BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 
 

BENITO JUÁREZ

 

CAPITULO VIII

 

Don Manuel Gutiérrez Zamora.— La Reforma.

 

Don Manuel Gutiérrez Zamora era el tipo perfecto del veracruzano: franco, generoso, leal y valiente.

Hijo de una antigua y distinguida familia veracruzana, nació y se crió en la ciudad heroica, se dedicó al comercio, al lado de su honorable hermano mayor Don José, y al mismo tiempo tomó desde temprano participación en la cosa pública.

Cuando el general norteamericano Scott sitió y bombardeó Veracruz en 1847, Don Manuel figuró entre los mejores defensores de la ciudad, con el carácter de Mayor de la Guardia Nacional del puerto. No quiso capitular y no capituló: se fugó de la plaza, en un bote, desembarcó en la Antigua, y se fué a continuar la guerra con otros jóvenes veracruzanos, que se unieron a la guerrilla del célebre Padre Jarauta.

Su liberalismo le valió la persecución de Santa Anna,quien lo desterró a Europa.

Cuando regresó, y con motivo del triunfo del Plan de Ayutla, fue nombrado Gobernador del Estado, para cuyo cargó fue electo popularmente después de promulgada la Constitución de 1857.    

El Sr. Gutiérrez Zamora era un hombre de fibra y de no escaso talento. Aceptó la Constitución; pero desde que Comonfort ideó el golpe de Estado, trabajó con ahínco y mucha maña para atraerse a Zamora, quien vaciló y al fin fue alucinado. Zamora creyó que Comonfort trataba únicamente de reformar la Constitución; pero nunca sospechó que se entregaría en brazos de los retrógrados.

A Comonfort le importaba mucho el contigente de Zamora y el de Doblado, sin los cuales creía que era difícil prosperase su intento. A Doblado lo catequizó; a Zamora lo engañó.

Por eso Zamora secundó el Plan de Tacubaya el mismo día en que fue proclamado. Fue una ligereza, hija de la demasiada confianza que le inspiraron las promesas de Comonfort.

El general Don Ignacio de la Llave, ese otro patricio ilustre, ese otro gran veracruzano, fue más perspicaz que Zamora; comprendió la perfidia, se mostró intransigente, y, como Comandante militar de Córdoba y Orizaba, empezó a organizar las fuerzas para combatir la revolución. Al mismo tiempo envió emisarios a Veracruz para convencer a Zamora de su error, y otro tanto hizo el patriota Don José María Mata.

En esa empresa representó un papel muy principal el Lic. Don José Manuel de Emparán, hombre elocuente, sincero, de catoniana severidad de principios, y que ejercía gran influencia en Zamora, con quien le ligaba estrecha amistad desde la infancia.

Volvió Zamora sobre sus pasos, después de una larga e íntima conferencia que celebró con Emparán, en la casa de éste, la noche del 29 de Diciembre, y allí mismo redactaron el acta del despronunciamiento, volviendo Veracruz al orden constitucional.

Zamora, con esa sinceridad que constituía el fondo de su carácter, escribió a La Llave: “Me ha servido de lenitivo en la pena que me causaba haber tenido que apartarme del sendero legal, la justicia que V. S. y los habitantes de ese departamento han sabido hacer a la buena fe con que di un paso tan ajeno de mis intenciones”.

Zamora era, a más de Gobernador del Estado, Coronel de la Guardia Nacional de Veracruz, cuerpo que tenía un verdadero amor fanático hacia su jefe. Ya veremos más tarde lo que valía esa Guardia Nacional.

Al despronunciarse Veracruz el 30 de Diciembre, empezó a desmoronarse el edificio improvisado por Comonfort, pues inmediatamente siguieron el ejemplo las fortalezas de Ulúa y de Perote y la ciudad de Jalapa, del mismo Estado, y Tlaxcala. Los Estados del Norte y de Occidente, con excepción de San Luis Potosí, hicieron otro tanto.

Cuando se desencadenó la reacción, cuando se vio por todos lados la defección y la derrota, en vez de amilanarse el espíritu de los veracruzanos, se enardeció más y más, y cuando se supo que Juárez iba a hacer de Veracruz su asiento y residencia, se creyó obligado cada uno de aquellos hijos de la ciudad heroica a hacer hasta el último sacrificio para corresponder a la confianza en ellos depositada.

El vapor ‘Tennessee’ se avistó el 4 de Mayo a las tres de la tarde. Por él se esperaba a Juárez y a sus Ministros, pues por el paquete inglés, llegado horas antes, proceden de de la Habana, se conoció el itinerario que seguía. Fue el práctico del puerto a dar entrada al buque americano; y con sorpresa y sobresalto se veía que el vapor permanecía inmóvil, sin hacer por el puerto, a pesar de tener desde hacía rato el piloto a bordo.

Ya bien entrada la tarde movióse lentamente el Tennessee y fondeó junto a Ulúa.

¿Por qué esa tardanza? En virtud de disposiciones de Zamora para preparar a toda prisa y de la mejor manera posible la recepción oficial solemne. Todo el pueblo se encontraba aglomerado en el muelle, en las calles por donde se sabía que pasaría Juárez, en los balcones y azoteas.

Se engalanó la ciudad como por encanto; se reunió la Guardia Nacional y formó valla con los veteranos vestidos de gala.

Multitud de pequeñas embarcaciones se hicieron a la mar, llenas de gentes ávidas por saludar a Juárez; las falúas del Resguardo y de la Capitanía del Puerto, conduciendo a los altos funcionarios, fueron al encuentro del Presidente legítimo.

Desembarcó Juárez en medio del estruendo de la artillería, del clamor inmenso de todo un pueblo; sí, de todo un pueblo, que allí estaban mezcladas todas las clases, todos los sexos, todas las edades. Y más formidables que los repiques de las campanas, que el tronar de los cañones, eran los vítores del pueblo, el ¡viva Juárez! el ¡viva la libertad! el ¡viva México! el ¡viva la Constitución de 1857!

Aquel indio estoico se sintió conmovido. Comprendió que después de haber atravesado el Mar Rojo y el Desierto, llegaba a la Tierra de Promisión. Pero no; aquella no era la Tierra de Promisión; ¡era el Sinaí!

Todavía no estaba separada la Iglesia del Estado. El clero tomó parte en la manifestación. Es verdad que fungía de cara párraco en Veracruz el Reverendo Fray Cristóbal Noriega, antiguo capellán del ejército y entonces capellán del Batallón de Guardia Nacional de Infantería, liberal exaltado, hombre valientísimo. La comitiva se dirigió procesionalmente a la Iglesia Parroquial, donde se cantó un Te Deum. De allí salió cuando ya había cerrado la noche. Pero el pueblo se había provisto de cirios, todas las casas estaban iluminadas, y las gentes pudieron saciar su legítima curiosidad, su noble deseo de conocer al ilustre huésped.

