SIGLOS

 

CRONICAS CRISTIANAS

 

 

35.d.C.

 

 

San Esteban
Esteban estaba lleno de gracia y de poder, hacía prodigios y grandes señales en el pueblo.
Se levantaron algunos de la sinagoga llamada de los libertos, cirenenses y alejandrinos y de los de Cilicia y Asia a disputar con Esteban,
sin poder resistir a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
Entonces sobornaron a algunos que dijesen: Nosotros hemos oído a ése proferir blasfemas contra Moisés y contra Dios.
Y conmovieron al pueblo, a los ancianos y escribas, y llegando, le arrebataron y le llevaron ante el sanedrín.
Presentaron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley;
y nosotros le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y mudará las costumbres que nos dio Moisés.
Fijando los ojos en él todos los que estaban sentados en el sanedrín, vieron su rostro como el rostro de un ángel.

 

 

Una interpretación de la Historia del Cristianismo que tenga por método de lectura los principios científicos aplicables a las cosas de las acciones naturales, por fuerza debe conducir al intérprete y al lector al precipicio. Doy por sentado que estoy hablando para cristianos y entre hijos de Dios cualquier discusión sobre la Identidad entre Jesucristo y Dios Hijo Unigénito, Aquel que dijera: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza", es decir, hijo de Dios, no cabe. Estamos al otro lado de la Duda. Pero observemos -como sin ninguna duda ya hemos hecho tras leer unas cuantas de ellas- que por regla general todas las historias del cristianismo que se han escrito han tendido por inercia a aplicarle al Nacimiento del Cristianismo el método y la técnica válidos en el mundo de los entes naturales, insuficiente, deficiente e inoperativo sin embargo a la hora de comprender el Pensamiento de Jesucristo mirando al Futuro de la Humanidad.

Tenemos que ponernos en la posición que al hacerse hombre se encontró nuestro Rey. En Su Apocalipsis es claro; El vino a la Tierra con la voluntad todopoderosa de acabar de una vez y para siempre con el Imperio sobre la Humanidad del Maligno y los suyos. Su primera intención era coronarse Rey de Jerusalén, conquistar Roma, extender su Corona a todas las Naciones y establecer la Felicidad del Hombre sobre la Inmortalidad, haciendo regresar a Dios, su Padre, lo que de Sus Manos le fuera arrancado por una Traición Infernal, allí en el Paraíso, 4 mil años atrás.

Ese es el Jesús que a su regreso de Egipto abandonó a sus padres y entró en el Templo dispuesto a comenzar lo que vino a hacer, darle vida al Hijo de David. Hemos visto en la Historia de Jesús cómo terminó aquel Episodio, sobre el que Dios, viéndolo venir, ya escribiera para su Hijo: "No seas sin entendimiento, como el caballo y el mulo: con la brida y el freno hay que sujetar su ímpetu; de lo contrario, no se acercan a ti".

En el Templo entró Jesús, y salió Cristo. Ahora comenzaba para Jesucristo un problema, ¡cómo poner todos los cimientos necesarios para que la Humanidad soportase el paso de otros dos mil años! Punto en el que comienza la Historia de las Iglesias.

El Pensamiento de Cristo el alimento con el que la Iglesia fuera amamantada, criada y nutrida hasta devenir la que Hoy es, no es nuestra preocupación perdernos en el laberinto de los dogmas, teologías, herejías, divisiones, cismas, guerras de religiones, etcétera que componen la Historia de las iglesias. Nuestro punto, desde el que comenzar una verdadera Historia del Cristianismo, tiene en Jesús, en tanto que el Primer Cristiano, su fin y su principio. Él es, una vez sometida su voluntad a la de Dios, quien siendo Hijo de su Padre, contempla el paso del Futuro y actúa en su momento a fin de afirmar el Cristianismo durante los años inmediatos a su Resurrección. Él elige a quienes han de seguir Edificando en otros al igual que El edificará en ellos; Él extiende la Maravillosa red de su Omnipotencia por todas las ciudades a fin de que el Pentecostés las muchedumbres de los que se saciaron de su Poder, recuperando la vista, el habla, el oido, e incluso la vida, se concentren en Jerusalén al ritmo de la noticia: "Los judíos han matado al Señor". Y es Él quien durante su Misión va imponiendo las manos a chiquillos que creciendo, lo harán en su Espíritu, y semejantes a su fuente, no habría en este mundo quien pudiese imponerles erre ni ese a sus pensamientos, palabras y obras. Es de esta fuente, deduciendo de sus palabras, en las que se descubre una juventud en su fuerza más tierna y dinámica, que entrará en la Historia el Cristianismo de la mano de Esteban, la estrella de este capítulo.

