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Atila y la Batalla de las Naciones
LOS HUNOS
Sus caballos son más ligeros que panteras, más rápidos que los lobos en la
noche. Esos jinetes vienen de lejos, pasan como una tempestad y se arrojan como
el águila sobre su presa. No hacen caso de la fortaleza, amontonan un poco de
tierra y la toman al asalto...
Hacia el 432, los hunos se unificaron bajo el rey Rua o Rugila. En el 434
murió Rua, dejando a sus sobrinos Atila y Bleda, hijos de su hermano Mundzuk,
al mando de todas las tribus hunas. En aquel momento los hunos se encontraban
en plena negociación con los embajadores de Teodosio II, acerca de la entrega
de varias tribus renegadas que se habían refugiado en el seno del imperio de
Oriente. Al año siguiente, Atila y Bleda tuvieron un encuentro con la legación
imperial en Margus (actualmente Pozarevac, cercana a la actual Belgrado), y,
sentados todos en la grupa de los caballos a la manera huna, negociaron un
tratado, cuyo intermediario fue el magister
militum Plintha, acompañado de Epigeno, historiógrafo archivista y orador
de gran elocuencia. Nos asombra el talante con el cual ambos hermanos
recibieron a Plintha, que esperaba un encuentro fácil. Al aire libre, a caballo
para así evitar hablar desde tierra. El resultado de dicha embajada fue que los
embajadores romanos se vieron comprometidos a cumplir condiciones muy duras a
cambio de conseguir más tiempo, aunque Teodosio, emperador del Imperio Romano
de Oriente de la época, carecía de intenciones de respetarlo.
Los romanos acordaron no sólo devolver las tribus fugitivas (que habían
sido un auxilio más que bienvenido contra los vándalos), sino también duplicar
el tributo anteriormente pagado por el imperio, de 350 libras romanas de oro
(casi 115 kg), abrir los mercados a los comerciantes hunos y pagar un rescate
de ocho sólidos por cada romano prisionero de los hunos. Éstos, satisfechos con
el tratado, levantaron sus campamentos y partieron hacia el interior del
continente, tal vez con el propósito de consolidar y fortalecer su imperio.
Teodosio utilizó esta oportunidad para reforzar los muros de Constantinopla,
construyendo las primeras murallas marítimas de la ciudad, y para levantar
líneas defensivas en la frontera a lo largo del Danubio.
Los hunos permanecieron fuera de la vista de los romanos durante los
siguientes cinco años. Durante este tiempo llevaron a cabo una invasión de
Persia. Sin embargo, una contraofensiva persa en Armenia concluyó con la
derrota de Atila y Bleda, quienes renunciaron a sus planes de conquista. En el
440 reaparecieron en las fronteras del imperio oriental, atacando a los
mercaderes de la ribera norte del Danubio, a los que protegía el tratado
vigente. Atila y Bleda amenazaron con la guerra abierta, sosteniendo que los
romanos habían faltado a sus compromisos y que el obispo de Margus había cruzado
el Danubio para saquear y profanar las tumbas reales hunas de la orilla norte
del Danubio. Cruzaron entonces este río y arrasaron las ciudades y fuertes
ilirios a lo largo de la ribera, entre ellas –según Prisco– Viminacium, que era
una ciudad de los Moesios en Iliria (cerca de Kostolac). Su avance alcanzó Margus. La población
manifestó a las autoridades que no debían exponer a toda una provincia al
peligro huno por culpa de un sólo hombre; entonces el obispo se apresuró a
contactar con Atila y pactar salvar su vida mediante la entrega de la ciudad.
Esta traición fue aprovechada para atacar Margus y, de paso, Constanza,
Viminaco, Naiso, Singiduno y Sirmio.
Tratado de Anatolio
Teodosio había desguarnecido las defensas ribereñas como consecuencia de la
captura de Cartago por el vándalo Genserico en el 440 y la invasión de Armenia
por el sasánida Yazdegerd II en el 441. Esto dejó a Atila y Bleda el camino
abierto a través de Iliria y los Balcanes, que se apresuraron a invadir en el
mismo año 441. El ejército huno, habiendo saqueado Margus y Viminacium, tomó
Sigindunum (la moderna Belgrado) y Sirmium antes de detener las operaciones.
Siguió entonces una tregua a lo largo del 442, momento que aprovechó Teodosio
para traer sus tropas del Norte de África y disponer una gran emisión de moneda
para financiar la guerra contra los hunos. Hechos estos preparativos, consideró
que podía permitirse rechazar las exigencias de los reyes bárbaros.
La respuesta de Atila y Bleda fue retomar la campaña (443). Golpeando a lo
largo del Danubio, tomaron los centros militares de Ratiara y sitiaron con
éxito Naissus (actual Nis) mediante el empleo de arietes y torres de asalto
rodantes (sofisticaciones militares novedosas entre los hunos). Más tarde,
presionando a lo largo del Nisava tomaron Serdica (Sofía), Filípolis (Plovdiv)
y Arcadiópolis. Enfrentaron y destruyeron tropas romanas en las afueras de
Constantinopla y sólo se detuvieron por la falta del adecuado material de
asedio capaz de abrir brecha en las ciclópeas murallas de la ciudad. Teodosio
admitió la derrota y envió al cortesano Anatolio para que negociara los
términos de la paz, que fueron más rigurosos que en el anterior tratado: el
emperador acordó entregar más de 6.000 libras romanas (unos 1.963 kg) de oro
como indemnización por haber faltado a los términos del pacto; el tributo anual
se triplicó, alcanzando la cantidad de 2.100 libras romanas (unos 687 kg) de
oro; y el rescate por cada romano prisionero pasaba a ser de 12 sólidos.
Satisfechos durante un tiempo sus deseos, los reyes hunos se retiraron al
interior de su imperio. De acuerdo con Jordanes (quien sigue a Prisco), en
algún momento del periodo de calma que siguió a la retirada de los hunos desde
Bizancio (probablemente en torno al 445), Bleda murió y Atila quedó como único
rey. Existe abundante especulación histórica sobre si Atila asesinó a su
hermano o si Bleda murió por otras causas. En todo caso, Atila era ahora el
señor indiscutido de los hunos y nuevamente se volvió hacia el imperio
oriental.
Invasión del Sur
Tras la partida de los hunos, Constantinopla sufrió graves desastres, tanto
naturales como causados por el hombre: sangrientos disturbios entre aficionados
a las carreras de carros del Hipódromo; epidemias en el 445 y 446, la segunda a
continuación de una hambruna; y toda una serie de terremotos que duró cuatro
meses, destruyó buena parte de las murallas y mató a miles de personas,
ocasionando una nueva epidemia. Este último golpe tuvo lugar en el 447, justo
cuando Atila, habiendo consolidado su poder, partió de nuevo hacia el sur,
entrando en el imperio a través de Moesia. El ejército romano, bajo el mando
del magister militum godo Arnegisclo, le hizo frente en el río Vid y fue
vencido aunque no sin antes ocasionar graves pérdidas al enemigo. Los hunos
quedaron sin oposición y se dedicaron al pillaje a lo largo de los Balcanes,
llegando incluso hasta las Termópilas. Constantinopla misma se salvó gracias a
la intervención del prefecto Flavio Constantino, quien organizó brigadas
ciudadanas para la reconstrucción de las murallas dañadas por los seismos (y,
en algunos lugares, para construir una nueva línea de fortificación delante de
la antigua).
Ha llegado hasta nosotros un relato de la invasión:
La nación bárbara de los hunos, que habitaba en Tracia, llegó a ser tan
grande que más de cien ciudades fueron capturadas y Constantinopla llegó casi a
estar en peligro y la mayoría de los hombres huyeron de ella (…) Y hubo tantos
asesinatos y derramamientos de sangre que no se podía contar a los muertos.
¡Ay, que incluso capturaron iglesias y monasterios y degollaron a monjes y
doncellas en gran número! (Callínico, Vida de San Hipatio)
Atila reclamó como condición para la paz que los romanos continuaran
pagando un tributo en oro y que evacuaran una franja de tierra cuya anchura iba
de las trescientas millas hacia el este desde Sigindunum hasta las cien millas
al sur del Danubio. Las negociaciones continuaron entre romanos y hunos durante
aproximadamente tres años. El historiador Prisco fue enviado como embajador al
campamento de Atila en el 448. Los fragmentos de sus informes, conservados por
Jordanes, nos ofrecen una gráfica descripción de Atila entre sus numerosas
esposas, su bufón escita y su enano moro, impasible y sin joyas en medio del
esplendor de sus cortesanos:
Se había preparado una lujosa comida, servida en vajilla de plata, para
nosotros y nuestros bárbaros huéspedes, pero Atila no comió más que carne en un
plato de madera. En todo lo demás se mostró también templado; su copa era de
madera, mientras que al resto de nuestros huéspedes se les ofrecían cálices de
oro y plata. Su vestido, igualmente, era muy simple, alardeando sólo de
limpieza. La espada que llevaba al costado, los lazos de sus zapatos escitas y
la brida de su caballo carecían de adornos, a diferencia de los otros escitas,
que llevaban oro o gemas o cualquier otra cosa preciosa.
Durante estos tres años, de acuerdo con una leyenda recogida por Jordanes, Atila
descubrió la “Espada de Marte”:
“Dice el historiador Prisco que fue descubierta en las siguientes
circunstancias: Cierto pastor descubrió que un ternero de su rebaño cojeaba y
no fue capaz de encontrar la causa de la herida. Siguió ansiosamente el rastro
de la sangre y halló al cabo una espada con la que el animal se había herido
mientras pastaba en la hierba. La recogió y la llevó directamente a Atila. Éste
se deleitó con el regalo y, siendo ambicioso, pensó que se le había destinado a
ser señor de todo el mundo y que por medio de la Espada de Marte tenía
garantizada la supremacía en todas las guerras”. Jordanes, Origen y gestas de
los godos” (XXXV)
A).LOS AÑOS 450 a 452
Será poco después de la firma del tratado de Anatolio, cuando Atila
anunciará su intención de atacar a los visigodos. Esta paz fue, como se ha
dicho antes, muy favorable para los romanos orientales y considerada en la
corte de Constantinopla como el resultado de la gran capacidad diplomática de
Anatolio y de Nomo. Pero, sin querer restar mérito al trabajo de estos dos
hombres, no hubiera sido posible llegar a un acuerdo si los hunos no hubiesen
tenido el deseo de hacerlo. Es muy posible que Atila, en estos momentos ansiara
tanto como los romanos orientales terminar con los conflictos entre las dos
partes.