Juárez, pequeño de cuerpo y de color bronceado, llamaba la atención en medio de Gutiérrez Zamora, corpulento y rubio, y del general Don Ramón Iglesias, alto y blanco.

Un niño que veía el grupo, exclamó:

—Parece una pequeña estatua de bronce entre dos grandes estatuas de mármol.

—El bronce es más duradero que el mármol, le objetó sentenciosamente su padre.

Pido perdón a mis lectores por el recuerdo de estas nimiedades; pero no puedo arrancarlas de mi memoria, ni resistir a la tentación de consignarlas aquí.

Una vez en la casa que se tenía destinada a Juárez, Don Manuel Gutiérrez Zamora tomó la palabra y dijo:

“Excelentísimo Señor Presidente: El Estado de Veracruz felicita a V. E. por su llegada en unión de los distinguidos ciudadanos que componen su Gabinete. Yo no podría decir, sin agravio de los defensores de esta plaza, que la presencia del Primer Magistrado de la Nación reanimará su valor. Están entre ellos los que en Oaxaca y los que en Cruz Blanca hicieron temblar al enemigo; y ninguno de los permanentes y guardias nacionales que lo esperan en estos muros, han necesitado otro estímulo para resolverse a no transigir con la reacción, que el deber y el amor a la libertad. Pero siendo V. E. testigo de su conducta, será mayor el placer de todos en el combale que se anuncia. La entrada de V. E. en la ciudad heroica, en momentos tan solemnes y después de los peligros que le han cercado, es un acontecimiento que nos llena de esperanzas. Que éstas se vean cumplidas; que este acontecimiento sea el anuncio del triunfo de la nación sobre la inmoralidad y el obscurantismo. A este triunfo han de cooperar la reputación y la constancia de V. E.”

Juárez, sereno y con su voz pausada, contestó:

“Señor Gobernador: Agradezco la felicitación que V. E. dirige al Primer Magistrado de la República por su arribo a esta heroica ciudad, donde se defiende la Constitución del país y los derechos del pueblo. Celebro debidamente la buena disposición que manifiesta el pueblo veracruzano para sostener al gobierno legítimo, y contando con la cooperación de V. E., yo le ofrezco que redoblaré mis esfuerzos hasta sacrificar mi existencia, si fuese necesario, para restablecer la paz y consolidar la libertad y la independencia de la Nación”.

Así dijeron esos dos proceres del constitucionalismo; y las tropas desfilaron en columna de honor, al mando del general Osorio, y se retiraron a sus cuarteles, quedando de guardia la Compañía de Cazadores, de la Guardia Nacional, con la bandera del Batallón, bandera que en breve iba a cubrirse de inmarcesible gloria.

Ese pacto de unión a vida y muerte del pueblo veracruzano con el representante de la legalidad, lo presenciaron Miguel Lerdo de Tejada, Ignacio de la Llave y José María Mata, hijos ilustres del Estado, e Ignacio Ramírez, Ponciano Arriaga, Vicente García Torres (a quien no se le ha hecho aún la justicia que merece) y otros radicales que se habían refugiado en aquel baluarte de la libertad.

El día 5 el Ministro Ocampo comunicaba oficialmente la instalación del Supremo Gobierno en la ciudad de Veracruz, haciendo mención especial de la satisfactoria recepción que habían hecho al Presidente el pueblo, la guarnición y las autoridades del puerto; y manifestaba las mayores esperanzas en el triunfo próximo de los principios consignados en el Código Fundamental.

Mientras tanto las armas reaccionarias alcanzaban importantes triunfos en casi todo el pais. El 18 de Junio (1858) murió Osollo en San Luis Potosí, dejando el campo abierto para todas las ambiciones de su émulo el general Miguel Miramón, quien fue desde entonces la primera figura militar del bando retrógrado, y acabó de asentar su reputación con el triunfo que obtuvo en Ahualulco de los Pinos el 29 de Septiembre del mismo año, derrotando a las fuerzas unidas de Vidaurri, Zuazua, Aramberri y Naranjo. Esa batalla fue un verdadero desastre para el ejército liberal.

No seguiré paso a paso las peripecias de aquella lucha titánica, concretándome en lo más importante y que más íntimamente se relaciona con la personalidad de Juárez.

El partido reaccionario comprendió que de poco servirían los triunfos alcanzados por sus armas en el interior, mientras que Veracruz estuviese en poder de los liberales. Ya el general Don Miguel María Echegaray había ideado apoderarse de la plaza, pero sin llevar a cabo su ambición. Su amenaza sirvió, empero, para que Zamora hiciese esfuerzos sobrehumanos para fortificar la plaza lo mejor posible, añadiendo a la línea de baluartes, que poseía desde el tiempo de los españoles, otra línea avanzada de fortines, y un foso que circundó la ciudad. Se proveyó de parque, se construyeron en Alvarado las lanchas cañoneras ‘Hidalgo’, ‘Morelos’, ‘Bravo’, ‘Mina’, ‘Galeana’ y ‘Santa María’, que fueron armadas cada una con un cañón de a 68 y tripuladas por los valientes matriculados del puerto.

El 19 de Marzo de 1859 apareció Miramón ante Veracruz con una fuerza de caballería. Se dispararon cuatro cañonazos desde la plaza, y Miramón desapareció inmediatamente.

Lo que vio desde los médanos le convenció que eran exiguos los elementos que llevaba; y ofreció volver cuando hubiese reunido los necesarios.

Los reaccionarios quisieron vengar el ridículo fracaso de la expedición a Veracruz cebándose en los prisioneros que hicieron en Tacubaya, cuando la infausta jornada del 11 de Abril. ¿Quién fue el responsable de esos asesinatos proditorios, padrón de ignominia del partido retrógrado? Márquez, que los ejecutó, dice que Miramón que los ordenó. Miramón dice que su orden fue: “En la misma tarde de hoy y bajo la más estricta responsabilidad de V. E., mandará sean pasados por las armas todos los prisioneros de la clase de oficiales y jefes, dándome parte del número de los que les haya cabido esta suerte”.

Esta fue la orden de un león a una pantera. La pantera se extralimitó, está bien; pero ambos son culpables, y a ambos los condena la Historia y los anatematiza la Patria, por más que el clero de Guadalajara coronase a Márquez, el 15 de Mayo de 1859, por esos asesinatos (Véase al Pbro. Rivera, Anales de la Reforma).

Por todas partes se luchaba; pero por todas partes los triunfos del reaccionario eran superiores a los nuestros. A mediados del año de 1859 puede decirse que el partido liberal no ocupaba más ciudad importante que la de Veracruz. Pero con eso bastaba. Entonces, en ese momento, el más difícil de aquella época, el más comprometido, fue cuando Juárez expidió las leyes de reforma.

