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EL PONTIFICADO UNIVERSAL DE JESUCRISTO SEGUN SAN PABLO Carta a la Iglesia Católica
La
Conspiración Jesucristiana
La Necesidad es la
madre del cordero, si creemos en el proverbio, y el origen de las acciones
humanas, si creemos a otros. Y pues que siempre hay alguna verdad en las
lecciones de la experiencia, si bien es verdad que pretender darle naturaleza
de ley universal al fruto de una experiencia particular es un acto algo
atrevido, digamos también que esa parte de verdad existe en la lección.
Vemos que el
Cristianismo se funda sobre una Necesidad, la Muerte de Cristo, lo cual le da a
la primera parte de este pensamiento una solidez tremenda, y al mismo tiempo
hay que ponerse la armadura contra quien pretenda hacer de esta sola Necesidad
“la Necesidad sola” como eje, núcleo y espina dorsal de su doctrina. O como
diría el mismo San Pablo, ¿quién os enseñó a ver a Cristo como Crucificado? ¿Es
que acaso no resucitó y no estaba todo ordenado a su Resurrección?
¿Qué será más
importante, el cultivo del árbol en cuanto arte o ciencia, o el fruto que es el
fin de ese acto? Algún genio cultivará su campo por amor al arte, pero el arte
por el arte es una entelequia que cultivan los que no son artistas,
precisamente. La Necesidad, en consecuencia, brilla siempre en el seno de un
conjunto de causas. Y de esta manera sabemos que en la Creación del Hombre
intervino igualmente la Necesidad que tenía Dios de encontrar una forma de
hacer entrar a todos sus Hijos por la Puerta de la Verdad.
Y con todo sería falso
reducir la Creación del Hombre a la Necesidad. En principio y por antonomasia el Hombre es el fruto del Amor de Dios
por su Ciencia y Arte, que determinan su Ser haciendo de El “el Creador” por
excelencia, Origen y Fuente de todos los espíritus creadores del universo, y
que haciendo de El “el que es” engendra
en su Mente visiones de Mundos, de los que apasionándose en espíritu, procede
inmediatamente, arrebatado por la pasión del artista, a darle cuerpo en la
materia de las estrellas.
Luego existe Necesidad
y Pasión y ambas se recogen, ciertamente, en la Resurrección, acto en el que ambas
causas se encuentran para elevar el Acto Creador a su más alta expresión, pues
si por la primera Dios se vuelca en el Deber, por la Segunda es el Triunfo de
la Pasión el que vence y hace brillar sobre toda la Creación el Verdadero
Rostro de su Creador. Y si la Necesidad impone su Ley no puede sin embargo
matar el Origen de la misma Acción Creadora, el Amor, la Pasión por la
Creación.
Vemos, iniciando ahora
sí la marcha, que la Interpretación de la realidad depende de quien la
interprete, pero que la Realidad en sí permanece inalterable, y no porque Dios
haya sufrido lo que le han hecho con su Obra, en este caso nosotros, nuestro
Creador abomina de su Creación.
Todo artista, todo
espíritu creador, conoce el dolor y el sufrimiento que se experimenta cuando
alguien o algo te destroza el trabajo de tu vida, de tu inspiración, de tu ser.
Y si el dolor de la pérdida de un manuscrito o de un cuadro produce un efecto
emocional trágico, es de imaginar que si esa pérdida o destrozo se hace delante
de las narices de su creador, ese sufrimiento sea infinitamente más conspicuo.
Sólo de esta forma podemos entender a Dios en cuanto Creador. Y es natural que
teniendo delante a ese “criminal” se actúe en consecuencia, a través de la ley,
en el caso más lógico, pero si dominando la pasión del momento allá que se
atenga el “ladrón” a la cólera del Creador.
Quiero decir con esto
que mirar a Dios olvidando que el espíritu creador es en El su Naturaleza
definitiva, su esencia ontológica final, la sustancia emocional en cuyo campo
echa raíces sus pensamiento y sentimientos, olvidar al Creador en Dios y
reducir la mirada a Dios en cuanto Ente, es decir, un sujeto teológico
abstracto definido por sus Atributos, incapaz de moverse incluso porque el
movimiento atentaría contra esos Atributos, etcétera... reducir a Atributos
teólogicos el Ser no es ya una aberración del Pensamiento, es, perversamente,
subirse a la losa bajo la que enterraron a Jesús para que no resucite Cristo.
Hay que estar ciego o
ser un verdadero santo para centrando el Pensamiento en Dios como Ente no
perder de vista al Creador en el Ser. Sobre lo cual parece que la Historia nos
da ejemplo con un Santo Tomás, para lo bueno, y para lo malo presenta tantos
ejemplos que mejor no mencionar a ninguno. El hecho es que desde el principio
mismo Dios se descubre Pasión Creadora, y es desde esta pasión arrebatadora del
Creador por su Obra que entra Dios en cólera, y se vuelve loco contra el “ladrón” y “criminal” que se atrevió a destrozar
su trabajo, el Primer Hombre, allá en el Edén, y van para seis mil años ya
desde aquello.
En la Resurrección,
pues, tenemos la visión del Creador que no puede impedir la destrucción de su
Obra, siguiendo la Necesidad, y la manifestación del amor infinito del creador
por su obra, que pudiendo restaurarla a su perfección original, no sólo lo hace
sino que aún perfecciona lo perfectible haciendo indestructible a este Segundo
Hombre. Si el Primero era perfecto, su Destructibilidad lo hacía imperfecto a
los ojos de un espíritu maligno cuya tendencia a la destrución de la Obra
Creadora fue su naturaleza, su pasión artística, como si dijéramos que se puede
sentir pasión por la Guerra, el Crimen y el Delito. El Creador en Dios se
levanta contra esa Seudo-Filosofia de la Perversión como fruto de la Naturaleza
y lanzándose contra el ladrón, criminal y destructor perverso en el que la
envidia es su verdadera naturaleza, y porque lo hace, Dios separa Creación de
Destrucción, Luz de Tinieblas, Verdad de Mentira, y Pasión de Interés. Y en
fin, en Jesucristo se establece la Creación sobre la Pasión del Creador por su
Obra.
De entre todas las
obras de este Creador es San Pablo uno de sus más maravillosos trabajos. Será San Pablo el prototipo de los que, sin
haber tocado y visto al Hijo de Dios en la carne del Hijo de María, devienen
hijos de Dios “por Bienaventuranza del que cree sin ver”, y porque sin ver,
creen, serían tanto más valiosos a los ojos de su Creador que aquéllos que
viéndole y tocándole salieron corriendo cuando llegó la Hora de la Verdad. Y sin
embargo Dios, para glorificar a todos sus Hijos, dispuso que los primeros
coronasen su vida con el supremo sacrificio, y a los últimos nos sea gloria
nuestra Fe sobrenatural, pues si en los primeros la Fe era solo natural después
de haber visto lo que vieron, en nosotros, por centrar el tema, es sobrenatural
por en cuanto sin ver lo que ellos vieron creemos en lo que de no haber visto
ellos nunca no hubieran creído. Y finalmente para hacer de todos nosotros una
sola cosa estableció Dios nuestra fe sobrenatural en la sangre de la fe natural
de ellos, por la sangre y en la Sangre del Primogénito de la Gloria, como dirá
San Pablo, uniendo Dios Padre en la sangre de Cristo a todos sus hijos.
No hay, dado ya el
primer paso, división entre los hijos de Dios. La fe es la misma, y aunque el
origen sea distinto, pues unos son hijos de Abraham y otros de Cristo, por el
espíritu todos creemos en la misma Verdad. Y esta Verdad es que:
Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro
tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en
estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por
quien también hizo los siglos; que, siendo la irradiación de su gloria e
impronta de su sustancia, y el que con su poderosa palabra sustenta todas las
cosas, después de haber realizado la purificación de los pecados, se sentó a la
diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto mayor que los
ángeles, cuando heredó un nombre más excelente que ellos.
He aquí, si posible es
reducir toda una Sabiduría tratando la cual se han escrito montañas de libros,
el compendio de todas las cosas, la igualdad resultante de una suma de factores
sin número. Se va el autor a la misma Eternidad, y regresa a la Historia del
día a día; se eleva a las alturas inmarcesibles del Cielo donde mora el Dios de
los felices, y desciende a la superficie de la Tierra donde vivimos bajo el
peso de las circunstancias los desgraciados de siempre; viaja el autor al
Infinito, y regresa con un mensaje maravilloso y sublime: Dios ha constituido a
su Hijo Primogénito en Rey y Señor sobre toda la Obra de sus manos, y ha puesto
el Futuro de todas las cosas a los pies de su Hijo para que su Voluntad se
haga.
El Temor a Dios
deviene Amor a su Hijo, y pues que el Temor se alzó como puente de relación
entre Dios y su Creación, y por el Temor era glorificado Aquel que buscaba el
Amor, queriendo dar por finalizada esta Relación, que no le complacía ni nunca
buscó, dice: “Glorificad a mi Hijo. Amadle, porque en El he puesto todas las cosas,
lo mismo las de la Tierra que las del Cielo. Todas las cosas son nada a mis
ojos y sólo en El está mi vida. Nada me falta, tengo a mi Hijo; todo me sobra,
en El lo tengo todo. ¿No queréis temer a Dios y en el Temor fundar la Relación
del Creador con su Obra, pues ahí tenéis a vuestro Creador, dadle todo el Amor,
yo le he dado todo el Poder”.
Y con todo, doblando
nuestras rodillas, Dios Padre ha jugado con nosotros de la forma más
maravillosa concebible, porque estableciendo la Corona de su Hijo en Su
voluntad Eterna, primero arrebató con amor profundo al hombre para que el temor
que en su Gloria no quiso para El se estableciese en el Amor y por el Amor
deviniese perfecto el Temor, deviniendo así aquel Temor por miedo al Todopoder
: el Temor que viene del miedo a la pérdida de lo único que puede satisfacer
este amor apasionado con el que la Fe inunda el ser del que se convierte.
¡No hay división entre
los hijos de Dios!
Extirpando de su
Creación lo maligno, poniendo entre la pasión por la destrucción asesina y la
pasión por la actividad creadora la Corona y Señorío Universal de su
Primogénito, y porque lo hace: todas las coronas, todos los poderes, todo
aquello que siendo su origen el bien y por el mal devinieron origen de
destrucción y crimen, y quedando abolidas, Dios establece la Fraternidad sobre
la Igualdad, quedando, en lo que se refiere al Poder, todos los hijos de Dios
desnudos delante del Señor Universal y Rey sempiterno, Jesucristo.
¡No hay división entre
los hijos de Dios!
Y la que hubiera,
habiendo establecido Dios la Igualdad de todos sus hijos en la Obediencia sin
límites al Rey de su Creación, surgiría
en relación a una rebelión contra esta Igualdad. Y si vemos que Dios desnuda a
toda su Creación -aboliendo toda corona-, vemos después que la división entre
los siervos de Dios surge en relación al Poder, es decir, a las vestiduras con
las que, no contentos con la Nueva Vestidura que Dios le da a su creación,
entre ellos los siervos de Dios se pelean y demonizan por ... por el anillo más
gordo de oro, por la mitra más llena de piedras preciosas, por la cuota de
poder imperial más grande.
¡No hay división entre
los hijos de Dios, pero sí entre los siervos del Señor!
Los hijos de Dios
tienen su gloria no en el Poder sino en la Libertad; los siervos no en la
Libertad sino en el Poder, y de aquí que entre ellos exista División. Ahora
bien, quien busca el Poder se rebela contra quien abolió todo Poder y puso todo
el Poder en las manos de su Unigénito.
¿Y es que cómo podía
ser de otra forma? Todo viviente no es más que polvo cósmico mezclado con un
poco de agua, criaturas de barro que tenemos vida por el Poder del Creador de
hacer que su Espíritu penetre la Materia y se haga carne divina. Basta un soplo
para que el barro vuelva al barro, el espíritu
al espíritu y no quede huella ni memoria de quien, por un instante, se creyó
algo así como un dios. Sólo por el amor que el Creador le tiene a su Creación,
su obra, la proyección de su naturaleza en el lienzo del Universo, instrumento
afinado sobre las notas de las estrellas, y sólo por esta pasión creadora lo
que es un muñeco de barro cobra vida y, por el mismo amor hacia su criatura,
ésta se vuelve hacia su Creador y la llama Padre.
Pero la locura empieza
cuando la criatura se olvida de lo que es y refutándose a sí misma el argumento
de su Origen se atreve a pedir para sí lo que es exclusivo de su Creador, ¡el
Poder!
La consecuencia la
tenemos a la vista y está en el núcleo homicida que derramando sus efectos
malignos sobre nuestro Género ha conducido nuestra Historia al punto en el que
nos encontramos. Así que superado el límite que el Amor tiene de esperar
paciente a que la conducta del que ama se regenere, superado este límite de la
Paciencia Sobrenatural, Dios desnudó de Poder a todas sus criaturas, puso todo
el Poder en las manos de su Hijo, y al hacerlo así nos puso a todos a sus pies.
Humillación, pero
Gloria. Porque la Criatura ya demostró, y lo vivimos aún en nuestras carnes,
que es enloquecida por el Poder.
¡El Poder no corrompe,
el Poder: enloquece!
Y es que el Poder sólo
puede estar en las manos de quien le pertenece, el Hijo de Dios, -como dice San
Pablo-: Impronta de la sustancia Divina, irradiación de su Majestad, y quien,
al ser Unigénito de su Padre tiene en su Palabra su Fuerza infinita.
Mas la criatura, no
siendo en nosotros natural el Poder, al buscar el Poder debemos, por
fuerza, establecer la ley de nuestro
Poder sobre la destrucción de aquellos sobre lo que se quiere dominar, quienes,
por tendencia natural negándose a ser objeto de dominio, por su rebelión
convierten nuestra ley en arma asesina y a quien lo ostenta en criminal - en
potencia, en el mejor de los casos, y en vivo en el caso más general.
Pero este es el pan de
cada día que la Humanidad ha comido durante seis mil años. Y que ha dado como
resultado una Teoría del Poder acorde a la cual el Poder, según la Ciencia,
viene determinado por la estructura Natural mediante selección. Y sin embargo,
siendo natural es simplemente una incoherencia que exista la Revolución. De
donde se ve que no hay peor contradicción que la del Ateismo, pues si por un
lado afirma la Naturaleza del Poder por el otro establece la Necesidad de la
Revolución, que si desde el Poder, cual efecto de la Naturaleza tomado: la
Revolución es una violación de la ley natural.
Siguiendo cuya lógica
quienes establecen el Poder en la Naturaleza, -Capitalismo -, y mediante la
Ciencia bendicen la criminalidad extrema y alta de quien lo ejerce,
convirtiendo la Locura del Poder en Cordura de la Ciencia, por lógica tenían
que ver en la Revolución un acontecimiento antinatural, pues la Revolución es
ante todo y sobre todo la negación del Poder como hecho Natural –Comunismo.
De manera que quien
establece el Poder sobre la Naturaleza debe por fuerza encontrar en la Revolución
su enemigo nato. Y, con todo, observamos cómo al mantener la Revolución viva la
Teoría del Poder Natural contra la que se levantara, y porque no buscó su
abolición, determinó la Caída del producto de la Revolución, la URSS, que se
hubiera evitado, de todas todas de haber procedido la Revolución a abolir el
Poder, o sea, a establecer la Democracia una vez arrancado de las manos del
Loco por el Poder ese arma con el que asesinaba en masa y a placer a toda una
nación.