Los exegetas y demás teólogos -hablando de Esteban- tuvieron la mala costumbre de fijarse más en las palabras en tanto que comparativa teológica que en cuanto expresión pura y manifiesta de aquel de cuya boca una por una salieran, y así leemos que si fueron escritas por Lucas, que si se aprecian errores en su discurso, o si fueron wescritas por.... Pero mejor recordamos el discurso y a continuación copio las expertas palabras de nuestros queridísimos sabios.

 

Discurso de Esteban
Díjole el sumo sacerdote: ¿Es como éstos dicen?
El contestó: “Hermanos y padres, escuchad: El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando moraba en Mesopotamia, antes que habitase en Jarán,
y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que yo te mostraré.
Entonces salió del país de los caldeos y habitó en Jarán. De allí, después de la muerte de su padre, se trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora;
no le dio en ella heredad, ni aun un pie de tierra, mas le prometió dársela en posesión a él, y a su descendencia después de él, cuando no tenía hijos.
Pues le habló Dios: “Habitará tu descendencia en tierra extranjera y la esclavizarán y maltratarán por espacio de cuatrocientos años;
pero al pueblo a quien han de servir le juzgaré yo, dice Dios, y después de esto saldrán y me adorarán en este lugar.”
Luego le otorgó el pacto de la circuncisión; y así engendró a Isaac, a quien circuncidó el día octavo; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
Pero los patriarcas, por envidia de José, vendieron a éste para Egipto;
mas Dios estaba con él y le sacó de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante del Faraón, rey de Egipto, que le constituyó gobernador de Egipto y de toda su casa.
Entonces vino el hambre sobre toda la tierra de Egipto y de Canán, y una gran tribulación, de modo que nuestros padres no encontraban provisiones;1
mas oyendo Jacob que había trigo en Egipto, envió primero a nuestros padres,
y a la segunda vez José se dio a conocer a sus hermanos, y su linaje vino a conocimiento del Faraón.
Envió José a buscar a su padre con toda su familia, en número de setenta y cinco personas;
y descendió Jacob a Egipto, donde murieron él y nuestros padres.
Fueron trasladados a Siquem y depositados en el sepulcro que Abraham había comprado a precio de plata, de los hijos de Emmor en Siquem.
Cuando se iba acercando el tiempo de la promesa hecha por Dios a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto,
hasta que surgió sobre Egipto otro rey que no había conocido a José.
Usando de malas artes contra nuestro linaje, afligió a nuestros padres hasta hacerlos exponer a sus hijos para que no viviesen.
En aquel tiempo nació Moisés, hermoso a los ojos de Dios, que fue criado por tres meses en casa de su padre;
y que, expuesto, fue recogido por la hija del Faraón, que le hizo criar como hijo suyo.
Y fue Moisés instruido en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso en palabras y obras.
Así que cumplió los cuarenta años sintió deseos de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel;
y viendo a uno maltratado, le defendió y le vengó, matando al egipcio que le maltrataba.
Creía él que entenderían sus hermanos que Dios les daba por su mano la salud, pero ellos no lo entendieron.
Al día siguiente vio a otros dos que estaban riñendo, y procuró reconciliarlos, diciendo: ¿Por qué, siendo hermanos, os maltratáis uno a otro?
Pero el que maltrataba a su prójimo le rechazó diciendo: ¿Y quién te ha constituido príncipe y juez sobre nosotros?
¿Acaso pretendes matarme, como mataste ayer al egipcio?
Al oír esto huyó Moisés, y moró extranjero en la tierra de Madián, en la que engendró dos hijos.