En el periódico El Siglo XIX, correspondiente al Io de Diciembre de 1.857, publicó el inolvidable Don Francisco Zarco estas sesudas palabras: “Si el Congreso hubiera votado la libertad de cultos, hoy se diría que a medida tan avanzada se debían los motines y asonadas que han estallado por todas partes. ¿Qué se ganó con haber retrocedido ante el principio por tímidas consideraciones? Nada; el enemigo no agradeció esta concesión, y sólo creyó descubrir el flanco débil del partido liberal. Se cree por algunos hombres de muy recta intención, que no debe decretarse una reforma sino hasta que otra quede triunfante y perfectamente consolidada. Aceptaríamos este sistema de lentitud, si la primera reforma desarmara a los enemigos de la República; pero seguido en lo general, no puede ser conveniente, porque es resignarse a que cada paso en la vía del progreso cueste inmonsos sacrificios y ponga en conflicto las anteriores conquistas. Contra la Ley Juárez estalló la reacción en Puebla, acaudillada por Don Antonio de Haro; contra la Ley Lerdo estalló el movimiento de Orihuela. Si estas dos leyes se hubieran dado a un tiempo, aun cuando fueran mucho más avanzadas de lo que son, habrían producido un solo conflicto en lugar de dos. Esta sola consideración demuestra que el progreso excesivamente lento y gradual es un error de funestas consecuencias”.

Así debió creerlo Juárez, aleccionado por la experiencia.

Las Leyes de Reforma fueron muy meditadas, muy discutidas. En esta vez Juárez no confió sólo en sí mismo, y quiso oir la opinión de todos los verdaderos liberales que estaban cerca de.él.

El Dr. Rivera dice, sobre este particular, en sus Anales de la Reforma, que los liberales radicales reunidos en Veracruz opinaban unos porque se expidieran las leyes y otros porque no se expidieran. “No sé de cierto quiénes eran unos y quiénes eran otros; a excepción de Ocampo, Miguel Lerda de Tejada, Fuente, Ignacio Ramírez y Manuel Romero Rubio, de quienes consta en la historia que seguían el parecer de Juárez. Los que estaban por la negativa decían: Si ahora la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma dadas en tiempo de Comonfort, especialmente la desamortización de bienes eclesiásticos, tienen envuelta la República en una guerra y conflagración universal, ¿qué será echando nuevo combustible á la hoguera? Ahora, según el estado que guardan las cosas, hay esperanzas de que triunfen nuestras armas y se restablezca el orden constitucional. Cuando hayan transcurrido tres o cuatro años y se haya restablecido el orden constitucional y conquistado la opinión pública en pro de las Leyes de Reforma, entonces será tiempo de dar dichas Leyes; pero si se dan ahora, se exacerbará la guerra, nos arrollarán, se perderá todo y el partido radical quedará reducidoa la nulidad”. Y Juárez decía: “Vale más una guerra que dos. Yo confío en que esta guerra terminará pronto y se restablecerá el orden constitucional; y si el dar las Leyes de Reforma se aplaza para dentro de tres o cuatro años, entonces se suscitará una nueva guerra, tan cruda como la presente, y la República, en lugar de una guerra, sufrirá dos, con todos los grandísimos males consiguientes a ella”.

La verdad es que Juárez quería jugar de una vez y en una sola suerte el todo por el todo, y dejar aniquilado al enemigo para siempre. Así también dejaba deslindados los campos respectivos de un modo definitivo y acababa de desarrollar el programa liberal.

Por una rara coincidencia aparecieron casi al mismo tiempo un manifiesto de Juárez, fechado el 7 de Julio, anunciando que iba a expedir las Leyes de Reforma, y el manifiesto de Miramón, fechado en Chapultepec el 12 del mismo mes, exponiendo su política reaccionaria.

“No se necesitaba desde luego profunda penetración para descubrir los caracteres salientesde ambos documentos; mientras Miramón exponía francamente las vacilaciones e incertidumbres con que caminaba, Juárez hablaba con la seguridad, con la firmeza del que posee la plena conciencia del papel que representa, de la misión que tiene que desempeñar, de la senda que debe seguir para alcanzar un objeto con toda exactitud determinado”. (Vigil, obra citada.)

Aquí hay que hacer mención de una anécdota apócrifa y de intención aviesa. Se ha dicho y repetido por la prensa, que Don Manuel Gutiérrez Zamora se dirigió un día al salón donde Juárez celebraba consejo con sus Ministros, forzó la puerta y, con modales exaltados y frases duras, obligó a Don Benito a que saliese de su indecisión y firmase las Leyes de Reforma. Los que conocieron a Zamora comprenderán fácilmente que un hombre de su educación era incapaz de cometer tales atentados; los que conocieron a Juárez saben que no era hombre capaz de sufrirlos y menos de ceder ante ellos. Tampoco sus Ministros, cualesquiera que hubiesen sido las circunstancias, hubiesen consentido en que ni Zamora ni nadie los maltratase de un modo tan injustificado e interviniese en asuntos que no eran de la incumbencia del gobernador de un Estado. Esta es una calumnia levantada, no contra Juárez, sino contra Zamora, a quien se ha pretendido elevar con ella, sin ver que más bien se le rebaja, y que no necesita de actos semejantes para ocupar un puesto principalísimo entre los héroes de la Reforma.

El 12 de Julio (1859) se publicó la primera ley de la serie, que fué la de nacionalización de bienes eclesiásticos; el día 23 se promulgó la ley sobre matrimonio civil; por decreto del día 28 se establecieron los jueces del registro civil; por el del 31 quedaron secularizados los cementerios, camposantos y demás lugares que sirven para sepultura; por el del 11 de Agosto cuáles son los días que deben considerarse como festivos, cuáles dejaban de serlo y para qué efectos, y se hacía una declaración acerca de las funciones públicas en las iglesias.

Por último, se mandó retirar la legación mexicana en Roma. Este fue un acto de audacia, y no una imprudencia. El partido liberal se entusiasmó hasta el delirio; el reaccionario llegó al paroxismo de la cólera.

El Gobierno constitucional había obtenido poco antes una gran victoria en el terreno diplomático: los Estados Unidos habían reconocido a Juárez, y el 6 de Abril (1859) fue recibido oficialmente en Veracruz Mr. W. M. McLane como enviado extraordinario y Ministro plenipotenciario de su nación, lo que produjo una terrible irritación en el partido reaccionario, que comprendió todo lo que significaba aquel acta trascendental, y dando tortura a algunas frases de los discursos que pronunciaron el Ministro McLane y el Presidente Juárez, calumniaron a ambos personajes, llegando a decir El Diario Oficial de la reacción que se proyectaba enajenar el territorio mexicano a nuestros vecinos del Norte, y que, por lo tanto, el Gobierno de Juárez se había hecho reo de traición a la patria; calumnia que fue mirada con el más profundo desprecio por los liberales.

