BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 
 

Vasiliev - Historia de Bizancio

IV

 

 

Causas de las conquistas arabes en el siglo VII.

 

Se menciona habitualmente el entusiasmo religioso de los musulmanes, que alcanzaba con frecuencia el grado supremo del fanatismo y la intolerancia, y se ve en él una de las causas determinativas de los pasmosos éxitos militares logrados por los árabes en su lucha contra Persia y contra el Imperio bizantino en el siglo VII. Se pretende que los árabes se precipitaron sobre las provincias asiáticas y africanas con la determinación de cumplir la voluntad de su profeta, que les había prescrito la conversión de todo el mundo a la nueva fe. En resumen, suelen explicarse en general las victorias árabes por el entusiasmo religioso que preparaba a los musulmanes fanáticos a mirar la muerte con desprecio, haciéndoles así invencibles en la ofensiva.

Este concepto debe ser considerado desprovisto de fundamento. A la muerte de Mahoma no había más que un pequeño número de musulmanes convencidos, y por ende ese pequeño número permaneció en Medina hasta que las primeras grandes conquistas estuvieron consumadas. Muy pocos adeptos de Mahoma combatieron en Siria y Persia. La aplastante mayoría de combatientes árabes la formaban beduinos, que solo conocían de oídas el Islam. No se cuidaban de nada sino de los beneficios materiales y terrenos, y no pedían otra cosa que botín y un desenfreno sin límites. El entusiasmo religioso no existía entre ellos para nada. Por otra parte, el Islam, en sus principios, era tolerante por esencia. El Corán dice: “No se haga violencia en materia religiosa; la verdad se distingue bien del error” (II, 257). Harto conocida es la indulgencia del Islam, en sus orígenes, con judíos y cristianos. El Corán habla también de la tolerancia de Dios respecto a las obras religiosas: “Si Dios hubiese querido, no habría hecho sino un solo pueblo de todos los hombres” (XI, 120). El fanatismo religioso y la intolerancia de los musulmanes son fenómenos posteriores, extraños al pueblo árabe y explicables por la influencia de los prosélitos mahometanos. Así, la teoría de que el entusiasmo religioso y el fanatismo fueron causas de las victoriosas conquistas de los árabes en el siglo VII debe ser rechazada.

Ciertos estudios recientes, como el de Caetani, se esfuerzan en demostrar que las causas verdaderas del irresistible avance de los árabes fueron de orden más práctico, más material. Arabia, reducida a sus recursos naturales, no podía satisfacer ya las necesidades físicas de su población y entonces, bajo la amenaza de la miseria y el hambre, los árabes se vieron en la precisión de hacer un esfuerzo desesperado para librarse “de la ardiente prisión del desierto”. Serían, pues, las insoportables condiciones de su vida las que habrían motivado aquel incontenible impulso que lanzó a los árabes hacia el Imperio bizantino y Persia, y no se debe, en tal caso, buscar el menor elemento religioso en su movimiento.

Pero, aun admitiendo hasta cierto punto la exactitud de esa tesis, no pueden explicarse completamente los éxitos militares de los árabes por sus necesidades materiales. Se ha de reconocer que entre las causas de sus victorias figura también el estado interno de las provincias orientales y meridionales de Bizancio —Siria, Palestina y Egipto—, tan fácilmente ocupadas por los árabes. Varias veces hemos indicado el creciente descontento de aquellas provincias, irritadas por razones de orden religioso. Siendo monofisitas y, parcialmente, nestorianas en sus convicciones, habían entrado en pugna con el gobierno central, rebelde a toda conciliación de tipo capaz de satisfacer las exigencias religiosas de aquellos países. Ello se agudizó después de la muerte de Justiniano la política inflexible de los emperadores hizo que Siria, Palestina y Egipto se sintieran dispuestas a desgajarse del Imperio, y prefirieron someterse a los árabes, conocidos por su tolerancia religiosa y de quienes se esperaba que se limitasen a percibir impuestos regulares en las provincias conquistadas. Los árabes, en efecto, como ya hemos dicho, se cuidaban poco de las convicciones religiosas de los pueblos sometidos.

La parte ortodoxa de la población de las provincias orientales estaba también descontenta del gobierno central a causa de ciertas concesiones y ciertos compromisos otorgados a los monofisitas, sobre todo en el. siglo VII. Hablando de la política monotelita de Heraclio, Eutiquio, historiador árabe cristiano del siglo X, escribe que los ciudadanos de Hemesa (Homs), declararon al emperador: “Sois un maronita (monotelíta) y un enemigo de nuestra fe”. Otro historiador árabe, Beladsori (siglo IX), afirma que los mismos ciudadanos se volvieron a los árabes, diciéndoles: “Vuestro gobierno y justicia nos son más agradables que la tiranía e insultos que hemos sufrido”.  Cierto que el testimonio emana de un escritor musulmán, pero refleja el verdadero estado de ánimo de la población ortodoxa durante el período en que Constantinopla siguió una política de compromiso religioso. Conviene también recordar que la mayor parte de la población de las provincias bizantinas de Palestina y Siria era de origen semítico, que muchos de sus habitantes eran de extracción árabe y que los conquistadores árabes encontraron en las provincias sometidas hombres de su raza y que hablaban su propia lengua. Con expresión de un historiador, no se trataba de conquistar un país extranjero, cuyo único provecho directo serían los impuestos, sino también de reivindicar una parte del propio patrimonio, que declinaba, por así decirlo, bajo el cetro extranjero”.