Toda acción que busca
el Poder es, en consecuencia, la expresión de una locura que se sirve de la
necesidad para satisfacer una pasión antinatural. Ahora bien, seis mil años de
Historia bajo las botas y el puño del Poder es un libro incrustado de
experiencias infinitas sobre las transformaciones de la Teoría del Poder. Y tal
vez sea por esto que el Poder busque, primero que nada y antes que todo,
alienar la formación intelectual de los pueblos y del hombre, en tanto que ser
inteligente, del Libro de la Historia Universal, no sea que aprendiendo devenga
“rebelde” el ciudadano.
Observamos igualmente
que nuestra Historia ha caminado hacia la Civilización ordenada en el seno de
una estructura Social que tiende ineludiblemente a la abolición del Poder y,
encontrándonos en la Democracia como Camino hacia ese Estado Natural de
Civilización, desde esta observamos cómo el Poder, es decir, la existencia de
una Cabeza Directora Vitalicia de una Sociedad, conlleva el crimen de esa
cabeza y su cuerpo contra el Pueblo.
El Poder como locura
es definido en una primera instancia por Cabezas Directoras Vitalicias de las
Sociedades que para mantener su status no se dan límites y ejercen el Crimen y
el Delito como modus vivendi.
También observamos,
para gloria de la Civilización Cristiana, que este Camino de Libertad del Ser
Humano respecto al Poder como locura, que nos ha conducido a la Democracia,
donde la Sociedad participa en su plenitud del Gobierno de sus funciones y
Administra por ella misma sus recursos, si bien aún imperfecta en su
estructura, sólo ha podido alcanzar este estado en el seno de la Civilización
Cristiana, pues, como se entiende del mismo Cristianismo, que supone la
Abolición de toda Monarquía y Gobierno Vitalicio de las personas, la Historia
camina, invenciblemente, hacia la Democracia Cristiana como Modelo de Sistema
Social, donde la Corona le pertenece al Hijo de Dios y los Pueblos se gobiernan
autónomamente acorde a la Ley del Derecho Universal. De tal manera que sin
Verdad no puede haber Fraternidad, sin Justicia no puede haber Igualdad, y sin
Paz no puede darse Libertad, en esta realidad uniéndose el Derecho Divino y el
Humano para forjar en la Civilización una Sociedad con vocación de Futuro sin
límites.
Y siendo éste el
Futuro que llevaba en sus entrañas el Cristianismo de San Pablo y sus Hermanos
no es de extrañar que el Imperio se lanzase contra ellos, si bien, por la
locura de la medida, el Incendio de Roma, quedase como loco el ejecutor,
ocultándose tras la tragedia la existencia de quien teniendo un conocimiento
perfecto del cristianismo escatológico, le susurrara a los oídos de Nerón y del
Senado la Necesidad de destruir “ésa Secta de los Cristianos”. Necesidad que
yendo contra el Derecho Romano únicamente podía encontrar legalidad mediante un
Acto terrorista de Trascendencia inigualable, las proporciones de cuyas
consecuencias pusiera la firma del Imperio en un decreto de Exterminio Masivo
de unos Ciudadanos contra quienes, en cuanto ciudadanos del imperio, era
imposible proceder a una Solución Final que, por su mismo texto, sería una
negación del espíritu del Derecho Romano.
Este es un truco que
se ha usado muchas veces a lo largo de los milenios. Se ha acusado, sin ir más
lejos, a los USA de haberlo utilizado contra España en la Guerra de Cuba,
hundiendo su propio barco a costa del enemigo futuro con objeto de tener una causa belli legítima ante el
Derecho Internacional y el propio pueblo norteamericano. Otros han querido ver
en el Derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York un truco de esta naturaleza,
a fin de firmar el Congreso sobre la tragedia del momento la Guerra de
Afganistán, supuestamente decisiva para el Gaseoducto Transiberiano, etcétera.
A este lado del
Atlántico en los círculos privados del Poder y la periferia Media ha estado
circulando, hasta ayer mismo, la Teoría de la Conspiración del PSOE-Corona del
Borbón con objeto de elevar al Partido del Delfín al Poder, para lo cual
determinaron actos de sabotaje cuya conclusión fue el Atentado Terrorista de
Madrid, que determinó el peso de la balanza, por fin, hacia el Partido del
Delfín. Pero como no ha podido demostrarse y se ha quedado en Crimen Perfecto
las cosas no han ido a más, máxime cuando el Partido del Delfín estaba dipuesto
a enfrentarse a una Segunda Guerra Civil si la Conspiración quedaba al
descubierto.
Nadie puede culpar a
nadie por pensar mal teniendo en cuenta que la Historia es un baúl de tragedias
que las Coronas han llenado con las joyas de sus interminables crímenes y
matanzas.
Volviendo al Pasado,
en el caso de Nerón tenemos que la Escatología Jesucristiana difícilmente
hubiera podido alcanzar sus orejas de no haberle abierto los ojos a la Doctrina
del Reino Universal alguien que conocía a los cristianos perfectamente y había
escuchado con sus orejas “esa doctrina misteriosa, perfecta, escondida, hablada
entre los perfectos”, es decir, alguien que estuvo entre los cristianos y fue
uno de ellos.
Quién sea el candidato es una operación
difícil de determinar desde las pruebas pero fácil de descubrir desde las
coincidencias y los hechos. En otro sitio tocaremos este tema con más rigor.
Lo que es evidente, y
ya que el Incendio de Roma determinó la clase de muerte del autor de la
Epístola a los Hebreos, es que el Senado Romano aceptó la hipótesis de la
Conspiración Cristiana porque tuvo conocimiento perfecto de la Naturaleza
Monárquica Divina del Cristianismo y puso su firma bajo la del Emperador, y
sólo después de esta unidad de acción se procedió al Incendio de Roma. Pues el
Cristianismo, como se ve por las Cartas y Epístolas de los Apóstoles, mantuvo
una política de Silencio Público sobre sus Fines Escatológicos, a la vez que se
sometió a las Leyes Civiles, como quien deposita en las Manos de Dios lo que
Dios determinó llevar a cabo. Ninguna acusación podía llevar ante los
Tribunales una Solución Final Anticristiana sobre las bases de una
desobediencia civil, y únicamente en razón de la Abolición del Imperio que
implicaba la Victoria de la Cristiandad podía servir de argumento para
legitimar lo que desde el Derecho era un delito contra la Legalidad.
Ahora bien, estamos
tratando con Profetas, pues el “espíritu de Jesús es el espíritu de la profecía”,
y en tanto que conocedores de antemano de las medidas que iban a tomarse contra
Ellos, los Apóstoles prepararon el Advenimiento de la Persecuciones en el seno
de la Doctrina sobre la Parusía, doctrina que, habiendo sido formada en el más
íntimo de los secretos, ha mantenido al futuro en confusión constante. Será,
desde esta Parusía Profética, que se escriben las Epístolas y en todas ellas
vibre el sonido de la Voz que recorrerá Roma en el Día de la Bestia.
Olvidar este constante
caminar hacia el Fuego de las Persecuciones, en las que la Generación de la
Primera Cristiandad sellaría la Nueva Alianza de Dios con la Plenitud de las
Naciones Cristianas, cuando se lee sus Cartas, es un error tremendo. Quienes lo
hicieron y se pusieron ellos como destinatarios, cometieron una manipulación
aberrante del texto, cuya consecuencia sería “la Fe sola”, por ejemplo.
San Pablo, sobre todo San Pablo, porque fue el
mensajero de una Solución Final abortada de los Judíos contra la Iglesia en
pañales, y porque venía de las filas del enemigo, conocía mejor que nadie que
más tarde o más temprano el Judaísmo Anticristiano encontraría la forma de
hacer llegar su Mensaje de Exterminio Total de los Cristianos no a un simple
gobernador sino al mismísimo emperador. Y de esta manera, siendo para los
Judíos lo que Flavio Josefo fue para los Cristianos, San Pablo tuvo sus ojos
puestos en la Parusía, en el Gran Sacrificio de los cientos de miles de “corderos
llevados al matadero”, y pensando en legar la esencia de la Doctrina Apostólica
sobre la Iglesia a las generaciones que les sucederían y vivirían el Triunfo
del Cristianismo sobre el Imperio, condensó en pocas palabras una Sabiduría
cuyos discursos provocaba que se cayesen por las ventanas incluso los más
dignos discípulos.
Si en su Carta a los
Romanos se derramó con el corazón profético puesto al desnudo, en su Epístola a
los Hebreos el espíritu que clama Victoria y jalea la Coronación de Jesucristo
como Rey, elegido por Dios para Servirle como Rey de su Reino Universal, no
puede contenerse y se sale de madre, escribiendo:
Pues ¿a
cuál de los ángeles dijo alguna vez: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado
hoy?”; y luego: “Yo seré para El padre, y El será Hijo para mí”. Y cuando de
nuevo introduce a su Primogénito en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles
de Dios. De los ángeles
dice: “El que hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llamas de fuego.
Pero al Hijo: “Tu trono, ¡oh Dios!, subsistirá por los siglos de los siglos;
cetro de equidad es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la
iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría sobre tus
compañeros.” Y: “Tú, Señor, al principio, fundaste la tierra, y los cielos son
la obra de tus manos. Ellos perecerán, pero tú permaneces, y todos, como un
vestido, envejecerán, y como un manto los envolverás, y como un vestido se
mudarán; pero tú permaneces el mismo, y tus años no se acabarán”. ¿Y a cuál de los ángeles dijo alguna vez:
“Siéntate a mi diestra, mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus
pies?”. ¿No son todos ellos espíritus
administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?
La Invención del Cristianismo
Observamos en el Texto
-(El Evangelio)- una contradicción apoteósica, fenomenal, misteriosa e
intrínsicamente sobrenatural, y de aquí que, quienes no pudieron penetrar su
misterio y sólo tuvieron la espada para desenredar el nudo gordiano del
Jesucristianismo, imitasen al célebre Alejandro Magno, pues la violencia,
además de ser el recurso de los ignorantes, es la respuesta más a mano que se
tiene y siempre es la primera que le viene a la cabeza al necio. Se ha perdido
el significado de la necedad y apenas hay quien comprenda su verdadero sentido,
pero su vigencia forma parte del vestuario de la Historia y representa la
ignorancia que se cree sabelotoda. Punto éste que, sin saber nosotros cómo pero
siendo un hecho, hizo de la Filosofía su anfitrión y parasitando
simbióticamente el sabio y el necio en el mismo raciocinio finalmente condujo a
la Filosofía a la tumba del pensamiento omnipotente de la Razón, caida que
anunció la muerte del filósofo y dio paso a la Necedad como Ciencia.
En el caso de los
Judíos la Sabiduría de los Profetas y los Patriarcas dio paso a la Necedad como modus vivendi sacrum, y siendo solo natural que la Sabiduría y la Ignorancia no puedan
vivir juntas era del todo normal que persiguiesen, juzgasen y condenasen a
Jesucristo. Lo contrario hubiera sido un milagro y una prueba rotunda y
castastrófica contra la doctrina de la imposibilidad de convivencia, ni
pacífica ni violenta, entre Ignorancia y Sabiduría.
Y la contradicción
jesucristiana se describe por la Letra de la forma que sigue.
Por
tanto, es menester que con la mayor diligencia atendamos a lo que hemos oído,
no sea que nos deslicemos. Pues
si la palabra promulgada por los ángeles fue firme, hasta el punto de que toda
transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo lograremos
nosotros rehuirla, si tenemos en poco tan gran salud, que, habiendo comenzado a
ser promulgada por el Señor, fue entre nosotros confirmada por los que le
oyeron, atestiguándola Dios con señales, prodigios y diversos milagros y
participaciones del Espíritu Santo, conforme a su voluntad? Que no fue a los ángeles a quienes sometió el mundo
venidero de que hablamos.
Observamos en el Texto
del Evangelio - tomado como relato, independientemente de su género y
excepcionalmente tomado como libro - contemplamos la andadura de un Ser
Omnipotente cuyo Poder está en su Palabra y le basta abrir la boca para hacer
realidad cualquier deseo que le venga al alma. El autor, y considerando, por el
bien del relato, que no es creíble la existencia de un Ser de estas propiedades
por la vía natural sola, introduce la idea del Hijo del Dios de los Hebreos,
que se hace hombre y una vez hecho hombre actúa en consecuencia con el Poder
Infinito de su Dios y Padre. Y siguiendo este Argumento nos presenta a ese Hijo
del Dios de los Hebreos haciendo de toda enfermedad y patología una sencilla
operación de dos más dos cuatro más dos seis y sigue sumando, por la visión de
este Poder inspirando nuestra imaginación con lo que un hombre con ese Poder
pudiera hacer.
Según la imaginación
inspirada por el Texto - independientemente, insisto, de su género - le hubiera
bastado al Héroe del Relato Jesucristiano coronarse, ponerse al frente de las
Muchedumbres y lanzarlas a la Conquista del Reino Universal. ¡Qué ejército
hubiera podido resistir el ataque de un rey al que le bastaba abrir la boca
para hacer descender fuego del cielo, y ordenarle a las montañas que se
apartasen de su camino, y a los vientos levantarse pues que podía calmarlos!
La imaginación que,
contra los modernos, siempre ha existido, y a pesar de tanto listo siempre ha
sido la musa de los genios, se encendió en las masas y, viendo el resultado de
la Batalla entre el Reino del Hijo de David y el Imperio -si Jesucristo aquel
Hijo de David- no dudó en, pidiéndole ser rey, clamar por la Guerra.
Y la contradicción
surge del No del Héroe del Texto.
¿Por qué no? ¿No era
El el Hijo de David? ¿Y no le había legado al Hijo de David el reino universal
el Dios de los Hebreos? ¿No eran ellos Hebreos? ¿Por qué No?
¿Qué hijo de hombre de
encontrarse con ese Poder de abrir la boca y hacerse tal cual, al instante no
la abriera para además de acabar con todas las enfermedades del mundo, y,
naturalmente, acabar con todos los Poderes Homicidas que gobiernan la Tierra,
y, erigiéndose en rey universal, proclamar la Paz Universal sobre el Fundamento
de una Justicia Todopoderosa gobernada por el Espíritu de una Verdad
sempiterna?
El No del Héroe del
Texto a la Corona de David no tenía sentido ninguno para las muchedumbres. Y
tampoco para los poderes del Templo.
¡No!, ¿pero por qué
no? ¿Acaso no decía la Escritura Profética sobre el Hijo de David:
“¿Qué es
el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que tú le
visites? Hicístele
poco menor que a los ángeles, coronástele de gloria y de honor, todo lo pusiste
debajo de sus pies.”
Tanto más legítima la
Guerra Final del Hijo de David cuanto que el Rey, al igual que el Adán aquél
que descubriera la Fuente de la Juventud Eterna en el fruto del Arbol de la
Vida, su Hijo, el Hijo de Eva de la Profecía, venía investido de un Poder
Sobrenatural, sólo imaginable en el mismísimo Dios, quien diciendo, así se
hace. Y Amén.
Es de imaginar la
excitación de las muchedumbres cuando las Multiplicaciones de los panes y los
peces. El Hijo de David había nacido por fin y a El le pertenecía la Corona de
Jerusalén, y a Jerusalén la pertenecía el trono del Mundo. Y amén.