Pasados cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del Sinaí, en la llama de una zarza que ardía.
Se maravilló Moisés al advertir la visión, y acercándose para examinarla, le fue dirigida la voz del Señor:
“Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.” Estremecióse Moisés y no se atrevía a mirar.
El Señor le dijo: “Desata el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa.
He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he oído sus gemidos. Por eso he descendido para librarlos; ven, pues, que te envíe a Egipto.”
Pues a este Moisés, a quien ellos negaron diciendo: ¿Quién te ha constituido príncipe y juez?, a éste le envió Dios por príncipe y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza.
El los sacó, haciendo prodigios y milagros en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto por espacio de cuarenta años.
Ese es el Moisés que dijo a los hijos de Israel: Dios os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo.
Ese es el que estuvo en medio de la asamblea en el desierto con el ángel, que en el monte de Sinaí le hablaba a él, y con nuestros padres; ése es el que recibió la palabra de vida para entregárosla a vosotros,
y a quien no quisieron obedecer nuestros padres, antes le rechazaron y con sus corazones se volvieron a Egipto,
diciendo a Arón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué ha sido de él.
Entonces se hicieron un becerro y ofrecieron sacrificios al ídolo, y se regocijaron con las obras de sus manos.
Dios se apartó de ellos y los entregó al culto del ejército celeste, según que está escrito en el libro de los profetas. “¿Acaso me habéis ofrecido víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel?
Antes os trajisteis la tienda de Moloc y el astro del dios Refam, las imágenes que os hicisteis para adorarlas. Por eso yo os transportaré al otro lado de Babilonia.”
Nuestros padres tuvieron en el desierto la tienda del testimonio, según lo había dispuesto el que ordenó a Moisés que la hiciesen, conforme al modelo que había visto.
Esta tienda la recibieron nuestros padres, y la introdujeron cuando con Josué ocuparon la tierra de las gentes que Dios arrojó delante de nuestros padres; y así hasta los días de David,
que halló gracia en la presencia de Dios y pidió hallar habitación para el Dios de Jacob.
Pero fue Salomón quien le edificó una casa.
Sin embargo, no habita el Altísimo en casas hechas por mano de hombre, según dice el profeta:
“Mi trono es el cielo, y la tierra el escabel de mis pies; ¿qué casa me edificaréis a mí, dice el Señor, o cuál será el lugar de mi descanso?
¿No es mi mano la que ha hecho todas las cosas?”
Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros siempre habéis resistido al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros.
¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Dieron muerte a los que anunciaban la venida del Justo, a quien vosotros habéis ahora traicionado y asesinado; vosotros,
que recibisteis como disposiciones angélicas la Ley y no la guardasteis.
Al oír estas cosas se llenaron de rabia sus corazones y rechinaban los dientes contra él.
El, lleno del Espíritu Santo, miró al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús en pie a la diestra de Dios,
y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie, a la diestra de Dios.
Ellos, gritando a grandes voces, tapáronse los oídos y se arrojaron a una sobre él.
Sacándole fuera de la ciudad, le apedreaban. Los testigos depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo;
y mientras le apedreaban, Esteban oraba, diciendo: Señor Jesús, recibe mi espíritu.
Puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: Señor, no les imputes este pecado. Y diciendo esto, se durmió. Saulo aprobaba su muerte.