El jefe huno había mostrado en el pasado que los hunos eran un poder que el
imperio debía tener en cuenta. Así, aunque en este nuevo tratado cedió en algunos
puntos, ambos lados salían ganando, pero especialmente Atila porque aseguró a
los hunos la tranquilidad en la retaguardia mientras volvía su vista hacia el
Occidente. Lo que no entraba en sus cálculos, y ni siquiera podía haber
imaginado, era que Teodosio iba a morir tan pronto - no tenía cincuenta años.
La decisión de Atila de invadir el Occidente no parece basada en motivos
monetarios ni, como clarifica Thompson, por el posible botín que podían
conseguir en el oeste. El Imperio Oriental era todavía bastante rico para
continuar pagando los tributos exigidos durante muchos años, incluso más, como
testifica el hecho de que Marciano dejara 100,000 libras de oro en el tesoro
cuando murió seis años más tarde. Y, aunque es verdad que los Balcanes estaban
exhaustos y no eran ya una fuente de botín, las incursiones y saqueos ya habían
pasado a un segundo lugar como fuente de ingresos para los hunos. Por esas
razones parece que la decisión de Atila de volver su vista hacia el Occidente
estaba basada en dos propósitos. Primero, quería vengar la derrota de sus
tropas frente a Tolosa y en segundo lugar consideraba el Oriente asegurado como
aliado y fuente de ingresos futuros y quería conseguir un tratado parecido con
el Imperio Occidental.
Prisco critica esta embajada porque piensa que Anatolio y Nomo cedieron
demasiado a los hunos pagando un precio muy alto por mantener la paz.
1. La ofensiva diplomática huna entre los bárbaros: los bagaudas
Ya en el 450 había proclamado Atila su intención de atacar al poderoso
reino visigodo de Toulouse en alianza con el emperador Valentiniano III. Atila
había estado anteriormente en buenas relaciones con el imperio occidental y con
su gobernante de facto, Flavio Aecio. Aecio había pasado un breve exilio entre
los hunos en el 433, y las tropas que Atila le había proporcionado contra los
godos y los burgundios habían contribuido a conseguirle el título –más que nada
honorífico– de magister militum en
occidente. Los regalos y los esfuerzos diplomáticos de Genserico, que se oponía
y temía a los visigodos, pudieron influir también en los planes de Atila.
La invasión no era un acto precipitado. Atila, tras su toma del poder
después de la muerte de su hermano, y quizá mucho antes, comenzó una ofensiva
diplomática entre los numerosos bárbaros en el occidente, cuyas relaciones
entre sí y con el Imperio romano cambiaban frecuentemente. Ninguno de estos
pueblos podía ser considerado leal al imperio y, algo más importante, ninguno
mostró señas de hostilidad hacia los hunos entre el 439 y el 451. El propósito
detrás de esta ofensiva diplomática era primero dividir y luego conquistar los
pueblos bárbaros. Otro factor que Atila tenía a su favor era que en el 450 el
gobierno imperial en Rávena mantenía unas relaciones muy tensas no sólo con los
pueblos bárbaros sino también con el gobierno imperial oriental. En primer
lugar Valentiniano había rechazado con vigor el consejo de Teodosio de entregar
Honoria a Atila. Y, tras la muerte de Teodosio, los romanos occidentales se
negaron durante dos años a reconocer a Marciano como sucesor.
Uno de los pueblos con que Atila entró en contacto eran los bagaudas. Estos
ya habían sufrido una gran derrota en el año 437 a manos de los hunos cuando
éstos luchaban como auxiliares bajo el mando de Litorio. Pero poco después
resurgió su movimiento en España y, unos años más tarde, volvieron a la lucha
en la Galia. El hecho de que Aecio en el año 442, asentara a los alanos, con su
rey Goar, cerca de Orleans y les diera permiso para atacar a los bagaudas, que
entonces amenazaban a Tours, muestra que se habían convertido una vez más en un
peligro para los intereses del Imperio.
Sidonio cuenta que este ataque fue cancelado debido a la intervención del
obispo de Auxerre, Germanus. Unos años más tarde, hacia el 447-448, Tibato, que
había escapado de su cautividad, encabezó otra revuelta. El resultado de esta
rebelión no ha sido recogido por las fuentes pero parece que terminó en derrota
para los bagaudas y particularmente desastroso para Tibato.
Es tras esta nueva derrota de los bagaudae en el 448, cuando se hace
evidente un cambio interesante en las relaciones entre los bagaudas y los
hunos, probablemente debido a la política diplomática que Atila estaba llevando
a cabo en el Occidente. Once años después de ser diezmados por los hunos, los
bagaudas consideran a éstos como amigos. La Chronica Gallica dice que uno de
los jefes de los bagaudas, un tal Eudoxio, “médico, de ingenio erróneo pero
ejercitado, delatado por las revueltas políticas de estos tiempos en Bagauda,
huye a los hunos”. El nombre es griego y el que perteneciera a la clase
privilegiada no excluye que fuese un jefe de los rebeldes. Sin duda Eudoxio dio
a Atila mucha información sobre la situación en las Galias.
Los BAGAUDAS
El término bagauda, (en galo significaba “tropa”), se utiliza para designar
a los integrantes de numerosas bandas que participaron en una larga serie de
rebeliones, conocidas como las revueltas bagaudas, que se dieron en Galia e
Hispania durante el Bajo Imperio, y que continuaron desarrollándose hasta el
siglo V. Sus integrantes eran principalmente campesinos o colonos evadidos de
sus obligaciones fiscales, esclavos huidos o indigentes. El vocablo puede tener
un doble origen, bien una raíz latina que significa “ladrón”, bien una de
origen céltico que significa “guerrero”.
La primera noticia de estas revueltas se tiene en la Galia, desde el siglo
III, concretamente desde el año 285. El momento de auge de los bagaudas
coincide con el de mayor incidencia de las invasiones germánicas del siglo V,
en el que estas revueltas se transladan también a la Tarraconense y a
territorio vascón; en el marco de la crisis social y económica del Bajo
Imperio. Estos enfrentamientos se produjeron precisamente en un momento en el
que el mundo romano se enfrentaba a una presión que no conocía parangón en los
límites occidentales, desempeñando posiblemente un papel importante en la desintegración
del mundo romano.
Los campesinos formaron ejércitos que se enfrentaron con éxito a los
ejércitos romanos. En Hispania este movimiento se produjo sobre todo en el alto
y medio valle del Ebro, entre los años 441–451. Su origen son las luchas de
campesinos, libres o serviles, afectados por la crisis contra los grandes
propietarios entre los que estaba parte del episcopado urbano. Tuvo una gran
virulencia, llegando incluso a matar al obispo de Tarazona, a apoderarse de
Zaragoza y saquear Lérida con el apoyo de los suevos. La derrota final se
produjo en el año 454 con Federico, el hermano del rey visigodo Teodorico II,
aliado de los romanos, si bien la crisis continuaría hasta el siglo VIII.
Salviano de Marsella nos ilustra muy bien el fenómeno de las bagaudas:
Prefirieron vivir libremente con el nombre de esclavos, que ser esclavos
manteniendo sólo el nombre de libres.
“Acta bagáudica (I): Sobre quiénes eran bagaudas y su posible identificación en los textos tardíos”
“Movimientos sociales en la España del Bajo Imperio”,
2. Relaciones entre los hunos y el Imperio Occidental
Aecio era sin duda en este momento el hombre más poderoso en el Imperio
occidental y sus relaciones con los hunos parecían ser buenas. Pero hacia el
450 se nota un cierto enfriamiento en estas relaciones entre Atila y Aecio,
aunque parece que no llegaron a ser en ningún momento de una hostilidad
abierta. Muy probablemente Aecio no ignoraba que la política diplomática de
Atila le había granjeado la amistad de muchos otros pueblos bárbaros que ahora
miraban hacia él como su salvador. “Aunque los hunos en general fueron odiados,
el Imperio Occidental todavía no había sufrido los efectos de sus saqueos. Por
otra parte es posible que Atila y sus hunos parecieran invencibles y que esta
idea creara una general actitud de derrotismo”. Atila estaba ganando terreno en
el occidente y Aecio, que le conocía bien, sin duda tenía sospechas bien fundadas
de sus planes futuros.
Pero quizá lo que más puso a Aecio a la defensiva fuese la política de
Atila en relación con su guerreros. Aecio había utilizado mercenarios hunos durante
toda su carrera y a veces su propia vida y posición dependía de ellos. Pero,
tras la muerte de Bleda, Atila, ya jefe supremo de los hunos, prohibió a sus
guerreros entrar al servicio de los romanos; consideró a todos los mercenarios
hunos al servicio del Imperio Oriental como desertores y exigió su vuelta. Y no
hay razón para dudar de que esta política la llevase a cabo también en el
Occidente. Desde el 439 tras la derrota de Litorio y las tropas hunas, Atila no
había enviado más mercenarios al occidente. Pero la falta de información
concreta hace difícil analizar las relaciones entre el Imperio Occidental y los
hunos. Tenemos solamente fragmentos aislados y las crónicas, que no entran en
detalles.
Otro factor que hay que tener en cuenta es el temor por parte de los
romanos de que si Atila invadía las Galias ellos perderían su principal fuente
de soldados, tan vital para la defensa de estos territorios. Y también se podía
desequilibrar el complicado y extremadamente frágil sistema de tratados y acuerdos
entre el imperio y los pueblos bárbaros.
3. Escándalo en la corte
occidental: Justa Grata Honoria
Mientras se estaba llevando a cabo el último tratado de Anatolio, en la
corte occidental surgió un escándalo que determinó la política de Atila durante
tres años.
