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HISTORIA UNIVERSAL BAJO LA REPUBLICA ROMANA

LIBRO SEGUNDO

CAPÍTULO SEGUNDO

 

Muerte de Agrón. - Sucesión de su mujer Teuta en el trono. - Fenice, entregada por los galos a los ilirios. Rescate de esta plaza por los epirotas a precio de dinero.

 

Después que regresó la armada, el rey Agrón escuchó de sus jefes la relación del combate (232 años antes de J. C.), y alegre sobre manera de haber postrado a los etolios, gente la más feroz, se dio a la embriaguez y otras parecidas comilonas, de cuyas resultas le dio un dolor de costado, que en pocos días le llevó al sepulcro. Le sucedió en el reino su mujer Teuta, que descargó en parte el manejo de los negocios en la fe de sus confidentes. Utilizaba su talento según su sexo. Solamente atenta a la pasada victoria, y sin miramiento a las potencias extranjeras, dio licencia primero a sus corsarios para apresar cualquier buque que encontrasen, más tarde equipó una armada y envió un ejército en nada inferior al primero, permitiendo a sus jefes todo género de hostilidades.

El primer golpe de estos comisionados descargó sobre la Elia y la Mesenia, países expuestos de continuo a las incursiones de los ilirios. El ser la costa dilatada y estar en lo interior del país las ciudades más importantes, hacían cortos y demasiado lentos los socorros que les prestaban contra los desembarcos de los ilirios, de lo que resultaba que éstos talaban impunemente y saqueaban de continuo las provincias. A la sazón la acumulación de víveres les había hecho internar hasta Fenice, ciudad de Epiro, donde, unidos con ochocientos galos que componían la guarnición a sueldo de los epirotas, tratan con éstos sobre la rendición de la ciudad. Efectivamente, con el asenso que éstos prestaron sacan sus tropas los ilirios y se apoderan por asalto de la ciudad y de todo lo que contenía, con la ayuda de los galos que se hallaban en su interior. Apenas conocieron esta nueva los epirotas, se dirigen todos con diligencia al socorro, llegan a Fenice, acampan, se cubren con el río que pasa por la ciudad, y para mayor seguridad quitan las tablas que le servían de puente. Pero advertidos de que se acercaba por tierra Scerdilaidas, al frente de cinco mil ilirios, por los desfiladeros inmediatos a Antigonea, envían allí parte de su gente para resguardo de esta plaza, y ellos, mientras, con la restante abandonan la disciplina, disfrutan a salvo las ventajas del país y descuidan las centinelas y puestos avanzados. Los ilirios, que supieron la división de sus tropas y demás inobservancia, realizan una salida de noche, y colocando unas tablas sobre el puente, pasan el río sin el menor riesgo, se apoderan de un puesto ventajoso, y permanecen el resto de la noche. Llegado que fue el día, se puso en batalla uno y otro ejército, a la vista de la ciudad. Los epirotas fueron vencidos; muchos de ellos quedaron sobre el campo, pero muchos más aun fueron hechos prisioneros, y los demás huyeron hacia los Atintanes.

Los epirotas, faltos de todo doméstico recurso con estos contratiempos, acudieron a los etolios y aqueos, rogando con sumisión su socorro. Éstos, sensibles a sus desgracias, asienten a la demanda, y marchan a Helicrano con el auxilio. Los ilirios, que habían ocupado a Fenice, llegan también al mismo sitio con Scerdilaidas, y acamparon cerca de estas tropas auxiliares, con el designio al principio de darles la batalla; pero además de que se lo impedía lo fragoso del terreno, recibieron unas cartas de Teuta, en que les prevenía su pronto regreso por haberse pasado a los dardanios parte de sus vasallos. Y así talado el Epiro, finalizaron un armisticio con los epirotas, por el cual les restituyeron los hombres libres y la ciudad por dinero; y puestos a bordo los esclavos y demás despojos, unos marcharon por mar, otros tornaron a pie a las órdenes de Scerdilaidas por los desfiladeros de Antigonea. Grande fue el terror y espanto que infundió esta expedición a los griegos que habitaban las costas. Todos reflexionaban que, esclavizada de un modo tan increíble la ciudad más fuerte y poderosa que tenía el Epiro, ya no había que cuidar de las campiñas como en los tiempos anteriores, sino de sus propias personas y ciudades. Los epirotas puestos en libertad por un medio tan extraño, distaron tanto de procurar vengarse de los autores de sus agravios, o proceder reconocidos con sus bienhechores, que por el contrario, juntos con los acarnanios enviaron embajadores a Teuta para llevar a cabo una alianza con los ilirios, por la que abrazaron en adelante el partido de éste en perjuicio de los aqueos y etolios: resolución que hizo pública por entones la indiscreción respecto de sus bienhechores, y la imprudencia con que habían consultado desde el principio sus intereses.

Que siendo hombres incurramos en cierto género de males im­previstos, no es culpa nuestra, sino de la fortuna o de quien es la causa; pero que por imprudencia nos metamos en evidentes peligros, no ad-mite duda de que somos nosotros los culpables. Por eso a los yerros de mera casualidad les sigue el perdón, la conmiseración y el auxilio, pero a las faltas de necedad las acompaña el oprobio y reprensión de las gentes sensatas. Esto fue precisamente lo que entonces experimentaron los epirotas de parte de los griegos. Porque en primer lugar, ¿qué hombres, conociendo que los galos pasaban corrientemente por sospechosos, no temen entregarles una ciudad rica, y que excitaba por mil modos su perfidia? En segundo, ¿quién no se previene contra la elección de semejante cuerpo de tropas?, gentes que a instancias de su propia nación, habían sido arrojadas de su patria por no guardar fe a sus amigos ni parientes, gentes que, recibiéndolas los cartagineses por las urgencias de la guerra, suscitada una disputa entre soldados y jefes por los sueldos, tomaron de aquí pretexto para saquear a Agrigento, donde habían entrado de guarnición en número entonces de más de tres mil; gentes que, introducidas después en Erice para el mismo efecto, al tiempo que los romanos sitiaban esta plaza, intentaron entregarles la ciudad y a los que estaban dentro; gentes que, malogrado este atentado, se pasaron a los enemigos; gentes, en fin, que lograda la confianza de éstos, saquearon el templo de Venus Ericina: motivos porque los ro­manos, enterados a fondo de su impiedad, después que finalizó la guerra con los cartagineses, no pudieron hacer cosa mejor que despojarlos de sus armas, meterlos en los navíos y, desterrarlos de toda Italia. A la vista de esto, ¿no se dirá con sobrado fundamento que los epirotas, en el hecho mismo de confiar sus leyes y gobierno democrático a gentes de esta ralea, y poner en sus manos la ciudad más poderosa, se constituyeron autores de sus mismos infortunios? Tuvimos a bien hacer esta reflexión sobre la imprudencia de los epirotas, para advertir a los políticos que en ningún caso conviene meter en las plazas guarniciones muy fuertes, sobre todo si son de extranjeros.