PROLOGO
¿Por qué esta crítica no lleva el título de Crítica
de la razón práctica pura, sino simplemente de la razón práctica, a
pesar de que el primero parece exigido por el paralelismo de esta razón con la
especulativa? Lo explica suficientemente este estudio. Su, propósito es exponer
que existe una razón práctica pura, y con este designio critica toda su
facultad práctica. Si lo logra, no necesita criticar la facultad pura con el
objeto de ver si la razón no va con esa facultad más allá de una mera
presunción (como seguramente sucede con la especulativa), pues si como razón
pura es realmente práctica, demuestra su realidad y la de sus conceptos
mediante hechos, y en vano será todo sutilizar contra la posibilidad de que sea
real.
A la vez que esta facultad, consta también en lo
sucesivo la libertad trascendental, y por cierto que tomada en aquella acepción
absoluta en que la razón especulativa la necesita en el uso del concepto de
causalidad para salvarse contra la antinomia en que cae inevitablemente cuando
quiere pensar lo absoluto en la serie del enlace causal, concepto que
sólo podía formular problemáticamente -como no imposible de pensar-, pero sin
asegurar su realidad objetiva, antes bien únicamente para no ser impugnada en
su esencia y precipitada en un abismo de escepticismo porque se pretendiera que
es imposible lo que por lo menos debe considerarse como concebible.
El concepto de libertad, en la medida en que su
realidad pueda demostrarse mediante una ley apodíctica de la razón práctica,
constituye la coronación de todo el edificio de un sistema de la razón pura,
aun de la especulativa, y todos los demás conceptos (Dios y la
inmortalidad) que en ésta carecen de apoyo como meras ideas, se enlazan con
este concepto, y con él y gracias a él adquieren existencia y realidad objetiva,
es decir, que su posibilidad se demuestra por el hecho de que la libertad es
real, pues esta idea se revela mediante la ley moral.
Pero, además, de todas las ideas de la razón
especulativa, la libertad es la única de la cual sabemos a priori la
posibilidad, aunque sin inteligirla, porque es la condición de la
ley moral que sabemos. Pero las ideas de Dios e inmortalidad no son condiciones
de la ley moral, sino solamente condiciones del objeto necesario de una
voluntad determinada por esta ley; es decir, del uso meramente práctico de
nuestra razón pura; por lo tanto, tampoco de esas ideas podemos sostener que
conocemos e inteligimos, no diré solamente la realidad, sino ni siquiera la
posibilidad. Y, no obstante, son las condiciones de la aplicación de la
voluntad moralmente determinada a su objeto que le es dado a priori (el bien supremo). Por consiguiente, en este aspecto práctico puede y
debe suponerse su posibilidad, aunque no conocerla ni inteligirla
teóricamente. Para el último requisito es suficiente, en el aspecto práctico,
que no contengan ninguna imposibilidad intrínseca (contradicción). Aquí hay
solamente un motivo para el asentimiento, motivo que es meramente subjetivo en
comparación con la razón especulativa y, sin embargo, igualmente válido
objetivamente para una razón pura pero práctica; por lo cual se proporciona
realidad objetiva y competencia a las ideas de Dios e inmortalidad gracias al
concepto de libertad, y aun necesidad subjetiva (requerimiento de la razón
pura) de suponerlas, aunque no por eso se amplía la razón en el conocimiento
teórico, sino que solamente se da la posibilidad que antes era sólo problema
y aquí se convierte en aserción, y así el uso práctico de la razón se enlaza
con los elementos del uso teórico. Y esta necesidad no es por cierto
hipotética, propia de una intención arbitraria de la especulación, en el
sentido de que sea preciso admitir algo si se quiere llegar a la
perfección del uso de la razón en la especulación, sino una necesidad legal de
suponer algo sin lo cual no puede suceder lo que cada uno debe ponerse
ineluctablemente como intención del hacer y dejar de hacer.