El 26 de Septiembre del mismo año reanudó la reacción sus relaciones con España, mediante el célebre Tratado Mon-Almonte, ajustado en París por Alejandro Mon, Ministro de Isabel II, y Don Juan N. Almonte, el hijo espúreo de Morelos, Ministro de Zuloaga. Sus puntos principales fueron dos: Iº, la ratificación del Convenio de 1853 por el que el Gobierno de Santa-Anna se obligó a pagar a España una suma de muchísima consideración, por deudas atrasadas; y 2º, obligación del Gobierno de Zuloaga a pagar otra cantidad de consideración por los asesinatos de españoles en San Vicente y San Dimas.—Los gobiernos contratantes ratificaron el tratado.

Lafragua, que había sido enviado por Juárez a Europa para gestionar el restablecimiento de las relaciones con España, y que no fue recibido nunca por la corte de Madrid, hizo una brillante impugnación al tratado y a la nota encomiástica con que el Ministro reaccionario Muñoz Ledo lo acompañó, y patentizó hasta qué punto la facción reaccionaria había olvidado los intereses y la dignidad de México. El Gobierno constitucional formuló el 30 de Enero de 1860 una enérgica protesta contra dicho tratado, el que jamás llegó a tener efecto.

El 1° de Diciembre (1859) el Gobierno celebró en Veracruz el tratado que lleva el nombre de McLane-Ocampo, por el que se pactaba conceder a los Estados Unidos el derecho a perpetuidad de transitar libremente por el istmo de Tehuantepec y por otras zonas, y otorgó otras franquicias, mediante el pago de cuatro millones de pesos.

Ese tratado ha dado origen a grandes controversias, y en él ha hecho hincapié con frecuencia el partido reaccionario para pretender probar que Juárez perpetró el horrendo delito de traición a la Patria. En honor de la verdad, Juárez fue el menos dispuesto a que se celebrase ese tratado, y cedió a las instancias y a los sólidos argumentos que le presentaron muchos prohombres del partido liberal, entre ellos Don Miguel Lerdo de Tejada y Don Melchor Ocampo, en quienes no puede suponerse nada que no fuese muy noble, muy levantado y muy patriótico.

Ese tratado podía haber llegado a ser una imprudencia si los Estados Unidos lo hubiesen ratificado, y si después, abusando de su fuerza y de nuestra debilidad, hubiesen exagerado el espíritu y la letra de la convención, procediendo con notoria mala fe.

El Sr. Don José María Vigil, liberal de los más puros, y autoridad muy respetable en esta y semejantes materias, dice sobre el particular:

“La simple lectura de ese documento manifiesta que, al formularse, no se procedió con la prudencia necesaria, ni se pensaron los gravísimos inconvenientes que para México tendrían en lo futuro algunas de sus estipulaciones; y la Nación debe felicitarse de que el Senado de los Estados Unidos le hubiese negado su aprobación”.

Y después añade con sobrado buen juicio: “De ahí, sin embargo, a ser un acto de traición a la Patria, mediaba enorme distancia. Las concesiones hechas a la república vecina eran excesivas, sin duda alguna, y dadas a serias complicaciones; pero entre ellas no aparecía ningún acto que menoscabase esencialmente la soberanía e independencia de la República”. (México a través de los siglos, tomo V, pág. 404. y 405.)

El partido reaccionario hizo gran escándalo con motivo de ese tratado, y aquí me aparto del juicio del Sr. Vigil, a pesar del gran respeto que le profeso, pues aunque “hemos visto ya las condiciones onerosas bajo las cuales reanudaron los tacubayistas sus relaciones con España, y una administración que en error semejante había incurrido, no era la que en mejor predicamento estuviera para echar en cara con tal estrépito al Gobierno constitucional el tratado McLane-Ocampo”; lo cierto es que la falta cometida por nuestros enemigos no les quitaba el derecho de echarnos en cara la nuestra, por más que ésta pudiera ser una consecuencia de aquélla.

Pero vuelvo a comulgar con el Sr. Vigil cuando asienta: “Ahora, sean cuales fuesen las faltas que los poderes beligerantes hubiesen cometido en los mencionados convenios, que podían explicarse por las circunstancias especiales en que se hallaban, hay dos hechos importantísimos que señalan en la Historia a ambos partidos el lugar que deben ocupar: la constante negativa del liberal para admitir en su lucha con los enemigos de las instituciones todo auxilio armado de los Estados Unidos, y la plena aquiescencia del conservador a la intervención europea, entregando al capricho de un soberano extranjero el destiño y derecho de la Nación mexicana”.

Acusar a Juárez de traidor a la Patria con motivo del tratado McLane-Ocampo, como lo hicieron los reaccionarios entonces y lo han repetido después; como lo hizo el Diputado al Congreso de la Unión, Lic. Don José María Aguirre, en la sesión de 29 de Mayo de 1861, y que le valió la célebre filípica que le enderezó el Sr. Don Manuel Ruiz, el ex-ministro, obligándole a cantar la más triste palinodia; o acusar á Juárez de debilidad por ese tratado, como se hizo últimamente, es de lo más absurdo que darse puede.

El Sr. Ruiz dijo en su referida filípica, entre otras cosas:—“El tratado McLane-Ocampo se inició en días de adversidad extrema para la causa liberal, y con todo, el Gobierno no accedió a las exigencias de los Estados Unidos, sino dentro de los límites de lo justo y de lo equitativo. El Gobierno constitucional llegó a Veracruz en estado de verdadera derrota; y en estas circunstancias, se le hicieron por conducto del gobierno de aquel Estado y por algunos patriotas que creían que todo era lícito para salvar los principios liberales, se le hicieron, digo, grandes ofrecimientos de dinero y de tropas, a condición de pagar el uno con terrenos baldíos y de que las otras vendrían a combatir bajo nuestra bandera: El Gobierno, que creyó que a los mexicanos y sólo a los mexicanos les tocaba reconquistar su usurpada libertad, desechó esas seductoras ofertas, contra el voto de muchos miembros culminantes del partido liberal. Insistiendo en sus pretensiones el gobierno de los Estados Unidos, el de México acudió a la celebración de un tratado que no puede ser motivo de rubor para la I República. El Senado norteamericano se rehusó a aprobar el convenio, cabalmente porque no llenaba las exigencias  de aquella nación: posteriormente se renovaron las pretensiones, queriendo resucitar el tratado, y el Presidente constitucional, desoyendo a su Gabinete, se opuso a secundar las pláticas”.