 

Ahora escuchemos la voz de los sabios:

Este largo discurso de Esteban, el más extenso de los conservados en el libro de los Hechos, es un recuento sumario de la historia de Israel, particularmente de sus dos primeras épocas, la patriarcal y la mosaica. De los tiempos posteriores apenas se recoge otra cosa que lo relativo a la construcción del templo, para tener ocasión de recalcar precisamente que Dios no habita en casas hechas por mano de hombre. A estas tres fases o partes, en que queda dividida la historia de Israel, sigue la parte de argumentación propiamente dicha, haciendo resaltar que, al igual que sus padres, también ahora los judíos se han mostrado rebeldes a Dios, dando muerte a Jesucristo.

A primera vista extraña un poco la orientación y estructura de este discurso, que parece no tener nada que ver con el caso presente. Se había acusado a Esteban de proferir palabras contra Dios, contra la Ley y contra el templo. Y a esto es a lo que debe responder ante el sanedrín. Pues bien, todos esperaríamos un discurso de circunstancias, en que fuera respondiendo a esas acusaciones; y, sin embargo, no parece hacer la menor alusión a dichas acusaciones, quedando incluso en penumbra cuál pueda ser el fin concreto a que apunta en su discurso.

La mayoría de los críticos dicen no tratarse de un discurso auténtico de Esteban, sino que es obra del autor de los Hechos, exponiendo ahí, por boca de Esteban, sus puntos de vista teológicos. Sin embargo, no vemos por qué esos puntos de vista, que se suponen de Lucas, no pueden ser ya de Esteban; ni vemos razón para negar que, en lo sustancial, el discurso sea de Esteban. Ciertamente, no se hace la defensa de una manera directa y basándose en razonamientos, como esperaríamos nosotros, sino indirectamente, a base de una exposición de hechos y citas de la Biblia. Era un procedimiento muy en uso entre los doctores judíos, y vemos que es el mismo que usa San Pablo en su discurso de Antioquía de Pisidia, aunque con la diferencia de que San Pablo pudo terminar el discurso y Esteban hubo de interrumpirlo. En esa exposición de hechos se trasluce ya desde un principio la tesis, con más o menos claridad, pero es sólo al final cuando debe quedar del todo patente. En el caso de Esteban nos falta precisamente ese final, en el que a buen seguro pensaba aludir directamente a las acusaciones; con todo, la tesis se ve ya desde un principio. Se le había acusado de proferir palabras contra Dios, contra Moisés y contra el templo, y probablemente eso es lo que le induce a comenzar con la llamada de Dios a Abraham y seguir con la historia de Moisés y la del templo, hablando de cada uno de los tres puntos con la más profunda reverencia. La consecuencia era clara: sus acusadores no estaban en lo cierto. Pero al mismo tiempo va preparando otra consecuencia: la de que es posible una ley más universal y un templo más espiritual, tal como se presentan en Cristo. A ese fin apunta cuando recuerda a sus oyentes que los beneficios de Dios en favor de Israel son ya anteriores a la Ley de Moisés y que también fuera del templo puede Dios ser adorado; y cuando insiste en la rebeldía de Israel contra todos los que Dios le ha ido enviando como salvadores, al igual que han hecho ahora con Jesucristo. Estas ideas, verdaderamente revolucionarias para la mentalidad judía de entonces, serán luego más ampliamente desarrolladas por San Pablo; que es casi seguro estuvo presente al discurso de Esteban, y que bien pudo ser de quien recibió la información San Lucas.

Son de notar, en la parte del discurso relativa a Moisés, algunas expresiones que más bien parecen recordarnos a Jesucristo, tales como “le negaron” o el término “redentor”, expresiones que nunca se aplican a Moisés en ningún otro libro de la Biblia.

Ello parece tener su explicación en que Esteban, al narrar los hechos de la vida de Moisés, proyecta sobre él la imagen de Jesucristo, del que Moisés sería tipo o figura. Por eso, le viene muy bien el texto de Dt 18:15, citado en sentido mesiánico, que atribuye al Mesías un papel análogo al de Moisés. Por lo demás, este texto había sido citado ya también por San Pedro y aplicado a Jesucristo.

Otra cosa digna de notar en este discurso de Esteban son las divergencias entre algunas de sus afirmaciones y la narración bíblica correspondiente. Algunas son tan acentuadas, que en los tratados sobre inspiración bíblica, al hablar de la inerrancia, no puede faltar nunca alguna alusión a este discurso de Esteban y a sus, al menos aparentes, inexactitudes históricas. Primeramente, enumeraremos estas “inexactitudes,” y luego trataremos de dar la explicación.

Quizás la más llamativa sea su afirmación de que Jacob fue sepultado en Siquem en un sepulcro que Abraham había comprado a los hijos de Emmor. Pues bien, según la narración bíblica, quien fue sepultado en ese lugar no fue Jacob, sino José, y el campo no había sido comprado por Abraham, sino por Jacob; de Jacob se dice expresamente que fue sepultado en la gruta de Macpela, junto a Hebrón, donde ya lo habían sido también Abraham e Isaac. Otra diferencia es la relativa a la muerte de Teraj, padre de Abraham; según la afirmación de Esteban, Abraham salió de Jarán después de morir su padre, mientras que, a juzgar por los datos del Génesis, éste debió de vivir todavía bastante tiempo después de partir Abraham para Palestina, pues muere a los doscientos cinco años, y cuando Abraham sale para Palestina debía de tener sólo ciento cuarenta y cinco. Igualmente hay divergencia entre la cifra de cuatrocientos años de estancia en Egipto, señalada por Esteban, y la de cuatrocientos treinta indicada en el Éxodo, así como en el número de personas que acompañaban a Jacob cuando bajó a Egipto: setenta y cinco según Esteban, y setenta según la narración bíblica. La hay también al decirnos que Dios aparece a Abraham estando todavía en Mesopotamia, contra lo que expresamente se dice en el Génesis de que la aparición tuvo lugar cuando Abraham estaba ya en Jarán. Añadamos que, según Esteban, es un “ángel” quien aparece a Moisés y le da la Ley, mientras que en el Éxodo es Yavé mismo quien habla a Moisés. Ni debemos omitir la mención que se hace de Babilonia en la cita de un texto de Amós, el cual, sin embargo, no habla de Babilonia, sino de Damasco.