Valentiniano III, hijo de Constancio III y Gala Placidia, tenía una hermana
un año o dos mayor que él, llamada Justa Grata Honoria. El 23 de octubre del
425, tras la muerte del usurpador Juan, Valentiniano es coronado Augusto y al
mismo tiempo, o muy poco después Honoria, que tenía entonces unos ocho años,
fue nombrada Augusta .
Bury piensa, dado que no era muy frecuente coronar a una princesa tan
joven, que probablemente fueran Pulcheria, la hermana de Teodosio, y Gala
Placidia quienes convencieron a Teodosio de la conveniencia de preparar el
camino para Honoria por si algo le ocurría a su hermano. Las monedas (solidi de
oro) acuñadas en Rávena con su efigie son de dos tipos- ambas ofrecen el busto
y la leyenda DN GRAT HONORIA PF AVG en el anverso, pero se diferencian en la
inscripción en el reverso.
Una tiene la leyenda BONO REIPVBLICAE y una estrella, y, la otra, VOT XX
MVLT XXX, lo cual es similar a las monedas de Placidia acuñadas en Rávena, Roma
y Aquilea. Estas probablemente datan de unos pocos años después del 425, según
Bury. Hay otra pequeña moneda de plata con la leyenda SALVS RESPVBLICAE acuñada
algún tiempo antes del año 437, cuando se casa Valentiniano. Los retratos de
todas las mujeres son parecidos (todos de perfil), incluyendo las que no eran
de la familia de Teodosio y por esto son difíciles de distinguir.
Honoria vivía en su propia residencia dentro del recinto del palacio real
en Rávena. Bury la describe como una mujer ambiciosa y capaz, y heredera de
todas las cualidades que uno espera en un descendiente del primer Valentiniano,
nieta de Teodosio e hija de Gala Placidia y Constancio, todo lo contrario a su
hermano, a quien el autor describe como intelectual y moralmente pobre.
No tenemos detalles sobre su vida en la corte pero parece que el papel de
Honoria era de cierta importancia hasta que el matrimonio de su hermano y el
nacimiento de sus sobrinas la apartó de la vida cortesana. Probablemente, por
su carácter enérgico y ambicioso, y por su participación activa en las intrigas
de la corte, era una rival incómoda para Valentiniano. Bury supone que hubo
frecuentes conflictos en la corte por esas razones. Es muy posible que sólo la
presencia de Gala Placidia evitara que fuese eliminada violentamente. Y el
hecho de que tuviera prohibido casarse, a menos que el esposo fuese un hombre
sin aspiraciones al trono y el matrimonio concertado por la familia,
probablemente tuvo una influencia muy negativa en su comportamientol.
Marcellinus Comes dice que en el año 434, (cuando Honoria tenía alrededor
de 16 años), se convirtió en la amante de Eugenio, el mayordomo de su
residencia. (Procurator según Marcellino y Jordanes). Cuando el asunto fue
descubierto Eugenio fue ejecutado y Honoria prometida en matrimonio a un rico
senador llamado Herculano. Este ha sido identificado como Flavio Basso
Herculano que fue cónsul en el 452 y considerado un hombre estable, leal a la
corona y capaz de controlar a Honoria .
Esta idea resultó detestable para Honoria que envió a su fiel eunuco,
Jacinto, a Atila con una cantidad de oro no especificada, como regalo al rey
huno, y un anillo suyo, para demostrar la autenticidad del emisario, y una
carta pidiendo su ayuda. Bury dice que quizá esta decisión se basó en la que
tomó su madre, (que se casó con el jefe godo Ataúlfo treinta y cinco años
antes), cuando, después de la muerte de su padre Teodosio I, surgió una crisis
entre ella y su tío, y buscó ayuda entre las fuerzas bárbaras. Esta decisión
tan drástica es una muestra de la energía y audacia, de esta mujer, y sin duda,
de la angustia e infelicidad producida por su situación. Atila respondió
rápidamente reclamándola como esposa y exigiendo la mitad de los territorios
del Imperio occidental.
Atila envió sus demandas a Teodosio II, en Constantinopla, quién
rápidamente escribió a Valentiniano avisándole del gran peligro y aconsejándole
que entregara a Honoria. Valentiniano, enfurecido, hizo confesar a Jacinto, que
luego fue decapitado. Sin duda algo parecido le hubiera occurrido a Honoria si
no hubiese intervenido su madre Gala Placidia. Esta, que parece comprendía a la
perfección los sentimientos y el comportamiento de Honoria, teniendo las dos
caracteres muy semejantes, convenció a su hijo para que la entregase a su
custodia y desde este momento Honoria desaparece de la historia. Gala Placidia
murió unos meses más tarde (el 27 de noviembre de 450). Enterado de los
peligros que afrontaba su “novia”, Atila envió una embajada a Rávena para
defender su vida y derechos, insistiendo en que ella no había hecho nada malo,
era su novia y, sobre todo, que la mitad del Imperio occidental le pertenecía.
El hecho de que Atila dirigiera sus demandas primero a Teodosio, en la
primavera o verano del año 450, hace pensar que quizá Honoria estaba bajo su
custodia en estas fechas. Pero esta suposición
parece errónea; las fuentes solamente dicen que fue expulsada del palacio.
Además, el hecho de que Jacinto fuera torturado y decapitado por el emperador
Valentiniano nos induce a pensar que
volvió, quizá con un mensaje de Atila, a la residencia de su señora.
Los fragmentos de Prisco, contemporáneo de los acontecimientos y sobre cuya
obra se basaba el Marcellinus Comes, implica que el episodio de las relaciones
entre Honoria y Atila tuvieron lugar hacia el 449 ó 450, y no la fecha del 434
dado por el conde Marcellino. Los autores modernos no han llegado a un acuerdo
y Maenchen-Helfen rechazó rotundamente esta historia melodramática,
calificándola como “chismorreo cortesano”. Tillemont aceptó la fecha dada por
Marcellinus Comes diciendo que en los años entre su expulsión y su petición a
Atila “Honorie ne cessa point de solliciter Attila contre son frère”.
También Gibbon acepta las dos fechas diciendo que la “infeliz princesa pasó
doce ó catorce años en la compañía fastidiosa de las hermanas de Teodosio y sus
siervas vírgenes”. Mommsen dice que hay “eine geraume Zwischenzeit” entre el asunto
de Eugenio y el de Atila.
Pero Bury no está de acuerdo con estas interpretaciones, basando su
hipótesis en parte en: dos fragmentos de Merobaudes, Juan de Antiquía, y en
Jordanes. En primer lugar, Merobaudes, el poeta de la corte, describe la
familia real, y en los versos 13 a 16 dice: “Cuando su hermana está a su lado,
ella es como la luna iluminada por el sol. Y si ella se casa, será la unión de
Thetis con Peleo”. Esto, escrito hacia el año 441, parece refutar el argumento
que fue expulsada de Rávena en el 434.
Según Bury esta relación amorosa tuvo lugar cuando ella tenía más de
treinta años, y no dieciseis como insinúa el Marcellinus Comes. Sin duda era
una relación en la cual se compaginó la pasión amorosa y la ambición política,
aunque parece que hubo más connotaciones políticas que sentimentales. La posición
que ocupaba Eugenio no era un cargo servil, sino uno de relativa importancia,
equivalente a “ministro-superintendente”. Probablemente, consciente de ser
superior en inteligencia y capacidad a su hermano, Honoria pensaba que
casándose con un hombre de su agrado (y sin duda también ambicioso), ella, como
Augusta, podía desplazar a Valentiniano y subir ella misma al trono, elevando a
la vez a su marido al rango de príncipe consorte. Además si ésta hubiera sido solamente una
relación amorosa, sin un fondo de traición, el escándalo podía haber sido
evitado, permitiéndola casar con Eugenio. Lo extraordinario de este episodio es, a mi ver, el hecho de que Honoria
recurriera a Atila.
La pregunta primordial es ¿por qué le eligió como defensor de su causa? Hubo
otros jefes bárbaros más romanizados pero igualmente poderosos y ambiciosos en
el occidente. Además la fama de Atila que llegaba al occidente no podía haber
sido muy favorable, y esto hace pensar que este acto pudo haber sido una forma
de venganza- la destrucción o humillación del gobierno de su hermano. También
cabe que pudiera ser una decisión tomada al recibir las noticias de la decisión
de Atila de marchar hacia el occidente. En este caso, ella, humillada pero no
vencida, comprendía que era posible todavía desplazar a su hermano, alcanzar
para ella el trono occidental, y reinar al lado de un hombre que había mostrado
su superioridad. Pero éstas son meras suposiciones porque no conocemos el
contenido del mensaje.
Los años siguientes a la intervención de Atila tenían que haber sido muy
intensos para ella.
En el 451, Aecio consiguió movilizar a los visigodos y vencer temporalmente
a los hunos; en el 452 Atila podía haber sometido Italia y forzado a
Valentiniano a entregarle a Honoria si el miedo a la peste no hubiera provocado
su retirada. La inesperada muerte de Atila en el 453 puso fin a sus
preparativos para una tercera, y quizá, exitosa, incursión contra el Imperio
occidental, y, a la vez, puso fin a las esperanzas de Honoria.
B) ATILA ANUNCIA SU DECISIÓN DE ATACAR A LOS VISIGODOS
A principios del 450, poco después de firmar el tercer tratado de paz con
Anatolio, y antes de morir Teodosio II, Atila declara que va a atacar al reino
Visigodo asentado en Tolosa y, a la vez, dice no tener ningún deseo de romper
la amistad entre los romanos y los hunos. “Atila, robustecido en poderes
después de la muerte de su hermano asesinado, reunió a varios millares de
gentes próximas a él para la guerra, porque él como guardián de la amistad romana,
denunciaba que sólo hacía la guerra a los godos”. La decisión, enérgica y quizá
poco esperada, había sido tomada y la pars
orientalis podía respirar profundamente. Pero el momento parecía propicio
para los hunos por varios acontecimientos, entre los cuales estaban la petición
de ayuda por Honoria, las luchas por la corona entre los francos riparios, y,
según Jordanes, las intrigas de Genserico.