El probo e ilustrado Don Francisco Zarco expresó su opinión en el «Siglo XIX» de 3 de Junio del mismo año (1861). Confesó con la mayor ingenuidad que cuando casi todos los liberales mexicanos, incluso él, creían necesario procurar el auxilio de tropas extranjeras que renunciaran a su nacionalidad y recibieran en pago de sus servicios terrenos baldíos, “el hombre que creía que este arbitrio era contrario al decoro nacional; el hombre que previo peligros para la independencia en este recurso extremo; el que no desesperó del pueblo mexicano, creyendo que solo y sin extraño auxilio había de reconquistar su libertad y sus instituciones, fue el Presidente I de la República; y gracias a su resistencia tenaz y obstinada entonces, fracasó la idea de todo tratado de gobierno a gobierno y todo contrato con particulares que tuviera por objeto la venida á la República de fuerzas extranjeras que siguieran las banderas constitucionales. Lo que acabamos de asentar está probado por hechos notorios, y es de una verdad auténtica e incontrovertible. El Sr. Juárez mereció entonces de muchos de sus amigos la calificación de obstinado y pertinaz, que se repitió más tarde cuando con el mismo tesón se negó aá aceptar la conciliación con los reaccionarios y a la mediación de las potencias extranjeras en el arreglo de nuestras cuestiones interiores. Dos ideas capitales inspiraban el ánimo del Presidente: un celo escrupuloso por la independencia, por la nacionalidad de su país y la integridad de su territorio, y una confianza ilimitada en el triunfo de la opinión pública, y en que el pueblo por sí solo había de recobrar sus derechos sin la mengua del auxilio extranjero”.

Dije antes que el tratado McLane-Ocampo fue consecuencia del tratado Mon-Almonte. En efecto, la reacción no vaciló en conceder todo lo que se le exigió con tal de asegurar el reconocimiento oficial y el apoyo decidido de una potencia europea, la que, por multitud de circunstancias, era la que podía ayudarle con más rapidez y eficacia, como veremos que le ayudó cuando el sitio de Veracruz. El partido liberal quiso neutralizar, ya que no destruir, esa influencia, y pactó con el único que podía hacerlo en aquellos momentos, con un gobierno republicano, con una potencia que se hallaba tan próxima geográficamente, como España, entonces dueña de Cuba. No creo que ninguno de los dos partidos merezca por esos actos el epíteto de traidor que ambos se prodigaron; pero sí hago notar, ateniéndome puramente a los hechos, que mientras el tratado McLane-Ocampo sólo trajo beneficios, aunque no fue confirmado, el Mon-Almonte ocasionó grandes perjuicios al país, dando origen a la intervención española (no digo la tripartita), pues España hizo de ese tratado uno de los puntos capitales de su acción contra México (no digo contra Juárez).

El partido reaccionario se aprestaba a dar el golpe de gracia al constitucionalista, emprendiendo una seria campaña sobre Veracruz. Miramón, había regresado del interior cubierto de laureles. Reunió los mejores elementos militares de que podía disponer sin comprometer la seguridad en el interior. Para hacer más cierto su triunfo adquirió en la Habana dos vapores mercantes que armó en guerra: el Marqués de la Habana y el General Miramón y una barca, la Concepción, que cargaron de pertrechos de guerra. Esa escuadrilla fue puesta a las órdenes del General Don Tomás Marín. El pueblo veracruzano, con su natural buen humor, la llamó:

“La Escuadra de Papachín,

Dos guitarras y un violín”.

Miramón salió de la capital el día 8 de Febrero (1860), y llegó a Puebla al día siguiente, de donde salió el 12, y por Nopalucan y Pero te se dirigió a Jalapa, llegando el 15. Allí organizó su ejército, compuesto de dos divisiones de infantería y una de caballería.

Veracruz estaba listo para la defensa. Zamora había hecho prodigios para adiestrar a sus Guardias Nacionales; el Gobierno había ahorrado recursos para hacer inexpugnable la plaza, la que contaba con 148 cañones de varios calibres y 4,250 hombres dispuestos a perder la vida antes que rendirse. Mandaba en jefe el General Don Ramón Iglesias, teniendo como segundo al Coronel Gutiérrez Zamora, Gobernador del Estado. Pero Zamora fué el verdadero jefe, el alma de aquella defensa heroica, y a él corresponde principalmente la gloria de ese triunfo que, en mi concepto, fue el decisivo, pues que si Veracruz hubiese sucumbido, la causa de la Reforma habría quedado vencida por el momento, aunque Juárez la habría seguido representando y defendiendo en las montañas, dando tiempo a que el partido liberal se levantase de nuevo, más formidable que nunca, lo que habría hecho obedeciendo a la ley del progreso. Veracruz triunfante fue el desprestigio de Miramón, como caudillo; de los reaccionarios, como partido, y cundió entre ellos la desmoralización, pues les faltaban ya los recursos y la fe. En cambio creció el espíritu de los liberales y emprendieron con entusiasmo la brillante campaña que concluyó con la victoria de Calpulálpam.

Pero no precipitemos los acontecimientos. Con motivo del sitio de Veracruz hubo un episodio que ha servido a los reaccionarios para formular otro cargo de traición contra Juárez. Me refiero a lo sucedido con la flotilla de Marín.

El 27 de Febrero salió la flotilla de la Habana para Veracruz. El día 6 de Marzo pasaron los dos vapores a la vista de este puerto, siguiendo el rumbo de Norte a Sur. La fortaleza de Ulúa les pidió bandera, pues no la llevaban, sin que los barcos aludidos atendieran la demanda, y continuaron hacia Antón Lizardo, donde echaron ancla.

El Gobierno sabía a qué atenerse sobre el particular, pues tuvo oportuna noticia de lo que preparaba Marín en la Habana, y nuestro Ministro en Washington lo comunicó al Gobierno americano, haciéndole saber que aquellos buques no podían ser considerados como mexicanos, por no haberse abanderado conforme a las leyes del país, y que, por lo mismo, el Gobierno de México no respondería de los perjuicios que cometiesen en alta mar o en las costas de la República, supuesto que el mismo Gobierno trataría de apresarlos y de castigarlos con arreglo a las leyes. El general Partearroyo, Ministro de Guerra y Marina a la sazón, publicó el 23 de Febrero una circular declarando piratas a los tales buques, cualquiera fuese la bandera con que pretendieran cubrirse, y añadiendo que como tales “debían ser tratados por los buques nacionales y por los de las naciones amigas”.

Marín fundó más tarde su negativa a izar bandera en que no quería darse a conocer al enemigo; en que consideraba al Gobierno de Veracruz como rebelde al de México, y en que na había una ley general que lo obligase a ello a la distancia en que había cruzado.

Pero el Gobierno pensó de otra manera. El Ministro de Guerra y Marina, por acuerdo del Gabinete, convocó una Junta de Guerra, a la que concurrieron los Jefes de Marina, Mr. Jarvis, jefe de la escuadrilla americana que estaba anclada en la bahía, y el Coronel Asesor del Ejército Don Ángel del Campo. Después de una breve discusión y conforme al derecho internacional, se resolvió que los dichos buques debían ser considerados como piratas y ser tratados como tales.

