Edad del Bronce y Grecia Antigua

4.- Los Dorios

 

Se identifican como dorios los grupos de griegos del noroeste que, en la época inestable de las migraciones, tendían a asentarse en el Peloponeso, en las islas Cícladas y en la costa sur de Asia Menor, creando relaciones complejas con los que habitaban previamente esa zona, pero con la tendencia a imponer sus modos de organización. El problema se plantea ahora, no en términos disyuntivos, sobre si hay o no migración doria, sino en términos cualitativos, sobre qué quiere decir en esta época el concepto de etnia, de etnia doria, de movimientos de pueblos, y sobre qué tipo de movimientos colectivos pueden definirse como propios de la época, así como sobre los significados que en ellos tiene la lengua, la organización tribal y la configuración de las tradiciones legendarias. Al margen de los datos de la lingüística comparada entre los dialectos griegos, lo que se considera más característico de las ciudades encuadradas por la tradición entre los dorios es la organización tribal tripartita. Musti ha puesto el acento sobre la generalidad de la existencia de tal organización entre los dorios, acerca de la que es unánime la tradición en lo que respecta al carácter de su procedencia de la Grecia central, al norte del Peloponeso, dentro de la región donde se desarrollaron los dialectos del noroeste, grupo de procedencia de la lengua doria. Pánfilos, Dimanes e Hileos, nombres de las tribus dorias, son descendientes de los hijos de Eginio, personaje representativo de la tradición exterior al Peloponeso. El hecho de que Hilo sea hijo de Heracles, adoptado por Eginio, y de Deyanira, personaje vinculado, igualmente, a la Grecia central, convierte, en la leyenda, la invasión de los dorios en regreso de los Heráclidas, tradición que introduce un elemento de complejidad que seguramente se aproxima bastante a la realidad, susceptible de ser objeto de manipulación según los intereses concretos, tendentes a potenciar o reducir los componentes dóricos o predóricos en la configuración de la propia imagen de las colectividades correspondientes.

 

5.- Datos arqueológicos

 

Los estudios arqueológicos correspondientes muestran que la crisis de 1200 a.C. no significó la destrucción de los palacios, sino el inicio convulsivo de un proceso de cambio que, inicialmente, puede considerarse de decadencia, dentro de la pervivencia de los rasgos característicos de la civilización micénica, el Micénico Tardío III C. Los rasgos principales permiten una interpretación compleja del problema. Por una parte, se detecta la presencia de grupos extraños, posiblemente pastores, de asentamientos poco estables, que a veces parecen aprovechar y, posteriormente, remodelar las zonas marginales de los antiguos asentamientos, en proceso de crisis. No parecen estas poblaciones las responsables de ningún tipo de destrucción. En efecto, por otra parte, la crisis interna se manifiesta en una reducción cuantitativa de la población y en una reducción cualitativa correspondiente a las tumbas de las clases dominantes. La decadencia se prolonga durante todo el siglo XII y hasta el siglo XI, en el período conocido como submicénico en la terminología cerámica. La población continúa disminuyendo y algunos lugares resultan ya abandonados. Los síntomas de recuperación sólo empezarán a notarse a partir del siglo X. De todos modos, el proceso se revela extremadamente variable, con épocas vacías alternativamente en regiones diferentes, síntoma de que durante todo el período aquí tratado continuaron las convulsiones, con movimientos de pueblos y conflictos sociales indicativos de la configuración de una nueva sociedad. Las nuevas formas de asentamiento son, sin embargo, demasiado inestables para dejar huellas arqueológicas, pues las nuevas implantaciones territoriales se van haciendo de acuerdo con formas de organización tribal que no se sirven de lugares fijos desde los que controlar centralizadamente la producción, como ocurría en el mundo micénico de los palacios. Con todo, del uso de determinadas armas de bronce puede deducirse que los pueblos asentados en la Grecia del noroeste mantenían previamente contactos con los micénicos y que, en la época de transición, habían llevado a cabo determinadas modificaciones propias para adaptarlas a formas de guerra más móviles que estarían presentes en el Peloponeso de la época oscura para extenderse luego a las islas del Egeo meridional. Hiller encuentra en estos datos, junto con los lingüísticos, los fundamentos reales que pueden apoyar la creencia en las narraciones tradicionales acerca de las invasiones, explicables por movimientos tribales propios de una época de crisis. En lo que a la cerámica se refiere, el período se caracteriza por la pervivencia de los aspectos más vulgares de los estilos micénicos dispersos en las cerámicas regionales. La recuperación viene representada por el estilo protogeométrico, cuyos orígenes se sitúan en el Ática. A partir de aquí se difunde por todos los centros de la nueva cultura, empezando por la Argólide, que se convierte a su vez en centro de difusión de formas originales. El estilo geométrico es el síntoma más claro del desarrollo cultural de la época, tanto en los aspectos técnicos, reveladores del dominio de la rueda y del compás, como en el temático, indicativo de nuevas formas de control del mundo imaginario, con la representación de hombres y animales sometidos a la rígida lógica de la razón geométrica. Las nuevas agrupaciones tienden a crear estilos propios, sobre todo en las zonas de mayor vitalidad, Creta y Corinto, donde muy pronto se inclina hacia formas orientalizantes. Hay zonas que permanecen, sin embargo, al margen de las innovaciones o bien para seguir ancladas a estilos antiguos o porque han sufrido una larga despoblación, como Laconia, Acaya y Mesenia. Nada indica que el carácter dorio de las comunidades signifique la adopción de determinados comportamientos, ni en la difusión de formas cerámicas, ni en las nuevas formas de enterramiento con incineración en cista de piedra, ni en la extensión del uso del hierro, fenómenos culturales ajenos a cualquier consideración de tipo étnico.

