SEGUNDA PARTE

CAPITULO XVII.-

Coronación y consagración de la emperatriz Catalina I. Muerte de Pedro el Grande

 

Pedro, al regreso de su expedición de Persia, se encontró, más que nunca, como el árbitro del Norte. Se declaró el protector de la familia del mismo Carlos XII, de quien había sido durante diez y ocho años enemigo. Hizo venir a la corte al duque de Holstein, sobrino de este monarca; le destinó para su hija mayor, y se dispuso desde entonces a sostener sus derechos sobre el ducado de Holstein-Slesvig; hasta se comprometió en un tratado de alianza que concertó con Suecia.

Proseguía los trabajos comenzados en toda la extensión de sus Estados hasta el fondo de Kamtchatca, y para dirigir mejor estos trabajos establecía en Petersburgo su Academia de Ciencias. Las artes florecían por todos lados; las manufacturas eran fomentadas; la marina, aumentada, los ejércitos, bien sostenidos; las leyes, observadas; gozaba en paz de su gloria; quiso partirla de un modo nuevo con la que, reparando la desgracia de la campaña del Pruth, había, decía él, contribuido a esta misma gloria.

18 mayo 1724. - Fue en Moscú donde hizo coronar y consagrar a su mujer Catalina, en presencia de la duquesa de Curlandia, hija de su hermano mayor, y del duque de Holstein, a quien iba a hacer su yerno. La declaración que publicó merece fijar la atención: en ella se recuerda el uso de varios reyes cristianos de hacer coronar a sus esposas; en ella se recuerdan los ejemplos de los embajadores Basilides, Justiniano, Heraclio y León el Filósofo. El emperador especifica en ella los servicios prestados al Estado por Catalina, y sobre todo en la guerra contra los turcos, cuando su ejército, reducido a veintidós mil hombres, tenía que combatir con más de doscientos mil. No se decía en esta orden que la emperatriz debiese reinar después de él; pero preparaba en ella los ánimos con esta ceremonia, desusada en sus Estados.

Lo que acaso podía hacer considerar a Catalina como destinada a subir al trono después de su esposo es que este misino marchó delante de ella a pie el día de su coronación, en calidad de capitán de una nueva compañía que creó con el nombre de caballeros de la emperatriz.

Cuando hubieron llegado a la iglesia, Pedro le colocó la corona sobre la cabeza; ella quiso abrazarle las rodillas; él se lo impidió, y al salir de la catedral hizo llevar el cetro y el globo delante de ella. La fiesta fue digna de todo un emperador. Pedro ostentaba en las grandes ocasiones tanta magnificencia como sencillez ponía en su vida privada.

Habiendo coronado a su mujer, se resolvió, al fin, a conceder su hija mayor, Ana Petrona, al duque de Holstein. Esta princesa tenía muchos rasgos de su padre; era de talla majestuosa y de gran belleza. Se la desposó con el duque de Holstein, pero sin gran aparato. Pedro sentía su salud muy quebrantada, y un disgusto doméstico, que acaso irritó más aún el mal de que murió, hizo estos últimos tiempos de su vida poco convenientes a la pompa de las fiestas.

Catalina tenía un joven chambelán, llamado Mons de la Cruz, nacido en Rusia de familia flamenca; era de figura distinguida; su hermana, la señora de Bale, era azafata de la emperatriz; ambos gobernaban su casa. Se acusó a uno y a otro al emperador; fueron metidos en la cárcel; se les siguió proceso por haber recibido regalos. Se había prohibido, desde el año 1714, a todo empleado, recibirlos bajo pena de infamia y de muerte, y esta prohibición había sido renovada varias veces.

El hermano y la hermana fueron convictos; todos los que habían o comprado o recompensado sus servicios fueron enumerados en la sentencia, excepto el duque de Holstein y su ministro el conde Bassewitz; es verosímil que los regalos hechos por este príncipe a los que habían contribuido a conseguir su matrimonio no fuesen considerados, como una cosa criminal.

Se condenó a Mons a ser decapitado, y a su hermana, favorita de la emperatriz, a recibir once golpes de knut. Los dos hijos de esta dama, uno chambelán y otro paje, fueron degradados y enviados en calidad de simples soldados al ejército de Persia.

