserones y casitas forman en provincias las calles tortuosas y las plazas solitarias con sus breves ringlas de arbolillos y su fuente seca en medio. En los caserones, viven hidalgos de alma mustia, de cuerpo apergaminado; en las casitas, gentes miserables, resignadas en su humildad y supersticiosas Nada más hay en provincias si no son boticas y, sobre todo, trasboticas. ¡Oh las trasboticas y sus discretas tertulias de canónigos, de médicos, de profesores, de militares retirados y de eruditos! Yo os aseguro que, en opinión de los madrileños, estas pintorescas trasboticas dan la nota característica de una ciudad provinciana. José Martínez Ruiz ha sido la causa de tales creencias o ha facilitado su exterioridad cuando menos. Muchos cortesanos, luego que visitan una vez Toledo y leen los bellos libros de Martínez Ruiz, juzgan el resto de España—excepto Barcelona y Bilbao—tan muerto como la imperial ciudad, y acaso, acaso nos hagan el obsequio de comparar nuestras provincias a esos lagartos que, vuelta la panza al cielo, se acomodan en una piedra, y allí están soñolientos de sol a sol, absortos en la contemplación de las nubes que pasan... Pues bien, señores: yo no os diré de otras tierras que no he visto, pero sí de Valencia. Vosotros sabéis de qué manera vivís en Valencia; tonto sería, pues, demostraros que vivís de distinta manera a la que os suponen. Vivís con igual intensidad que si vivierais en la Corte; mas vosotros los intelectuales, vosotros los artistas no os ocupáis de lo que debierais ocuparos. Y en esto sí que se nos han adelantado y siguen adelantándosenos los artistas y los intelectuales matrilenses. Unos por grosera ignorancia, los demás por pueril temor a sus burlas, consideráis pedantesco hablar de filosofía, de sociología, de historia, de novelas, de poesía, de música, de pintura, y, en fin, de cuentas no hacéis nada en pro de nada, y el tiempo se os va lastimosamente en sátiras y en suspirillos de impotencia. Yo os ruego, artistas jóvenes y jóvenes intelectuales, que cambiéis de rumbo Yo quisiera aficionaros a cuanto existe de bueno y de hermoso. Un día, a vosotros mismos que me escucháis, os abandoné —como abandoné las aulas— y me fui a Madrid, famélico de literaturas; al regresar ahora a Valencia, y al verme de nuevo a vuestro lado, quisiera inclinaros hacia cuanto encontré allá de bondad y de hermosura indudables, y que desdichadamente aun es aquí desconocido... o apenas conocido. Por eso os leo hoy estas cuartillas, y con facilidad en otra ocasión os leeré otras. Hoy os hablo de Pío Baroja. Pío Baroja es un novelista vasco, nacido en San Sebastián el año 1872. Martínez Ruiz lo retrata de manera admirable en su magníca obra La Voluntad, en la que, y con el
nombre de Enrique Olaiz, es uno de los personajes Pío Baroja. Escribe Azorín:
«Olaiz = Baroja—es calvo, siendo joven; su barba es rubia y
puntiaguda. Y como su mirada es inteligente, escrutadora, y su fisonomía toda
tiene cierto vislumbre de misteriosa, de hermética, esta calva y esta barba
le dan cierto aspecto inquietante de hombre cauteloso y profundo, algo así como
uno de esos mercaderes que se ven en los cuadros de Marinus, o como un orfebre
de la Edad
Y tiene
Olaiz—continúa Azorín—realmente algo de misterioso. El ama lo extraño,
lo paradójico; le seducen las psicologías sutiles y complicadas; admira esos
pueblos castellanos tan sombríos, tan austeros, perdidos en la estepa manchega. Yo creo que ha sido él quien ha infundido entre los jóvenes
intelectuales castellanos el amor al Greso... Y véase la contradicción: este
hombre tan complejo, tan multiforme es sencillo, sencillo en su escritura.
Escribe fluidamente, sin preparación, sin esfuerzo, y su estilo es claro,
limpio, de una transparencia y de una simplicidad abrumadoras»
Así es Pío
Baroja, y la razón de su especial modo de ser el mismo Baroja la revela en una
carta:
«Soy
vascongado—me dice en esa carta,—soy vascongado, pero no de pura raza euscara,
porque entre mis apellidos cántabros que suenan a hierro viejo, como Baroja,
Zornoza, Alzate, Eiragiurre, se intercalan otros del Milanesado, más suaves y acaramelados, como Nessi y Griggione.
Y esto soy:
mezcla de raza bárbara y de raza refinada.
Soy médico,
y concluí la carrera en Valencia hace ya algunos años. He ejercido el oficio durante
año y medio en Cestona. Además he sido panadero, periodista y reporter. También he ejercido durante unos meses de ayudante de ingeniero, y he
tenido veleidades de especulador.
No me ha
pasado nunca nada extraordinario. De chico fui muy mal estudiante, y no he
tenido nunca afición a las letras. Mi infancia, fantaseando algo, la he contado
en las primeras páginas de Silvestre Paradox.
¿Córno me
metí á escritor? No sé. Creo que si hubiera podido viajar y satisfacer mis
instintos andariegos, no hubiera escrito ni una línea.
No soy
escritor por vocación, sino por imposibilidad de realizar una vida intensa. Por
esto en todo lo que yo escriba habrá siempre un dejo de tristeza y alguno que
otro ultraje a la gramática.
No domino
tampoco los medios de expresión, y tiendo siempre, por temperamento, al decir
gráfico y sin adornos.
Yo de mí—declara a lo último Pío Baroja,—yo de mí,
sin modestia, pienso esto: que tengo algo de escritor porque tengo algo de
artista, y tengo algo de artista porque soy un hombre sincero.»