“Rey, Rey, Rey”. Aún
resuena el eco del grito de las muchedumbres por las colinas de Israel.
Pero el Héroe del
Texto deviene el Villano del Relato al pasar la página. Tras un simple
movimiento de dedo la felicidad que se adivina en el encuentro del Rey Mesías
con el Pueblo Hebreo, y que hiciera vibrar las líneas durante los primeros
capítulos con el ritmo del corazón que estuvo en coma y volviendo a la vida
respira recordando el túnel del que acababa de salir, poco a poco, paso a paso,
golpe a golpe, verso a verso, el Héroe se va quitando sus galas y se va
quedando desnudo hasta caminar al Gólgota, donde levanta los brazos y se deja
crucificar como si se tratase de un vil maleante. De pronto el relato nacido
con vocación de Epopeya reniega de su vocación y se viste de drama, de
tragedia. Y todos, lo mismo unos que otros, todos se quedan en las tinieblas
con un pregunta en los labios: ¿Por qué?
Y un Lector se levanta
y responde:
Pues al decir que “se
lo sometió todo,” es que no dejó nada que no le sometiera. Al presente no vemos
aún que todo le esté sometido, pero sí vemos al que Dios hizo poco menor que a
los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte,
para que por gracia de Dios gustase la muerte por todos. Pues convenía que
aquel para quien y por quien son todas las cosas, que se proponía llevar muchos
hijos a la gloria, perfeccionase por las tribulaciones al autor de la salud de
ellos.
Y entramos ya en el
Pensamiento de Cristo, es decir, en la Cabeza de ese Héroe que nació para vivir
el papel del Villano. ¿Qué quereis, pan para hoy y hambre para mañana? ¿No es
mejor aguantar el hambre por un poco si no se vuelve a pasar hambre ya jamás?
Es fácil pasar por el
infierno cuando se ignora el tiempo del viaje y las penas y fatigas que han de
dejarse atrás, y aunque la llama de la esperanza mantenga a raya el fuego de
los males que han de vivirse, y como para todo hay un fin, nunca podrá
compararse este sufrimiento y constante estado de lucha con el del que sabe por
qué camino debe pasar, cuántos palos se va a llevar y cuánto tiempo durará el
viaje. Es como si el héroe de una Tragedia tomase consciencia de su existencia en
el instante del punto y final y debiera volver a pasar por el prólogo pero esta
vez conociendo línea por línea la historia de su vida. Ni ya el pan es el
mismo, ni el agua le sabrá igual.
Cuando, pues, los
genios estudiando la Biblia entendieron que el Antiguo Testamento es el Guión
que se debía aprender el Héroe del Nuevo, de tal manera que hasta su mismo
sueño estaba escrito, y no creyendo que el ser humano pueda vivir semejante
suplicio, y de hecho no hay nadie en el mundo que nazca sabiendo, y calibrando
que tal era imposible, levantaron el falso testimonio de haber sido escrito el
Guión Jesucristiano pos morten. Caía
Nínive y escribían los Hebreos: “Ya lo dijo Dios”, de esta manera engañándose a
sí mismos y engañando al mundo, al menos intentando engañar al mundo con la
existencia de un Dios capaz de leer en el Futuro con la naturalidad que
nosotros leemos un libro.
Los Apóstoles, siendo
discípulos de esa Escuela de “Falsificadores”, le inventaron a su Rabí de
Nazaret un Guión en el que mezclaron la Idea de los Hebreos sobre el Hijo de
David con la Concepción de la Divinidad que se forjaron en sus sueños más
novelescos. El resultado, un Héroe nacido de Dios y Mujer, que conserva todos
los Atributos de su Padre y todos los de su Madre, por el Espíritu es el Hijo
de Dios y por la carne el hijo del Hombre. Y muere pero no puede ser retenido
por la Muerte, y Resucita guardando de esta manera el Autor la Coherencia entre
el Principio y el Fin
Como escritor, hay que
confesarlo, el Autor del Evangelio escribió el libro más vendido del mundo, su
composición rompe todos los moldes, su estructura literaria se sale de todos
los géneros, se alza único en su especie. Tanto más maravilloso el fenómeno
jesucristiano cuanto el Autor era -desde el punto de vista de la Historia de
las Letras y de las Ciencias- un verdadero analfabeto.
Pero al contrario que
el Autor del Evangelio, el autor de la Carta a los Hebreos no lo era, por
hablar entre colegas, un cateto. Saulo era un cerebro cultivado en la filosofía
del judaísmo de su tiempo. Digamos a favor de sus compatriotas que no fueron
los cristianos los primeros que aprendieron a dominar las armas “del enemigo” a
fin de desarmar al enemigo. Los Hebreos fueron los primeros que usaron las
ciencias clásicas para vencer a los griegos con sus propios argumentos. Vivían
entre Griegos. La separación radical entre Griegos y Gentiles, exceptuando
cuatro rabinos y medio, no era conocida en los días de los Romanos. No fue sino
como consecuencia de las Persecuciones, que los Hebreos comenzaron a
distanciarse de los Gentiles cuando los Gentiles se hicieron Cristianos. Y
cuando los Cristianos devienen Imperio la separación devino abismo.
Saulo se enfrenta a
los Cristianos desde el Judaísmo y desde el Cristianismo Pablo se enfrenta a
los Hebreos plenamente consciente de que el Judaísmo era el mal de los Hebreos
y la Salvación de los Hebreos estaba en el Cristianismo. Desde su Pensamiento
el Judaísmo era el resultado de una acumulación de errores que en lugar de dar
marcha atrás y caminar hacia la verdad, el Judaísmo fue arrastrando a los
Hebreos hacia ese abismo en el que se hundirían los Judíos y en cuyo fondo
estaba el Holocausto.
¡Pan para un mañana
que nunca se acabará y hambre para un día que se va como agua entre los dedos!,
fue la respuesta de Pablo al “Porqué” resonando en los desiertos de Judea desde
el Calvario:
Porque
todos, así el que santifica como los santificados, de uno solo vienen, y, por
tanto, no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: “Anunciaré tu nombre a
mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré”. Y luego: “Yo pondré en El mi confianza.” Y aún:
“Heme aquí a mí y a los hijos que me dio el Señor”. Pues como los hijos
participan en la sangre y en la carne, de igual manera El participó de las
mismas para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto
es, al diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda
la vida sujetos a servidumbre
¿De qué le vale al
Hombre alcanzar la Inmortalidad si su Ser deviene refugio de un Mal infinitamente
más dañino, quedando expuesto su espíritu a una enfermedad infinitamente más
maligna? ¿Es que acaso el Diablo no fue un hijo de Dios? ¿De qué nos vale Paz
para hoy y Guerra para mañana y el siguiente? Y del otro lado, desde el Autor
del Texto, ¿cómo podría entender un Rey a su Pueblo si desconoce la causa por
la que el Hombre no puede vivir un Guión escrito? ¿No era lógico que buscando
hacer comprender a su Hijo la naturaleza de Su creación, Dios lo hiciese hombre
para que por el ser y no por las palabras comprendiese por la experiencia lo
que jamás comprendería por la teoría?
Cierto, dicen algunos
que toda experiencia puede ser expresada en palabras, pero lo dicen quienes
apenas si han vivido más experiencia que la del animal doméstico. Hay dolores
que no se comprenden hasta que se viven, y alegrías que no se entienden sino
pasando por ellas. Lo otro, comprender sin vivir, es de necios. Y llegando a
este extremo creo haberle dado un sentido más profundo a término sobremanera
heretizado por el Poder Político dada la Necedad que existe en la estructura de
acceso al Poder, donde vemos que la mediocridad es la condición sinequanon del éxito. La primera premisa para ser político es
la apariencia de saberlo todo, que finalmente, con el hábito, produce el efecto
psicoanalítico parasimpático de creerse el propio necio que de verdad lo sabe
todo. Y claro, así le va a la Democracia.
Volviendo a Pablo,
nuestro sujeto, si el lector en Saulo, siendo judío, respondió al texto como
quien era arrastrado por la fuerza secular que desde muy antiguo conducía a la
nación de los Israelitas al abismo del Holocausto, el Hebreo en Pablo respondía
a la Lectura del Texto Sagrado con el espíritu del jesucristianismo más
profundo, y, hasta digamos, transgrede por escrito lo que por la palabra les
estaba prohibido a todos los Apóstoles, a saber, dar a conocer el misterio del
Reino de los cielos al público. Y sin embargo es porque los destellos de
aquella “sabiduría misteriosa, prohibida, hablada solamente entre los perfectos”
se le escapaba de las manos como luz imposible de ser comprimida, apagada, que
los siglos futuros, siendo dominio de necios, quisieron acusar a Pablo de ser
el inventor del cristianismo.
La invención del
cristianismo, en cuanto movimiento literario, reduciendo a un libro su cuerpo,
fue obra de los Apóstoles, fruto de cuya Predicación fuera el mismo Pablo.
Porque si es el mismo Héroe del Libro quien se le aparece para la Salvación de
los Cristianos, Saulo no escucha la Doctrina de los labios de Jesús sino de sus
Discípulos. De manera que el argumento de la invención del cristianismo por San Pablo fue un discurso de necios
que no prueba más que la facilidad con la que el Dinero y sus Sabios se acuestan
con cualquiera que les toque el trasero.
¡Cuál sea el Misterio
del Reino de los cielos cuyos secretos les estaba prohibido dar a conocer al
público “en público”, siendo de cara a la galería el discurso de los Apóstoles
el que sigue:
Pues, como es sabido, no socorrió a
los ángeles, sino a la descendencia de Abraham. Por esto hubo de asemejarse en
todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel en las
cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Porque en cuanto El
mismo padeció siendo tentado, es capaz de ayudar a los tentados.
¡Cuál sea ése
misterio! lo desentrañaremos un poco más adelante según vayamos abriéndonos
paso por el bosque de los siglos hasta plantarnos en Pensamiento delante del
autor de esta Epístola.
El
Futuro del Judaísmo
Entremos en la mente
de San Pablo. Situémonos en el tiempo que va de la Caída de un Templo, orgullo
y fundamento de una Nación, por el misterio de los siglos transformado en “una
cueva de ladrones”, a la Edificación de un Nuevo Templo, gloria de las
Naciones. Y radiografiemos las causas de la Caída del Templo de los Judíos,
firmada por Decreto y figurando el Nombre de quien levantara ese Templo
Antiguo, el mismo Dios de los Profetas y Señor de Salomón.
Digamos que habiendo
sido Dios el Autor de ese Templo era solo natural que Dios diese la Orden de su
destrucción. ¿Pero por qué?
Bueno, el Templo
abandonó a Dios por el Oro. Todo el Templo de Jerusalén había sido ordenado
para ser el Tesoro del Sanedrín. Y este Tesoro, como el de cualquier Estado, se
basaba en los Impuestos. Con la diferencia respecto a cualquier Estado, que da
infraestructuras a cambio y tiene que mantener la Paz y la Libertad y la
Justicia con el fruto de la recaudación de todos, que el Estado Judío
Sacerdotal, aunque sujeto al Imperio, civilmente hablando, daba a cambio de sus
Impuestos Sagrados: el Perdón de los Pecados. Es decir, el Pecado devino la
Gallina de los Huevos de Oro.
Y deviniendo el Pecado
la fuente del impuesto templario era solo natural que el Sacerdote cultivase la
Conciencia del Pueblo Judío a fin de hacer de su vida entera un pecado, de esta
manera robándole su vida a cambio de una Conciencia Limpia y garantía de
salvación eterna.
Los efectos de esta
dislocación de la relación entre Dios y el Hombre los tenemos fotografiados en
el Evangelio en forma de una sociedad altamente esquizofreneizada, campo de
toda suerte de enfermedades mentales y feudo de toda suerte de criminales bajo
sotanas sagradas. Será contra esta perversión de la Relación Sacerdotal entre
Dios y el Hombre que se levantara Cristo y, abriendo la boca, ordenara su
Caída. Lo contrario -que Jesús se hubiera callado- hubiera sido un milagro,
pero este del Diablo.
En el terreno de los
siglos tenemos una reproducción de la situación templaria jerusaleña contra la
que Dios se levantó, y a nivel macro, en la actitud de la iglesia romana
durante la Víspera de la Reforma. Los Papas habían redescubierto la Gallina de
los Huevos de Oro y, conociendo la ignorancia de los pueblos cristianos del
momento, en lugar de luchar contra esa ignorancia se unieron para hacer de ella
su mina de diamantes, e imitando a los santos padres de aquella Jerusalén de
los ladrones en túnicas sagradas, “los santos padres romanos” cultivaron la
Conciencia Cristiana para sembrar el Pecado y recoger de la cosecha de las Indulgencias
el ejército de impuestos con el que la Teocracia Romana condujo al Cristianismo
a la División de las Iglesias.
Tenemos pues ante los
ojos, ya que nos hemos metido en los zapatos de San Pablo, una revolución en
toda regla. Un Templo que con la excusa de ser indestructible, pues Dios lo
había creado, se había entregado al animalismo más avanzado, y se enfrentaba a
su destrucción total y definitiva. En su lugar un grupo de Analfabetos (los
Apóstoles) están Edificando un Nuevo Templo, no hecho con piedras sino
establecido sobre el Espíritu de una Fe Sobrenatural, que dice a boca llena:
Vosotros, pues, hermanos santos, que
participáis de la vocación celeste, considerad al Apóstol y Pontífice de
nuestra confesión, Jesús; fiel al que le hizo, como lo fue Moisés en toda su
casa. Y es tenido por digno de tanta mayor gloria que Moisés, cuanto mayor que
la gloria de la casa es la del que la fabricó. Pues toda casa es fabricada por
alguno, pero el Hacedor de todas las cosas es Dios. Y Moisés fue fiel en toda
su casa, como ministro que había de dar testimonio de las cosas que se habían
de decir; pero Cristo está como Hijo sobre su casa, que somos nosotros, si
retenemos firmemente hasta el fin la confianza y la gloria de la esperanza.
Es decir, de un Templo
fundado sobre la Ignorancia del Hombre, pues los Judíos no conocieron la
Existencia del Hijo de Dios, respecto al cual nada dijo Moisés, pasamos a un
Templo espiritual fundado sobre el Conocimiento de dicha Existencia. Y por esta
Nueva Sabiduría el Hombre deja de ser “cuerpo de Pecado” para devenir “Cuerpo
de Cristo”, o es lo que es lo mismo, queda abolida toda compra-venta del Perdón
de los Pecados, y por esta misma Ley Jesucristiana : devenía y deviene un Delito contra Dios y la
Salvación de las naciones el Perdón Sacerdotal como Artículo de Mercado, y de
aquí que la Iglesia Católica, en la Confesión, libre y voluntariamente, otorgue
este Perdón sobre las faltas de los cristianos.
Pero vemos que en el
Templo Antiguo este “perdón” estaba sometido a rito y costaba el sacrificio de
un animal, cuadrúpedo o alado, y si en sus primeros días el pecador aportaba de
su propio ganado, el Templo se hizo cuadra y establo donde el ganado esperaba a
su pecador, y el sacerdocio, deviniendo un Monopolio, cultivó el Pecado como
medio de atraer al Pecador a su Negocio ... La abominación que esta
transmutación de una Realidad Santa en otra repugnante significó a los ojos de
Dios provocó en Jesucristo la celebérrima explosión, que, andado el tiempo,
quiso revivir en su Protesta aquel Lutero que se alzara contra el Replay de
aquella situación abominable, a escala universal, que la iglesia de los romanos
estaba consumando.