Estas severidades, que rechazan nuestras costumbres, eran quizá necesarias en un país donde la conservación de las leyes parecía exigir un rigor espantoso. La emperatriz pidió perdón para su azafata, y su marido, irritado, se lo negó; en su cólera, hizo pedazos una luna de Venecia y dijo a su mujer:

Tú ves que no es preciso más que un golpe de mi mano para volver este espejo al polvo de que ha salido. Catalina le miró con tierno dolor y le dijo:

Y bien, habéis roto lo que constituía el adorno de nuestro palacio; ¿creéis que se ha hecho más hermoso por ello? Estas palabras apaciguaron al emperador, pero toda la gracia que su mujer pudo conseguir de él fue que su azafata no recibiera más que cinco golpes de knut en lugar de once.

No referiría este hecho si no estuviese certificado por un ministro, testigo ocular, quien, habiendo hecho él mismo regalos al hermano y a la hermana, fue acaso una de las principales causas de su desgracia. Fue esta aventura la que animó a los que juzgan todo malignamente, a propalar que Catalina apresuró los días de un marido que le inspiraba más terror por su cólera que gratitud por sus beneficios.

Se afirmaron en estas crueles sospechas por la prisa que tuvo Catalina de volver a llamar a su azafata inmediatamente después de la muerte de su esposo y concederle todo su favor. El deber de un historiador obliga a referir estos rumores públicos a que han dado lugar en todo tiempo y en todos los Estados los príncipes arrebatados por una muerte prematura, como si la naturaleza no fuese suficiente para destruirlos; pero ese mismo deber exige que se haga ver cuán temerarios e injustos eran esos rumores.

Hay una distancia inmensa entre el descontento pasajero que puede ocasionar un marido severo, y una resolución desesperada de envenenar a un esposo y soberano a quien se le debe todo. El peligro de tal empresa hubiese sido tan grande como el crimen. Había entonces un gran partido contrario a Catalina, en favor del hijo del infortunado zarevitz; sin embargo, ni esta facción ni ninguna persona de la corte sospechó de Catalina, y los rumores vagos que corrieron no fueron más que la opinión de algunos extranjeros mal enterados, que se entregaban sin razón alguna al ruin placer de suponer grandes crímenes en quienes se cree interesado en cometerlos. Este mismo interés era muy dudoso en Catalina: no era seguro que debiese ser la sucesora; había sido coronada, pero solamente en calidad de esposa del soberano, y no como debiendo ser soberana después de él.

La declaración de Pedro no había ordenado este aparato más que como una ceremonia, y no como un derecho a reinar; Catalina recordaba los ejemplos de emperadores romanos que habían hecho coronar a sus esposas, y ninguna de ellas fue soberana del imperio. En fin: aun durante la enfermedad de Pedro, muchos creyeron que la princesa Ana Petrona le sucedería, juntamente con el duque de Holstein, su esposo, o que el emperador nombraría a su nieto por sucesor suyo: así, bien lejos de tener Catalina interés en la muerte del emperador, tenía necesidad de su conservación.

Era sabido que Pedro estaba atacado desde mucho tiempo antes de un absceso y una retención de orina que le causaban dolores agudos. Las aguas minerales de Olonitz y otras que había empleado no fueron más que inútiles remedios; se le vio debilitarse sensiblemente desde principios del año 1724. Sus trabajos, de los que no descansaba nunca, aumentaron su mal y apresuraron su fin; su estado pareció muy pronto mortal; le acometieron calenturas muy altas que le sumieron en un delirio casi continuo; quiso escribir en un momento de descanso que le dejaron sus dolores, pero su mano no formó más que caracteres ilegibles, de los que no se pudo descifrar sino estas palabras en ruso: Devolved todo a ...

Pidió que se hiciese venir a la princesa Ana Petrona, a quien quería dictar; pero cuando ésta apareció ante su cama él había perdido ya el habla y entró en la agonía, que duró diez y seis horas. La emperatriz Catalina no se había separado de la cabecera en tres noches: al fin murió en sus brazos el 28 de enero, hacia las cuatro de la mañana

Se llevó su cuerpo al gran salón de palacio, seguido de toda la familia imperial, del Senado, de todas las personas más distinguidas y de mucha gente del pueblo; fue expuesto en una cama de respeto, y todo el mundo tuvo libertad de aproximarse y besarle la mano, hasta el día de su entierro, que se verificó el 10-21 de marzo de 1725.