Genserico, rey de vándalos y alanos entre 428 y 477. Fue pieza clave en los
conflictos arrostrados en el siglo V por el Imperio Romano de Occidente, y
durante sus casi cincuenta años de reinado elevó a una tribu germánica
relativamente insignificante a la categoría de potencia mediterránea. Hijo
ilegítimo del rey vándalo Godegisilio, se le supone nacido en las cercanías del
lago Balatón en torno al año 389. Fue elegido rey en 428 a la muerte de su
medio hermano Gunderico. Brillante y muy versado en el arte militar, buscó de
inmediato el modo de aumentar el poder y la prosperidad de su pueblo, que
residía por aquel entonces en la Hispania Bética y que había sufrido los
ataques de los más numerosos visigodos. Así, poco después de acceder al trono,
Genserico decidió ceder Hispania a sus rivales, empleando para ello la poderosa
flota creada bajo el reinado de su predecesor. Aprovechando las disputas con la
metrópoli de Bonifacio, gobernador romano de África del Norte, 80.000 vándalos
-15.000 de ellos hombres de armas- cruzaron el estrecho en la primavera de 429,
partiendo de Tarifa y desembarcando en Ceuta. Tras varias victorias sobre unos
defensores romanos débiles y divididos, se hicieron con el control de un
territorio que comprendía el actual Marruecos y el norte de Argelia, poniendo
bajo asedio la ciudad de Hipona, que tomarían al cabo de catorce meses de duros
combates. Al año siguiente, el emperador Valentiniano III hubo de reconocer a
Genserico como soberano de todos estos territorios.
En 435 Genserico llega a un acuerdo con el Imperio Romano por el que el
reino vándalo pasa a ser foederati de
Roma con la concesión de Numidia. No obstante, en 439 Genserico toma –al
parecer sin lucha- la ciudad de Cartago, capturando la flota imperial allí
atracada. Con este movimiento hace a los vándalos dueños del Mediterráneo
Occidental, apoderándose a continuación de bases marítimas de gran valor
estratégico y comercial: las Islas Baleares, Córcega, Sicilia y Cerdeña. Roma,
privada de una de las mayores zonas de producción cerealística del viejo mundo,
habrá de comprar en lo sucesivo el grano del norte de África para su propio
aprovisionamiento
Así, Atila envió legados al emperador Valentiniano en Italia para sembrar
la discordia entre los godos y los romanos, con objeto de extenuar, por medio
de disensiones internas, a los que no podía vencer por las armas. En su carta
aseguraba que no quería en manera alguna romper la amistad que le unía al
imperio; que la guerra era entre él y Teodorico, rey de los visigodos, deseando
de todo corazón que Valentiniano permaneciese extraño a ella. Con esta maniobra
quería parecer ser como él decía, “el amigo de los Romanos” y el aliado de
Valentiniano.
Al mismo tiempo que enviaba legados a la corte de Valentiniano con la carta
asegurando su amistad con los romanos occidentales, Atila mandó otra a
Teodorico, aconsejándole repudiar su tratado con los romanos negociado por
Avito en el 439, y recordándoles “la guerra que estos le habían hecho con
encarnizamiento poco tiempo antes”. Nuestra fuente reconoce que “aquel hombre
astuto combatía con el artificio antes de combatir con las armas”. Atila no
había descartado la posibilidad de que los visigodos dejasen a un lado sus
desacuerdos con los romanos y pidiesen ayuda. La única posible explicación de
este mensaje es que el jefe huno quería inflamar los sentimientos de los
partidarios anti-romanos y de esta manera reducir la posibilidad de una alianza
entre los dos. Pero los visigodos tenían mucho más que perder si el imperio
permanecía imparcial.
1. Las causas de la invasión
Su verdadera razón para invadir el Occidente puede ser cualquiera de las
expuestas en las fuentes o, más probablemente una combinación de varias de
ellas. La única que se descarta es su “inclinación que le impulsaba a destruir
el mundo”. Más que destruirlo podía haber querido dominarlo. Su deseo de
venganza por la derrota y muerte de sus tropas hunas ocurrida once años antes
en Tolosa, tras tanto tiempo, no era más que un pretexto. Pero también es
posible que fuese a raíz de este incidente cuando comenzara a tomar forma su
plan de convertir a su pueblo en un gran poder frente al romano, y a la vez
vengarse definitivamente de los visigodos. Lo que probablemente le indicó que
el momento era propicio para poner su plan en marcha fue la petición de ayuda
por parte de Honoria, aunque no se precipitó.
La petición de Honoria probablemente llegó, según Bury, (History of the Later Roman Empire) en la
primavera del 450. Si eso es verdad puede haber llegado mientras los hunos
estaban negociando con la embajada romana encabezada por Anatolio y Nomo, y
puede ser la clave de por qué Atila cedió en tantos puntos. Sin duda la noticia
fue bien recibida por Atila. Su fama y poder eran conocidos en la corte de
Rávena, y uno de los miembros de la familia imperial no sólo pedía su ayuda
sino que le ofrecía su mano en matrimonio. Qué fácil serían sus pasos
siguientes. Primero atacaría el reino visigodo y su propio pueblo ocuparía su
lugar. Una vez establecidos, y demostrada su amistad hacia el imperio, él
ejercería su cargo de magister militum, desplazando a Aecio, y finalmente,
casándose con Honoria, llegaría a reinar legalmente en el occidente. Así,
dirigiéndose al emperador Teodosio, reclamó a Honoria como su novia y «su mitad
del territorio» sobre el que reinaba Valentiniano.
Esta demanda de la entrega de la mitad del imperio es interesante.
Seguramente Atila estaba bien informado sobre el hecho de que el territorio del
Imperio no era propiedad privada de los emperadores y que no se dividía entre
los hijos de los emperadores. No era ignorante de las costumbres romanas y su
sistema de gobierno y esta información, sin duda, se la dieron sus secretarios
romanos. El hecho de que enviase esta carta a Teodosio y no a Valentiniano
directamente puede tener varios objetivos. Quizá de esta manera demostraba que
él consideraba a Teodosio con más elevado estatus entre los dos emperadores, y
su intención era la de abrir una brecha en sus relaciones. Otra posibilidad es
que quisiera demostrar que el emperador oriental no era su enemigo, y de esta
manera aumentar su propio prestigio y poder. O bien, puede significar que Atila
quería que Teodosio, que conocía bien su tenacidad y peligrosidad, actuara como
intermediario. Sea como fuese, Teodosio escribió al emperador occidental
aconsejándole que entregara a Honoria al huno y de esta manera no darle ningún
pretexto para hacer más exigencias. Pero Valentiniano no le hizo caso.
2. La muerte de Teodosio II: Marciano elegido nuevo emperador en el oriente
Teodosio disfrutó poco de la paz del tercer tratado de Anatolio firmado en
junio del 450. El 26 de julio se cayó del caballo durante una cacería cerca del
río Lycus, próximo a Constantinopla. y murió dos días más tarde. Fue sucedido
por el tracio Marciano, casado con la hermana del fallecido emperador,
Pulqueria. Con su ascensión al trono oriental se produce un cambio radical en
la política imperial, especialmente en las relaciones con el exterior. Gran
parte de esta nueva política será obra de su primer ministro Eufemio, Magister
Officiorum, y quizá pariente del emperador. Prisco dedica un caloroso
panegírico a éste y dice que inició muchas de las medidas beneficiosas que se
llevaron a cabo durante el reinado de Marciano, que, según Teofanes (A.M. 5946)
será otra edad de oro.
Uno de sus primeros actos como emperador fue condenar a muerte a Crisafio,
acusado, según Prisco, de ser responsable de la degradante política de
concesiones y el pago de tributos a los hunos. Esta política aparentemente
blanda hacia los nómadas, había beneficiado principalmente a la clase media de
mercaderes, artesanos, comerciantes, transportistas, etc., a expensas de los
grandes terratenientes. El oro entregado a los hunos procedía, en gran parte,
de los bolsillos de los senadores pero volvía al imperio a las manos de esta
clase media por medio del comercio. Pero Prisco, aunque muy en contra del
ministro y su política, que él consideraba degradante, tuvo que admitir que
Crisafio disfrutó de una enorme popularidad. Durante la crisis en el otoño del
449, cuando no sólo Atila sino también Zenón exigían su cabeza, él recibió “de
todas partes, muestras de apoyo y ánimos”.
Hasta la llegada de Marciano ningún emperador occidental ni oriental,
consideró factible enviar un gran ejército a los territorios bárbaros debido a
su gran coste y poca efectividad. La movilidad de los nómadas hacía fácil su
dispersión antes de la llegada de un ejército. Además, si las tropas romanas
lograran entrar en contacto con ellos y vencerles, su victoria sería sólo sobre
una relativamente pequeña banda de guerreros que en nada afectaría a su fuerza
destructiva. Por ello resultaba mucho más barato comprar la paz.
En la política de Marciano se hacen evidentes dos tendencias. Primera,
mostrará ser partidario de los senadores y grandes terratenientes. Se limitó el
número de senadores sujeto al costoso cargo de praetor, abolió el follis
(impuesto sobre las propiedades de los senadores) y concedió el perdón, o
reducción, de los impuestos atrasados. La segunda tendencia se dará en las
relaciones con los hunos. Se enfrenta a ellos, negándose a pagar más tributos,
aunque sí les ofrece “regalos”, y hasta lleva, mientras Atila y la mayor parte
de sus guerreros están en Italia, un ejército romano a los territorios hunos.
Gran parte de la fuerza de Marciano es debida a la nueva situación huna. Sus
asentamientos en los últimos años son más permanentes y, en este momento,
pobremente defendidos; los hunos habían sufrido recientes derrotas en el
occidente y bajas por la epidemia de peste. Así el imperio ya no cederá ante
las exigencias y amenazas de los hunos. La demanda de Atila ante el nuevo
emperador, exigiendo el pago del tributo acordado por su predecesor fue
ignorada. Marciano les prometió a cambio “regalos”, y, además dijo que si ellos
le amenazaban con una guerra, él se enfrentaría a ellos con una fuerza igual.