Además del general descontento religioso y del parentesco de la población con los árabes —dos hechos muy favorables a los invasores— conviene igualmente recordar que Bizancio y su ejército estaban muy debilitados tras las largas campañas contra los persas, pese al éxito final, y no podían oponer resistencia seria a las tropas frescas de los árabes.

En Egipto, causas particulares explican la fácil conquista árabe. La primera debe buscarse en el estado general de las tropas bizantinas acantonadas en el país. Numéricamente acaso fuesen bastante fuertes, pero la organización general del ejército perjudicaba mucho el éxito de las operaciones. Porque el ejército egipcio, en efecto, se dividía en varios grupos, mandados por cinco jefes diferentes, los duques (duces), investidos de poderes iguales. Entre esos generales no había unidad alguna de acción. La falta de coordinación a los fines de una tarea común paralizó la resistencia. La indiferencia de los gobernadores hacia los problemas que se planteaban en la provincia, sus rivalidades personales, su falta de solidaridad y su incapacidad militar tuvieron consecuencias nefastas. Los soldados valían tanto como sus jefes. El ejército egipcio era numeroso, pero la mediocridad de los mandos y de su instrucción hacían que no se pudiese contar con él. Los soldados se sentían inclinados a la defección de modo irresistible. El sabio francés Maspero, escribe: “Sin duda hay causas múltiples que explican los fulminantes éxitos de los árabes: el agotamiento del Imperio después de la victoriosa campaña de Persia, las discordias religiosas, el odio recíproco de los coptos jacobitas y de los griegos calcedonios. Pero el motivo principal de la derrota bizantina en el valle del Nilo fue la mala calidad del ejército al que estuvo confiada la misión de defenderlos”. Gelzer, por el estudio de los papiros, llega a las siguientes conclusiones: estima que la clase de grandes terratenientes priveligiados nacida en Egipto con anterioridad al período de las grandes conquistas árabes se había tornado, de hecho, independiente del gobierno central, el cual no había creado administración local verdadera, cosa que fue una de las causas principales de la caída de la dominación bizantina en Egipto. Otro sabio, el francés Amélineau, apoyándose también en el estudio de los papiros, llega a la conclusión de que, además de lo mediocre de la organización militar, los defectos de la administración civil de Egipto figuraron entre los más importantes factores que facilitaron la conquista árabe.

El papirólogo inglés H. J. Bell, escribe que la conquista de Egipto por los árabes no fue “ni un milagro ni un ejemplo de la venganza divina sobre la cristiandad extraviada, sino sólo el debilitamiento inevitable de un edificio podrido hasta el meollo”.

Así, entre las razones del éxito árabe debemos colocar en primer lugar la situación religiosa de Siria, Palestina y Egipto; los lazos de parentesco que existía entre los habitantes de esos dos primeros países y los árabes; y, lo que no deja de tener importancia, en Egipto, la incapacidad de las tropas, la ineficacia de la organización militar, la mediocridad de la administración civil y el estado de las relaciones sociales.

En cuanto a las cifras de las fuerzas enfrentadas, téngase en cuenta que la tradición histórica, tanto bizantina como árabe, las ha exagerado mucho. En realidad los ejércitos de ambos adversarios no eran muy considerables. Ciertos eruditos evalúan los soldados árabes que participaron en las campañas de Siria y Palestina en. 27.000, y aun temen aumentar el número real. El ejército bizantino era probablemente menos numeroso todavía. No olvidemos, en todo caso, que las operaciones militares fueron sostenidas, no sólo por los árabes de la península, sino por los del desierto sirio, cercano a las fronteras persa y bizantina.

Al estudiar con profundidad los principios del Islam, se advierte que el elemento religioso pasa a segundo término en todos los sucesos políticos de este período. Según el historiador Caetani: “el Islam se transformó en fuerza política porque sólo así podía triunfar de sus enemigos. Si el Islam hubiera persistido siendo siempre una mera doctrina moral y religiosa, su existencia habría terminado pronto en aquella Arabia escéptica y materialista, y sobre todo en la atmósfera hostil de La Meca”. Según la opinión de Goldziher, “los campeones del Islam no se propusieron tanto la conversión de los infieles como su sujeción”.

 

Conquistas árabes hasta principios del siglo VIII. Justiniano II y los árabes.