Un precio muy grande,
pues, pagó la Iglesia Católica contra su conversión en una Teocracia Imperial
donde el Obispo Romano devenía el Sumo Pontífice, no a imagen de Jesucristo,
sino del Sumo Pontífice del Templo de los Judíos. Y con todo, el Obispo Romano
es Infalible, no ha pecado jamás, no puede errar, y es santo. Amén.
Pero Aquéllos que
estaban levantando el Edificio de la Iglesia Católica sobre el fundamento del
Espíritu, lo mismo que el Autor de esta Epístola, estaban muy lejos de perderse
en visiones de un Futuro ya escrito y, contra el que no pudiendo hacer nada, no
era su problema. Lo que a Ellos les competía era la Edificación del
Cristianismo.
El Cristianismo es,
ante todo y sobre todo, la Continuación Sobrenatural de la Religión de Moisés,
la Consumación final y definitiva de la Esperanza de los Patriarcas. En el
Cristianismo es Dios quien se abre a todas las naciones, no para dominarlas por
el Terror a su Todopoder sino para hacerlas partícipes de su Vida por el Amor
del Creador a su Creación; Dios no busca ni quiere ni se complace en el Miedo a
un Creador Omnipotente, Dios busca la Respuesta alegre y libre de un hijo a su
Padre. Es, por tanto el Cristianismo de Jesús, desde el Judaísmo, una
revolución ontológica, existencial, trascendente, escatológica, mística,
divina, sublime, apoteósica, tan fuera de lo normal que sólo había podido haber
sido concebida en la cabeza de un loco. ¡Cómo concebir que Dios trate de hijo a
su propia criatura, tomada del barro! Y sin embargo estaba escrito en sus
libros: “El será para mí hijo y yo seré hijo para él”, y de muchas otras
formas.
El problema entre el
Cristianismo de Jesús y el Judaísmo de aquel Templo era, en consecuencia, que
la adopción del Hombre por Dios como hijo implicaba la espiritualización del
ser humano, o sea, su inmunización contra el Pecado, y deviniendo el Pecado un
recuerdo del Pasado toda la estructura económica sobre la que se basaba el
Estado Teocrático Judío se venía abajo, y, siendo padres y santos, era solo
natural que entre ellos y “ese loco” de Cristo : Jesús de Nazaret debiera ser
sacrificado.
Hagamos notar que
cuando alguien da a elegir entre él y algo otro siempre sale perdiendo “él”,
pues parece que a nadie le gusta que le den a elegir, y hasta la propia verdad
es despreciada cuando se pone como objeto de elección. ¡Tan esquizofreneizada
está la conducta humana desde que cayera el Primer Hombre!
Y lo que era más
importante para los Apóstoles, no ya como fundadores de una Religión Nueva
sino, como hombres, era que la elección sobre ellos era un caso perdido y el
destino de Jesús, tardase más tardase menos, era su suerte. Tragedia, sin
embargo, que los dejaba libres para dedicarse a lo suyo y no perder el tiempo
en hacer cambiar al Judío de opinión. Cristo Jesús se había sacrificado por
ellos, y ellos tenían que sacrificarse por nosotros, lo demás era cuento chino.
Por lo cual, según dice el Espíritu Santo: “Si oyereis su
voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión, como el día de
la tentación en el desierto, donde vuestros padres me tentaron y me pusieron a
prueba, y vieron mis obras durante cuarenta años; por lo cual me irrité contra
esta generación, y dije: Andan siempre extraviados en su corazón y no conocen
mis caminos, y así juré en mi cólera que no entrarían en mi descanso”. Mirad,
hermanos, que no haya entre vosotros un corazón malo e incrédulo, que se aparte
del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada día, mientras perdura el “hoy,”
a fin de que ninguno de vosotros se endurezca con el engaño del pecado. Porque
hemos sido hechos participantes de Cristo en el supuesto de que hasta el fin
conservemos la firme confianza del principio; mientras se dice: “Si hoy oyereis
su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión”. ¿Quiénes, en
efecto, se rebelaron después de haber oído? ¿No fueron todos los que salieron
de Egipto bajo la dirección de Moisés? ¿Y contra quiénes se irritó por espacio
de cuarenta años? ¿No fue contra los que pecaron, cuyos cadáveres cayeron en el
desierto? ¿Y a quiénes sino a los desobedientes juró que no entrarían en el
descanso? En efecto, vemos que no pudieron entrar por su incredulidad.
Cierre de la discusión
que se tradujo en términos históricos en la decisión del Concilio del 49 de
ruptura final de toda conversación en pro del Judeocristianismo.
El Judío -Ayer y Hoy-
sólo tiene una opción, su integración en la Humanidad, y estando sujeta la
Humanidad al Hijo de Dios: el futuro del Judaísmo es su Conversión al
Cristianismo, pues el Judaísmo era ante todo y sobre todo una repulsa de la
Humanidad, un odio hacia el Hombre en tanto que hombre y un manifiesto de
superioridad de la raza del Judío sobre todas las naciones.
Es decir, siguiendo la
ley de la sabiduría que dice que cada cual es atormentado con aquello que
atormenta a los demás, el Judaismo encontró en el Nazismo la horma de su
zapato, por el Holocausto quedando enterrado para siempre el concepto del Judío
como Raza Superior llamada a dominar a toda las naciones, doctrina
esquizofrénica de alta peligrosidad suicida y homicida que aún pervive en el
seno del Estado de Israel, como puede verse en la WWW. Y que perdurando sigue
cultivando en la Sociedad Israelí la locura del Destino de la Raza Judía ...
El
Futuro de la Iglesia
Hablando entre hijos
de Dios y adoptando el Lenguaje Creador como el natural a nuestro pensamiento,
a la hora de ver a Dios en movimiento ninguna imagen de partida mejor que la
expresión del movimiento de su Espíritu sobre las aguas, en este caso, del
Tiempo. Transportada esta contemplación a tierra firme digamos que conforme
Dios avanza sobre el campo de los siglos los elementos se hacen carne y cobran
vida inteligente acorde a la acción que Dios tiene en Pensamiento. También
podemos comparar este Movimiento con las páginas de un libro cuyo soporte no es
el papel sino la Vida, los siglos son sus capítulos, y se van escribiendo a
medida que Dios avanza “sobre las aguas de los Milenios”. En esta Acción del
Creador el Presente es siempre el campo de acción referido a la Vida, el Pasado
la Memoria de la Creación y el Futuro es siempre la visión del Movimiento
Universal por Aquel que lo dirige con su Pensamiento y lo produce con su
Voluntad.
En el terreno de las
criaturas, de los actores del momento, la comparación de la Historia con un
Gran Teatro, si tomado su sentido desde la Acción Creadora, y viendo la Vida
desde esta plataforma, no se hallaron muy equivocados quienes viviendo este
Movimiento no pudieron alcanzar la visión del Espíritu bajo cuyo pulso
omnisciente y todopoderoso se desarrolla el Drama de la Humanidad. Podemos
hablar de “teatro de operaciones”, pues que el Género Humano se halla en Guerra
Civil Perpetua, de un sitio, y Guerra Universal de Supervivencia, del otro,
pero muy difícilmente podemos darles la Razón a quienes confunden este Gran
teatro de Operaciones con un teatro de guiñoles.
NO es un Circo de
Payasos ni una Comedia el género al que pertenece nuestra Historia. En el
Origen fue una Epopeya, Lírica de la Existencia sobre líneas de estrellas,
épica magna cantada a luz de Luna por un enamorado del alba, la aurora
encantada recitando poemas en los brazos de los siglos, el augur de las generaciones
recibiendo con besos las voces que le llegan del futuro, sueños mágicos
tejiendo vocaciones in utero, ¡ah,
regaladme pasteles de pasas, bañadme con agua de limones, rodeadme con brazos
de cocoteros, soy Sarón, un lirio de los valles, un clavel de los océanos, el
aliento del viento, la risa de los montes, lluvia de sangre sobre el desierto,
mi día es un gran tiempo, mi noche el adiós del que deja el escenario por y para
vosotros!
No lo quiso Aquel de
cuya Voluntad depende todo, ni tampoco
el que depende de esa Voluntad para Ser, y sin embargo el Gran Teatro de la
Vida del Género Humano devino Tragedia, de las drandes, de las que envuelven en
sus carnes infinitos dramas, la pólvora que destruye en sus carne naciones sin
número, el río de las pasiones llenando el cubo en el que se ahogarán
inenarrables sueños, la hoguera de los Manifestos, la Guerra eterna, un plato
de carne de niño a rupia la libra, el litro de sangre virgen a céntimo, la
quijada de un asno para romperle la cabeza al Cuerpo de Cristo, la Gran
Tragedia, fosa siempre abierta masticando generaciones, hijos de las tinieblas
vendiendo sus almas por el imperio de los suspiros, la noche de los lobos que
nunca se acaba, el bardo no se pinta lunares en las mejillas sino escrituras de
guerra, ¡muerte, muerte, al infiel, al fiel, al de abajo, al de arriba, muerte,
muerte, baila maldito, no pierdas el ritmo, el valor se mide en el campo de los
huesos, bebe médula de cristianos. ¡Oh César, quema como veneno de escorpión el
beso de la Fraternidad de los espíritus ... puros, sutiles, ingrávidos y
gentiles... no dejes que el poeta entone himnos al Señor de los niños, he aquí
la prueba, su mal se extiende de mar a mar y ya ha echado raíces desde las
Columnas de Hércules al mar de los britones, pronto pedirán tu cabeza, y el
Imperio de los Romanos, el de los Bárbaros, y hasta el del que está en el feto
será desterrado de la faz del Orbe, alea jacta est César, fuego, fuego!....
Tenemos, pues,
resolviendo misterios, que lo mismo el que fue como el que es ambos somos una
sola cosa, la manifestación del pensamiento de ese Espíritu que con su Voluntad
dirige la Historia, con sus Palabras escribe la Memoria de la Humanidad y de
las piedras toma para sí hijos y siervos; El abre sus brazos y la tierra se
pone en movimiento, se viste de carne y se hace Pueblo. Y cada uno de nosotros,
lo mismo los que somos que quienes fueron, todos vivimos nuestra parte en el
Escenario de los Siglos, cada uno viviendo su propio Guión a toda potencia, sin
concesiones, pasión salvaje que se hace inteligencia para elevar a su más alta
expresión, la Potencia del Ser, la musculatura del pensamiento forjada en las
fraguas de los siglos, machaca nervios, endurece ligamentos, que tenga la
cabeza dura como el basalto y sean sus huesos como los del hierro, creado para
ser de algodón y saber su piel a pasas, haz, batidor de metales, que sude
sangre y respire fuego. ¡Oh Dios, quién creerá que devorando a tus hijos no te
alzarás tú para hundir hasta el infierno al ínfame enemigo!
He aquí a Pablo, y a
Pedro, a Santiago y a Tomás, a Felipe, a Mateo, a Judas Alfeo, y a Sebastián, y
... un bosque que avanza movido al ritmo del Espíritu por el campo de los Milenios.
No hay división entre
los hijos de Dios, ¿existe entre los árboles del bosque?, ¿entre los soldados
que adoran a su rey y avanzan como un solo cuerpo al encuentro del enemigo? “¡¿Qué
ves, hombre?!”. “Veo árboles que andan”. Pues eso, anda tú también. Y canta un
grito de guerra: ¡Aleluya!
Repican Aleluyas,
porque el Ayer pasó, el Hoy está aquí y el Mañana nace en el horizonte naciente,
porque mientras haya Espíritu hay Futuro para el Hombre.
¿Cómo, entonces,
entender a Pablo o a Pedro sin Espíritu? ¿Acaso la Ciencia y los libros pueden
sustituir la vida del Espíritu? ¿Y siendo el Espíritu uno solo y el mismo en
qué medida puede ser distinta la visión del árbol de la que tiene el bosque?
¿No es acaso la Vida del Bosque la que anima la del árbol? ¿O podrá subsistir
el árbol sin el bosque? ¿No es la alegría del árbol ser el bosque? ¡Ay, regad
mis huesos con jugo de pasas, alimentad mis carnes con crema de cocos, sentaos
a mi sombra, ved que buena es la frescura de mis dedos al viento, mirad el
horizonte de los siglos mientras descansais en mi pecho! ¿No veis aquellas
luces sobre la colina del Oeste? Es el Futuro que amanece en las entrañas de
vuestros hijos, aspirad sus voces, sentid sus pies sobre el suelo, pegad la
oreja a mi corteza, oid sus cantos y sus juegos, vuelan pájaros de un hierro
tan sutil que hasta un niño puede mover su masa con su pensamiento, la
Naturaleza toda vestida de hada madrina hace que los mismos elementos lleven en
sus palmas pueblos enteros sobre las aguas de los océanos. Mirad el Futuro y
recoged fuerzas para el Presente, lo que sembreis eso recogerán vuestros hijos.
Si me prendeis fuego,
me quemo, ¿y quién os dará sombra cuando arda el Sol?
¿Qué vieron, en fin,
Pablo y Pedro, Santiago y Juan, Felipe y Tomás, Mateo y Judas Alfeo, y demás?
Pues cada uno de nosotros miramos adelante desde el siglo que vivimos, y siendo
el futuro respecto a ellos y ellos el pasado respecto a nosotros, y todos parte
del mismo Movimiento, la pregunta es correcta y al mismo tiempo llena de enigma
y misterio.
¡A Nosotros! ¡Nos
vieron a nosotros!
Todo lo hicieron por
nosotros. Caminaron al matadero por nosotros, lo dieron todo por nosotros,
subieron a la cruz por nosotros. Nos vieron y no lo dudaron, se pusieron de pie
y con ellos el bosque se echó a andar! Y ellos fueron para los Patriarcas y los
Profetas lo que nosotros fuimos para ellos, el Futuro, la Mañana que vieron
sentados al filo del bosque, a la orilla de las aguas sobre la que el Espíritu
se echó a andar hasta llegar a nosotros. Y el Espíritu seguirá andando hasta
llegar a ellos, el Futuro que vemos nosotros desde esta orilla al otro lado de
la orilla desde la que ellos nos vieron a nosotros.
Dios no para. El
bosque se detiene para darse un respiro, pero los elementos continúan su
trabajo. Así Dios. Y desde el pecho del Creador ¡qué bueno es el descanso!
Pero volvamos a Pablo
y sus Hebreos.
Jesucristo, Sumo Pontífice
Universal
Temamos, pues, no
sea que, perdurando aún la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros
crea haber llegado tarde. Porque igual que a ellos, se dirige también a
nosotros este mensaje: y no les aprovechó a aquéllos haber oído la palabra, por
cuanto la oyeron sin fe los que la escucharon. Entremos, pues, en el descanso
los que hemos creído, según que dijo: “Como juró en su cólera: No entrarán en
mi descanso”, aunque estuviesen acabadas las obras desde la creación del mundo.