He aquí, señores, una ligera
semblanza de Pío Baroja. Voy ahora a ocuparme de sus escritos, los volúmenes
que se titulan Vidas sombrías, La casa
de Aizgorri, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Camino de
Perfección, La busca, etc.
Cuando se
publicó el libro Vidas sombrías—primero de
los publicados por Baroja,—la crítica no paró mientes en él, y es que, según
muy justamente dice D.a Emilia Pardo Bazán, «la crítica en España
suele llevar, como las vírgenes necias, apagada la lámpara». «Era, no obstante,
un estreno digno de nota.»
Casi siempre
la primera obra de un artista es rica de corazón y enérgica y sincera al
extremo: cuando menos hay en ella entusiasmos, hay juventud. Pero este país—conforme las
palabras de un eximio amigo—es el país de los viejos. Sólo merecen
atención los consagrados, y aquí la consagración es, no por méritos, sí por
años, por canas y por arrugas: se necesita, como los cuadros o los monumentos,
tener patina.»
Solamente
así comprenderéis que nadie hablase de Vidas sombrías.
En este
volumen Baroja ha reunido algunos cuentos, varios, aunque con cierta unidad de
fin. Son cuentos misteriosos y de gran ternura. Guárdase en ellos un cariño
particular, una piedad santa para los humildes y para los vencidos; y es tal su
blandura, que obligó a un crítico á escribir acerca de Baroja: «Hay en este
escritor algo de aquel sentimiento que hacía a San Francisco dar un rodeo para
no aplastar una araña; porque, ¿qué culpa tenía el pobre animalejo de ser
horrible?»
En el
artículo La sombra, Pío Baroja
nos muestra una triste buscona que sale del hospital envejecida y macilenta, y
vuelve a casa del amo a seguir nuevamente su vida miserable, su vida miserable
de prostituta. «En su rostro todas las miserias, en su corazón todas las ignominias»,
dice de ella, y encabeza el cuento con el versículo: «Porque el que se
ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado». Versículo en
el cual parecen encerrarse los propósitos del libro entero.
Efectivamente, en Bondad oculta hace Baroja que las más exquisitas flores de caridad florezcan en los pechos de unos desalmados; en Agueda, de sutil manera da relieve a una figura que es un tesoro escondido de suavidades amatorias. Y como a los desalmados de Bondad oculta y como a la delicada figulina que se llama Agueda, Pío Baroja, bueno y noble, abre los brazos protectores a cuantos sufren: a unos padres que lloran a su hijo muerto, a unos pobres bohemios que van errando de borda en borda, a un desdichado montañés que llaman al servicio, a una vieja trapera y a su nieta, aun niña, anidadas en un solar; a un honrado sacerdote, que destierran a una anteiglesia de las montañas por ser honrado, y a los golfos, los infelices golfos madrileños que en las noches de invierno tiritan junto a las calderas de asfalto. Para todos hay una palabra de amor, de afectuoso interés, de cariño sincero. Se alza del libro un grito soberbio, si bien sordo, de protesta. Entre líneas se lee el malestar íntimo del artista, ese asqueroso y desconsolado malestar que impide que gocemos del sol de oro y de las flores, de la vida, en fin. Sed alegres, nos dicen; ¿y cómo ser alegres si ese sol, borracho de luz, sólo alumbra miserias? ¿Si os ofrecen esas flores mustias muchachas llenas de ruindades, flacas de alma como de cuerpo? En Pío
Baroja se acentúa mucho este íntimo malestar, porque Pío Baroja lleva dentro
las nieblas del paisaje vasco, porque la sobriedad en él característica, si
noble, es severa y triste, y porque, como él mismo declara, es un fracasado de
la vida
- Pero no
creáis que Vidas sombrías es un libro tristón, compuesto solamente de dolores.
Yo os mostraré en él páginas risueñas como una alborada de estío.. Páginas deleitosas, páginas dulces, páginas de alegría ingenua y apacible.. ¡Con qué gozo tan puro el viajero del artículo La Venta corre en el coche por la carretera encharcada! Cuando cierra la noche baja en una venta, molido, encorvado, casi sin poder sostener la maleta entre los dedos. En la venta, al principio, el humo os empieza a picar en los ojos. Es la chimenea, dicen, que no tira bien, y como el viento está alborotado. Pero, ¿quién se ocupa de eso? Después, la
vieja de nariz ganchuda, que ve que habláis vascuence, os hace sitio junto al
fuego y os cuenta alguna historia insustancial de su juventud, cuando
ella servía al rector del pueblo hace más de cincuenta años. Mientras tanto la
dueña os prepara la cena y el patrón juega una partida de mus.
—¿Cenará su
merced aquí o en el comedor? — pregunta la
dueña, comprendiendo que sois persona de importancia, lo menos viajante de
comercio.
—Aquí, aquí—respondeis.
Y ponen una
mesita y viene la cena, que sirve una muchacha, Marceliña ó Iñachi. Coméis de todo, devorando los guisos en la
misma cazuela. Luego bebéis un poquillo de más, y al ver a Martceliña le
decís que es muy bonita y que... y ella se rie de vuestros ojos brillantes y de
vuestra nariz colorada.
Por último
subís a dormir al piso principal en una alcoba pequeña, ocupada casi completamente por la cama de cuatro ó
cinco colchones, y cuando se escala aquella torre y se estira uno entre las sábanas,
que huelen a hierba, mientras se oye el ruido de la lluvia en el tejado y del
viento que muge, casi con lágrimas en los ojos se cree más que nunca en que
hay un buen papá allá arriba que no se ocupa de otra cosa más que de poner
camas mullidas en las ventas de los caminos y de dar cenas suculentas a los pobres
viajeros.
¿Esto, señores, no sonríe con la sonrisa fresca de una zagala? ¿No es esto sano como las buenas pomas? Recuerda a
Alfonso Daudet, al amabilísimo Alfonso Daudet de Los viejos, de El secreto del tío Cornille, de Las Estrellas, aunque desde luego esto es más recio,
dentro de su blandura.