Se encontraban a la sazón en el puerto el vapor remolcador Wave y el vapor lndianola, propiedad éste del patriota cubano Don Domingo de Goycuría. El Gobierno había entrado en tratos para la compra de ambas naves; mejor dicho, las había comprado ya pero todavía no estaban abanderadas como mexicanas. Esta es la verdad, aunque ningún historiador lo consigna, y todos, o casi todos, pretenden que ya estaban nacionalizadas.

Los marinos americanos resolvieron apresar a los buques piratas, y al efecto organizaron la expedición, tomando parte en ella la corbeta Saratoga y los vapores lndianola y Wave. Zarparon a las ocho y media de la noche, remolcando el Wave a la Saratoga. Al pasar por Sacrificios, los buques de guerra españoles, franceses e ingleses, que estaban por allí, ordenaron a los expedicionarios que encendiesen las luces de situación, pues las llevaban apagadas. La orden no fue obedecida.

Sobre este episodio se han publicado varias versiones, las unas incompletas, las otras inexactas. Todas convienen en un punto, a saber, que la acción tuvo lugar cerca de las doce de la noche.

Marín, el jefe de la escuadrilla, dice que ordenó que no se levase anclas; que los buques procedentes de Veracruz dispararon un tiro con granada, y que creyendo él que se trataba de las lanchas de los liberales, remolcadas por los vapores, les contestó con los cañones del General Miramón; pero al observar con el anteojo, notó con sorpresa que no eran tales lanchas, sino un buque de tres palos el remolcado; comprendió luego que aquel barco pertenecía a la marina de guerra americana, y teniendo orden de su Gobierno de evitar toda complicación con los Estados Unidos, mandó que no se hiciese fuego, lo cual dio lugar a que se acercasen impunemente el Saratoga y los vapores que lo acompañaban.

Pero el comandante Turner, en el parte que rindió al capitán Jarvis, por cuya orden había emprendido la expedición, informa que al acercarse a Antón Lizardo, los vapores de Marín trataron de escaparse, que entonces disparó un cañonazo para obligarlos a que hiciesen lo mismo (?); pero que la contestación fue una descarga de piezas de grueso calibre y de fusilería; este hecho, que el comandante consideró como un ataque sin provocación por su parte, determinó el conflicto que dio por resultado la captura de los buques con sus capitanes y tripulación.

La tercera versión, que es la consignada por Don Sebastián I. Campos, en sus Recuerdos Históricos de la Ciudad de Veracruz y Costa de Sotavento, dice que concurrieron al combate las lanchas cañoneras, lo cual es falso; que en el Indianola se embarcaron cien hombres de Guardia Nacional, lo que también es falso, pues sólo se embarcaron el General Llave y su ayudante el Comandante Traconis, ocultamente y por una condescendencia de Goycuría, y sin que lo supiese el jefe americano, quien después le reprochó el hecho. Sigue fantaseando el Sr. Campos, y asegura que la lancha cañonera Santa María, que fue la primera en llegar frente a Boca del Río, rompió el fuego sobre la brigada Casanova que ocupaba el punto. “Sucesivamente fueron entrando en linea las demás cañoneras, y en tanto que la Galeana y la Mina secundaban los fuegos de la Santa María, las otras tres abrieron los suyos contra los buques piratas: éstos, prevenidos de antemano, respondieron al instante; pero como a la vez tomaban el barlovento y abrieron los suyos el Indianola y la Saratoga, se hicieron generales; y, cuestión de poco tiempo, los buques sospechosos fueron apresados”.

Yo recuerdo haber oído relatar ese episodio a Don Domingo de Goycuría y a Don Ignacio de La Llave, separadamente, y la relación que hicieron concuerda con la que doy en seguida, tomada de El Progreso, periódico de Veracruz, que dirigía Don Rafael de Zayas. En el número correspondiente al viernes 9 de Marzo de 1860 dice lo siguiente:

“La Expedición Marín.Le Trait d’Unión da hoy como auténticos los siguientes pormenores acerca del combate naval habido entre los piratas y los buques de la marina americana que los capturaron:

A las ocho y media salió la Saratoga remolcada por el vapor Wave y acompañada con el Indianola, que servía únicamente de transporte, con 80 hombres a bordo, entre marinos y soldados de los Estados Unidos. El Wave llevaba también tropas de los Estados Unidos, y cada uno de los vapores iba provisto de un obús de montaña.

Los tres buques llegaron hacia la media noche a Antón Lizardo, donde encontraron a los dos vapores Marqués de la Habana y General Miramón, los cuales, después de estar a muy corta distancia, intentaron alejarse, sobre todo el General Miramón, que ya había emprendido la fuga. En el acto la Saratoga tiró al aire una granada para hacer que se detuviera; no habiendo obedecido, el Indianola, que no remolcaba ya a la Saratoga, persiguió al dicho General Miramón, hasta que estuvo bastante cerca para hablarle. El Indianola le gritó repetidas veces que suspendiera su marcha, y viendo que no hacía caso de esta insinuación, le disparó tres o cuatro tiros de fusil al aire, a los que respondió el General Miramón con un cañonazo, cuya bala pegó en la cámara alta del lndianola. Entonces este vapor se precipitó sobre aquél haciéndole un vivo fuego de fusilería.

Mientras esto pasaba, la Saratoga tiró al Marqués de la Hábana otro cañonazo, cuya bala lo atravesó de un lado a otro, y este vapor echó ancla, enarbolando la bandera española.

En seguida el Wave dejó anclada a la Saratoga y fue en ayuda del lndianola que perseguía al General Miramón, y viendo que éste ganaba la delantera, avanzó sobre él y lo abordó; pero no teniendo los utensilios necesarios para retenerlo, y habiendo sufrido, además, un vigoroso choque que le causó muchas averías en la cámara alta, el General Miramón logró pasar por su popa, haciéndole fuego de cañón y de fusilería.

Entonces empezó el Wave a darle caza, haciéndole igualmente fuego de cañón y de fusilería. En su huida el General Miramón encalló en un bajo, y el lndianola, que se hallaba muy cerca, lo abordó por segunda vez, sin encontrar resistencia, y lo capturó.

Se encontraron a bordo 30 heridos, que fueron transbordados a la Saratoga, a fin de prestarles los auxilios posibles.

EI Wave y el lndianola pasaron la noche fondeados en aquel lugar.

Por la mañana el Wave y el lndianola hicieron lo posible para poner a flote al General Miramón; pero no habiendo podido lograrlo, la Saratoga se dirigió al puerto, remolcada por el Marqués de la Habana”.

El mismo Progreso dice en otra parte, y bajo el rubro de Más pormenores: “He aquí los que hemos podido recoger de buen origen: los dos vapores capturados traían 200 hombres  150 venían con Marín en el Correo Número 1 (General Miramón) y los restantes en el Marqués de la Habana. Más de dos terceras partes son españoles; el resto se compone de franceses, portugueses, manilos, americanos e indios yucatecos.