En todo caso, para nuestra razón especulativa sería
más satisfactorio resolver de suyo esos problemas sin ese rodeo y conservarlos
como intelección para el uso práctico; pero nuestra facultad de la
especulación no ha sido tan bien tratada. Quienes se precian de tan elevados
conocimientos no deberían tener reserva con ellos, antes bien exponerlos
públicamente a examen y apreciación. Pretenden demostrar -¡muy bien! demuestren
pues- y la crítica pondrá toda su argumentación a sus pies considerándolos
vencedores. Quid statis Nolunt. Atqui licet essebeatis. Mas como en realidad no quieren -es de suponer que porque no pueden-,
tenemos que abordar nosotros de nuevo esos problemas para buscar y fundar en el
uso moral de la razón los conceptos de Dios, libertad e inmortalidad, para los
cuales no halla la especulación garantía suficiente de su posibilidad.
Aquí es donde se explica también por vez primera el
enigma de la crítica: ¿cómo es posible negar la realidad objetiva al uso suprasensible
de las categorías en la especulación y concederles, no obstante, esta realidad
respecto de los objetos de la razón práctica pura? Pues eso debe tener el
aspecto de inconsecuente mientras sólo se conozca de nombre ese uso práctico.
Pero si ahora, mediante un análisis completo de éste se advierte que la
realidad concebida en este caso no aspira a llegar a una determinación teórica
de las categorías ni a una ampliación del conocimiento hacia lo suprasensible,
sino que lo único que se pretende en este caso es que en este aspecto les
corresponda siempre un objeto -porque o bien están contenidas a priori en la necesaria determinación de la voluntad o inseparablemente
enlazadas con su objeto-, aquella inconsecuencia desaparece porque se hace de
aquellos conceptos otro uso que el que la razón especulativa necesita. En
cambio, se obtiene entonces una confirmación -muy satisfactoria y que antes difícilmente
cabía esperar- del modo de pensamiento consecuente de la crítica especulativa
por el hecho de que ésta sólo acepte como fenómenos los objetos de la
experiencia como tales y entre ellos nuestro propio sujeto, pero recomiende
poner como fundamento cosas en sí, o sea no considerar que todo lo
suprasensible es invento y su concepto vacío de contenido: la razón práctica
proporciona ahora realidad por sí misma -y sin haberse puesto de acuerdo con
la especulativa- a un objeto suprasensible de la categoría de causalidad: a la
libertad (aunque, como concepto práctico, sólo para el uso práctico),
confirmado pues con un hecho aquello que allí sólo podía pensarse. Con ello
adquiere también su cabal confirmación en la crítica de la razón práctica la
afirmación, asombrosa aunque indiscutible, de la crítica especulativa de que
aún el sujeto pensante es mero fenómeno para él mismo en la intuición interna,
hasta el punto de que es preciso venir a ella aunque la primera no hubiese
podido demostrar esta proposición.
Con esto entiendo también por qué las objeciones más
considerables que hasta ahora se me han hecho contra la Crítica, giran
precisamente en torno a estos dos polos: por una parte, la realidad objetiva
de las categorías aplicadas a noumena, negada en el conocimiento teórico
y afirmada en el práctico, y por otra, la paradójica exigencia de hacerse a sí
mismo noumenon, como sujeto de la libertad, pero al propio tiempo
también fenómeno, respecto de la naturaleza, en su propia conciencia empírica.
En efecto, mientras no se llegó a conceptos determinados de moralidad y
libertad, no era posible adivinar, por una parte, qué quería ponerse como
fundamento del presunto fenómeno como noumenon, ni, por otra, si
realmente era posible también hacerse de él un concepto si previamente habían
imputado por exclusión a los meros fenómenos todos los conceptos del
entendimiento puro en el uso teórico. Sólo una crítica minuciosa de la razón
práctica puede eliminar toda esa mala interpretación y colocar en una luz
clara el modo de pensamiento consecuente que constituye precisamente su máxima
ventaja.