La explicación de todas estas divergencias no es cosa fácil. Hay autores que tratan de armonizarlas a todo trance, aunque sus explicaciones, a veces, parecen tener bastante de artificial y apriorístico. Así, por ejemplo, hablan de que, aunque los restos de Jacob fueran depositados en la cueva de Macpela junto a Hebrón, bien pudo ser que, con ocasión del traslado de los restos de José a Siquem, fueran también trasladados allí los de Jacob; y que, además del campo comprado junto a Hebrón, Abraham hubiese comprado anteriormente otro campo junto a Siquem, como parece dar a entender el hecho de que allí edificó un altar al Señor, lo que supone que tenía en aquel lugar terrenos de su propiedad. En cuanto a la cifra de doscientos cinco años para la muerte de Teraj, nótese que el Pentateuco samaritano dice que Teraj murió de ciento cuarenta y cinco años, en perfecta armonía con lo afirmado por Esteban; y es que en la cuestión de números, el texto hebreo, particularmente en el Pentateuco, ha sufrido muchas alteraciones y no es fácil saber a qué atenernos. Lo mismo se diga del número cuatrocientos treinta para los años de estancia de los israelitas en Egipto, y del número 70 al computar las personas que bajaron a ese país con Jacob; de hecho, en Gen 15:30, se da también el número cuatrocientos como años de estancia en Egipto, que, por lo demás, es número redondo, y, en cuanto al número de los que acompañaban a Jacob, los Setenta ponen 75, igual que Esteban. Menor dificultad ofrecería aún lo de la aparición en Mesopotamia, pues probablemente Abraham recibió órdenes de Dios dos veces. Y por lo que respecta a que sea un ángel y no Yavé quien aparece a Moisés, dicen que tampoco debe urgirse demasiado la divergencia, pues es opinión común de los teólogos, defendida ya por Santo Tomás, que en las apariciones de Dios referidas en el Pentateuco era un ángel el que se aparecía, el cual representaba a Yavé y hablaba en su nombre. Y, en fin, el poner Babilonia en vez de Damasco no era sino interpretar la profecía a la luz de la historia, como era costumbre entre los rabinos. Por lo demás, el sentido no cambia en nada, pues para ir a Babilonia desde Palestina había que atravesar Siria y el territorio de Damasco.

Tal es, a grandes líneas, la explicación que de estas divergencias suelen dar muchos de nuestros comentaristas bíblicos, particularmente los antiguos. No cabe duda que en estas explicaciones hay mucho de verdad, como es lo que se dice referente a alteraciones del texto bíblico en la cuestión de números y a la sustitución de Damasco por Babilonia; pero, a veces, como al querer explicar la compra del campo en Siquem por Abraham, creemos que hay mucho de apriorístico. Todo induce a creer que, en los puntos divergentes, Esteban no depende del texto bíblico, sino de tradiciones judías entonces corrientes, escritas u orales, que circulaban paralelas a las narraciones bíblicas, y que sus mismos oyentes aceptaban prácticamente en calidad de sustitución de la Biblia. Así, por ejemplo, por lo que se refiere a la duración de la estancia de los israelitas en Egipto, parece que circulaban dos corrientes, la de cuatrocientos y la de cuatrocientos treinta años; de hecho, Filón, al igual que Esteban, pone la cifra de cuatrocientos, el libro de los Jubileos la de 430, y Josefo unas veces va con los de cuatrocientos y otras con los de cuatrocientos treinta.