Otros
artículos pudieran añadirse al referido, La Venta, entre ellos el titulado Elizabide el
Vagabundo, que se publicó en La Lectura, y el titulado Mari-Belcha
En éste el poeta comienza así: «Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en qué piensas, Mari-Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido? Te llaman
Mari-Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra
cosa: te llaman Mari-Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen
del lavadero y rubia como las mieses doradas del estío...»
Estas
palabras huelen a campo, a romeros y a espliegos, y sabén a miel de añejos
panales. No son más simpáticamente rústicas y francas las alabanzas del muy
amado para su amada en el Cantar de los Cantares. Salomón dice:
«He aquí que
tú eres hermosa compañera mía: he aquí que tú eres hermosa; tus ojos entre tus
guedejas como de paloma; tus cabellos como manada de cabras que se muestran
desde el monte de Galaad.
Jus dientes
como manadas de trasquiladas ovejas que suben del lavadero todas con crías
mellizas, y ninguna entre ellas estéril.
Tus dos
pechos como dos cabritos mellizos de gama, que son apacentados entre azucenas.
Fuente de
huertos, pozo de aguas vivas, que corren del Líbano.»
Las dos canciones, la antigua y la moderna, traen tintineo de esquilas, músicas de flautas, rústicos entusiasmos. En
Mari-Belcha, el poeta sigue hablando a la moza y le describe la noche en que
ella nació, en que ella nació en una alcoba pequeña, de cuyo techo colgaban
trenzadas las mazorcas de maíz, y se enternece al declararla cómo depositó en
la gorrita del recién nacido una moneda, un duro: quizá era el mismo que le
había dado el buenazo de José Ramón por asistir a la madre.
Y también le
declara vergonzoso que cuando pasa en su viejo caballo se oculta en los
árboles y la mira. «Y sabes por qué?», le interroga en un arranque heroico;
pero se arrepiente y rehuye contestar su misma pregunta, diciendo: «Si te lo
dijera, te reirías. Yo, el medicuzarra, que podría
ser tu abuelo; sí, es verdad. Si te lo dijera, te reirías.»
Y torna a ensalzarla, y dice de sus ojos que tienen
la serenidad de las auroras de otoño, y dice de sus labios que tienen el color
de las amapolas de los amarillos trigales.
«Luego—agrega—eres buena y cariñosa...» Le recuerda una escena idílica, un martes de feria, en que Mari estaba en la heredad con el hermanillo en brazos. El chico
tenía mal humor; ella quería distraerle, y le enseñaba las vacas, la Gorriya y la Beltza. Ella le decía al condenado del chico: «Mira a la Gorriya... a esa
tonta... con esos cuernos... Pregúntale tú, maitia, ¿por qué cierras esos ojos tan grandes y tan tontos? No muevas la
cola.»
Y la Gorriya se acercaba a Mari, y la miraba con su
mirada triste de rumiante, y tendía la cabeza para que acariciaran su rizada
testuz.
Luego Mari y
el niño iban a la otra vaca, y señalándola con el dedo, hablaba Mari: «Esta es
la Beltza. ¡Hum... qué negra...
qué mala! A ésta no la queremos; a la Gorriya, sí.»
Y el chico
repetía contigo: «A la Gorriya, sí; pero en esto se acordó de que tenía mal
humor, y empezó a llorar.
—Y yo también empecé a llorar no sé por qué—confiesa el anciano médico.— Verdad es que los viejos tenemos corazón de niño. Hasta aquí
el poeta evoca recuerdos, sueña dulcemente. De pronto se interrumpe, y
termina:
«Hoy al
pasar te he visto aún más preocupada.
Esto es el
primer libro de los publicados por Pío Baroja: una mezcla agridulce. Si lo
leéis sentiréis mucho, y vuestras emociones variarán como en la vida. Yo he
sufrido, y el corazón se me ha achicado, avellanándose, a la lectura de Bondad oculta, de Los panaderos, de La sombra, de Hogar triste, de La sima. Yo me he adormecido en voluptuosa melancolía en Marichu, en Agueda, en Errantes, en Playa de otoño. Sus palabras han evocado en mí atardeceres tranquilos, nubecillas tenues de
humo azul, borrándose en el cielo. Cuando leí Médium, La mujer de
luto y devoré Nihil y El reloj, el ansia de
lo nuevo, de lo misterioso y de lo terrible me exaltó
La prosa de Vidas sombrías es sobria y, al tiempo, prolija en curiosos detalles. En sus páginas hay multitud de felices imágenes poéticas: dice Baroja de unas olas suaves «que llegan a la playa con languideces de mujer convaleciente»; dice a los goces de la vida «falsos como el eco de las cavernas y como las sombras reflejadas en los ríos»; dice de un espíritu quieto que está «lleno de serenidades grises como un crepúsculo otoñal», da la impresión del mar tranquilo llamándole de «redondeadas olas», y llama intelectuales a los paisajes del Norte. Además, Pío Baroja, a intervalos, incluye distintos estribillos, todos de gran extrañeza y todos fascinadores, que dan un sonido musical a lo que escribe; y ese ritornello es en Médium: ¡pero tenía una sonrisa tan rara... tan rara!...; en Parábola: ¡y no encontré la dicha!; en La sombra: en su rostro todas las miserias, en su corazón todas las ignominias.; en el El ángelus: eran trece los hombres, trece valientes, curtidos en el peligro y avezados a la lucha del mar...» Tales estribllos, repetidos una y otra vez, son como esas bocanadas de humo que escapan a tiempos iguales de una locomotora y que turban por un momento nuestra vista; después sigue la máquina su curso, y hasta la próxima constante bocanada. Libro, en fin, Vidas sombrías, bueno y bello, hondo y sincero. Podráno agradarle al lector frivolo, y acaso resulte agrio a su paladar, pero yo os aseguro que conmoverá sus nervios y le dominará. Podrá no amarle, pero no le será indiferente. El libro es nuevo, y yo bien sé que al final de cada capítulo, ya agradecido, ya furiosamente desencantado, cerrará el volumen, y una vez más mirará en la cubierta la cabeza simpática de Pío Baroja pintada allí.. Y tú, el
irritado, maldecirás aquella sonrisa de sus ojos, finamente irónica; y
Después de Vidas sombrías publicó Baroja una novela dividida en
siete jornadas, que se titula La casa de
Aizgorri.