Se ha creído, se ha impreso, que había nombrado en su testamento a su esposa Catalina heredera del imperio; pero lo cierto es que no hizo testamento, o, por lo menos, no apareció nunca, negligencia bien extraña en un legislador, y que prueba que él no había creído mortal su enfermedad.

No se sabía a la hora de su muerte quién ocuparía su trono; dejaba a Pedro, su nieto, hijo del infortunado Alejo; dejaba a su hija mayor, la duquesa de Holstein. Había un partido considerable a favor del joven Pedro. El príncipe Menzikoff, ligado a la emperatriz Catalina en todo tiempo, se adelantó a todos los partidos y a todos los proyectos. Pedro estaba próximo a expirar cuando Menzikoff hizo pasar a la emperatriz a una sala donde sus amigos estaban ya reunidos. Se hizo transportar el tesoro a la fortaleza; se aseguraron las guardias; el príncipe Menzikoff atrajo al arzobispo de Novgorod; Catalina celebró con ellos y un secretario de confianza, llamado Macarof, un consejo secreto, al que asistió el ministro del duque de Holstein.

La emperatriz, al salir de este consejo, volvió junto a su esposo moribundo, que exhaló el último suspiro en sus brazos. Inmediatamente, los senadores y los oficiales generales acudieron al palacio; la emperatriz les arengó; Menzikoff respondió en su nombre; se deliberó, por fórmula, fuera de la presencia de la emperatriz. El arzobispo de Plescou, Teófano, declaró que el emperador había dicho la víspera de la coronación de Catalina que no la coronaba más que para hacerla reinar después de él; toda la asamblea firmó la proclamación, y Catalina sucedió a su esposo el mismo día de su muerte.

Pedro el Grande fue llorado en Rusia por todos los que él había formado, y la generación que siguió a la de los partidarios de las antiguas costumbres lo consideró bien pronto como padre suyo. Cuando los extranjeros vieron que todas sus fundaciones eran permanentes han sentido por él una admiración constante, y han confesado que había sido inspirado más bien por una sabiduría extraordinaria que por el deseo de hacer cosas sorprendentes. Europa ha reconocido que él había amado la gloria, pero que la había cifrado en hacer bien; que sus defectos no habían empañado nunca sus buenas cualidades; que en él, el hombre presentaba manchas, pero el monarca fue siempre grande; forzó la naturaleza en todo, en sus súbditos, en sí mismo y sobre la tierra y sobre los mares; pero la forzó para embellecerla. Las artes, que ha trasplantado con sus propias manos a países en que muchos entonces estaban salvajes, han dado, al fructificar, testimonio de su genio y eternizado, su memoria; parecen hoy originarias de los mismos países adonde las ha trasportado. Leyes, policía, política, disciplina militar, marina, comercio, manufacturas, ciencias, bellas artes, todo se ha perfeccionado siguiendo sus planes; y por una singularidad de la que no hay ejemplo, cuatro mujeres han subido sucesivamente después de él al trono, las cuales han mantenido todo lo que él acabó y han perfeccionado todo lo que él había emprendido.

En palacio ha habido revoluciones después de su muerte; el Estado no ha experimentado ninguna; el esplendor de este imperio ha aumentado bajo Catalina I; ha triunfado de los turcos y de los suecos bajo Ana Petrona; ha conquistado bajo Isabel la Prusia y una parte de la Pomerania; ha gozado en seguida de la paz y ha visto florecer las artes bajo Catalina II.

A los historiadores nacionales incumbe entrar en todos los detalles de las fundaciones, leyes, guerras y empresas de Pedro el Grande; ellos alentarán a sus compatriotas celebrando a todos los que han ayudado a este monarca en sus trabajos guerreros y políticos. A un extranjero amante desinteresado del mérito basta haber intentado mostrar lo que fue el gran hombre que aprendió de Carlos XII a vencerle, que salió dos veces de sus Estados para gobernarlos mejor, que trabajó con sus propias manos en casi todas las artes necesarias, para dar ejemplo a su pueblo, y que fue el fundador y el padre de su imperio.

Los soberanos de Estados civilizados desde mucho tiempo antes se dirán a sí mismos: Si en los climas helados de la antigua Escitia un hombre, ayudado solo de su genio, ha hecho cosas tan grandes, ¿qué debemos hacer nosotros en reinos donde los trabajos acumulados de varios siglos nos han vuelto todo tan fácil?

 

CONDENA DE ALEJO.-El 22 de junio de 1717.