Para justificar por qué era lícito, y aun necesario,
someter de vez en cuando de nuevo a examen en esta obra los conceptos y
principios de la razón especulativa pura -a pesar de que ya habían sufrido su
crítica especial-, lo cual sin duda no conviene a la marcha sistemática de una
ciencia que se pretende edificar (pues las cosas juzgadas sólo pueden citarse
debidamente, pero no ponerse de nuevo en tela de juicio), bastará decir: porque
se considera la razón con esos conceptos pasando a un uso totalmente diferente
del que allí hacía de ellos. Pero tal paso hace necesaria una comparación del
uso antiguo con el nuevo, para distinguir seguramente el nuevo carril del
anterior y al propio tiempo hacer notar su relación. Por consiguiente,
consideraciones de esta clase -entre otras, aquellas que se dirigieron de nuevo
al concepto de libertad, pero en el uso práctico de la razón pura- no deben
tenerse por añadidos cuya sola finalidad sea llenar lagunas del sistema
crítico de la razón especulativa (pues ésta está ya completa en su propósito)
y, como suele ocurrir con una edificación hecha precipitadamente, añadirle
luego apoyos y contrafuertes, sino como verdaderos miembros que ponen de manifiesto
la cohesión del sistema, con el objeto de hacer comprender ahora en su
exposición real conceptos que allí sólo podían representarse problemáticamente.
Esta observación interesa de preferencia al concepto de libertad, del cual es
preciso notar con extrañeza que haya todavía tantos que se jacten poder comprenderlo
perfectamente y explicar su posibilidad considerándolo solamente en su aspecto
psicológico, mientras que si previamente lo hubiesen meditado con exactitud en
el aspecto trascendental, hubieran tenido que reconocer tanto que es
imprescindible como concepto problemático en el uso completo de la razón especulativa
como que es completamente incomprensible, y si luego pasaron con él al uso
práctico, habrían tenido que llegar respecto de los principios del último a la
misma determinación de ese uso, a la cual tan reacios se muestran en otros
casos. El concepto de libertad es la piedra de escándalo de todos los
empiristas, pero también la clave para los principios prácticos más sublimes de
los moralistas críticos, que gracias a ella comprenden que por necesidad deben
proceder racionalmente. Por esto recomiendo al lector que no pase por alto a la
ligera lo que sobre este concepto se dice al final de la Analítica.
Debo dejar para el juicio de los conocedores de un
trabajo de esta índole el decidir si tal sistema como el que aquí se desarrolla
de la razón práctica pura a base de la crítica de ésta, requiere mucho esfuerzo
o poco, sobre todo para no errar el punto de vista justo desde el cual pueda
trazarse debidamente el conjunto. Sin duda presupone la Fundamentación de la
Metafísica de las Costumbres, pero sólo en la medida en que ésta se trata
provisionalmente con el principio del deber e indica y justifica una determinada
forma del mismo; por lo demás, existe por sí mismo. El hecho de que no se haya añadido una
clasificación completa de todas las ciencias prácticas, tiene también su razón
válida en la condición de esta facultad práctica de la razón. En efecto, la
especial determinación de los deberes como deberes del hombre para
clasificarlos, sólo es posible a condición de que previamente se haya
reconocido al sujeto de esta determinación (el hombre) según la condición con
la que es realmente, aunque sólo en la medida en que sea necesaria respecto del
deber; pero esto no corresponde a una crítica de la razón práctica, que sólo
quiere indicar los principios de su posibilidad, de su extensión y límites
completamente sin relación especial con la naturaleza humana. Por
consiguiente, la clasificación corresponde en este caso al sistema de la
ciencia, no al sistema de la crítica.
