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El
Legislador
Más
que a los demás lugares sagrados y venerables distinguía con su
devoción a la iglesia del bienaventurado apóstol Pedro, en Roma.
Reunió grandes sumas de oro, plata y también piedras preciosas,
que le donó; envió muchos e innumerables presentes a los pontífices,
y en todo el tiempo que duró su reinado no consideró nada más importante
que restaurar por medio de sus esfuerzos y acciones la antigua autoridad
de la ciudad de Roma, y no sólo defender y proteger con su brazo
la iglesia de San Pedro, sino también enriquecerla y adornarla con
sus recursos para que brillara por encima de todas las otras. Pero
aunque la tuviera en tanta consideración y estima, en el período
de cuarenta y ocho años de su reinado, sólo la visitó en cuatro
oportunidades con el fin de cumplir sus promesas y rezar.
No
sólo fueron éstas las causas de su última visita, sino también el
que los romanos obligaron al pontífice León, objeto de sus muchas
violencias —le habían arrancado los ojos y cortado la lengua—, a
implorar el socorro del rey. Así pues, se dirigió a Roma con el
objeto de restablecer la situación de la Iglesia, en extremo perturbada,
y allí permaneció todo el invierno. En esa época recibió el nombre
de emperador y augusto. Y en un primer momento se mostró tan contrario
a ello que llegó a afirmar que en ese día, aunque fuera una festividad
mayor, no hubiera entrado en la iglesia de haber podido conocer
por anticipado el proyecto del pontífice. Con todo, soportó con
gran paciencia la indignación de los emperadores romanos, que sentían
odio y envidia por el título que había tomado; y venció la obstinación
de aquéllos con su magnanimidad, en la que les llevaba gran ventaja
fuera de toda duda, enviándoles frecuentes embajadas y llamándolos
hermanos en sus cartas.
Después
de recibir el título imperial, advirtiendo que mucho faltaba a las
leyes de su pueblo —pues los francos tienen dos leyes, muy diferentes
en muchísimos puntos—, pensó en añadir lo que faltaba, hacer coherente
lo discrepante, y corregir los errores y las faltas de redacción.
Pero de todo esto no hizo más que agregar unos pocos artículos,
e inacabados, a las leyes. Sin embargo, hizo poner por escrito las
leyes que aún no lo estaban de todos los pueblos sometidos a su
dominio.
Igualmente ordenó transcribir los antiquísimos poemas bárbaros,
en los que se cantaban los actos y las guerras de los antiguos reyes,
para que su recuerdo no se perdiese. También dio principio a una
gramática de su lengua materna.
También
dio a los meses los nombres en su propia lengua, ya que antes de
entonces los francos los llamaban en parte con nombres latinos y
en parte con nombres bárbaros. Actuó del mismo modo con los nombres
de los doce vientos, para los cuales antes no había sino cuatro
como máximo que pudieran designarlos en su lengua. Y a los meses
los llamó como sigue: a enero, wintarmanoth; a febrero, hornung,
a marzo, lentzinmanoth; a abril, ostarmanoth; a mayo, winnemanoth;
a junio, brachmanoth; a julio, heuuimanoth; a agosto, aranmanoth;
a septiembre, witumanoth; a octubre, windumemanoth; a noviembre,
herbistmanoth; a diciembre, heilagmanoth. En cuanto a los vientos,
les impuso los nombres del siguiente modo: el viento del este se
llamaría ostroniwint el euro o del sudeste, ostsundroni; el del
sud-sudeste, sundostroni; el del sur, o austro, sundroni; el del
sud-sudoeste, sundwestroni; el del sudoeste, westsundroni; el céfiro,
o del oeste, westroni; el del noroeste, westnordroni; el del nor-noroeste,
nordwestroni; el del norte, o septentrión, nordroni; el de nor-noreste,
o aquilón, nordostroni; el del noreste, ostnordroni.
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