El maquinista principal del Marqués de la Habana, que era americano, fue hecho pedazos por el tiro de la Saratoga, que atravesó el vapor. En el combate fue muerto también el primer maquinista del General Miramón, que era francés; su segundo, francés también, continúa sirviendo en dicho vapor.

Flores, antiguo práctico de Veracruz, que dirigía el timón del Correo Número 1, recibió una herida en un brazo, que fue necesario amputarle. A esta circunstancia se atribuye la varada del vapor, y, por consiguiente, que no pudiera fugarse.

Varios piratas se arrojaron al agua al verse perdidos; después los recogieron los botes americanos”.

Recuerdo que el General de La Llave salió levemente, herido, y Goycuría sufrió ligeras contusiones y sacó la ropa desgarrada por las astillas del barco.

Después de la rendición, los americanos condujeron a Marín ante Turner, quien le echó en cara, según el mismo Marín, la sangre derramada por haber mandado hacer fuego sobre los marinos de los Estados Unidos. El hecho es cierto, pues el Trait d’Unión publicó el siguiente documento:

“Certifico, bajo juramento, haber estado presente en una entrevista que tuvo lugar en la cámara de la Saratoga entre el Comandante Turner y el Capitán Marín.

Cuando el Capitán Turner preguntó al Capitán Marín por qué había osado hacer fuego sobre nuestros buques, sin haberlo provocado, Marín contestó que él había conocido que éramos buques americanos cuando nos vio aproximar a Antón Lizardo; que él advirtió a sus marineros y les dio orden de no hacernos fuego; pero que tenía una tripulación mezclada de individuos de diferentes naciones, indisciplinada, recientemente embarcada y a la que no podía dominar.

El Capitán Turner le dijo entonces: Ha cometido Ud. un grave ultraje de que será responsable, porque sobre Ud. recae toda la culpa de este desgraciado encuentro. El Capitán Marín dijo entonces que lo sentía profundamente.”—Firmado, Theodoro Salas. Veracruz, 8 de Marzo de 1860.

Que el Capitán General de Cuba protegió abiertamente la expedición de Marín, no admite duda, pues las cajas de municiones que se capturaron a bordo de los buques apresados, así como el armamento, estaban rotulados «Arsenal de la Habana»; de modo que esa expedición puede considerarse como resultado del tratado Mon-Almonte, y la prontitud con que contra ella obraron los buques americanos, como consecuencia del tralado Mc.Lane-Ocampo.

Cuando pasó el Marqués de la Habana remolcando a la Saratoga, frente al bergantín de guerra español Vasco de Gama, anclado en Sacrificios, fue saludado con frenéticos ¡¡hurras!! El día 10 fue conducido a puerto el General Miramón. El día 12 salieron ambos buques, escoltados por la corbeta americana Preble, donde iban los prisioneros, rumbo a New Orleans; allí fueron encarcelados como piratas, siendo a los pocos días puestos en libertad.

Como se ve, los americanos consideraron que toda la acción fue de ellos; que obraron en virtud del derecho internacional; que toda la responsabilidad era de ellos; que ellos eran los únicos que tenían jurisdicción sobre la presa y los prisioneros. Mr. Buchanan, Presidente de los Estados Unidos, interpelado por el Senado, contestó aprobando plenamente la conducta de sus marinos. Creo que lo expuesto basta y sobra para probar que no hubo traición, ni de obra ni de pensamiento, por parte de Juárez, ni se dio con el hecho aludido intervención a una nación extranjera en nuestras asuntos intestinos, por más que las simpatías de los americanos por nuestra causa era tan patente como la de los españoles por la de Miramón.

El apresamiento de la barca española Concepción estuvo a punto de provocar un serio conflicto. En ella se encontró un cargamento que constituía contrabando de guerra. El caso fue consignado al Juzgado de Distrito. La tramitación fue un poco larga, y el comandante de la escuadrilla española que estaba surta en Sacrificios, y que había protestado al principio contra la captura del buque, protestó después contra las dilaciones del juicio, y por último, hizo saber al Presidente, que si dentro de veinticuatro horas, contadas desde el momento en que fuese notificado, no devolvía el barco apresado, iría él a buscarlo con su escuadra.

El juicio había sido fallado en primera instancia, declarando la buena presa, y en esos momentos se seguía en segunda instancia ante el Tribunal de Circuito, a cuyo frente estaba como Magistrado el Lic. Don Ignacio Mariscal. Juárez no se inmutó por la amenaza de los cañones españoles. Llamó al Lic. Mariscal y le preguntó si era posible que pronunciase sentencia al día siguiente antes de la una de la tarde. El Licenciado Mariscal le aseguró que así lo haría, y procedió a citar para que la vista tuviese lugar a las nueve de la mañana, y a las doce estaba pronunciada la sentencia y comunicada al Ministerio de Justicia, y por éste al de Relaciones.

Cuando a las cuatro de la tarde se presentó el enviado del jefe de la escuadra española a exigir la respuesta a su ultimátum, Juárez le entregó copia de la sentencia en última instancia, confirmando la declaración de buena presa, y declarando la cosa juzgada.

A todo evento se habían dictado las providencias militares necesarias para rechazar a los buques españoles, y estaban encendidas las mechas de los cañones de Veracruz y de Ulúa.

Casi al caer la tarde, se vio que uno de los vapores de guerra españoles levantaba el ancla, y después tomó la mar y desapareció en el horizonte. Los demás barcos de la escuadra quedaron tranquilos en Sacrificios, y quedó sin efecto el ultimátum, pues ni se entregó La Concepción, ni vinieron a tomarla por la fuerza.

Después fue embreada la barca, y por orden del Gobierno la incendiaron.

Poco antes del asedio de Veracruz, Mr. W. Cornwallis Aldham, comandante del Valorous, nave de guerra inglesa, sanclada en Sacrificios, se dirigió al general Degollado, que a la sazón desempeñaba la Cartera de Relaciones, tratando de intervenir en la contienda para ponerle un fin pacífico. En Iº de Marzo, y con anuencia de Juárez, Mr. Aldham se dirigió a Miramón con idéntico propósito, quien le dio buena acogida y formuló proposiciones de paz para que fuesen presentadas a Juárez; pero antes de recibir respuesta, se dirigió Miramón al general Iglesias, en jefe de la plaza, haciéndole proposiciones encaminadas al mismo fin, y en tal virtud convino el Gobierno en entrar en pláticas, nombrándose dos comisionados por cada parte beligerante, los que se reunieron el 14 de Marzo en un punto equidistante del campamento reaccionario y de la plaza.

Los comisionados formularon un proyecto de armisticio y las bases para la paz definitiva. Sometido el proyecto a Juárez, éste declaró que estaba dispuesto a hacer, en obsequia de la paz, cuanto fuese compatible con los compromisos y deberes que le imponía la Constitución de 1857; que daba a sus comisionados (Don José de Emparán y Don Santos Degollado) instrucciones amplias para aceptar un armisticio, siempre que un Congreso, electo según la misma Constitución, fuese el que resolviese las cuestiones pendientes.