Creo que en el segundo capítulo de la Analítica
habré dado satisfacción a la crítica de cierto comentarista sagaz y amante de
la verdad que comentó la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres: la
de que en ella no se fijó el concepto del bien antes del principio moral (como
a su juicio era necesario); asimismo he tenido en cuenta muchas otras
objeciones que me han venido de hombres que revelan estar muy interesados en
averiguar la verdad (pues aquellos que sólo se fijan en su antiguo sistema y
que ya han resuelto de antemano lo que deba aprobarse o desaprobarse, no
quieren explicación alguna susceptible de contrariar sus intenciones
particulares); el mismo criterio seguiré en adelante.
Cuando se trata de la determinación de una facultad
especial del alma humana según sus fuentes, contenido y límites, dada la
naturaleza del conocimiento humano sólo cabe partir de sus partes, de su
exposición exacta y completa (hasta donde sea posible según la situación
actual de los elementos del mismo ya adquiridos). Pero existe una segunda
atención que es más filosófica y es arquitectónica, a saber: captar debidamente
la idea del todo y tener a la vista, a base de ella, en una facultad de la
razón pura, todas aquellas partes en sus mutuas relaciones, a base de
derivarlas del concepto de ese todo. Este examen y garantía sólo es posible a
base del más íntimo conocimiento del sistema, y aquellos que, desalentados
ante la primera investigación, consideraron que no valía la pena adquirir ese
conocimiento, no llegan a la segunda fase, a saber: a la visión de conjunto que
constituye una vuelta sintética a lo que antes se dio analíticamente, y no es
de extrañar que encuentren inconsecuencias en todo, aunque las lagunas que las
hacen suponer no se hallan en el sistema mismo, sino solamente en la marcha
incoherente de su propio pensamiento.
A los efectos de este estudio no me preocupa en lo
más mínimo el reproche de querer introducir un nuevo lenguaje, porque en este
caso el tipo de conocimiento se aproxima mucho de suyo a la popularidad.
Además, es un reproche que por lo que respecta a la primera Crítica, no podía
suscribir nadie que la hubiese meditado a fondo en lugar de limitarse a
hojearla. Fabricar palabras nuevas cuando en el lenguaje no faltan ya términos
para conceptos dados, es un esfuerzo pueril por distinguirse entre la masa, a
falta de pensamientos originales y verdaderos, presentándose por lo menos con
remiendos nuevos en un traje viejo. Por consiguiente, si los lectores de aquella
obra conocen expresiones más populares que sean igualmente idóneas para el
pensamiento como me parecieron serlo a mí, o bien se sienten con ánimos para
demostrar la nulidad de estos pensamientos mismos y, en consecuencia, de esos
términos, les estaría muy agradecido en el primer caso, pues lo único que
pretendo es que se me entienda, y, en el segundo, contraerían un gran mérito
en la filosofía. Sin embargo, mientras esos pensamientos se sostengan, dudo
mucho de que puedan descubrirse para ellos términos adecuados y sin embargo
más corrientes.
De esta suerte se habrían averiguado en adelante los
principios a priori de dos facultades del
ánimo: la facultad del conocimiento y la apetitiva, y habrían sido
determinadas según las condiciones, alcance y límites de su uso, con lo cual
empero se habrían echado los cimientos seguros de una filosofía sistemática,
teórica tanto como práctica, como ciencia.