Bury mantiene de que es esta negativa rotunda a pagar los tributos
acordados y su amenaza de contratacar lo que hizo que Atila se decidiera. Pero
Prisco dice que, después de esta afrenta, Atila tenía grandes dificultades para
decidir en que dirección debía atacar, y que finalmente decidió seguir hacía el
oeste sin arriesgar bajas en sus fuerzas. Además las tierras del Imperio
oriental se habían empobrecido. Poco más podía esperar de ellas enfrentándose
al nuevo emperador mientras el occidente era todavía muy próspero.
C) LOS VISIGODOS Y EL PAPEL JUGADO POR LOS VANDALOS
Aunque los visigodos en estos momentos están aliados con el Imperio, no se
puede hablar de una amistad entre los dos pueblos, ni tampoco una unanimidad
sobre la política que les convenía. Existía una importante división en las
filas visigodas, y la tendencia anti-romana predominaba. A pesar de las tensas
relaciones, los godos desempeñaron un papel importante en la protección de los
territorios de los grandes terratenientes romanos y que en parte eran suyos. ¿Era
éste el papel que Atila quería para su propio pueblo? ¿Veía el crecimiento de
este pueblo en un reino rico y poderoso como una amenaza para su propia
expansión? ¿O era, como dice Seeck, que su intención era cortar una posible
fuente de mercenarios y de oficiales para el ejército romano? De lo que sí
podemos estar seguros es que la decisión de atacar a los visigodos de Tolosa no
fue para complacer a Valentiniano ni a Genserico. Jordanes dice que lo que
finalmente impulsó a Atila a hacer estallar la guerra (contra los visigodos)
que meditaba hacía mucho tiempo fueron las intrigas de Genserico. “Genserico,
el rey de los vándalos, descubriendo en Atila la inclinación que le impulsaba a
destruir el mundo le arrastró por medio de grandes regalos a hacer la guerra a
los visigodos, temiendo la venganza de su rey Teodorico por el tratamiento
indigno que había hecho soportar a su hija”.
Según Frank Clover, los vándalos y visigodos, que siempre habían sido
enemigos, llegaron a un acuerdo entre el 440 y el 442, cuando ambos estaban
enemistados con el imperio occidental. Sellaron el acuerdo casando a la hija
del rey visigodo con Humerico, hijo de Genserico. Pero este enlace terminó
brutalmente. “Genserico, cuyo carácter cruel ni siquiera perdonaba a sus hijos,
por la simple sospecha de que habían querido envenenarle, la devolvió a su
padre a las Galias, después de despojarla de su belleza natural haciéndola
cortar la nariz y las orejas, condenando de esta manera a aquella desgraciada a
llevar eternamente el sello de su repugnante suplicio”. Jordanes dice que después
el rey vándalo tenía miedo a las represalias de los visigodos por este acto tan
repugnante y por eso animó a Atila a atacarles. Pero la verdadera razón por la
que Genserico rompió el tratado con los visigodos tan bruscamente pudo ser el
que en el año 442 se terminaron las hostilidades entre los romanos y los
vándalos. En este año el gobierno de Rávena pactó con Genserico, entregándole
Cartago y sus territorios interiores. Valentiniano III ratificó el tratado
prometiendo a su hija Eudocia en matrimonio al hijo de Genserico, Humerico, que
estaba casado anteriormente con la hija de Teodorico.
Parece que Genserico hallaba más interesante una boda-alianza con el
imperio, y la posible participación vándala en la sucesión imperial que un
pacto con los visigodos. Sin embargo, en el 450 las relaciones entre los
vándalos y Rávena se habían enfriado de nuevo.
Eudocia cumplió los doce años, la edad en que la ley romana permitía a las
chicas casarse, pero Valentiniano no mostró interés en cumplir lo prometido y,
además, eligió a su hija menor, Placidia, como vehículo de la sucesión
imperial.
Aunque Jordanes cita a Prisco como una de sus principales fuentes en su
obra es difícil saber si estas citas son de primera mano de sus manuscritos o a
través de Casiodoro. Por eso, cuando el autor godo dice que Genserico incitó a
Atila a atacar a los visigodos, quizá se basaba en el texto de Prisco que dice:
«Atila dudaba qué pueblo debía atacar primero y decidió que sería mejor
lanzarse a la guerra mayor y marchar contra el occidente porque allí él
lucharía no sólo contra los italianos, sino también contra los godos y los
francos - contra los italianos para obtener a Honoria y la riqueza, y contra
los godos en orden a poner a Genserico en deuda con él.
La validez de la acusación de Jordanes contra el rey vándalo no está
respaldada por ninguna otra fuente. Aparte de Jordanes y Prisco las crónicas no
mencionan que hubiese cualquier tipo de comunicación ni colaboración entre los
vándalos y hunos antes, durante, ni después de la batalla del 451. Para F.
Clover, no es lógico que Genserico incitase a los hunos a atacar a los
visigodos y no se aprovechase de la ocasión. Según éste autor, ésta es una
muestra del deseo del autor godo por glorificar la historia de su pueblo y un ejemplo
de su prejuicio contra los vándalos. Pero, aunque no hay pruebas de que los
vándalos participaran activamente en la invasión huna del 451/452, pueden haber
jugado un papel secundario: la ciudad de Roma dependía para su abastecimiento
de grano del norte de África hasta el año 439, cuando los vándalos tomaron
Cartago y recortaron los envíos. Desde entonces Roma dependía en gran parte de
los campos Italianos. En el 450 por razones desconocidas, quizá naturales, la
producción Italiana falló y el país padeció gran hambre.
D) ATILA SE PONE EN MARCHA
El caso es que en los primeros días del año 451, Atila se puso en marcha
desde Panonia hacia la Pars occidentalis. Como en sus actuaciones anteriores,
escogió el momento propicio, cuando la situación política era inestable en el
Occidente y el Oriente no estaba en condiciones de enviar ayuda, sino feliz de
verse liberado de la amenaza huna. Los visigodos, bien establecidos en
Aquitania, se resignaron a soportar ellos solos el ataque, aunque el autor U. Tackholm
duda de las fuentes cuando dicen que lo esperaban estóicamente. “A pesar de la
evidencia directa de las fuentes por lo que se sabe seguro sobre las tropas de
los nómadas, podemos decir con casi completa seguridad que las enormes
conquistas de los hunos fueron llevadas a cabo por un número muy pequeño de
bandas de guerreros a caballo”.
Pero poco a poco, y según avanzan, las tropas van aumentando.
Lamentablemente, en una parte perdida de su relato, Prisco, según Jordanes,
dice que el ejército de Atila en el 451 podía ser de unos 500,000 hombres. Es
dudoso que el propio Atila supiese ni siquiera aproximadamente el número, ni
era menos propenso que Genserico por razones propagandísticas a exagerar su
tamaño. Entre los que se unieron a sus guerreros estaban los gépidos
encabezados por su rey Ardarico asentados en las montañas de la Dacia; los
ostrogodos bajo el mando de sus tres jefes, Valamiro, Teodomiro y Videmiro; los
rugios del Theiss superior; los esciros de Galicia; los hérulos de las riberas
del Euxino; los turingios; los alanos y otros.
Los romanos occidentales se quedaron sin hacer grandes esfuerzos para unir
tropas esperando que el ataque de los hunos sería solo contra los visigodos.
Atila no era enemigo del Imperio. Aecio y los hunos mantuvieron relaciones
amistosas desde el periodo en que éste era rehén entre ellos hasta al menos el
año 439. Rua le había recibido en el 433 cuando tuvo que escapar de los ataques
contra su vida por Placidia y Sebastián, y le había enviado tropas hunas
mercenarias para sus luchas contra los visigodos, burgundios y baugadas. Y durante
sus campañas en las Galias, entre el 434 y el 439, Aecio envió a Atila un
secretario galo, Constancio. (Este sería ejecutado entre el 441 y el 445 por
los jefes hunos por algún complot no descrito por las fuentes, poco antes de
descubrir su papel en la venta de las copas de oro que le había entregado el
obispo de Sirmium antes de la caída de la ciudad). Tras la muerte de Bleda
parece que las relaciones siguieron siendo, si no amistosas, por lo menos
cordiales. Atila envió a Aecio al enano Zerco, antes propiedad de Bleda y el
jefe huno había sido nombrado magister militum del Occidente.
Sin embargo, hacia el 449 es evidente que la amistad entre Atila y Aecio se
había deteriorado notablemente; como muestra la embajada de romanos que
coincidieron en el campamento de los hunos con la de Maximino y de Prisco.
Estos habían sido enviados por Aecio para solucionar el asunto de Silvano y las
copas de oro y para intentar calmar la ira de Atila. Cuando Prisco abandonó el
campamento las negociaciones de los romanos orientales no habían avanzado y
Atila seguía amenazando con la guerra. No sabemos a qué solución llegaron.
Aunque el asunto no parece de mucha importancia, da pie para algunas preguntas;
si este incidente ocurrió unos cinco u ocho años antes ¿por qué Atila tardó
tanto en exigir soluciones?; no es muy probable que no tuviese conocimientos de
lo ocurrido. ¿Por qué insistía en la entrega de Silvano, a quien tenía que
saber que el imperio no iba a entregar, y no aceptó una indemnización? Atila
había comenzado a llevar a cabo la misma táctica de agotar al gobierno de
Rávena con quejas triviales y amenazas con las que tan buenos resultados había
conseguido antes en el oriente. Y es muy posible que recibiera tributos del
imperio occidental en forma de paga como magister militum.
Aunque no tenía la intención de atacar al Imperio, no por eso se puede
descartar la posibilidad de que quisiera hacerles saber que el suyo era un
poder que tenían que respetar y, quizá, pensaba asumir activamente el cargo de
magister militum de Occidente, que había recibido a titulo honorífico. En este
caso Aecio sería un obstáculo que tendría que eliminar o desacreditar.