Como se ve, la Constitución era para Juárez antes que nada, y no admitía transacción de ninguna especie si ésta menoscababa en lo más mínimo la Carta Magna. Se le ha hecho cargo de intransigente recalcitrante por ese acto; pero en verdad que Juárez no podia ni debía obrar de otra manera, dados sus antecedentes; que de grave inconsecuencia se habría hecho reo si después de haber recogido el guante arrojado en Tacubaya, y de haber sostenido la guerra por más de dos años, se hubiese doblegado ante los hombres o ante las circunstancias, para pactar una paz, que, en último análisis, hubiera sido deserción de sus principios y una tregua, más bien que una paz definitiva, pues el partido liberal no la habría aceptado.

Miramón, después de bombardear inútilmente Veracruz y de haber arruinado media población, abandonó el campo en la madrugada del 21 de Marzo, aniversario del natalicia de Don Benito.

Juárez se obstinó en permanecer en Veracruz durante el bombardeo, porque creyó que ese era su deber; pero los Ministros y los jefes militares le suplicaron pasase a Ulúa. Por fin, Gutiérrez Zamora logró hacerle desistir de su propósito, haciéndole ver que no habría tranquilidad en el ánimo de los defensores de la plaza si él permanecía en ella, y que no respondería de nada mientras el Presidente, que era el legítimo representante de la causa que defendían, no pasase a Ulúa. Juárez accedió, aunque muy contrariado.

El 23 de Mayo del mismo año desembarcó en Veracruz Don Joaquín Francisco Pacheco, acreditado embajador cerca de Miramón. Juárez respetó su fuero diplomático, le concedió libre tránsito y le dio escolta suficiente para que lo custodiase dentro de los límites del Estado de Veracruz, acto que lo enaltece grandemente.

Había empezado el principio del fin. El 15 de Junio ganó González Ortega la acción de Peñuela; el 10 de Agosto el mismo general, unido a Zaragoza, derrotó a Miramón en Silao.

En Septiembre, el general Don Santos Degollado, previo consentimiento del general Doblado, se apoderó de “la conducta de Laguna Seca”, como se ha dado en llamar a este incidente, la que consistía en $1.127,414 pertenecientes a particulares. El cónsul inglés hizo que el jefe constitucionalista le devolviese $400,000 que pertenecían a subditos de su nación; y Juárez, inmediatamente que supo lo acontecido, ordenó que se devolviese todo el dinero que quedase de lo secuestrado, y que lo que faltase se pagara con el producto de la venta de los conventos. A pesar de las circunstancias y de lo mucho que significaba Don Santos Degollado, ordenó también el Presidente que se le procesase, entregando el mando de las fuerzas de Occidente y del Norte al general González Ortega.

Compárese ese acto con el de Miramón respecto a Márquez, cuando este jefe reaccionario se apoderó en Guadalajara de los $600,000 de la conducta de San Blas, en Octubre de 1859, y con el robo que el mismo Márquez, por orden de Miramón, perpetró el 16 de Noviembre de 1860 en la legación inglesa, de la que extrajo con violencia $660,000, que allí estaban depositados.

El l°de Noviembre derrotó completamente Zaragoza a Márquez en Zapotlanejo; el día 3, y como resultado de ese triunfo, entró González Ortega en Guadalajara, que tenía sitiada desde el 26 de Septiembre.

El día 4 de Diciembre promulgó Juárez la ley de libertad de cultos, con la que aumentó las de Reforma. El 22 del mismo mes jugó Miramón su última partida, arriesgando el todo por el todo en la batalla de Calpulálpam, que coronó de gloria a González Ortega, quien entró triunfante en la Capital de la República en la madrugada del 25 de Diciembre, quedando vencida la reacción a los tres años, día por día, de haber levantado su estandarte en Tacubaya.

En la noche del 23 de Diciembre se encontraba Juárez con su familia en el Teatro Principal de Veracruz, ocupando el palco del centro; en el de su derecha estaba Gutiérrez Zamora, y puede decirse que toda la sociedad veracruzana se había dado cita en aquel lugar, donde una excelente compañía de ópera cantaba esa noche I Puritani.

Justamente en los momentos en que el público aplaudía con entusiasmo el popular “Dúo de las banderas”, llegó apresuradamente al palco del Presidente un hombre cubierto de polvo, vestido de charro y que parecía venir de camino. Era un correo extraordinario; se llamaba José María Machuca, natural de Tehuacán, quien en veintiocho horas había recorrido, sin descansar un instante, las trescientas millas, poco más o menos, de mal camino, que mediaban entre el cuartel general de González Ortega y el puerto de Veracruz. Este correo entregó un pliego al Presidente.

La función quedó interrumpida por la entrada violenta de aquel hombre. El público, los cantantes y la orquesta guardaron un silencio profundo y lleno de ansiedad. ¿Qué pasaba? ¿Qué significaba aquello? ¿Era noticia próspera o adversa? Nadie lo sabía; pero todos presentían algo de muchísima importancia.

Juárez, que se había puesto en pie para recibir al correo, abrió el pliego, leyó tranquilamente las pocas líneas que contenía; después se acercó a la barandilla del palco. El público, anhelante, se puso también en pie, guardando el silencio profundo de la ansiedad. Juárez, con voz pausada y ligeramente conmovida, leyó la comunicación en que se le participaba la completa derrota de Miramón en Calpulálpam, y que inmediatamente ocuparía la Capital el ejército de la Reforma.

Lo que pasó después no puede ser descrito. Juárez y Gutiérrez Zamora se dieron un estrecho abrazo. Resonó un formidable ¡Viva! que encontró inmediato eco en toda la ciudad. La orquesta tocó diana, los cantantes quisieron entonar la Marsellesa, pero el público, en el delirio del entusiasmo, no atendía a nada que no fuese Juárez, que no fuese Zamora, su glorioso colaborador. Y las aclamaciones a ellos dos, á la Patria, a la Constitución y a la Reforma, atronaban la sala y repercutían en las calles. Toda la concurrencia salió violentamente del teatro, buscando aire que respirar, que el de la sala estaba caldeado.

En ese tiempo estaban construyendo el último cuerpo de la torre de la Parroquia, único templo abierto al culto en Veracruz, y por los andamios escaló el pueblo la torrre y echó a vuelo las campanas, para que despertaran los que dormían y recibieran la buena nueva. Las bandas de los cuerpos de la guarnición se echaron a las calles tocando dianas; por todas partes se oía cantar en formidable coro la canción de Los Cangrejos, que fue nuestro himno de guerra en esa cruenta campaña; y hombres, mujeres y niños recorrían las calles, abrazándose con efusión.

No hubo quizás una sola persona que exclamase:—“¡Ya concluyó la guerra!”

Todos decían:—“Triunfó la Constitución! ¡Viva Juárez!”

 

 

continuará...