Pues en cierto pasaje habla así del día séptimo: “Y descansó Dios en el día
séptimo de todas sus obras”. Y en éste dice de nuevo: “No entrarán en mi
descanso”. Queda, pues, que algunos han de entrar en el descanso, y aquellos a
quienes primero se les comunicó la buena nueva no entraron a causa de su
contumacia; de nuevo señala un día, “hoy,” declarando por David
después de tanto tiempo lo que arriba queda dicho: “Si hoy oyereis su voz, no
endurezcáis vuestros corazones”. Pues si Josué los hubiera introducido en el
descanso, no hablaría (David) de otro día después de lo dicho. Por tanto, queda
otro descanso para el pueblo de Dios. Y el que ha entrado en su descanso,
también descansa de sus obras, como Dios descansó de las suyas. Démonos prisa,
pues, a entrar en este descanso, a fin de que nadie caiga en este mismo ejemplo
de desobediencia. Que la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que una
espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta
las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del
corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia, antes son
todas desnudas y manifiestas a los ojos de aquel a quien hemos de dar cuenta.
Teniendo, pues, un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de
Dios, mantengámonos adheridos a la confesión. No es nuestro Pontífice tal que
no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a
semejanza nuestra, fuera del pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono
de la gracia, a fin de recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno
auxilio
Y pues que la visión
del Futuro es la raiz del movimiento y sólo un loco o un demonio camina hacia
el infierno, la pregunta es solo natural: ¿Qué Iglesia vieron los Apóstoles?
Ellos fueron los Edificadores de la Iglesia, y moviéndose en la dirección de su
Edificación, y no pudiendo hacer nadie nada sin antes ver el plano del
Edificio, según el propio Moisés viera cuando se le dijo “y hazlo todo según se te muestra”, es sólo natural que nosotros nos preguntemos por
los Planos de la Iglesia que se les mostrara a los Edificadores y acorde a cuya
visión pusieron manos a la obra.
¿Fue la Iglesia que
Pablo y Pedro vieron aquélla iglesia romana de los siglos IX al XI entregada a
la brujería, al homicidio, perros por obispos, una escuela de criminales de la
peor especie tal que el diablo vestido de sotana se alzó como Jefe de los
obispos?
¿O fue la Iglesia por
la que Pablo y Pedro murieron aquella otra visión de la iglesia romana del XII
al XIV que se tiró al barro y convirtió toda la cristiandad en lo que los
pontífices judíos convirtieron toda la Judería Mundial, una mina de oro?
¿O fue la Iglesia
cuyas piedras quedaron santificadas por la aspersión de la sangre de los
Primeros cristianos aquella iglesia romana absolutamente puesta al servicio de
una familia del XV y la Iglesia Católica la esclava de semejante “señor”?
¿O la Iglesia por la
que los Apóstoles lo sufrieron todo será la Iglesia del XXI, Cuerpo divino cuya
Cabeza es el Pontífice Sempiterno, Jesucristo, y nadie osa llamarse Pontífice
ni declararse Patriarca, y todos los Obispos son hermanos en el mismo Dios y
Siervos del mismo Señor? ¡Pues escrito está: “Bendito el que dobla sus rodillas
ante Dios”!
Estamos en Guerra
contra el Infierno. Dios está en pie de Guerra contra la Muerte desde el día
que Satanás, “la serpiente antigua”, utilizó al Primer Hombre como hacha de
guerra contra el Espíritu Santo. Y no vemos que la Victoria se haya consumado.
Pero como dijo San Pablo: “Sí
vemos a Aquel que poniéndose al frente fue coronado, por su Obediencia hasta la
Cruz, a fin de conducirnos a la Victoria Final, ¡Jesucristo!”. Y ¿quién es el que se echa a dormir en pleno campo
de batalla cuando el fuego arrecia y la sangre corre a cascadas?
Pues, en lo tocante al
Pontificado-Patriarcado, sabemos que nadie puede mantenerse de pie delante del
Dios de la Eternidad, realidad que se manifestó en la abolición del sacerdocio
hebreo por en cuanto no pudiendo hacer la Vestidura al Santo era imposible que
el Sacerdocio alcanzara la santidad por la vestimenta temporal, de manera que
dispuso Dios, siendo el Pontífice aquél solo que puede abrirse camino ante la
presencia de Dios, y porque ninguna criatura puede mantenerse de pie delante de
su Creador, quiso Dios que quien lo está siempre, su Hijo, clamase de rodillas
ante su Trono por nosotros, y por el Amor consiguiese del Omnipotente lo que
por el Temor no pudo comprarle nadie con oro.
¿Sería acaso ésta la
Visión que Pablo y Pedro tuvieron del Nuevo Sacerdocio, coronado con el
Pontíficado sempiterno del Hijo Unigénito de Dios, quedando abolido por su
Coronación todo Señorío de un siervo sobre los siervos del Señor Jesús, Único Pontífice
Universal?
¿O sería acaso la
Visión del Sacerdocio Cristiano que tuvieron Pedro y Pablo la que representaron
en sus carnes y cuerpos aquéllos Papas y Patriarcas Teócratas que exigieron
para sí el Imperium y se coronaron hasta con tres coronas, cabezas de ejércitos,
sembradores de cizañas entre las naciones cristianas, promotores de guerras
fratricidas y en todo menos en el título por vocación emperadores?
Ahora bien, sabemos
que la Iglesia del Cielo es Eterna y su Movimiento en el Tiempo responde a una
misma Realidad: Jesucristo es su Sumo Pontífice Universal, y nadie en el Cielo
osa declararse Pontífice. El es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia de Dios, y
este Cuerpo, como el bosque no puede ni ser ni subsistir sin los árboles, es el
fruto de la existencia de las iglesias de los Pueblos que componen el Reino de
Dios. La Obediencia de todas las iglesias es a su Cabeza, Jesucristo, y todos
los obispos de las iglesias están sometidos al Único Señor Sempiterno de la
Iglesia de Dios: Jesucristo. Sobre las iglesias de su Reino el Señor tiene sus
Pastores, como se ve en su Revelación, y por ellos El administra las iglesias,
y estos Pastores, una sola cosa con el Pastor Universal, Jesucristo, sirven a
Dios Todopoderoso “apacentando sus Rebaños”, todos nosotros, su Creación. ¿Pues
quién se mantendrá de pie delante del Dios de la Eternidad y del Infinito? Por
esto, porque nadie puede mantenerse de pie delante del Eterno, elevó Dios a su
Hijo al Pontificado Universal, a fin de que toda la Creación tenga por Señor a
su Hijo, y siendo solo natural que el Hijo viva en su Padre todos los Pueblos
encontremos en Jesucristo el Pontífice que halla en Dios un Corazón
complaciente a sus ruegos y un Espíritu que se derrama por su Oración.
¡¡Como en el
Cielo...así en la Tierra!!
Luego estando las
iglesias al servicio del Señor en cuanto Pastor Universal Sempiterno y siendo
su Misión “apacentar los Rebaños de Dios”, nosotros, su Creación, el Modelo de
Trabajo que tienen los Pastores en la Tierra es el que el Señor expuso en el
Primer Concilio Universal Apostólico, es decir, en el 49, donde los Apóstoles,
en cuanto Pastores de las distintas iglesias, se reunieron en el mismo Espíritu
para, como Hermanos que han Heredado de Dios, y administran en Nombre del Señor
esa Heredad, siendo Jesucristo el Heredero Final y Original de todas las cosas,
mantener los Rebaños de su Señor unidos y defenderlos del Infierno.
Mas si aquí acabara la
Visión del Movimiento del Espíritu de Dios por las “aguas de los milenios” que
Dios les mostró a sus Apóstoles no entenderíamos ni podríamos entender la raiz
de esta Epístola y de las otras, lo mismo de Pablo que de Pedro, Santiago o
Juan. Y como ya he dicho arriba que el Espíritu de Dios extiende la mirada de
sus hijos hacia el fin al que El camina, es sólo natural que habiéndose
consumado, en la Resurrección, los esponsales entre Cristo y su Iglesia, el
fruto de esta Unión Sempiterna pusiese sobre el Futuro una Descendencia,
respecto a la cual le escribiera Pablo a los Romanos diciendo “porque la creación está esperando ansiosa la
manifestación de los hijos de Dios”,
es decir, el nacimiento de esa descendencia de Jesucristo Señor y la Iglesia,
su Esposa. Pues que los Apóstoles eran hijos de Dios ¿quién lo pone en duda? Y
sin embargo es Pablo, un hijo de Dios, quien afirma que la creación espera
ansiosa la manifestación de los hijos de Dios. Y si “la esperaba” es que la
Generación que la Creación ansiosa estuvo esperando “estaba” en el seno de la
Iglesia.
Y pues que toda Esposa
sella su Matrimonio con unas Arras, en este caso, Divinas, siendo por este
Anillo Sagrado por el que es reconocida la Esposa del Señor, nadie ignora que
es la Iglesia Católica la Madre de esos hijos de Dios “cuyo nacimiento
aguardaba la creación entera”, y viéndola en el horizonte la saludara Pablo, en
nombre de todos los Apóstoles, escribiendo sobre nosotros en quienes se
manifiesta la gloria de la libertad de los hijos de Dios.
Pues, en efecto, el
siervo está sometido en todo a su Señor, y el deber y el decreto es su lote,
pero el hijo entra y sale libremente de la Casa como quien trabaja para sí, en
lo suyo, y su parte es la libertad y la voluntad de su Padre. De manera que con
su hijo no tiene secreto el Señor, mientras que con su siervo es el deber y el
decreto el que ordena. Ahora bien, la Madre es en todo la Señora de la Casa en
lo que se refiere a la Administración del Servicio al Señor, su Esposo; el
honor de su Esposo reposa en el suyo, y siendo su gloria la descendencia en
Ella de su Señor y Esposo la libertad de sus hijos es su gloria y la gloria de
sus hijos es la suya propia. Resultando de aquí que a quien Dios le da su
gloria nadie se la quita, y, siendo hijo del Señor, su obediencia es a su
Padre, y debiendo el Siervo cumplir su trabajo : quien contra su deber hace lo
contrario de aquello para lo que fue contratado, rompe el contrato con su Señor
y es expulsado de la Casa del Señor. Pues mientras el hijo es niño no puede
levantarse para defender a su Madre contra unos siervos ínfames, pero una vez
hecho hombre es en todo Heredero y actúa en su Casa para la gloria de su Padre.
Luego es Dios Eterno y
Omnisciente quien produce todo el Movimiento, y todo lo que se mueve procede
del aliento de su Espíritu que, derramando su Pensamiento por el Universo,
ordena la Historia de la Plenitud de las Naciones hacia el Fin del Libro de la
Vida del Hombre sobre la Tierra, a saber, la Victoria total y absoluta sobre el
Infierno y la Muerte. Y es en este Campo que nos movemos todos, hijos, siervos
y Pueblo, cada uno un árbol del Bosque de la Vida, cada uno un soldado de los Ejércitos
del Señor, avanzando al unísono, sin división, y siendo Todos en la
Individualidad hallamos la gloria del Creador, quien a la vez que mueve todo el
Siglo fija sus ojos en cada uno de nosotros y dirige nuestros pasos por el
Escenario de la Historia buscando, fruto del esfuerzo de todos, un efecto
único.
Cada cual debe mirarse
en El, porque es en sus Ojos donde se halla el espejo que refleja nuestra
verdadera realidad. Y si la fuerza del hombre es vivir de pie delante de todo
semejante, siendo maldición doblar las rodillas ante otro hombre, nuestra
gloria es doblar las rodillas ante el Rey que nos da dado a todos el Dios de la
Eternidad y el Infinito. Su Voluntad es Sabiduría y Salvación. Desobedecerla,
ser remiso, condicionarla, y en el caso extremo la rebelión, es alzarse en
guerra contra el Rey. Lo que cada uno dé, eso recibirá, quien Obediencia,
gloria, quien desobediencia, ruptura de contrato entre él y el Señor de todas
las iglesias, Jesucristo, Pontífice Universal Sempiterno, el Pastor de los pastores
de los Rebaños de su Padre en el Cielo.
¡Como en el Cielo, así
en la Tierra!
El
verdadero rostro de Cristo
Ya hemos visto que la
Edificación de la Iglesia Católica fue ejecutada siguiendo un Modelo Celestial,
fundado sobre la Unigenitura de Jesucristo, a fin de que teniendo el Sacerdote
su vida en Aquel que no puede ser destruido ni sufrir corrupción, la Verdad del
Infinito: el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios,
permanezca “sin división” por la Eternidad en el Cielo. Mas existiendo la
división entre las iglesias aquí en la Tierra se deduce de esta visión
histórica que sus autores, los unos porque no entendieron esta Verdad -como se
ve en el tema del Filoque-, y los otros porque hicieron de esta Verdad un ídolo
de letras, -como se ve en el tema de “la Fe sola”-, los unos como los otros y
todos juntos, y el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra,
perdieron la vista y cegados por los siglos fueron incapaces de ver el Modelo
del Templo que les fuera mostrado a los Edificadores de la Iglesia.
Se nos dirá que
estando muertos aquéllos hijos de Dios, de la Descendencia de Abraham,
pretender ver lo que ellos vieron sea cosa más de medium que de inteligencias
vivas. Sobre lo cual yo les diera toda la razón si, en efecto, como dicen
otros, Dios hubiera muerto. No siendo el Manifesto de la Razón más que el
aullido de un milenio una hora antes de perder la cordura y lanzarse al campo
de Gog y Magog a por la conquista del Mundo mediante Guerras Mundiales, la
excusa no sirve y el Modelo permanece. Ahora bien, a fin de no parecer un
soñador, articulemos nuestro pensamiento desde la lógica y convengamos con
nuestros maestros que aquello que no puede captarse directamente sí puede serlo
indirectamente, siguiendo cuyo método quien no conoce lo que el calor sea y
sólo el frío al menos podrá deducir de lo contrario a lo que el frío es lo que
el calor sea. Y aunque la invocación a la experiencia sensitiva sea el recurso
último, su legitimidad viene avalada por ser su existencia el principio mismo
de la vida, el principio racional por excelencia.
Luego si lo que no
vemos puede alcanzarse por lo que vemos, deduciendo de los contrarios la
naturaleza de aquello que buscamos partiendo de lo que tenemos, si nosotros
adoptamos como punto de referencia racional la estructura del Templo de
Jerusalén que a Jesucristo le hizo hervir la sangre a fin de obtener la visión
real del Nuevo Templo, deduciendo lo contrario de lo que aquel fuera, es
necesario primero radiografiar aquella estructura y siguiendo el método lógico,
por oposición de propiedades llegaremos, aunque indirectamente, a la verdadera
Estructura del Edificio que Dios les mostrara a sus hijos, los Apóstoles y
Edificadores de su Iglesia.
Compendiemos entonces
por qué Dios arrasó aquella estructura sacerdotal judía.
En principio y por
antonomasia la Religión de los Judíos se había transformado en un Negocio.
Alumbra esta conclusión el que sus “obispos” no creyeran en la resurrección de
los muertos, estación terminal que no alcanzaron ni las mismas religiones de
los paganos más brutos, siendo la resurrección de las almas un tema universal
hasta el punto de ser este credo la propiedad típica de lo que el fenómeno
religioso sea. De manera que donde hay religión hay una estructura social
enfocada hacia el modelo de resurrección popular determinado, y donde no hay
creencia en la resurrección de las almas hablar de religión es hacer un
ejercicio de hipocresía sin límites. Y sin embargo, creyéndose el judío “la
raza superior” y su religión la más noble y alta de las creencias, su
sacerdocio había degenerado en el Ateísmo más infame que quepa en la cabeza. El
ateo que actúa acorde a sus creencias es infinitamente más semejante a Dios que
quien no creyendo en Dios se viste de sacerdote.