 

6.- Identidades culturales

 

Al final de la Edad Oscura, las divinidades objeto de culto son sustancialmente las mismas que lo eran en el mundo micénico, de lo que puede desprenderse de los datos procedentes de las tablillas. Por otra parte, comunidades dorias y no dorias comparten las mismas divinidades dotadas de los mismos atributos. Más complicado resulta acercarse al problema desde el punto de vista arqueológico, pues los centros religiosos que reciben ofrendas desde el siglo XI y, más abundantemente, desde el X y el IX, si en unos casos, como el de la Acrópolis de Atenas, representan la continuidad de un centro de culto micénico, en otros parece establecerse en anteriores asentamientos de población, generalmente de carácter modesto, como podría ser el caso de lugares posteriormente tan importantes como Olimpia y Delfos. Los lugares micénicos, por el hecho de serlo, adquieren un nuevo prestigio que los hace utilizables para el culto de la religión tradicional, reconstituida a través de un proceso de utilización de mitos pasados y materiales revalorados ideológicamente. La nueva cultura se define en el uso del pasado. Lo mismo ocurre en la definición de los dorios como entidad cultural, donde se utiliza la tradición anterior referente a los Heráclidas descendientes del héroe aqueo, pero integrados en la nueva población a través de Eginio como padre adoptivo de Hilo, hijo de Heracles y Deyanira. Según Heródoto, V, 72, el rey Cleómenes de Esparta se declaró aqueo cuando quiso entrar en el templo de la diosa Atenea, en la Acrópolis de Atenas, y la sacerdotisa trató de impedírselo por ser dorio. Los reyes espartanos se consideraban descendientes directos de los Heráclidas, lo que servia de base, según Mazzarino, para alimentar la ambigüedad entre los dos aspectos que se hallaban mezclados en quienes habían adoptado ese nombre. El origen era doble y la definición llegaba a constituir un fenómeno eminentemente cultural, cuyas bases étnicas quedan integradas en un proceso histórico complejo. El agrupamiento en torno a las comunidades tribales resultaba así el factor más estable en el momento de definir las marcas de personalidad del grupo dorio. Sin embargo, si la identidad doria tiene sentido en este campo y en el lingüístico, en el aspecto religioso y cultural, así como en la renovación de formas de combate, ahora más móviles, y en las formaciones sociales y económicas, los rasgos comunes resultan predominantes para definir el momento histórico. El problema dorio se integra, por tanto, en un conjunto más amplio donde cobra un nuevo sentido al adoptar una posición determinada en la totalidad.