Es Jordanes, una vez más, quien dice que Atila “se creía en el deber de
comprar, aun al precio de su propia ruina, la muerte de Aecio, porque éste era
quien estorbaba sus movimientos”. Y Juan
de Antioquía también dice que Atila no podía llevar a cabo sus planes de
conquistar la Galia ni casarse con Honoria si no eliminaba primero a Aecio. Pero
Atila cometió un gran error que le costaría caro. Según Prisco, después de
ponerse en marcha el rey huno envió legados a la corte en Rávena y otros a
Constantinopla avisando que no debían hacer ningún daño a su «novia» y que la
vengaría si algo le ocurría e insistiendo en la entrega de su “herencia”, la
mitad del imperio occidental. La embajada fracasó. Los romanos dijeron que no
podían entregarla porque Honoria estaba prometida a otro hombre y además que la
mitad del imperio no le pertenecía porque la herencia del trono era por la línea
masculina. Parece que es en este momento cuando Atila decide atacar al Imperio
Occidental.
Al mismo tiempo que Atila envió su segundo mensaje a Rávena, reclamando a
Honoria y su mitad del Imperio, comenzó una pequeña campaña contra los francos
ripurios en la frontera gala.
Cuando murió el rey de este pueblo surgió una lucha interna por la corona.
El hijo mayor del difunto rey pidió ayuda a Atila y el otro hijo buscó apoyo en
Aecio. Este joven príncipe fue a Roma hacia finales del 450 donde coincidió con
Prisco. El autor describe como su larga melena rubia caía sobre sus hombros y
el hecho de que fue adoptado por Aecio, quien, junto con Valentiniano le
hicieron abundantes y costosos regalos. Con esta alianza Aecio y el emperador
mostraron estar enfrentados a los hunos. Este incidente decidió su ruta de
entrada en la Galia. Prisco dice que esta disputa dinástica fue su pretexto
para atacarles. No hay noticias de como terminó este asunto, ni sabemos si
Atila mismo tomó parte en ello, pero en la gran batalla los francos lucharon
con los romanos contra los hunos.
Hoy es casi imposible saber en qué orden ocurrieron todos los incidentes
anteriores. Las fuentes no coinciden. ¿Cuando decidió Atila invadir la pars
occidental? ¿Fue antes del 449 y del tratado de Anatolio, o después de las
propuestas de Genserico que reavivaron sus ganas de venganza contra los
visigodos, o despertaron en él sueños de poder reinar en el occidente tras
recibir el mensaje y sortija de Honoria? Quizá no lo sabremos nunca. ¿Envió sus
legados a Teodorico tras el rechazo de su petición de la mano de Honoria por
Valentiniano?
1. Los hunos cruzan el Rhin
El lugar donde Atila cruzó el Rhin es desconocido pero se supone que lo
hizo cerca de Neuwied, tras cortar árboles para construir barcas. Los
historiadores están de acuerdo en que su primer objetivo sería someter a los
francos Ripuarios que se habían aliado con Aecio. El no podía arriesgarse
dejando un pueblo enemigo en su retaguardia.
Los contemporáneos estaban atemorizados y decían que el ejército huno
contaba con quinientos mil hombres. Sidonio Apolinar, poeta y gran
terrateniente en las Galias relata la marcha de estas hordas invasoras y añade
a la lista de las tribus que se unieron a Atila pueblos que habían desaparecido
cientos de años antes pero que se recordaban por su ferocidad, y alguno que
quizá nunca existió.
Sidonio dice que cuando las tropas de Atila llegaron al Rhin se unieron a
ellos los burgundios. Probablemente éstos eran los que quedaron al este del
Rhin cuando se dividió su pueblo cruzando el resto a la otra orilla. Estos
burgundios orientales habían derrotado a los hunos de Octar muchos años antes.
No está claro si se unieron a las hordas de Atila por su propia voluntad o
fueron sometidos por él como venganza.
2. El pacto entre los visigodos y los romanos
Ahora, como los planes de Atila estaban claros, los romanos se dieron
cuenta de que ellos también tenían que prepararse para la guerra.
Es dudoso que Aecio, o cualquier otro que conociera a los hunos, realmente
creyera a Atila cuando éste afirmaba ser amigo del imperio y que su intención
era atacar a los visigodos. Pero es evidente que Aecio comenzó a tomar medidas
tarde y que los ejércitos que reunió no eran los adecuados. Próspero dice que
los godos y los romanos no comenzaron a prepararse para la guerra hasta después
de que los hunos hubiesen cruzado el Rhin. Ahora él, Aecio, tendría que luchar,
aliado con su enemigo Teodorico, contra su amigo, Atila, para defender el
Occidente.
Esta cooperación entre Aecio y los visigodos parecía desde el principio
condenada al fracaso. Veinte años de hostilidades entre ambos habían dejado su
huella y Teodorico esperaba el ataque solo pero con valentía: «los godos saben,
sin embargo, combatir a los soberbios».
Así el problema de Aecio era grave. Alguien tenía que convencer a los
visigodos de que olvidaran los últimos veinte años de discordias y se unieran a
los romanos; tenían que llegar a un acuerdo rápidamente. Además había que
convencerles de ampliar su campo de operaciones. Estos estaban concentrados en
la defensa de Tolosa no en la de la Galia.
Aecio, sabiendo que si él intervenía cualquier negociación fracasaría,
convenció a Valentiniano para enviar a Avito a la corte en Tolosa. Este es el
mismo Avito que había llegado a una paz con Teodorico en el 439 con una
habilidad diplomática que impresionó al emperador y al mismo Aecio, y que
sería, en el futuro, emperador. Su misión tuvo éxito y Teodorico acordó luchar
al lado del hombre que había sido su principal enemigo durante tantos años.
El mensaje que Valentiniano envió con los legados a Teodorico era el
siguiente: «De tu prudencia es ¡oh el más valiente de los hombres! unirte con
nosotros contra el tirano de Roma, que aspira a reducir a la servidumbre al
mundo entero». Teodorico contestó «Satisfechos están vuestros deseos ¡oh
romanos! También nos habéis hecho a nosotros enemigos de Atila. Le
perseguiremos por todas partes donde nos llame su presencia, y aunque sus victorias
sobre muchas naciones le han henchido de orgullo, los godos saben combatir a
los soberbios». Pero Bury dice que los visigodos habían decidido permanecer
neutrales hasta que vieron que la meta de Atila era el reino de los visigodos,
y solamente entonces llegaron a un acuerdo con Avito, el legado de Aecio.Los
hunos ya habían cruzado el Rhin y se estaban acercando al Loira cuando los
visigodos y romanos llegaron a su acuerdo. Por otra parte esta guerra se
complica cada vez más para Rávena porque una gran hambruna asola el interior de
Italia en el 450.
3. El Occidente se prepara para el ataque
A los romanos y visigodos “se unieron como auxiliares, francos, sármatas,
armoricanos, licienos, burgundios, sajones, ripuarios e ibriones, soldados del
Imperio en otro tiempo, pero llamados ahora solamente como auxiliares, y
algunos otros pueblos célticos o germánicos”.
Los sármatas pueden ser los alanos, cuyo comportamiento hace dudar de su
lealtad al imperio, y de que esta alianza no fuese forzada. Los licienos e
ibriones son desconocidos y no mencionados por las otras fuentes. Tampoco está
claro la participación de los bagaudas armoricanos entre los auxiliares
romanos. Poco antes, su rebelión fue sofocada por las tropas occidentales y uno
de sus líderes, Eudoxio, se había refugiado en el campamento de Atila. «( ...)
mas cuando pasado el Rhin muchas ciudades de la Galia, experimentaron sus
durísimos ataques, rápidamente complació a los nuestros y también a los godos
que asociados los ejércitos se ofreciese al furor de los enemigos orgullosos, y
fue tan grande la prudencia del patricio Aecio que congregados luchadores a
escondidas, en todas partes se presentaba un número no desigual al de la
multitud enemiga. En cuyo conflicto, no cediendo ni uos ni otros, fueron
chechas inestimables matanzas de los que morían conjuntamente, sin embargo,
consta que los Hunos fueron vencidos por aquellos que perdida la confianza de
luchar, los que quedaron, volvieron a sus propiedades. Aquilea fue dominada».
4. Los hunos atacan Orleans
El ejército huno capturó Metz, el 7 de abril del 451, y conquistaron muchas
otras ciudades, incluyendo Trier. Probablemente muchas de éstas abrieron sus
puertas a los hunos sin luchar, recibiéndoles como amigos. Sobre este asunto
Jordanes dice: «( ...) parécenos necesario referir los movimientos que se
realizaron en los dos ejércitos; porque aquel hecho fue tan fecundo en
accidentes y en peripecias diversas, que se ha hecho memorable después.
Sangibano, rey de los alanos, contemplando con terror el porvenir, promete
ponerse de parte de Atila y entregarle la ciudad gala Aureliana (Orleans),
donde moraba entonces». Estos alanos con su rey Goar, habían sido asentados por
Aecio cerca de Orleans en el 442, para frenar a los bagaudas de Armórica.
“En cuanto Teodorico y Aecio tuvieron conocimiento de estos propósitos, se
hicieron dueños de la ciudad por medio de grandes obras de tierra, la
destruyeron antes de la llegada de Atila, y vigilando a Sangibano, que se había
hecho sospechoso, le colocaron con sus alanos en medio de sus auxiliares”.
Jordanes dice que los hunos no asediaron la ciudad. Pero según Sidonio, los
hunos consiguieron entrar en la ciudad aunque fueron forzados a retroceder el
14 de junio. La defensa de la ciudad a base de emboscadas hechas por los
propios ciudadanos encabezados y animados por el obispo de la ciudad, Aniano, resistió
hasta la llegada de las tropas romanas y visigodas.
Magnificando los peligros y colocando a los hunos dentro de la ciudad
aumentaría el prestigio de S. Aniano y de la Iglesia. Los romanos y godos
llegaron a tiempo de salvar a la ciudad gracias a las plegarias del obispo.
