Vida de Carlo Magno

 

La guerra contra los Sajones

Anteriormente, por cierto, y ante las súplicas del papa Esteban, también su padre había emprendido esta guerra con gran dificultad, pues algunos de los hombres principales de los francos a quienes solía consultar se habían mostrado a tal punto rebeldes a su voluntad que llegaron a proclamar de viva voz que abandonarían al rey y volverían a sus hogares. Sin embargo, se llevó a cabo la guerra, entonces contra el rey Astulfo, y fue concluida con gran celeridad. Pero si, al parecer, Carlos y su padre tuvieran una causa semejante, o más bien la misma, para emprender dicha guerra, no consta que se la llevase a término con esfuerzo y resultado semejantes. Pipino, después de pocos días de asedio en Pavía, obligó al rey Astulfo a entregar rehenes, devolver las plazas fuertes y castillos arrebatados a los romanos y a jurar que no volvería a apoderarse de lo devuelto; Carlos, en cambio, después de dar comienzo a la guerra, no cejó de obtener la rendición del rey Desiderio, a quien había quebrantado antes con largo asedio, de obligar a marcharse no sólo del reino sino también de Italia a su hijo Adalgiso, hacia quien parecían inclinarse las esperanzas de todos, de restituir a los romanos todo lo que se les había arrebatado, de someter a Rodgaud, prefecto del ducado del Friul, que intrigaba para rebelarse, de reducir a toda Italia a su poder, y de imponerle como rey a su hijo Pipino.

Podría escribir aquí cuan difícil le resultó, al entrar a Italia, la travesía de los Alpes, y con qué gran esfuerzo superaron los francos las cimas inaccesibles de los montes, las peñas que sobresalían elevándose al cielo y los ásperos escollos, si no tuviera en mi ánimo el dejar constancia en esta obra de su modo de vida más que de las guerras que llevó a cabo. Con todo, el fin de esta guerra fue la sumisión de Italia, el exilio perpetuo del rey Desiderio, que fue deportado, la expulsión de su hijo Adalgiso, y la restitución del patrimonio arrebatado por los reyes de los longobardos a Adriano, cabeza de la Iglesia romana.

Después del final de esta guerra, se continuó la sajona, que casi parecía interrumpida. El pueblo de los francos nunca emprendió una guerra más larga ni más atroz ni más penosa que ésta, porque los sajones, como casi todos los pueblos que habitan Germania, feroces por naturaleza, entregados al culto de los demonios y adversarios de nuestra religión, no consideraban deshonesto violar o transgredir. También existían causas que podían turbar cada día la paz, en especial el hecho de que nuestras fronteras y las de ellos estaban contiguas y casi en todas partes en lugar llano, salvo unos pocos lugares en los que o grandes bosques o las cimas de las montañas, interpuestas, delimitan con claridad los campos de unos y otros; en aquéllas no cesaban de producirse matanzas, robos e incendios recíprocos. Con todo esto, los francos terminaron por irritarse tanto que ya no juzgaron suficiente devolver las ofensas, sino emprender contra ellos una guerra abierta.

La guerra de Rolando