En La casa de Aizgorri se estudia la decadencia de una raza, fuerte al comenzar con Machín, hombre duro como el acero y cruel, que, al aprisionar a un enemigo suyo, le cortó la cabeza, vendiéndola luego en la feria de Oñate. De estos hombres soberbios, uno alza una fábrica de alcohol, y el alcohol envenena al pueblo—Arbea—y envenena a los Aizgorris. Cuando se abre la escena, van tres generaciones desde que la fábrica se fundó: los Aizgorris se muestran ya completamente degenerados en D. Lucio y en su despreciable hijo Luis, primer Aizgorri débil. Sólo entre ellos queda de sano una mujer, Agueda, lirio blanco y puro. La fábrica, con inmensas deudas, va a rendirse: se deben aún los jornales de los obreros. El escribiente huye del despacho; entonces Agueda—mujer extraordinaria, paloma que se torna águila— lleva la contabilidad de la destilería. Mariano, el dueño de una fundición próxima, noble amigo de Agueda, y su enamorado, le ayuda en la ingrata tarea de sumar y más sumar inacabables columnas de números. En el ambiente de tristeza que inicia un sombrío desfile de mendigos que van a la casa hidalga a por su limosna en maíz, la acción pasa esfumada, en las lindes de lo fantástico D. Lucio
muere, tras dos ataques cerebrales, perseguido por la aparición de su esposa y
ebrio de alcohol. Ya moribundo, en el último arranque de su fuerza, se
confabula con el cartero Pachi para que rompa un dique y el río inunde la
destilería. «Los acreedores—dice don Lucio a
Pachi...,—los acreedores se van a echar encima de mi
fábrica. Pero, bueno, antes que ellos, yo quiero que se la lleve el
demonio.»
Y la fábrica
se inunda, y D. Lucio muere, gritando la palabra «Amá... amá...»
Es esta una
escena terrible. A propósito de ella me escribió Ricardo Baroja: «Cuando mi
hermano hacía la escena del diálogo entre Agueda y la nodriza, que termina con
la muerte de D. Lucio, Pío estaba tan obsesionado, que llegó a tener algunas
alucinaciones y unas inquietudes tremendas...»
En efecto, se traslucen allí hondas inquietudes, desasosiego, horror supersticioso. Como ninguno, ha contribuido ese pasaje a que se supongan en La casa de Aizgorri influencias de Mauricio Maeterlinck, el hombre que va y viene del misterio, según la frase de Alejandro Sawa. Imaginaos una habitación grande y lóbrega. En un testero, una ventana de cristales pequeños y verdosos. En el otro testero una cómoda, y sobre la cómoda un reloj antiguo. A un lado una estantería con frascos, retortas y tubos de ensayo. Enfrente la puerta de una alcoba. Hay en las
paredes varios mapas, vistas de ciudades, un árbol genealógico de los Aizgorris y dos
lienzos que representan los escudos de los Idiáquez, Olasos, Zaldivias,
Lazcanos, Urdanetas, familias ilustres emparentadas con los Aizgorris.
Constituyen los muebles sillas de madera, un canapé largo de paja estilo Luis XV, una mesa, un banco de carpintero y un brasero de cobre. Es de noche.
Está el cuarto á obscuras. Se marca en el suelo la luz roja que sale de la
alcoba. La ventana se va iluminando con la luz espectral de la luna.
Hace rato
que se ha marchado don Julián, el médico, a una visita en un caserío. Luis, el
hermano de Agueda, no pudiendo resistir aquella Arbea tan triste, también se
ha marchado.
Están solas Agueda y Melchora, con el perro Erbi. Melchora fué la nodriza de D. Lucio y es una campesina vulgar, ya muy anciana. Agueda mira
al cielo.
—¡Cómo brillan las estrellas!—dice.
—Mire su
merced allá una, cómo ha corrido.
—Alguna
carta—replica Melchora.— Y callan las
dos mujeres.
Agueda se embriaga con el zortcico que canta un leñador s lo lejos: Uso zuriya zera zu Nora juaten
zerra zu...
Canta el
leñador.—Melchora reza.— De pronto Agueda la interroga:
—¿Qué serán
aquellas luces que corren allí en el monte?
M.—¡Aquellas luces! ¡Ah, ah! ¿No sabe su merced de veras lo que son
esas luces?
A.—No, no lo sé. Brillan como estrellas. M.—Pues no son estrellas. A.—Las teas de algunos pastores que buscan ovejas perdidas..
M.—Con tiempos como el de hoy no sacan el ganado al monte en los
caseríos.
A.—Entonces,
¿qué son esas luces?
M.—Esas luces son espíritus, almas en pena que rondan por los montes y están purgando en el mundo los males que hicieron.. A.—¿Crees tú? M.—No es que lo crea yo. Muchos
Y la mujer vieja y la mujer niña continúan hablando de los espíritus. Nieblas bajas, diríase, que llenan la habitación. Una voz lejana murmura: «Amá... amá! Erbi levanta la cabeza. Las mujeres siguen hablando y hablan del mal de ojo, y al escuchar la terrorífica y nerviosa risa de Agueda, se cree que ésta se complace, voluptuosa, en amedrentarse. —¡Oh! ;Me parece que me voy hundiendo en el abismo de lo misterioso!— se dice mentalmente. La voz
lejana repite desfallecida: «¡Amá... amá!...»