La salida de aquel
modelo sacerdotal jerusaleño no podía ser otra que la que nos dibuja el
Evangelio, un monopolio industrial cuyo producto era el pecado, y en
consecuencia hasta el respirar era un pecado y su expiación costaba acorde al
bolsillo. Toda la Mishná y el Talmud jerusaleños tenían por función multiplicar
las leyes y los mandamientos hasta el punto de hacer imposible la vida de la
conciencia hebrea en el marco de la Naturaleza. Toda la teología judía tenía
por sentido sembrar en el pueblo una doctrina de pecado y expiación contra
dinero tal que siendo el marco religioso entre cuyas esquinas el judío hiciera
su movimiento, cada paso fuera un pecado y cada movimiento un delito contra
alguna ley de la Mishná o del Talmud. Siguiendo aquel modelo, el Templo y sus “pontífices”
devinieron Grandes Recaudadores de Impuestos, cuya fortuna dependía de la
ignorancia del pueblo y su necesaria esclavización a las leyes infinitas con
las que los clanes aaronitas habían cargado la conciencia de los hijos de
Israel.
Era sólo natural que
sujeta a semejante relación, cuyo fin era la transformación del creyente en una
mina de oro, y porque la relación del hombre con su Creador devino un “Negocio
Sagrado”, que el Hijo de Dios sintiese vómitos ante aquella teología y se le
encendiese la sangre contra aquella cueva de ladrones que, escondiendo la pata
de lobo bajo pomposos títulos y vestiduras sacras, hicieron de Dios un látigo
con el que golpear las espaldas de la Nación.
Los efectos de
semejante perversión de la relación entre Dios y su Pueblo acabó por conducir a
los israelitas al punto epidémico de locura – “endemoniados por todos sitios”-
y miseria indescriptible –“lepra en colectividades”- que nos dibuja el
Evangelio, efectos que en ninguna nación de la Civilización bajo el Derecho
Romano se daba en aquel momento, y denuncia, por su singularidad, la causa en
la que tuvo origen semejante patetismo social determinante del Odio entre
Jesucristo y el Templo. El Pontificado Aaronita odiaba a Jesucristo por ser el
espejo en el que se reflejaba su verdadero rostro, y, aunque sintiendo horror
de sí mismo, no estando dispuesto a renunciar a su mina de oro, se encuentra
ante la alternativa: “ellos o Cristo”.
Jesucristo le da voz a
la impotencia de los hijos de Israel, en espíritu masacrados por una casta
sacerdotal cuya inmoralidad y despotismo no conocia límites y había hecho del
pecado su teología, transformando la Torá en un árbol maldito de cuyas ramas
malignas, la Mishná y el Talmud, el fruto del pecado se convertía - por la
oscuridad del Santuario - en oro bendito. Y pues que la adoración por el oro es
superior en el hombre animal a la fuerza de la adoración del Espíritu, y siendo
el oro el dios de los pontífices judíos, era solo natural que el Pentateuco y
los Profetas fuesen reconvertidos en instrumento al servicio del
enriquecimiento de los clanes pontificales jerusaleños, producto de cuya
operación fueron la Mishná y el Talmud, o cómo hacer de Dios un esclavo al
servicio de una casta sacerdotal.
Esta es, en
consecuencia, la visión que los Hebreos tienen una vez que Jesucristo les
arranca la viga de los ojos y ven con los ojos de la cara la verdadera realidad
del Templo Judío. Y será, por referencia lógica, el modelo contrario al Templo
que desde el Cielo le presenta Jesucristo, ahora el Señor, a sus hermanos espirituales
en la Tierra y Co-Edificadores de su Iglesia Universal. Viendo la cual, en
nombre de todos, escribe San Pablo así:
Pues todo pontífice
tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las
cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados,
para que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él está
también rodeado de flaqueza, y a causa de ella debe por sí mismo ofrecer
sacrificios por los pecados, igual que por el pueblo. Y ninguno se toma por sí
este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón. Y así Cristo no se
exaltó a sí mismo, haciéndose Pontífice, sino el que le dijo: “Hijo mío eres
tú, hoy te he engendrado”. Y conforme a esto dice en otra parte: “Tú eres
sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”. Habiendo ofrecido en los
días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas
al que era poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por su
reverencial temor. Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la
obediencia, y al ser consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa
de salud eterna, declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec.
De donde se ve que, al
igual que el tal Melquisedec, sin precedencia ni procedencia, Dios instaura un
Pontificado sempiterno, un Único Pontífice, Jesucristo, en el que el propio
Hijo adora al Padre, y en quien el Hijo de Dios se une a la creación entera
para adorar a Dios. El fin de la Religión deja de ser el oro a través del
pecado para devenir Camino a la vida eterna en la Fe de Jesucristo. Y será ésta
la Piedra Angular sobre cuya solidez e indestructibilidad descansará el Nuevo
Templo, Casa de la Iglesia de Dios, que nace para ser la Esposa del Señor y
mantener viva la Verdad eterna.
Por oposición, en
consecuencia, todos los dones divinos se ofrecen gratuitamente -como se ve en
los Sacramentos- y el fin sagrado del Nuevo Sacerdocio no es cultivar el pecado
para por su abundancia cosechar oro, “contra indulgencias”, por ejemplo, sino
extirpar el pecado de la Humanidad mediante la Edificación de la Fe de
Jesucristo en todo hombre.
Si en el Primero -
excusando ahora lo injustificable - fue la renuncia del sacerdocio a la
santificación del pueblo, tirando la toalla en su lucha contra el pecado, lo
que le condujo a aliarse con el enemigo, y tentado por el fruto del pecado -el
oro - el Templo Antiguo se entregó a una orgía de locura y miseria, en el
Último, que recoge el Testigo de la Santificación de la Humanidad, el pecado es
abominado como medio de enriquecimiento del sacerdocio y, en consecuencia, el
Perdón es ofrecido Gratuitamente.
No es, por
consiguiente, un Templo basado en el Poder que viene de las Riquezas el Modelo
que tienen los Apóstoles en la cabeza cuando se entregan a la Edificación de la
Iglesia. El Nuevo Sacerdocio es la Imagen de Jesucristo entre las naciones, el
reflejo puro del Pontífice eterno en el cristal del espíritu humano, la
sustancia del espíritu jesucristiano en carne visible a fin de mantener viva la
fe entre las naciones de la Tierra y ser la verdad eterna hecha criatura en el
Cielo. Y como El depende sólo de Dios, el Sacerdocio Cristiano depende
exclusivamente de El, su Señor.
Y de aquí que Pablo no
sólo se atreviera a callar a Pedro, a Santiago y a Juan sino que, siendo
expresión pura de esta Imagen Divina, su visión sobre el futuro del
Cristianismo le abriera la puerta, en el Concilio del 49, a la ruptura
definitiva y final con el Judaismo. No porque Jesucristo no la firmase sino
porque por amor a los Hebreos, sus hermanos en Abraham, los Discípulos estaban
cediendo ante lo que era imposible cualquier cesión.
Bueno es querer salvar
al mundo, y más a los hermanos de sangre, pero -recordando al Maestro- ¿de qué
le vale al hombre salvar al mundo si pierde su alma?
¿Cuál es, pues, el
Modelo de Sacerdocio e Iglesia que le muestra desde el Cielo el Señor a sus
Apóstoles? Porque nadie creerá que la Iglesia es un invento espontáneo en
crecimiento evolutivo dependiendo de los tiempos. ¡Dios no juega a los dados!
Quien edifica se sirve de un plano, a no ser que cualquiera pueda edificar una
casa sin siquiera tener conocimiento de albañilería y carpintería, lo cual, en
la cabeza de algunos es necesario para redundancia de la gloria de Dios, que
puede hacer que un bruto le dé lecciones a un mago; ahora bien, no vemos que la
Inteligencia Creadora se acople a tal discurso, y sí, al contrario, que el Acto
Creador se basa en una Omnisciencia planificadora que, como se ve en Los Salmos
de David, delinea sobre el “papel” cada trazo del movimiento que se debe
ejecutar para alcanzar el fin buscado. Y acorde a esta Necesidad, le aparta
Dios al Niño Jesús de la cabeza una Intervención
Mágica en el Universo.
No hay en la mente de
los Edificadores, siguiendo este método, una acción espontánea sujeta a una
dinámica de improvisación sobre la marcha. Tampoco la tuvo Jesucristo. Dios ha
trazado líneas y se ha puesto en movimiento, y acorde a la Omnisciencia
Creadora todo se ordena para la materialización del Proyecto Salvador. Y es
solo natural que quien es en Su Mano lo que la sierra en la del carpinero y la
plomada en la del albañil, y porque no es una materia muerta sino viva,
participe de la contemplación del Plano y se ajuste a la acción acorde a lo que
le toca, de esta manera teniendo los Apóstoles ante los ojos la verdadera
naturaleza de la Iglesia de Jesucristo.
Sobre lo cual tenemos mucho que decir, de difícil
inteligencia, porque os habéis vuelto torpes de oídos. Pues los que después de
tanto tiempo debíais ser maestros, necesitáis que alguien de nuevo os enseñe
los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y os habéis vuelto tales, que
tenéis necesidad de leche en vez de manjar sólido. Pues todo el que se alimenta
de leche no es capaz de entender la doctrina de la justicia, porque es aún
niño; mas el manjar sólido es para los perfectos, los que en virtud de la
costumbre tienen los sentidos ejercitados en discernir lo bueno de lo malo.
En efecto, observamos
cómo el Apóstol contempla en sus propios días “la fe que se corrompe”, de la
que hablara Pedro. Y si estando Ellos sobre el terreno “la fe” ya se dejaba
seducir por el brillo de las cosas antiguas, no vemos cómo no iban a ver lo que
sería de la fe una vez que pasasen sobre su existencia los siglos. Así que teniendo
un Modelo Divino y habiendo estado sometida la Fe a la corrupción, según se lee
en el Libro de la Historia Universal, les toca a las iglesias nacidas de
aquélla Fe mirarse al espejo y ver si el rostro que ven es el de Cristo o el de
... vete tú a saber. De donde se ve, en definitiva, que la Iglesia de Dios en
Jesucristo, siendo expresión viva de la Verdad Eterna, no se acomoda a los
siglos y las tendencias de los pueblos, pues diciendo que el Espíritu Santo es
Dios : la Vida del Sacerdocio es inmutable en sus fundamentos, y, al contrario,
son las Naciones las que deben acordar el Futuro de sus Sociedades acorde a la
verdad Eterna del Cristianismo.
Las tendencias
suicidas de la Humanidad un argumento que no necesita de más pruebas que el
Libro de la Historia, y porque sólo la Fe ha demostrado ser la Puerta de la
victoria contra las crisis de Civilización, no es la Fe la que debe acomodarse
a una crisis causada por ésa tendencia suicida aún no definitivamente curada
que padece la Humanidad desde la Caída. Una de las propiedades más claras de
esta tendencia suicida es la negación de la existencia de “una crisis”, lo que
produce que las medidas finales contra ella sean aplicadas demasiado tarde para
evitar sus efectos sobre las sociedades. Y el síntoma por el que se mide la
intensidad de una crisis de civilización -según se lee en el Libro de la
Historia- viene señalado por la pérdida de la Moral Universal, el abandono del
Ser a las tendencias hedonistas no sujetas a la ley natural, el Desprecio hacia
la vida humana y su reducción a una propiedad, y, en definitiva, la Destrucción
de la línea que separa el bien del mal mediante la puesta en escena del
argumento del Diablo: El Fin justifica los Medios.
Mírense por tanto el
Sacerdote, el Pastor y todas las iglesias en el Espejo y juzguen si el rostro
que ven es el de Jesucristo o el de aquél a quien pertenecen: si al Patriaca de
Moscú, al Papa de Roma, al Arzobispo de Canterbury, o al de... Pues ha de
llegar la Hora en que el Señor juzgue a sus siervos y en quien no halle el
reflejo de su Rostro “ése será echado afuera para que lo pisen los hombres”.
¿Pues qué será del Sacerdocio Cristiano si en lugar de ser el espejo del
Espíritu de la Eternidad se unen los obispos a los tiempos para eliminar el ser
eterno del espiritu del Señor?, que dijo, hablando de su Casa, pues cada cual
es señor en la suya: “Fuera
perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y
practican la mentira”. Y
habiendo creado Dios al Hombre a su Imagen y Semejanza, siendo Jesucristo el
Modelo para los siervos y el Modelo para los hijos de Dios, y cada cual
reflejando en su rostro el de Aquel que se asoma a su ser para darle su esencia
y sustancia sempiterna, ¿cómo se casará el siervo con los poderes de los
tiempos sin romper su Contrato con el Señor? Y rompiendo el siervo su Contrato
por el rechazo hacia el Modelo Sacerdotal Jesucristiano, que se centra en el
Varón y tiene en la Virginidad Inmaculada de la creación, en la que se
manifiesta el Misterio de la Omnipotencia del Dios de la Eternidad, su Misterio
sagrado, ¿todo el que sigue a semejantes rebelde contra el Señor, a quien por
el poder de los tiempos pretenden imponer en su Casa sus leyes, ésos no caerán
en la misma condenación que tales siervos sin Señor?
El Sacerdocio Cristiano
Perfecto, en consecuencia, acorde a cuyo Modelo los Apóstoles edificaron el
Nuevo Templo, siendo infinitamente más glorioso que el Antiguo y aun asi hubo
de mirar Moisés hacia arriba, con ser imperfecto al Antiguo, y porque la
inmarcesible gloria del Sacerdocio Cristiano escapaba al poder de visión del
ser humano, quiso Dios encarnarlo para que tocándole y viéndole los
Edificadores actuasen acorde a los sentidos y no a una teoría más o menos bien
dispuesta. Y asi, habiendo de una vez y para siempre establecido el Modelo de
Sacerdocio Eterno en Jesucristo, El es el Horizonte hacia el que ha caminado la
Iglesia y contra el que se ha lanzado la Muerte continuamente desde el
Principio y en estos tiempos presentes se ha vestido de modernidad para servir a
los tiempos y sus poderes contra el Señor de la Fe.
Analícense, pues, los
Patriarcas, Arzobispos y Obispos y cada hombre mire cara a cara a aquéllos en
cuyos labios puso el Señor la Doctrina de la Eternidad, y si por las palabras
es imposible detectar en algunos a aquéllos a quienes sirven, y otros hacen de
sus obras instrumento de corrupción de la Verdadera Realidad, el alma de cada
cual es la que está en juego y no es de cristianos dejar algo tan personal en
las manos de tradiciones, modernidades ni juegos de palabras, declaraciones,
emociones y amores cuyo fruto final es la ruina del alma. ¿O acaso puedo
comprar mi alma al precio del mundo? Poético cuán pueda parecer este amor
universal, esconde la trampa de un diablo gordiano, dado que olvida este
apasionante aventurero que quien por el camino perdió el alma ¿cómo salvará a
su semejante quien no supo salvarse a sí mismo?
Lo que Pablo dijo en
Concilio a la cara de los Obispos, eso debe decirle ahora un hijo de Dios a
Patriarcas y Arzobispos: No al sacerdocio de la Mujer, no al al Sacerdocio
Homosexual.