Por lo que se refiere a esa manera de hablar de Esteban, como si no hubiera sido Yavé mismo, sino un ángel, quien se presentaba a Moisés, quizás mejor que la explicación antes dada, sea preferible explicarlo, atendiendo a que en las tradiciones judías de entonces, a fin de que resaltase la trascendencia divina, no se admitía comunicación directa entre Dios y Moisés, sino sólo a través de los ángeles. Vestigios de esta concepción los tenemos también en otros lugares del Nuevo Testamento.

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¿Escuchamos algo sobre el interesado en el discurso, el mismo Esteban? ¡No! Los sabios se limitan a buscar los fallos incluso ... en Dios. ¿Porque quién es el Autor de este Discurso? ¿Es Dios o es su Criatura? ¿Y siendo la Creación la manifestación de su Creador que por boca de su Criatura se expresa, en qué medida este Discurso no es la Palabra del Creador de aquélla criatura a la que cinco minutos después apedrearon como perro rabioso y apiojado? ¿De dónde le viene, pues, a los siervos enjuiciar la Palabra del Creador en sus hijos?

En fin, ya conocemos a los sabios ... Aquí no es la Iglesia la que está actuando, aquí no es el obispo de Roma, ni el de Constantinopla, ni el de Londres, no el de Nueva York ni el de Moscú. Aquí es el propio Dios quien en su Criatura ensalza su Creación, y bendice su fruto ante todos los ojos, cumpliéndose a la perfección "Hagamos al hombre a nuestra Imagen y semejanza". Este Esteban no es más que la "Imagen de Jesús en su adolescencia", uno de aquéllos chiquillos que se Le acercaron ya hecho Hombre y sobre los que imponiéndoles, y retirando de ellos las de sus Discípulos, dijera: "Dejad que se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos".

Las iglesias quisieron someter a sus manos toda acción de Dios en el Hombre, pero es Dios en su Hijo, quien se adelanta y rompe este intento de obstrucción por el que Dios sólo puede actuar en su Criatura Humana con el permiso de las iglesias, sus obispos, sus pastores, sus patriarcas y sus famosos líderes modernos. No es Pedro ni Pablo, ni Juan ni Santiago, es la Mano del propio Jesús sobre aquél chiquillo la que ha dado su fruto y levanta ante Dios su Obra, diciendo: "He ahí, Padre, tu hijo". Y en esa Imagen viva el Dios vuelve a ver al Hombre que concibiera en su Seno antes de la Creación del Mundo. Es el Dios, que después de habernos ofrecido su vida, le presenta esta vida en el Hombre a toda la Casa de Dios.

Con Esteban la Esperanza de Victoria ya no es un sueño, ni una ilusión, ni una meta. El Hombre por fin ha levantado sus piernas del polvo y movido por el Espíritu de la Inmortalidad se enfrenta a la Muerte sin miedo, sin duda, sin vacilación. El primer Cristiano vive para siempre en el Cristiano, y ya nada, como diría luego Pablo, podría separar a Cristo del Hombre.

En Esteban era la Casa entera de los hijos de Dios la que habiendo languidecido por ver al Hombre de vuelta al Ser lo veía en la plenitud de su fuerza juvenil, tanto más seductora y arrebatadora de sus almas su magnífica Presencia cuanto ése Esteban era la Imagen Viva de Aquel que pusiera en él sus ojos y le predestinara para con los suyos echar abajo los últimos ladrillos del Muro que el Infierno, la Muerte y del Maligno levantaran entre la Casa de Dios y el Hombre.

No es Pablo ni Pedro, ni Santiago ni Juan, ni Lucas ni Felipe, es el mismo Jesucristo quien por la boca de su Criatura escribe contra sus Enemigos la Sentencia que Dios había dictado contra Jerusalén y todos sus hijos.

Si la Historia de las iglesias comienza en Pentecostés, la del Cristianismo comienza con Esteban. Y ambas comienzan en Jesucristo. En lo cual tenemos que ver que siendo las dos caras de la misma moneda, la Historia de la Iglesia y la Historia del Cristianismo se centran en dos realidades, que siendo una sola, tienen cada una su propia vida, existencia, y reciben su propio hálito, y ambos hálitos procedentes del mismo Señor, Dios, Rey, y Padre nuestro, Jesucristo, y Este Jesucristo : Dios Hijo Unigénito y Primogénito de los Hijos de Dios.