A.—Parece que
han llamado...
M.—No, es el viento. (Dejan de hablar y escuchan.)
A.—¡Melchora!
M.—¿Qué?
A.—¿Habrá alguno en la
fábrica?
M.—No.
A.—Me ha parecido ver una luz allí. (Señalando por la ventana.)
M.—¡Bah! El perro de la fábrica hubiera ladrado. A.—Sin embargo, yo he visto una luz junto al dique. M.—No puede ser.
(Callan las dos durante un largo tiempo.—Óyense a lo lejos los aullidos de un perro.—Agueda y Melchora se miran y tiemblan.—Erbi ladra furioso.) M.—¡Allí!
¡Allí! (Se levanta asustada.)
A.—¿Qué hay?
M.—Allí—señalando
desde la ventana —ha pasado una sombra...
A.—¡Calla! ¡Es el manzano en flor que está junto a la alberca!
M.— Es verdad. Es verdad. (Cesan los aullidos. Erbi gruñe sordamente). ¡Gracias a Dios! No sabe su merced lo que me asustaría ver una sombra. Y ahora más. A.—¿Por qué?
M.—Mi madre me
contaba que una noche, en el bosque de nuestro caserío, vió, a la luz de la
luna, la sombra de un hombre que se parecía a su padre, una sombra blanca, muy
blanca, que cortaba leña con un hacha. Al otro día su padre, que era leñador,
murió de repente.
A.—¡Qué
extraño!
M.—No, eso pasa siempre. Cuando un hombre se va a morir, su espíritu se
escapa de su cuerpo y se aparece en el campo y en las casas.
(Se oyen
nuevamente los aullidos del perro de la fábrica. Erbi se acerca a la alcoba, y
con el hocico levantado aúlla de un modo lastimero. Agueda se asoma a la
ventana y mira varias veces a todos lados. Después, agarrando a Melchora por el
brazo, señala en la huerta, en dirección al río.)
A.—Melchora...
tienes razón. Allí hay alguno
M.—Una sombra. Una sombra. A.—Y el perro
aúlla.
(Miran las
dos desde la ventana la sombra que pasa lenta, muy lentamente.)
Voz lejana.—¡Amá, amá! A.—Ahora sí que ha
llamado...
Voz lejana.—¡Amá, amá! Melchora se
levanta y entra en el cuarto.
— ¡Dios mío,
Dios mío! (Vuelve a salir y huye despavorida.)
Agueda se asoma a la puerta de la alcoba, y al darse, cuenta de que la Muerte ha pasado por allí, cierra los ojos y espera algo, algo que va a caer sobre su alma, a hundirla para siempre en el abismo de la locura. Y Agueda nota que retozan en su alma las sonrisas de fantasías enfermas, las largas y vibrantes carcajadas; pero de pronto un impulso enérgico le dice que su razón no vacila; y ante lo inexplicable, y ante la Muerte, su espíritu se recoge y se siente con energía, y victoriosa de sus terrores, entra con lentitud en la alcoba de su padre, se arrodilla junto a la cama y reza largo tiempo por el alma del muerto. Para
mostraros esta escena corté antes el hilo de la acción, cuyo curso ahora
reanudo y acabo en cuatro palabras.
Al morir D.
Lucio, un francés, Alfort, que pretendía comprar la fábrica, y el
dependiente, que entraba a la parte y además ansiaba la mano de dama Agueda,
incitan a la huelga a unos mineros y a los fundidores de Mariano, a quien juzgan
por todos conceptos su odioso enemigo. Y así es, efectivamente, pues don
Julián, Agueda y Mariano tratan de cambiar la fábrica en hospital.
La huelga se
consigue. En la última jornada, que se desarrolla también de noche en el taller
de Mariano, se oye a los obreros cómo gritan: «¡A la huelga, a la huelga!
¡Mueran los burgueses! ¡Abajo los explotadores!»
La huelga es
un grave trastorno para
De repente
llaman a la puerta. Mariano abre y se encuentra con Agueda.
—¡Agueda! ¡Usted aquí! Pero ¿qué le pasa á usted? ¡Está usted temblorosa!
Agueda le entera de que los huelguistas han
entrado en la destilería, y de que ella, Agueda, ha huido acompañada de Erbi.
Breve tiempo después llega el doctor.
—Oye, Mariano — dice.—Agueda no está en su casa. —Está aquí.
No se apure usted. ¿Qué ha pasado en Arbea?
D. Julián
replica:
—¡Ah! ¿Está
aquí? ¡Hola, Agueda! ¿Sabes? A la destilería le han pegado fuego.
Mariano.—¿Los huelguistas? D. Julián.—Sí.
Luego el doctor, Mariano, Garraiz y aun Agueda trabajan en el volante para entregar la obra al gerente de la fábrica de cemento y al cabeza de la huelga, que asegura el doctor se presentarán con un notario después de media noche a exigir las máquinas ó la indemnización. Al amanecer,
Mariano, triunfador, corre a la vivienda donde su madre dormita, y corre con
Agueda en sus brazos, «como un bárbaro que lleva robada la vestal patricia».
Y Mariano,
desde la puerta, sujetando a Agueda—ya su novia,—que lucha por desasirse de él, murmura a la anciana:
—¡Madre! ¡Madre!.Mira, aquí tienes a la niña de Aizgorri. Agueda
escapa de los brazos de Mariano y se refugia, avergonzada, en los de la
anciana, que casi no se da cuenta de lo que ocurre.