Pero nada peor podría suceder sin duda a estos
esfuerzos que la circunstancia de que alguien hiciera el inesperado descubrimiento
de que no hay en absoluto un conocimiento a priori ni
puede haberlo. Pero no hay aquí peligro alguno. Sería como si alguien
pretendiera demostrar con la razón que no hay razón. Pues sólo decimos que
conocemos algo mediante la razón cuando tenemos conciencia de que habríamos
podido saberlo aunque no se nos hubiera presentado en la experiencia; por lo
tanto, conocimiento racional y conocimiento a priori es lo mismo. Pretender arrancar necesidad de una proposición empírica (ex pumice aquam), y con ella también universalidad (sin la cual no hay
raciocinio, y por ende tampoco conclusión por analogía, que es por lo menos
una presunta universalidad y necesidad objetiva y por lo tanto la presupone
siempre) para un juicio, es franca contradicción. Atribuir subrepticiamente
necesidad subjetiva, es decir, costumbre, en vez de objetiva, que sólo se da en
juicio a priori, significa negar a la razón la facultad de juzgar
sobre el objeto, es decir, de conocerlo y conocer lo que le conviene y, por
ejemplo, de lo que a menudo y siempre sucedió a cierto estado precedente, no
decir que de éste puede inferirse aquél (pues esto significaría necesidad
objetiva y concepto de un enlace a priori), sino
que sólo cabría esperar casos semejantes (de modo análogo a los animales), es
decir, rechazar como falso en el fondo el concepto de causa y como mero engaño
del pensamiento. Si pretendiéramos remediar esta carencia de validez objetiva y
la universal consiguiente diciendo que no se ve motivo para atribuir a otros
entes racionales otra clase de representación, y eso diera una conclusión válida,
nuestra ignorancia nos prestaría más servicios para ampliar nuestro
conocimiento que toda reflexión, pues por la sola circunstancia de que no
conocemos otros entes racionales que no sean el hombre, tendríamos derecho a
suponer que son de tal índole como nosotros nos conocemos a nosotros mismos, es
decir, los conoceríamos realmente. No menciono siquiera el hecho de que porque
se tenga universalmente por verdadero un juicio quede demostrada su validez
objetiva (esto es, su validez como conocimiento), antes bien, aunque por
casualidad hubiera tal validez, esto no arrojaría una prueba de la coincidencia
con el objeto; por el contrario, sólo la validez objetiva constituye el
fundamento de un acuerdo necesario universal.
También Hume se encontraría muy a gusto en este
sistema del empirismo universal en los principios, pues, como se sabe, sólo pedía
que, en lugar de toda significación objetiva de la necesidad, se supusiera
solamente en el concepto de causa una significación meramente subjetiva: la
costumbre, para negar a la razón todo juicio sobre Dios, la libertad y la
inmortalidad; y, ciertamente, con tal de que se le concedieran solamente los
principios, sabía sacar de ellos consecuencias con todo el rigor de la lógica.
Sin embargo, ni el propio Hume hizo el empirismo tan universal que incluyera
también en él la matemática. Consideraba que las proposiciones de ésta eran
analíticas, y si esto fuera cierto, serían apodícticas también de hecho,
aunque no pudiera sacarse de ahí ninguna conclusión sobre una facultad de la
razón para formular también en filosofía juicios apodícticos (como el principio
de causalidad), o sea aquellos que eran sintéticos. Pero si se aceptara
universalmente el empirismo de los principios, se involucraría también en él la
matemática.
Y si ésta se pone en conflicto con la razón que sólo
admite principios empíricos, como es inevitable en la antinomia en que la
matemática demuestra irrefutablemente la infinita divisibilidad del espacio,
aunque el empirismo no puede permitirla: la máxima evidencia posible de la
demostración está en notoria contradicción con las presuntas conclusiones
sacadas de principios de la experiencia, y entonces es preciso preguntar, como
el ciego de Cheselden: ¿quién me engaña: la vista o el sentimiento? (Pues el
empirismo se funda en una necesidad sentida, mientras que el racionalismo en
una necesidad comprendida.) Y de esta suerte, el empirismo universal revela ser
el genuino escepticismo que erróneamente se imputó a Hume en una acepción tan
ilimitada, pues
por lo menos dejó en la matemática una piedra de toque segura de la
experiencia, mientras que el escepticismo no permite ninguna (ya que sólo
podría hallarse en principios a priori), a
pesar de que ésta no consta de meros sentimientos sino también de juicios. Mas
como esta época filosófica y crítica difícilmente puede tomarse en serio ese
empirismo, que probablemente sólo se plantea para ejercitar la facultad de
juzgar y presentar en una luz más clara mediante contraste la necesidad de
principios racionales a priori, puede estarse
agradecido a aquellos que quieren esforzarse con este trabajo, que por lo demás
no es precisamente instructivo.