Atila tuvo que retirarse con sus tropas seguidos de cerca por los romanos y sus
auxiliares a un lugar conocido como los Campos Cataláunicos, que probablemente
es una denominación de gran parte de Champagne.
5. La batalla de los Campos Cataláunicos (o de las naciones)
Esta batalla fue un acontecimiento internacional participando en ella
pueblos desde el Volga hasta el Atlántico (pero no los vándalos).
Las fuentes contemporáneas, casi únicas que tenemos de esta batalla son las
crónicas y es escasa la información que éstas dan sobre la estrategia política
o las tácticas bélicas. El Chronicon de Próspero, clérigo de Aquitania, es el
más completo existente y probablemente fue escrito en Roma. Éste muestra una
admirable imparcialidad hacia los principales participantes en los acontecimientos.
Aunque no es muy probable que sintiese ninguna simpatía hacia los visigodos, no
muestra en sus escritos sus sentimientos. Otro contemporáneo, Sidonio Apolinar,
ni menciona la batalla. En relación a esta guerra ningún escrito de Prisco ha llegado
a nuestros días y se desconoce si existió alguna vez. Este historiador
pertenecía al mundo oriental, no sólo en el aspecto de estilo literario sino en
las materias de su atención. Estaba más interesado en la psicología y
costumbres de los hunos, y parece que tenía pococonocimiento, y quizá ningún
deseo de saber en su política y estrategias de sus guerras. Tampoco tuvo mucho
interés en los godos ni en los acontecimientos en el Occidente. El único que lo
trata con algún detalle es Jordanes, godo, defensor y historiador de su pueblo,
que escribió unos cien años después de los acontecimientos. Cuando refiere sus
fuentes para la batalla, en lugar de mencionar personas concretas, dice: si
senioribus credere fas est, alii vero dicunt, fertur, y referuntur, lo cual
sugiere que utilizó principalmente la tradición oral goda.
El lugar exacto donde tuvo lugar la gran batalla, llamado Maurica, es
desconocido pero se supone que era una gran llanura donde la caballería de los
hunos podía maniobrar. Según Jordanes “reuniéronse en los campos Cataláunicos,
llamados también Mauricianos, campos que tienen de longitud cien leguas, según
las llaman los godos, y setenta de anchura. La legua gala tiene mil quinientos
pasos. Aquél rincón del mundo viene a ser la arena de innumerables pueblos”. La
fecha también es desconocida. Bury dice que, si es verdad la fecha dada en Vita
S. Aniani, los hunos fueron expulsados de Orleans el 14 de junio, y la batalla
pudo tener lugar alrededor del 20 de junio. Maenchen-Helfen la fecha, sin presentar
sus razones, en la primera semana de julio.
La batalla, que comenzó alrededor de la novena hora del día, es dividida
por Jordanes en dos partes. La primera parece ser la lucha para tomar la cima
de una pequeña colina que dominaba el campo de batalla y de la cual las dos
partes habían conseguido conquistar una parte de la ladera. La alineación de las
dos partes era la siguiente:
“Formaban el ala derecha Teodorico y sus visigodos; Aecio la izquierda con
los romanos; en el centro habían colocado a Sangibán, el rey de los alanos, que
por estratagema de guerra, habían cuidado de encerrar en medio de tropas de
reconocida fidelidad. El ejército de los hunos formó en orden contrario,
colocándose Atila en el centro con los más valientes de los suyos. Adoptando
esta disposición, el rey de los hunos pensaba especialmente en sí mismo, y su
objeto, al colocarse en medio de sus guerreros más escogidos, era ponerse al
abrigo de los peligros que le amenazaban; los numerosos pueblos que había
sometido a su dominación formaban las alas. Entre todas las fuerzas sobresalía
el ejército de los ostrogodos, mandado por Valamiro, Teodomiro y Videmiro, tres
hermanos que sobrepujaban en nobleza al mismo rey bajo cuyas órdenes marchaban
entonces, porque pertenecían a la ilustre y poderosa raza de los amalos. Veíase
también allí, al frente de innumerables masas de gépidos, a Ardarico, su rey,
famoso y valiente, que por su gran fidelidad a Atila, era admitido por éste a
sus consejos. El rey de los hunos había sabido apreciar su sagacidad; así es
que éste y Valamiro, rey de los ostrogodos, eran los preferidos entre todos los
reyes que le obedecían. Valamiro era fiel para guardar el secreto, tenía
palabra persuasiva y era incapaz de traición; Ardarico era renombrado por su
fidelidad y por su claro juicio. Al marchar con Atila contra sus parientes los
visigodos, uno y otro justificaban su confianza. La multitud de los demás
reyes, si puede hablarse así, los jefes de las diferentes naciones, cual
satélites suyos, observaban todos los movimientos de Atila; y en cuanto les
hacía una señal con la mirada, cada uno de ellos en silencio, con temor y
temblando, acudía a su presencia o ejecutaba las órdenes que recibía”.
Esta primera parte de la batalla, o escaramuza, por la colina fue relativamente
corta y ganada por los romanos y sus aliados. Extraña que las dos partes
alineasen todas sus tropas sólo para conquistar una colina, quizá era crucial
el conseguir una posición favorable desde el principio.
Jordanes dice que, rechazados los hunos, Atila “comprendió en el acto la
necesidad de tranquilizarlos”, y habló de esta manera:
“Después de vuestras victorias sobre tantas naciones grandes; después de
haber dominado el mundo, si os manteneis firmes hoy, creo inútil estimularos
con palabras como a guerreros bisoños. Tales medios pueden convenir a un jefe
novicio o a un ejército poco aguerrido; pero yo no puedo deciros nada ni
vosotros escuchar nada vulgar. Porque, ¿qué otra costumbre tenéis vosotros más
que la de combatir? ¿O qué hay más dulce para el valiente que vengarse por su
propia mano? Gran regalo nos ha hecho la Naturaleza dándonos la facultad de
saciar nuestra alma de venganza. Marchemos, pues, con energía al enemigo;
siempre atacan los más valientes. Despreciad esa aglomeración de naciones
diferentes: señal de miedo es asociarse para defenderse. ¡Mirad! antes del
ataque les domina ya el espanto: buscan las alturas, se apoderan de las
colinas, y en sus tardíos pesares, sobre el campo de batalla piden con
instancias parapetos. Por experiencia sabemos lo poco que pesan las armas de
los romanos: caen, no diré a las primeras heridas, sino a la primera polvareda
que se levanta. Mientras se estrechan sin orden y se entrelazan para formar la
tortuga, pelead vosotros con la superioridad de valor que os distingue, y
despreciando sus legiones, caed sobre los alanos, precipitaos sobre los que
sostienen la guerra. Una vez cortados los nervios, caen los miembros, y el
cuerpo no puede sostenerse si le quitan los huesos. Que crezca vuestro valor,
que vuestra ira aumente y estalle. Hunos, ha llegado el momento de preparar las
armas, el momento de mostraros decididos, bien que heridos pidáis la muerte de
vuestro enemigo, bien que sanos y salvos tengáis sed de matanza! No hay flecha
que alcance al que debe vivir, mientras que, hasta en la paz, los destinos
precipitan los días del que debe morir. En fin, ¿por qué había de haber
asegurado la fortuna la victoria a los Hunos sino porque los destinaba al
triunfo en esta batalla? Y además, ¿quién abrió a nuestros mayores el camino de
la Palus Meótida, cerrado e ignorado por tantos siglos? ¿Quién hacía huir a
pueblos armados ante hombres que no lo estaban? No, esa multitud reunida
apresuradamente ni siquiera podrá resistir la vista de los Hunos. El éxito no
me desmentirá; este es el campo de batalla que nos prometía tantos triunfos.
Seré el primero en lanzar mis dardos al enemigo, y si alguno quedase ocioso
cuando combata Atila, será muerto”. Inflamados por estas palabras, todos se
lanzaron al combate”.
Este discurso, no sólo está fuera de lugar sino que además no es
consistente con la personalidad de Atila. Según Mommsen que Jordanes lo tomó de
Prisco. Pero este autor ha presentado una imagen de Atila que no concuerda con
este tipo de discurso. Se podía esperar de él una bronca por no haber
conquistado la colina pero no este discurso tan retórico. Probablemente lo
escribió Casiodoro y, en su obra, lo sitúa antes de la batalla, donde tiene más
sentido y no en medio de la lucha, donde el tiempo apremia y no se puede parar
para discursos. Luego fue copiado por Jordanes y éste por alguna razón
desconocida lo colocó en medio de la lucha y probablemente lo corrigió para así
adaptarlo más a sus propósitos. ¿Cómo podía Atila hablar despreciablemente de
los romanos por luchar con tanto empeño para conquistar una colina cuando él
mismo y sus hunos habían hecho lo mismo?
Inmediatamente volvieron a la lucha, que según Jordanes, fue espantosa.
“Llegóse, pues a las manos: batalla terrible, complicada, furiosa,
obstinada y como jamás se había visto otra en parte alguna. Tales proezas se
realizaron allí, según se refiere, que el valiente que se encontró privado de
aquel maravilloso espectáculo, nada parecido alcanzó a ver en toda su vida;
porque, si ha de creerse a los ancianos, un arroyuelo de aquel campo que corre
por lecho poco profundo, aumentó de tal suerte, no por la lluvia, como solía
acontecer, sino por la sangre de los moribundos, que, creciendo
extraordinariamente por aquellas ondas de nuevo género, se convirtió en torrente
impetuoso y sangriento, de manera que los heridos, que ardiente sed llevaban a
sus orillas, bebieron agua mezclada con restos humanos y se vieron obligados
por triste necesidad a manchar sus labios con la sangre que acababan de
derramar”.
Murió el rey visigodo durante la lucha. Jordanes da dos versiones de este
hecho. En la primera dice que «Cuando el rey Teodorico recorría su ejército
para animarlo, derribóle el caballo, pisoteándole los suyos, perdió la vida, en
edad avanzada ya.» Hecho poco comprensible, si no es que los godos fueron presa
del pánico, cosa poco probable. Porque, aunque es posible que hubiera
repliegues momentáneos, los godos eran guerreros valientes. Según la segunda
versión, “Dicen otros que cayó atravesado por una flecha que lanzó Andax del
lado de los ostrogodos, que entonces estaba a las órdenes de Atila”. Esto
parece más probable y los godos reaccionarían con gran violencia (...a la
venganza). Los visigodos se separaron de los alanos y cayeron con ferocidad
sobre los hunos. Atila se atrincheró detrás de los carros en su campamento.