Pero Mariano
ya ha hablado antes mucho a su madre de Agueda, y la vieja y la niña, bajo la
luz suave de una lámpara, charlan cariñosas en vascuence con un murmullo de
rezo apenas perceptible.
Cuando la anciana, escandalizada de la hora que marca el antiguo y huraño reloj del cuarto, se levanta y va a preparar junto a su alcoba el nido para la nueva hija, Agueda marcha a ayudarla, y entre las dos sacan del armario las sábanas y ponen las fundas a las almohadas y van mulliendo los colchones.
Y al ir á despedirse Mariano de su madre y de su
novia, ésta, con voz temblorosa, le dice señalando una franja de grana en el
horizonte:
—¡Oh! ¡Todavía debe seguir el fuego!
Mariano, después de mirar hacia allí, en voz baja
y también trémula, como si en la franja roja estuviera parte de su dicha, le
contesta conmovido:
—No, Agueda. Esa es la luz de la aurora. Es el día nuevo que nace. .
La casa de Aizgorri es una dulce y majestuosa sonata, ejecutada a la sordina. Su lectura enerva igual que la visita a un buen museo de pinturas, y todo él está tejido, en su fluidez, de espesas nieblas y blancas palideces de la luna y canciones de cucos.. Semeja La casa de Aizgorri a los cuadros de Carriere en lo
delicado, en lo sutil y neblinoso, y recuerda a Maeterlinck: aquel
continuo soplo de lo sobrenatural en la escena es Maeterlinck; el escenario
triste y viejo es Maeterlinck, y Maeterlinck es el ritmo armonioso de
las frases...
Si leéis esta novela de Pío Baroja, la leeréis maravillados, y aguzaréis en ocasiones el oído como para escuchar mejor lo que habla un personaje, porque las tupidas telas que en las sombras extienden las arañas del misterio, apagan las voces, ya mortecinas, de esos seres que viven vidas enfermas.. A mí,
finalmente, La casa de Aizgorri se me antoja una selva que murmura profunda, y Agueda es la cantaleta de una
fontana, destacándose argentina entre el murmurio de los añosos árboles.
La casa dé Aizgorri la escribió Pío Baroja en un rincón obscuro, tristísimo, y en una época en que sus asuntos marchaban muy mal. Así es sombría. Pero pasó
aquella desdichada época, y entonces, ya en otra más alegre, escribió Baroja
las divertidas aventuras y los estupendos inventos y mixtificaciones de
Silvestre Paradox.
Este Silvestre Paradox es un espíritu aventurero, que ha sido estudiante, criado de un charlatán sacamuelas, preceptor de unos niños aristócratas, y siempre bohemio e inventor hasta la muerte. D. Juan Valera lo hermana con los clásicos picaros. Alguna distancia separa, sin embargo, a Silvestre Paradox de Guzmán de Alfarache, de Marcos de Obregón, del Buscón D. Pablos y del Lazarillo de Tormes.. El mismo D.
Juan lo reconoce cuando escribe: «Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero,
ni soldado que va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y América, ni
queda cautivo en Argel, ni acaba como penitente ermitaño en un yermo; pero
lucha por la vida, como se "estila ahora.»
«Pero lucha
por la vida, como se estila ahora». He aquí con esta frase explicada la
diferencia entre Paradox y el clásico picaro: sirva de ejemplo el Lazarillo.
El medio ambiente los ha formado distintos, como distinto es él, y aunque en el
fondo de Paradox persiste la socarronería de Lázaro, el diverso modo de vivir
los ha templado de opuesta manera.
Lázaro de Tormes, al servicio del ciego, del clérigo tacaño, del escudero hambrón, del fraile de la Merced, del bulero, del capellán y del alguacil, hasta al casarse, permanece igualmente truhán y cínico. Constantemente tiene en sus labios la sonrisa de ironía descarada y un tanto tosca del español despreocupado de todas las preocupaciones. Esa sonrisa del viejo Menipo que, pintado por el más único pintor, se burla en el museo del Prado de los que le admiran, como cuando viviera se burlaría de los que le llamaban tonto y le daban pan. Silvestre Paradox es más bien un sentimental, y su sentimentalismo, que en Silvestre encontramos lógico, en Lázaro de Tormes no cabe siquiera suponerlo. Y esta diferencia ya es, a mi juicio, bastante notable, si no por lo que es en sí, por las otras diferencias que, ora como efectos suyos, ora como sus causas, se exponen alrededor. Paradox ama a los niños, a las almas candorosas; detesta lo petulante y lo estirado; le repugna la prensa, la democracia y el socialismo; juzga a la generalidad de los senadores, imbéciles, prefiere la conversación con un salvaje a la conversación con un diputado o con un académico, y solamente lee la Biblia, a Shakespeare, a Moliere y el Pickwik, de Dikens. Y es casi cristiano. Por lo demás, el mismo trabajo le cuesta creer que los hombres se transformaron de monos an- tropopitecos en hombres en la Lemuria, como opina Hoeckel, que suponer que los habían fabricado con barro del Nilo. A Silvestre
Paradox, individuo esencialmente paradoxal, se le ocurren, aparte sus características paradojas y sus inventos,
las ideas más raras, las más extravagantes ocurrencias.
Un día—verbigracia—la pereza se
enseñorea de Silvestre, y él, metido en la cama, se da a pensar en qué le
falta a la humanidad. De pronto exclama: «Hace falta un matadero de hombres, un
matadero para los fracasados, para los vencidos. Un matadero que fuese un
edén en donde se saborearan en una hora todas las voluptuosidades, todos los
refinamientos de la vida, y se entrara después en la muerte con el alma
saciada de un emperador romano de la decadencia.