El Sacerdocio
Imperfecto basado en el Matrimonio no puede imponerse sobre el Sacerdocio
Perfecto de la Esposa del Señor sin provocar la Cólera de Dios. Mas si alguno
cree que puede tirarle a Dios de las barbas, hágalo.
Jesucristo,
Cabeza espiritual de la Creación
Por lo cual,
dejando a un lado las doctrinas elementales sobre Cristo, tendamos a lo
perfecto, no echando de nuevo los fundamentos de la penitencia, de las obras
muertas y de la fe en Dios, la doctrina sobre los bautismos, la imposición de
las manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno.Y esto es lo que
vamos a hacer si Dios lo permite. Porque quienes, una vez iluminados, gustaron
el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, gustaron lo
hermoso de la palabra de Dios y los prodigios del siglo venidero, y cayeron en
la apostasía, es imposible que sean renovados otra vez a penitencia, pues de
nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la afrenta.
Porque la tierra, que a menudo absorbe la lluvia caída a menudo sobre ella y
produce plantas útiles para el que la cultiva, recibirá las bendiciones de
Dios; pero la que produce espinas y abrojos es reprobada y está próxima a ser maldita,
y su fin será el fuego
Observemos que las
disputas entre teólogos respecto a la autoría de la Epístola a los Hebreos,
revocando la autoridad de los primeros cristianos en razones diversas, no
procede. Este párrafo pone a las claras que es de nuevo Pablo, el gran abogado
de Cristo contra el Judeocristianismo, quien machaca ante la comunidad
cristiana lo que defendiera en privado en el Concilio del 49 delante de los
Apóstoles y los primeros obispos. Cuando seguimos el curso de la historia de
Jerusalén desde la Resurrección a su destrucción por los Romanos vemos cómo el
Judaísmo intentó absorver al Cristianismo y quiso aprovechar el universalismo
apostólico para proclamar una Guerra Santa de Independencia contra el Imperio,
a la que, finalmente, ante la actitud de Pablo, norma para todas las iglesias,
el Judaísmo se lanzó por su cuenta. ¿Quién es el apóstata al que se refiere
Pablo sino el Judeocristiano que se convierte al esperando de esta manera
convertir a Cristo al Judaísmo? Mas no es el Cristiano el que debe hacerse
Judío, sino el Judío el que debe hacerse Cristiano.
No hay acercamiento
posible entre luz y tinieblas, justicia y corrupción, libertad y censura, paz y
guerra, cristianismo y ciencia del bien y del mal. Es la Criatura la que debe
convertirse y aceptar la Verdad en toda su realidad natural y sobrenatural; no
es el Creador quien debe renunciar a su Personalidad, sino la criatura la que
debe abandonar la ley de la Ciencia del bien y del mal, levantarse del polvo y
luchar por su Vida acorde a la ley del Universo.
Los muertos están
muertos y la palabra de los muertos no vale nada. Sólo la Palabra de Dios es
eterna, y, en consecuencia, es la estrella polar de referencia en el viaje de
la criatura por la existencia. Pero, como dice Pablo, curiosamente y porque el mundo
se halla sujeto a la ley de la Ciencia del bien y del mal, hay quien aún
estando criado en la Fe requiere de leche materna, como diciendo que sin
quererlo queriendo echan de menos la ley maldita en cuyo horno el infierno,
bajo el que vive el mundo, cocina carne humana para el deleite de los demonios
que, renegando del Hombre en cuanto ser espiritual, han hecho confesión de fe
animal y, declarándose animales, prefieren la ley de la selva a la Ley de la
Verdad eterna.
El cristianismo, lo
mismo ayer que hoy y mañana, en cuanto sistema pedagógico perfecto debe mirar
al Futuro desde al Presente, de manera que no estando sujeto a los cambios de
los tiempos la Formación del Ser quede siempre sujeta alModelo sempiterno; el
Cristianismo, a la manera que un caminante no puede acomodar su objetivo a las
variaciones de los terrenos, no puede sujetar su Ley a las circunstancias de
los tiempos. Aún adaptando el paso a los accidentes el Norte queda donde queda
el Norte. La estrella polar del Cristianismo es Jesucristo, y siendo Modelo
Universal del Ser no es el siglo el que debe imponer su ley, sino el mundo el
que debe moverse en el seno de su Ley.
El Creador entra en el
cuerpo de su Creación a fin de rescatar a su criatura del Polvo, y jamás con la
intención de, comprendiendo su Caida, bendecir su permanencia en los bajos
fondos del infierno en que devino el Paraíso por culpa de los acontecimientos
conocidos. Porque son conocidos y el efecto es vivido en la carne, el
Cristiano, siguiendo a su Creador, tiende inexcusablemente y abiertamente a
vivir a la luz de la Ley de la eternidad, que aborrece infinitamente la ley de
la Ciencia del bien y del mal y prefiere mil veces la muerte antes que pactar
con el diablo.
La Resurrección es un
Discurso. Es el Dios de la Eternidad el que habla. Y el que habla se certifica
en todo lo que dijo y firma y sella con la sangre de la Cruz a fin de que el
mundo entero vea la Sabiduría del que se hizo analfabeto con sus criaturas a
fin de hacernos sus hijos, es decir, partícipes de todas las riquezas de su
Ser. Y si a sus hijos, de la Descendencia de Abraham, les abrió su ser al Poder
sin límites, que se halla en la Palabra, a sus hijos, de la Descendencia de
Cristo, les abre el mismo Dios y Padre de todos, las riquezas de esa Sabiduria
Creadora que está en todos los secretos del Creador. Pues habiendo sido creado
a la Imagen y semejanza de Dios el Futuro de la vida en la Tierra, que es el
Hombre, el Futuro del Hombre era la Inteligencia sin límites, de cuya Herencia
fue privada la Humanidad por la Caída. Pero Dios, como ya sabemos por la
Iglesia, y si Ella no nos lo hubiera contado no lo sabríamos, juró por su
sangre que al término de los tiempos, cuando se hubiera hecho justicia, su
Creación se levantaría del polvo y donde hubo ignorancia habría conocimiento
sin medida.
Aunque hablamos de
este modo, sin embargo, confiamos y esperamos de vosotros, carísimos, algo
mejor y más conducente a la salvación. Que no es Dios injusto para que se
olvide de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo
servido a los santos y perseverando en servirlos. Deseamos que cada uno de
vosotros muestre hasta el fin la misma diligencia por el logro de la esperanza,
no emperezándoos, sino haciéndoos imitadores de los que por la fe y la
longanimidad han alcanzado la herencia de las promesas. Cuando Dios hizo a
Abraham la promesa, como no tenía ninguno mayor por quien jurar, juró por sí
mismo, diciendo: “Te bendeciré abundantemente, te multiplicaré grandemente”. Y
así, esperando con longanimidad, alcanzó la promesa. Porque los hombres suelen
jurar por alguno mayor, y el juramento pone entre ellos fin a toda controversia
y les sirve de garantía. Por lo cual, queriendo Dios mostrar solemnemente a los
herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso el juramento,
a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios
mienta, tengamos firme consuelo los que corremos hasta dar alcance a la
propuesta esperanza. La cual tenemos como segura y firme áncora de nuestra
alma, y que penetra hasta el interior del velo, adonde entró por nosotros como
precursor Jesús, instituido Pontífice para siempre, según el orden de
Melquisedec.
Sobre lo cual -que sin
la Iglesia hubiéramos conocido el Origen del Mundo- hay que levantarse para
callar a quienes, en su ignorancia, si locura se verá por la respuesta final a
su declaración inicial, afirmaron que existiendo la letra no hace falta la
Iglesia. Estupidez supina que hace honor a la Necesidad de la Muerte de Cristo
y funda la Redención en la Ignoracia cuando “el criaturo” una vez amamantado
mira a la madre que lo parió y la expulsa de su vida una vez la necesidad
satisfecha, y no necesitándola ¿para qué la quiere, a la madre que lo parió?
Tal es la actitud infrahumana, inhumana y de bestia que el “criaturo” de la
Reforma puso en circulación en el mundo cristiano.
Ignoro si semejante
actitud se merece más respuesta que la debida al juicio autocrítico y el
arrepentimiento por semejante conducta insana. Que esa actitud vino a
consecuencia de la insanidad de un círculo de la servidumbre del Señor, ¡muy
bien!, que el Señor se encargue de ellos, lo que a nosotros nos compete es
actuar acorde al Modelo que vemos en el Evangelio y si el mismísimo Hijo
Todopoderoso de Dios, una vez pasada la Hora de las Tinieblas, perdonó las
Negaciones de Pedro, ¿quiénes somos nosotros para condenar lo que el
Todopoderoso Hijo de Dios no tomó en cuenta? Todo lo que sabemos es que
cumplida la Resurrección, Pedro jamás volvió a caer, y si hubiese vuelto a caer
entonces también a Pedro se le hubiera aplicado la sentencia de Pablo, pues
Dios, como dice su Evangelio, no conoce acepción de personas.
De donde se ve que si Pedro
usara el Perdón de su Maestro para volver a caer, Pedro estaría convirtiendo la
Apostasía en la doctrina de los siervos de su Señor, por esta misma Apostasía
no Jesucristo ya más, su Señor, sino el mismo Diablo. Sobre lo cual, y como los
hijos no pueden ser juzgados por los crímenes de sus padres, tampoco pueden ser
juzgados por los pecados de sus precedesores los obispos hoy al cargo, pues
cada cual es juzgado por sus delitos propios, y sería Dios un Juez corrupto y
miserable si juzgare al hijo vivo por los delitos cometidos por un padre muerto
o echara en la cárcel a un administrador fiel por el desfalco de su predecesor
en el puesto.
Cada cual es autor de
sus propios actos, y tan error es fundar la santidad en la gloria de un muerto,
afirmando que por la gloria de Pedro quedan santificados todos sus sucesores,
quedando absueltos de sus crímenes sus sucesores por la gloria de un Santo,
como condenar a todos los obispos por el delito de un pecador. Pues cuando
Pablo dice que por un solo hombre fuimos condenados todos, está mirando a ése
como “cabeza” de todos.
De este modo y porque
hubo crimen y delito: de ser el obispo de Roma “cabeza” de todas las iglesias y
no exclusivamente de la Romana, la Reforma obró en consecuencia y según
Justicia Divina al condenar por el delito de “ésa cabeza” a todos los
Católicos. En efecto, dice Pablo que Cristo fue el modelo de Adán. Y siendo
Cristo la Cabeza del Hombre, es solo natural que Adán fuera la de su Mundo, y
al caer la cabeza era de justicia que todo su cuerpo se hundiera. Mas siendo la
Justicia de Dios es incorruptible, porque Dios no puede errar, de un sitio, y
porque ama la Verdad sobre todas las cosas, del otro, muriendo la Cabeza era imposible que el cuerpo
no muriera, hablando de Adán. De donde se ve que es el Obispo Romano el que
vive por la Iglesia y no la Iglesia la que vive por el Obispo de Roma, debiendo
el Cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia Católica, su vida no al Obispo Roman0
sino a Jesucristo, su Cabeza, quien siendo Indestructible e Incorruptible es
imposible que pueda morir, y al contrario que Adán, quien muriendo arrastró a
la muerte a todo su cuerpo, Jesucristo, Dios Hijo Unigénito, no pudiendo morir,
mantiene eternamente vivo el suyo.
Y de haber sido el
Obispo Romano la Cabeza de la Iglesia Católica ciertamente el juicio de la
Reforma contra el crimen sin arrepentimiento de la Curia Romana Imperial
hubiere sido de justicia y la Iglesia Católica, si en caso de depender del “Santo
Padre” Papa para vivir, hubiera seguido el mismo destino que el cuerpo de Adán
tras la muerte de su cabeza.
No siendo este el
caso, sino que Jesucristo es la Cabeza Universal de todas las iglesias, cada
siervo del Señor responde de sus delitos ante el Juez del Universo. Porque
habiendo sufrido Dios, en su Inocencia Inmaculada, el homicidio cometido contra
su Hijo Adán, era de Sabiduría que jamás de los jamases volviese Dios a poner
su Creación en ese trance, por lo cual estableció de una vez y para siempre que
la Cabeza Espiritual de toda su Creación fuese su Hijo, Rey sempiterno para su
Pueblo Universal y Único Pontífice Universal de su Iglesia.
Así uniéndonos a todos
al mismo que nos sustenta con su Fe, devinimos por esta Voluntad de quien con
su Voluntad lo ha creado todo, una misma realidad del Ser en quien todos somos
una misma cosa, el cuerpo de quien es para todos Cabeza, de unos como Señor, de
otros como Rey, de otros como Hermano, de otros como Padre, pero para todos el
mismo Jesucristo, hoy y siempre: el Rey Universal y Único Señor Sempiterno a
cuyos pies el Dios de la Eternidad y el Infinito ha puesto todas las cosas, las
del Cielo como las de la Tierra. Pues siendo verdad que la Fundación del Nuevo
Reino de Dios tuvo lugar aquí en la Tierra, no menos verdad es que la Creación
entera quedó comprendida entre las fronteras de su Fundación, y lo mismo los
hijos de Dios “no de esta creación”, como dirá enseguida Pablo, que los hijos
de Dios nacidos de Abraham, todos quedaron sujetos a la Corona del Hijo de
Dios.
Jesucristo,
Pontifice Universal Sempiterno
Pues
este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió al
encuentro de Abraham cuando volvía de derrotar a los reyes, y le bendijo, a
quien dio las décimas de todo, se interpreta primero rey de justicia, y luego
también rey de Salem, es decir, rey de paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de sus días ni fin
de su vida, se asemeja en eso al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre. Y
ved cuan grande es éste, a quien dio el patriarca Abraham el diezmo de lo mejor
del botín. Los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen a su favor un
precepto de la Ley, en virtud del cual pueden recibir el diezmo del pueblo,
esto es, de sus hermanos, no obstante ser también ellos de la estirpe de
Abraham. Al contrario, aquél, que no venía de Abraham, recibió los diezmos de
Abraham y bendijo a aquel a quien fueron hechas las promesas. No cabe duda que
el menor es bendecido por el mayor. Y aquí son ciertamente los hombres mortales
los que reciben los diezmos, pero allí uno de quien se da testimonio que vive. Porque
aún se hallaba en la entraña de su padre cuando le salió al encuentro
Melquisedec.
De donde se ve que
yendo la Adoración de la Creación, nosotros, a su Creador, y porque en su Caída
la criatura “se inventó un dios”, con los Atributos de la Divinidad pero
desprovista de su Personalidad, es decir, un Ser sin Espíritu, Dios mismo se
levantó contra esa Invención y diciendo “YO SOY EL QUE SOY”, Dios lo puso todo
a los pies de su Espíritu, o mejor dicho, llenó su Ser del Espíritu de que
querían privarlo, por ser Santo, y lo hizo hasta el punto de poner en las manos
de su Espíritu Santo todos y de cada uno de los Atributos de la Divinidad.
Esto en cuanto a la
Respuesta del Dios de la Eternidad y del Infinito a las Religiones Antiguas, el
denominador común de las cuales fue la Adoración por los Atributos y la
transformación de Dios en un Ídolo de Poder, propiedad universal común a todas
las religiones no cristianas que existen en la Tierra.