La lucha no terminó al caer la noche:
“Torismundo, hijo del rey Teodorico, creyendo volver a reunirse con los
suyos, engañado por la oscuridad de la noche, vino a dar en los carros de los
enemigos; y, mientras peleaba con denuedo, alguien le hirió en la cabeza,
derribándole del caballo; pero los suyos, que cuidaban de él, le salvaron y se
retiró del combate. Aecio, por su parte, habiéndose extraviado también en la
confusión de aquella noche, vagaba en medio de los enemigos, temiendo que les
hubiese acontecido desgracia a los godos. Al fin encontró el campamento de los aliados,
después de haberlo buscado por largo tiempo, y pasó el resto de la noche
vigilando detrás de una muralla de escudos. En cuanto amaneció el día
siguiente, viendo los campos cubiertos de cadáveres, y que los hunos no se
atrevían a salir de su campamento, convencidos de que era indispensable que
Atila hubiese experimentado una pérdida muy grande para haber abandonado el campo
de batalla, Aecio y sus aliados no dudaron que les pertenecía la victoria. Sin
embargo, hasta después de su derrota, el rey de los hunos conservaba altiva
actitud. Dícese que en aquella famosa batalla que dieron las naciones más
valerosas, perecieron por ambas partes ciento sesenta y dos mil hombres, sin
contar noventa mil gépidos y francos que antes de la acción principal cayeron a
los golpes que mutuamente se descargaron en un encuentro nocturno, peleando los
francos por los romanos, y los gépidos por los Hunos”.
Para los historiadores modernos, el número de muertos que nos da Jordanes
es extremamente difícil de creer: Bury dice rotundamente que es absurdo y
Thompson duda que Atila pudiera haber alimentado a más de 30,000 guerreros .
Sin embargo, algunos años más tarde, según Damascio, en el Oriente todavía se
pensaba que la lucha era tan atroz que “pocos soldados sobrevivieron: y las
almas de los que habían caído siguieron luchando durante tres días y tres
noches tan ferozmente como cuando estuvieran vivos; y se podía oír claramente
el ruido de sus armas”.
Las Chronicas de Hidacio y de Próspero y la Chronica Gallica, todas
anteriores a Casiodoro, dan los nombres de los jefes militares, dicen que el
número de bajas era muy grande por ambos lados, no mencionan la preeminencia de
godos sobre romanos o viceversa, y ninguno menciona que consiguieran una
victoria. Casiodoro será el primer autor antiguo que dice que “la victoria fue
conseguida gracias a la valentía de los godos”.
Para U. Tackholm eso muestra claramente su prejuicio en favor de los godos,
ya notado en algunas secciones anteriores de su crónica, y esta tendencia será
seguida y exagerada por Jordanes que hace una recopilación de su obra.
“En el descanso que proporcionó el asedio, los visigodos y los hijos de
Teodorico buscaron los unos a su rey, y los otros a su padre, extrañando su
ausencia en medio del triunfo que acababan de conseguir. Buscáronle durante
largo tiempo, según costumbre de los valientes, y al fin le encontraron debajo de
un gran montón de cadáveres, y, después de entonar cánticos en alabanza suya,
le llevaron ante la vista de los enemigos. Antes de terminar las exequias de
Teodorico, los godos proclamaron rey, al ruido de las armas, al valiente y
glorioso Torismundo; y éste terminó los funerales de su amado padre cual
correspondía a un hijo”.
Con la muerte de Teodorico se cumplió la predicción que, poco después de
ser rechazado de Tolosa, hicieron los adivinos a Atila, aunque él creía que se
refería a Aecio:
“Desconfiando de sus tropas, no atreviéndose a trabar combate, y agitándose
ya en su mente la idea de huir, extremo más cruel que la misma muerte, se
decidió a consultar a sus adivinos para conocer lo venidero. Estos, después de
haber observado en tanto las entrañas de las víctimas, en tanto ciertas venas
que aparecen sobre sus huesos descubiertos, presagiaron a los hunos funestos
acontecimientos. Sin embargo, hacía algo menos siniestra su predicción el
anuncio de que debía sucumbir, por parte de sus enemigos, uno de sus jefes
supremos, que había de perecer antes de la victoria de los suyos, sin gozar de
un triunfo que su muerte haría funesto”.
Los godos, tras la muerte de su rey, querían venganza. Y viendo que Atila
estaba bloqueadoen su campamento:
“( ...) y como sabían que le quedaban pocos víveres, y por otra parte, que
sus arqueros, apostados detrás de los parapetos del campamento, defendían
incesantemente el acceso a flechazos, convínose en mantenerle bloqueado.
Refiérese que en esta situación desesperada, el rey de los hunos, grande
siempre hasta en el último extremo, hizo formar una hoguera con sillas de
caballos, dispuesto a precipitarse en las llamas si el enemigo forzaba el
campamento: sea para que ninguno pudiera gloriarse de haberle herido, sea para
no caer él, dueño de las naciones, en poder de temibles enemigos”.
Sin duda tenían la posibilidad de borrar del mapa al ejército huno. Pero
esto no entraba en los planes de Aecio.
“Después de acabar estas cosas, movido por el dolor de su pérdida y por la impetuosidad
de su valor, Torismundo ardía en deseos de vengar la muerte de su padre sobre
los que quedaban de los hunos. Para ello consultó al patricio Aecio, a causa de
su edad y de su consumada prudencia, para que le dijese qué debía hacer en
aquella ocasión. Pero temiendo éste que, una vez aplastados los hunos, cayesen
los godos sobre el Imperio romano, le decidió con sus consejos a regresar a sus
hogares y a ocupar el trono que su padre acababa de dejar, por temor de que sus
hermanos, apoderándose del tesoro real, se hiciesen dueños del reino de los
visigodos, y tuviese que mantener contra los suyos importante guerra, y, lo que
era peor, desgraciadamente, Torismundo escuchó el consejo sin sospechar el
interés que lo dictaba, sino, por el contrario, viendo en él atención a sus
intereses, y, dejando allí a los hunos, partió para la Galia”.
A pesar de que Jordanes, y muchos de los historiadores modernos que se
basan en su obra, culpan a Aecio como el responsable de que Atila y el resto de
sus tropas pudieran escapar, es posible que Torismundo y Aecio llegaran por
separado a la misma decisión, de no exterminarles completamente. Los visigodos
se aliaron con los romanos porque no tenían otra opción en este momento y no
por amistad. Theodorico I había sido un jefe tan hábil que consiguió mantener
un equilibrio entre las facciones prorromanas y antirromanas y reinó 33 años.
Desde el 439 las relaciones con el Imperio eran de paz aunque no amistosas.
Pero hubo discordias entre sus propios hijos.
Torismundo probablemente respaldaba la política de hostilidad hacia el
Imperio, y éste puede ser el motivo de las tensiones entre él y sus hermanos;
no veía la necesidad de cumplir los compromisos de su padre. Su decisión de
abandonar a los romanos antes de obtener una victoria aplastante pudo deberse a
dos razones: Primero, existía de verdad la posibilidad que sus hermanos se
proclamasen reyes en su ausencia. Y, en segundo lugar, no se puede descartar la
posibilidad que tampoco quisiera la derrota y muerte de Atila y por eso dejó a
Aecio solo; mientras los hunos se mantuviesen fuertes y amenazantes las fuerzas
romanas estarían divididas, y debilitadas, luchando en dos frentes (además, los
romanos, después de la prohibición de Atila, ya no tenían donde reclutar
hombres). Esta es la misma política que Teodorico había utilizado en el 425 y
el 436-9 y que Torismundo usaría el año siguiente en el 452. (Cuando Aecio esta
luchando contra los hunos en Italia, él ataca y derrota a los alanos en
Orleans, una acción anti-romana, porque los alanos eran foederati asentados en
Aquitania para frenar el avance de los armoricanos). Así, ambos aliados salían
ganando dejando a los hunos escapar con sus fuerzas ligeramente debilitadas.
Aecio también convenció a los francos para volver a sus territorios con el
pretexto de que Atila pasaría cerca de allí en su retirada y no se podía
descartar la posibilidad de que intentara colocar a su hermano mayor, que había
pedido ayuda a Atila el año anterior, en el trono en su ausencia.
Libre de estos auxiliares Aecio podía proseguir su propia política en
relación a los hunos y dejó escapar a Atila con el resto de sus tropas. Se
supone que Aecio quería renovar las relaciones amistosos de antes y, de esta
manera tener ayuda para mantener a los godos bajo control. Desgraciadamente las
cosas no salieron como Aecio esperaba.
6. Evaluación de la batalla
Por supuesto tuvo más trascendencia para los escritores antiguos del
occidente que para los orientales. Procopio, que escribió en la época de
Justiniano, dice solamente que Atila fue derrotado por Aecio, sin decir donde
ni mencionar a los godos. Este autor, muy interesado en las tácticas y
estrategias de las guerras, en este caso no las menciona, lo cual puede ser una
indicación de que se basó en los escritos de Prisco quien no tenía ningún
interés en estos aspectos. Y Victor Tunnensis, en África, sigue la misma línea
que Procopio, pero fecha la batalla en el 449. Aecio es el vencedor y tampoco menciona
a los godos.
La importancia de esta batalla en la historia y el futuro del Imperio
Occidental ha sido muy exagerada. Bury dice que la campaña de Atila en la Galia
fue decidida cuando éste fue rechazado ante Orleans. La batalla tuvo lugar
cuando los hunos estaban en retirada y su verdadera importancia estuvo en que
dañó enormemente la reputación de Atila como un conquistador invencible, diezmó
sus tropas y limitó su campo de acción.
Fuente Principal:
Interclásica.es
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