Y como el espíritu de Silvestre necesita
fantasear, se representa el matadero, un magnífico palacio de hadas. Unas
cuantas señoras serían las encargadas de cumplir la
altruista misión de llevar gente al matadero. Y ya se figura una marquesa
joven, guapísima, elegantísima, que entra en aquel momento en su guardilla y le dice,
hablándole de vos:
—Venid, amigo
mío; mi coche os espera.
Y Silvestre le ruega que le aguarde un momento
mientras hace su toilette, y concluida
ésta, ofrece el brazo a la linda señora para bajar a la calle, y en la puerta
encuentran un coche, suben los dos, y a cada paso, tomando él la mano de la
marquesa, dice:
—¡Oh,
marquesa! Estáis encantadora...
Y el coche se desliza suavemente por avenidas cubiertas de arena, hasta que llegan al palacio, al matadero. Allí, en un salón bien adornado, en cuyas paredes sonríen las vírgenes de Vinci, las damas de Ticiano, las místicas doncellas de Rossetti, se sientan los dos a una mesa, provista de manjares dignos de Lúculo, y beben en copas cinceladas por Cellini, mientras se oye a lo lejos una música deliciosa y los más extraños perfumes suben al cerebro. Entonces la voz llena de caricias de la marquesa, que no ve que Paradox es viejo, ni que es triste, animada por una sublime piedad, murmura: «Te amo». Y, al mismo tiempo, Silvestre siente en su cuerpo una descarga eléctrica de unos miles de volts y saborea la suprema voluptuosidad de la muerte, sumergiéndose y derritiéndose placenteramente en la nada. Convendréis, señores, en que esto, más que a castellano viejo, suena a gabacho. Parece una plana del semanario parisién Le Rire. Y pues dije
franceses, os advierto que existen ciertas analogías en algunos pasajes, entre
Silvestre Paradox y Las escenas de la vida bohemia, de Mürger Paradox colabora en una revista, Lumen, y con tal
motivo trata a la bohemia literaria de Madrid y publica sus hazañas, sus
hazañas indignas, porque la bohemia matritense es tonta: se limita a gastar
melenas, no comer casi, y a silbar a Eugenio Sellés.
En cuanto a Silvestre Paradox, después de fabricar ratoneras, de inventar un submarino en colaboración con su compañero Diz—coleccionista de libros en dieciseisavo—y de escribir un novelón, sus acreedores lo encierran, juntamente con Diz, en la guardilla, y ambos la Nochebuena quiebran la claraboya y huyen. Al día siguiente baratan un reloj por unas pesetas, y ya con buenos propósitos toman el tren para Valencia, donde Diz tiene familia acomodada. Así acaban
las divertidas aventuras y los estupendos inventos y mixtificaciones de
Silvestre Paradox.
D. Juan
Valera dice que Paradox ha renovado en nuestros días la novela picaresca.
Yo bien lo creo; pero a mí Silvestre Paradox me sabe mejor a cerveza alemana que a vino rancio y de los lagares manchegos
El Mayorazgo de Labraz seguramente lo ha escrito Pío Baroja a la luz de un velón, en el sombrío taller, rodeado de librerías con cristales emplomados y verdosos, de un arca, de grabados del Greco y ásperas aguas fuertes. Y lo escribiría temeroso, medrosico, encogido en su respetable sillón frailero, y al lado, encima de la mesa, el gato Lamber miraría con extrañeza cómo escapaba serpenteando el humo de los pabilos. Labraz es un
pueblo moribundo de la antigua Cantabria: está en una colina, y es de traza
humilde y triste. Es un pueblo de la Edad Media; no hay calle que no sea
corcovada, ni casa sin escudo. Los patios se muestran empedrados de guijas, y en bastantes de ellos, blancos huesos de vaca trazan geométricos
dibujos alrededor de un pozo de gastado brocal.
En las esquinas hay arcaicos retablos. Recio murallón guarda a Labraz, y a determinada hora, en todo el año, un vejete que llaman el Capitán de las llaves, después de varios toques de corneta, cierra la puerta ferrada, claveteada. Y, como en los pasados tiempos, ya no se puede entrar en Labraz hasta el amanecer. Los
habitantes de Labraz son hidalgos, mendigos y abuelas hilanderas. Por las
calles tortuosas pasean los hidalgos aun vestidos de calzón y casaca, y entre
ellos caminan los labradores llevando del ronzal sus mulos, cuyas herraduras,
al golpear las losas, suenan a hueco.
Las funciones de iglesia constituyen el único entretenimiento de los labracenses. Entretenimiento que para unos pocos alcanza a la posada de la Goya. He aquí, señores, una posada del siglo de los Felipes. Su bella descripción, que a mí me agradó como el olorcillo del pan reciente, recuerda los cuadros sabrosamente íntimos del pintor belga David Teniers. Tiene el mesón tonalidades de nogal centenario, y es de éstos que no concebís sin calderetas de cobre, chimenea de alto humero, grandes tinajas de aceite y telarañosas caballerizas. En su posada, la Goya lee novelas, sus hijas Marina y Blanca hacen costura, unos pocos mozos juegan a los naipes y el excéntrico mister Botwell pinta acuarelas. El Mayorazgo
es el primer caballero de Labraz. Habita un caserón en el que también viven la
niña Rosarito y dama Micaela. El caserón aparece medio abandonado: en el
estrado silencioso se refugian los murciélagos; están deslustradas las
cornucopias, sucias de polvo las arañas cristalinas, desteñidos los
cortinones, y en la capota del grave coche señorial cacarean los gallos al
alba
En este
libro, más que en ningún otro, vemos al escritor que, en Camino de perfección, se confiesa enamorado de las antiguas
ciudades y del vivir andariego, vagabundo. Hacia el final emprenden un viaje
el Mayorazgo y Marina. Atraviesan infinitas
llanuras y montañas y primitivas aldeas de pastores.
Y ya al brindarles un vaquero con un jarrillo de leche, ya al referirles espantosa la desolación que causa el lobo, bien en la lucha épica del bandolero montañés y el mayorazgo, y en las adivinanzas y en los cuentos de la villanería, os figuráis que, encorvado sobre su báculo, un anciano patriarcal, un anciano bíblico, salmea ante vosotros medioevales cantatas en el monte bravio, bajo una encina y a la luz solemne de la luna Tan austeras
y tan sombrías como las aguas fuertes de Goya son
las páginas del tríptico La lucha por la vida.
Forman el
tríptico La busca. Mala hierba y Aurora Roja, novelas que dan una nota
insólita en el autor de La casa de Aizgorri y de El Mayorazgo de Labraz. Parece que Baroja rebañó con El Mayorazgo sus apasionamientos por lo antiguo y sus amores
a la hidalguía, pues en La busca y en Mala hierba solamente hay hampa. En esos libros siguen,
a tipos repugnantes, más tipos repugnantes: ladrones, chulos y mendigos accionan,
sin parar un punto, en aquel tablado, cuyo perpetuo fondo lo constituyen
tabernas, casucas de extrema pobreza, las cuevas de los golfos y la cárcel.
El escritor,
en tono familiar y compasivo, nos descifra cuantos hallazgos hace su gancho,
más despierto, más sutil que el de una trapera; y conforme adelantan las
historias, obsérvase en el narrador regocijo, el plácido regocijo que
cosechamos de las obras caritativas. En cambio el lector se entristece por el
conocimiento en que entra de una vida muy áspera, y si quien lee es lector
habitual de Baroja, acostumbrado a la alteza de El Mayorazgo, de Camino de perfección y de La casa de
Aizgorri, sufre a más una impresión extraña primeramente,
y luego casi, casi una decepción.
Yo la sufrí
en La busca... Verdad que
apenas hojeé Mala hierba, me rehice.
En medio de
la negror, el prólogo de Aurora Roja es una rendija de
luz. En él Baroja torna a las andadas, y otra vez atiende al río murmurante
entre chopos y a la luna de los campos.
Juan
estudiaba en un seminario; pero perdida la fe, decide colgar los hábitos, y los cuelga: una
noche tira a un río el manteo, la beca, el tricornio. Con los Comentarios de
César bajo del brazo, Juan abandona el
colegio, salva la frontera y se encamina a París. En París, Juan, que sabe
dibujar, trabaja, y trabaja de modo que, cuando vuelve a España y entra en Madrid, es
ya un escultor notable: entra en Madrid en época de Exposición, y envía al
Palacio de Cristal el grupo que titula Rebeldes y un busto de muchacha. Un periódico anarquista publica un artículo ensalzando el
grupo; el escultor y el crítico se conocen, intiman, y éste vuelca en
aquél sus ilusiones ácratas. A la larga queda convencido Juan, y entusiasmado de las ideas nuevas, agrupa a varios
anarquistas en un juego de bolos. Después, paso a paso, el escultor se olvida de su arte:
llega un tiempo en que no vive más que para el anarquismo, y habla en un mitin.
Dice:
—«La anarquía
no es odio, es caridad, es amor: yo deseo que los hombres se libren del yugo
de toda autoridad sin violencia, que los hombres luchen por salir del antro obscuro de sus miserias...»
Al fin, Juan
muere .En el cementerio, ante la muchedumbre obrera que acompaña al cadáver,
exclama uno:
—«Compañeros:
Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que acabamos de enterrar.
Era un hombre, un hombre fuerte con alma de niño. Pudo alcanzar la gloria de
un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria de ser humano; pudo
asombrar a los demás, y prefirió ayudarlos.»
Regularmente
no convendréis conmigo; sin embargo, para mí, Juan simboliza el proceso
literario de Pío Baroja.
Señores, voy
a terminar.
Tal vez
habrá extrañado alguien que no me ocupe de Camino de
perfección. De intento no
me ocupo de él: es mi idea establecer un paralelo entre Camino de perfección y La voluntad, de Martínez Ruiz, y ya cuando escriba unas
notas que acerca de Martínez Ruiz tengo en proyecto,
os hablaré de Camino de perfección.
Además,
señores, yo sólo me proponía aficionaros a un escritor aquí desconocido o
apenas conocido, y que, no obstante, es uno de nuestros mejores novelistas.
Os dije al
comenzar que vosotros los intelectuales no os ocupáis de lo que debierais
ocuparos, y que unos por grosera
¡Segunda vez
os ruego que cambiéis de rumbo!
Somos jóvenes y lo podemos todo. Acordaos de la juventud barcelonesa: de Ignacio Iglesias, de Eduardo Marquina, de Adrián Gual. Acordaos principalmente de Adrián Gual. Este,
rodeado de médicos, de abogados, de pintores y de estudiantes, logró fundar en
la positivista, en la filistea Bacelona un teatro de puro arte, el teatro
íntimo. Antes ha sufrido mucho, pero hoy se yergue altivo, y en la filistea y
positivista Barcelona se representan, y son aplaudidos, El Prometeo encadenado, de Esquilo; La Ifigenia, de Goethe; La alegría que passa, de Rusiñol,
y Misterio de dolor, del mismo Adrián Gual.
Sigámosle
nosotros y trabajemos por que Valencia entre en la excepción al quietismo de
las viejas ciudades provincianas. Emprendamos juntos tan grande, tan gloriosa,
tan heroica obra. Y al escalar la montaña en cuya cumbre sonríe el jardín
del arte, desnudo el pecho y al viento los cabellos, digamos cantando las bellas
palabras del libro de Isaías:
«¡Alégrate,
árido desierto! Que el desierto se goce y florezca como el lirio; que las
tierras estériles del Jordán se truequen en frondosa selva.»
Y estas palabras, amigos míos, que sean mandato, que sean súplica. He dicho.
Valencia.
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