Pero observamos en la
Historia de las Religiones Antiguas que la Criatura es de por sí incapaz de
proceder a la Adoración Natural debida a su Divino Creador, y, fijando sus ojos
en aquello que no posee los Atributos de la Divinidad, tiende a adorar a Dios
por su Todopoder y su Omnipotencia y desterrar del Creador a Aquel que dice “YO
SOY”. Y sin embargo sabemos positivamente que es este Espíritu por el que Dios
se merece toda adoración y, si por el Poder solo fuera, la Religión sería cosa
de demonios para quienes en el Poder está la Gloria.
Nuestra Historia nos
enseña, en lecciones duras, que la línea que separa al sacerdote del demonio es
muy sutil, y que el paso de lo uno a lo otro comienza a hacerse cuando el
sacerdote no busca en Dios “AL QUE ES”, sino que busca a Dios por el Poder,
pues no es sino natural que quien ambiciona el todopoder se dirija a quien es
Todopoderoso buscando en su Gloria su gloria propia. Es una ley que hemos
observado en los últimos cinco milenios y seguimos viendo cómo la Religión,
sujeta a la imposibilidad descrita arriba, en lugar de engendrar santos deviene
fuente de monstruosos asesinos, a cuya ley no se escapó en ningún caso el
cristianismo, como vemos en la Historia del Papado, en la Reforma y en la
Historia Ortodoxa de Bizancio.
De esta continuación
de la ley antigua en el mundo cristiano entendemos que la Libertad de los hijos
de Dios le vino al mundo en Promesa, y se mantuvo en el seno de la Iglesia
Católica a la manera que está en las entrañas de la Esposa la Descendencia de
su Marido. Sujeta la Cristiandad a la misma ley que venía operando la
destrucción de tantas civilizaciones, era solo natural que el Hijo de Dios
viese en el Futuro la División de las iglesias y profetizase la Noche de los
Obispos en el seno de las Parábolas del Sembrador; y, a la vez, habiéndose
consumado el Matrimonio Sagrado en virtud del cual se cumplía la Escritura, que
dice: “Buscarás con ardor a
tu Marido, que te dominará”, habiéndose
establecido por este Matrimonio la Fundación del Cristianismo sobre una Roca
Indestructible, la corrupción inherente a la ley operante no podía destruir la
Promesa por este mismo Pablo escrita, cuando dice que “la creación entera espera la manifestación de los
hijos de Dios”, o séase,
nosotros, quienes nacidos de ese Matrimonio Sempiterno ya no nos sujetamos a la
ley antigua y, por tanto, no tiene poder sobre nosotros la Ignorancia a la que
fuera confinado el Sacerdocio.
Pues aquel que sirve
es esclavo de aquel al que sirve mientras está a su servicio, y estando sujeto
a las órdenes de quien le contrata no participa de la libertad de quien es hijo
de ese mismo al que sirve, pues estando sujeto a la ley de la obediencia debida
a sus cadenas se relaciona por decreto y mandato con aquel que es su señor.
Sujeta a orden la obediencia del siervo procede de la orden y no del
conocimiento, pues quien manda dispone y quien obedece no pregunta, mas el hijo
de ese mismo señor entra y sale libremente de la casa de su padre y el
conocimiento precede a la acción, dado que siendo su padre, y aun siendo la
orden la misma, el Señor con su hijo no tiene secretos y le explica el por qué
de las cosas, mientras que el siervo está limitado a la acción.
Sujeta la Iglesia,
pues, a servidumbre, según está escrito: “Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”, y porque quedó de esta manera establecida la
Religión, era imposible, hablando ahora del Mundo Natural, que de por sí mismo
el hombre pudiese adorar a Dios “por el que es”, pues no
conociendo a Dios sino por sus Atributos, la Divinidad del que dijo “Yo Soy el que Soy” quedó nublada por la visión del Poder de aquel que abriera las aguas
de un mar para abrirle paso a su creación. Así que, siendo imposible para el
hombre alcanzar el Conocimiento Verdadero de su Espíritu, dispuso Dios que Aquél
que estaba en El viniera a nuestro encuentro y nos descubriese “al que es” en “el que era”, enseñándonos a Adorar a la Divinidad no en razón
de su Todopoder sino en razón de su Espíritu. Y de aquí que Pablo utilizase la
comparación entre Jesucristo y Melquisedec. Esto de un sitio, del otro:
Pues si la perfección viniera por el sacerdocio levítico, (pues bajo
él recibió el pueblo la Ley) ¿qué necesidad había de suscitar otro sacerdote,
según el orden de Melquisedec, y no denominarlo según el orden de Arón? Mudado el sacerdocio, de
necesidad ha de mudarse también la Ley. Pues bien: aquel de quien esto se dice,
pertenece a otra tribu, de la cual ninguno se consagró al altar. Pues notorio
es que Nuestro Señor nació de Judá, a cuya tribu nada dijo Moisés tocante al
sacerdocio. Y esto es aún mucho más evidente en el supuesto de que, a semejanza
de Melquisedec, se levanta otro Sacerdote, instituido no en virtud del precepto
de una ley carnal, sino de un poder de vida indestructible, pues de El se da este
testimonio: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”. Con
esto se anuncia la abrogación del precedente mandato a causa de su ineficacia e
inutilidad, pues la Ley no llevó nada a
la perfección, sino que fue sólo introducción a una esperanza mejor, mediante
la cual nos acercamos a Dios.
Notamos, en
consecuencia, que ya en Abraham latía la Esperanza de Salvación Universal, y
aunque en Promesa, era tal su fuerza como para vencer el poder de su sangre y
mover su brazo hacia lo alto, armado de hierro, para sacrificar a su propio
unigénito en el altar de la Encarnación. Dios no llama a Abraham su siervo,
sino su Amigo. Y en esta Amistad, latiendo el Conocimiento Perfecto del Amigo
Divino, negado a la Humanidad en función de la Caída y sus efectos universales,
tenemos en las entrañas de Israel a Cristo, la Religión fundada no en la
Adoración del Poder sino en la visión del Espíritu del que dice “YO SOY EL QUE SOY”. Mas cuando llega la Hora de la Encarnación notamos que la Ley
Antigua debía seguir su Camino hasta nosotros, la Descendencia en las entrañas
de Cristo, “la manifestación de
los hijos de Dios que la creación entera esperaba ansiosa”, y debiendo bajar Jesús su brazo, a la manera que
Abraham el suyo, aunque en este caso contra el Imperio del Mundo, el
Cristianismo debía hacer su camino a la manera que hizo el suyo el pueblo
nacido de la Obediencia de Abraham, con la diferencia, se entiende, que aquélla
Obediencia dio paso a la Iglesia, y ésta, siendo la Esposa del Señor, es ya religión
sempiterna y está en la Casa de su Esposo como Señora al cargo de todo aquello
que se refiere a la Casa de su Señor, es decir, la Adoración de Dios en tanto
que Espíritu y no en tanto que Poder, pues el Poder es del Señor, su Esposo.
La corrupción está en
la elevación de quien es siervo al trono de su Señor, reclamando para sí los
poderes de su Señor, justificando esta corrupción en la necesidad de los
tiempos. Pues como sabemos quien tiene por Señor a su Esposo recibe de su Señor
Esposo todos los poderes debidos al gobierno de su Casa y queda al cargo de las
Llaves de la misma mientras el Señor está fuera de la Casa; pero este Poder se
refiere a la Casa de su Señor, y no a la del vecino, por decirlo así, siendo la
extensión del Poder de las llaves del reino de los cielos a las puertas del
Infierno una perversión natural a la corrupción intrínsica a la Ignorancia bajo
la que ejecuta su acción el siervo mientras su señor está de viaje lejos de su
casa.
Asi que, habiendo
procedido Dios a encarnarse a fin de dejar tocar su Espíritu por los sentidos,
la Revolución Fundacional del Cristianismo vino a poner sobre la Mesa la
Esperanza de Salvación Universal que Abraham llevó en su Mente todos los días
de su vida y que, por el Matrimonio de Cristo con la Iglesia, recogida la
Esperanza en el seno de quien es Eterno, vino a cruzar los milenios sobre el
tempestuoso mar de los siglos en la indestructible barca de la Divinidad de su
Fundador. Pues siendo la Religión Antigua un Poder sujeto al arbitrio de la
cabeza del momento, Dios venció de antemano la consumación de la corrupción
bajo cuya montaña de crímenes se hundiera el Templo Antiguo, y que amenazaría
al Nuevo Templo, estableciendo para la Iglesia Una Sola y Unica Cabeza
Universal, su Hijo. Y dado que la creación se hundió en la Caída en razón de la
voluntad de quienes siendo cabezas religiosas de sus mundos dirigieron sus
cuerpos hacia la Guerra contra el Espíritu Santo, Dios abolió toda Corona y
Poder, hizo de todos los pueblos uno solo, los fundió en uno solo y único y le
dio por Cabeza a todo su Reino un único Rey y Señor, su Hijo, a fin de que
siendo Indestructible su Cabeza el Cuerpo de la Creación participe de la
Eternidad propia de su Creador, y siendo la Voluntad del Rey y Señor el Impulso
Sobrenatural e Incorruptible bajo el que se mueve su Reino quede desterrado del
Universo la Semilla de la Muerte, que procedió a parir al Diablo, “la serpiente
antigua”, y extender su Infierno, primero en el Cielo, y finalmente en la
Tierra. Deduciendo de cuyos actos malignos se ve que el origen de la corrupción
de la religión está en la elevación de una criatura, sea sacerdote o rey, a la
gloria de quien es la Unica y Sola Cabeza de las Iglesias: el Rey y Señor, Jesucristo.
Conociendo lo cual, porque él mismo era hebreo, Pablo vuelve a la constante
figura de Melquisedec, denunciando el Pontificado de Sucesión como origen de la
Corrupción que se consumaría en la destrucción del Templo Antiguo y cuya
reedición conduciría a la Iglesia Ortodoxia a ese mismo fin, primero en su
forma bizantina, luego en su forma rusa, habiendo dejado Dios un resto a fin de
ofrecer misericordia. Esto de una parte. De la otra, habiéndose dado el mismo
estado de cosas durante la coronación de Carlo Magno era solo natural que la
Negación del Papado contra la Corona Universal de Jesucristo condujera a la
Iglesia de Occidente a aquella Guerra Civil Europea que los historiadores nos
han transmitido bajo el pomposo nombre de “la Reforma”.
¿Esperanza fallida?
¡En absoluto! Pues el que es Indestructible es Invencible, y debiendo regresar
el Señor de su Viaje es solo natural que el siervo que durante la ausencia de
su Señor asumiera el poder sobre su Casa ponga a los pies de su Señor el
Pontificado y deje al Juicio de su Señor el pago de sus errores y aciertos, y
la Esposa, regresando su Señor a Casa, disponga la Mesa. De manera que, en y
por esta Disposición, se cumple esa “esperanza mejor” de
la que hablara Pablo, porque siendo profeta, según lo escrito, que el espíritu
de Jesús es el espíritu de la profecía, desde su carne Pablo ya viera en
compendio el viaje que le esperaba al Cristianismo desde el Imperio de los
Césares a nuestros días. Por lo que se atreviera a decir, hablando de Jesús
como Solo y Unico Pontífice Universal de la Creación entera, de la Presente
como de la Futura:
Y por cuanto no fue hecho sin juramento — pues aquéllos fueron
constituidos sacerdotes sin juramento, mas éste lo fue con juramento por el que
le dijo: “Juró el Señor y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre” —,
de tanta mejor alianza, se ha hecho fiador Jesús. Y de aquéllos fueron muchos los
hechos sacerdotes, por cuanto la muerte les impidió permanecer; y es por tanto
perfecto su poder para salvar a los que por El se acercan a Dios, y siempre
vive para interceder por ellos. Y tal convenía que fuese nuestro Pontífice,
santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los
cielos; que no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas,
primero por sus propios pecados, luego por los del pueblo, pues esto lo hizo
una sola vez ofreciéndose a sí mismo. En suma, la Ley hizo pontífices a hombres
débiles, pero la palabra del juramento, que sucedió a la Ley, instituyó al Hijo
para siempre perfecto.
Ahora bien, si el
hombre pudo haber alcanzado por sí mismo este Modelo de Pontificado,
establecido en la Santidad, la Inocencia y la Incorruptibilidad inmarcesible
propias del Espíritu Creador, en este caso Dios sería el peor de los criminales,
aquél que mata a su propio hijo. Mas
abogando la Historia en defensa de esta Imposibilidad, debiendo Dios, por Amor
a su Creación, hacerse carne en su Hijo y en la Cruz abrirse el Pecho para que
viéramos su Corazón, que no tiene en el Poder su Gloria sino en la Verdad y la
Justicia, y porque era imposible que una religión fundada en la Adoración del
Poder llevara a la Creación a la Visión del Espíritu del Creador, el Hijo bajó
su Brazo Todopoderoso y viendo el Espíritu del Padre se arrodilló ante su Espíritu
Santo, deviniendo por esta Adoración “perfecto”, y
Pontífice Universal Sempiterno. Amén.
Jesucristo,
Vida al otro lado del Fin del Mundo
Tenemos, por
consiguiente, que el problema es de Dios en cuanto siendo suya la Idea de la
Creación El mismo se crea a sí mismo el Problema de la Convivencia con su
Criatura y la debida articulación de la Civilización procedente. Dios no
procede exclusivamente a la creación de vida en el espacio y el tiempo sino que
revoluciona la existencia misma de la Vida al darle por etapa final de
Evolución la misma Eternidad, haciendo de esta manera particípe a la criatura
de la propiedad eterna de la vida de su Creador. Felicidad perfecta en la que
late la alegría del que es creado y a la vez nos da cuenta de la inmensidad del
problema que se plantea a sí mismo nuestro Creador, en quien la Felicidad del
que engendra supera la problemática y la resuelve en la Personalidad de quien
es Dios Verdadero y, aunque en una primera instancia le cause la posición puño
en barbilla, la victoria es siempre suya. Y como dice el proverbio popular, “para
no tener problemas sólo hay que estar muerto”.
Ahora bien los
ignorantes y los perversos, los primeros por propiedad de su ignorancia y los
segundos por efecto de su maldad, tienden a creer que Dios no tiene problemas.
Y sin embargo basta abrir los ojos a la luz del día para ver que Dios tiene un
gran problema. Y que la misma Actividad Creadora implica un constante y
continuo movimiento en el universo de los problemas.
La articulación de una
Convivencia entre quienes somos simples criaturas sin vida en nosotros mismos y
dependemos en lo absoluto y en lo particular de la Voluntad de nuestro Creador
para mantenernos vivos, y una Familia Divina cuya Naturaleza es Increada y su
Ser se relaciona directamente con el Infinito y la Eternidad, una Sociedad de
este Tipo implica un tremendo y complejo problema. Que teniendo su origen en la
Voluntad de nuestro Creador le toca a El buscar y encontrar la Respuesta, y que
una criatura se atreva a ofrecerla es síntoma visible de locura.
Pues las criaturas, no
siendo más que el fruto de la Voluntad de nuestro Creador, dependemos en lo
particular y en lo absoluto de su Omnisciencia y su Sabiduría y fuera de éstas
la Ciencia deviene un instrumento de destrucción, a nivel universal y
particular, incluyendo en esta dimensión científica a la propia Teología. Y
así, todo teólogo que no sirve a Dios con su pensamiento sino que pone su
pensamiento al servicio de un hombre, sea Papa, Patriarca o Arzobispo, ¡comete
delito contra Aquel al que se supone adora con su Pensamiento, o sea, Dios!
Pues el fin y el principio de la Teología es el Conocimiento de Dios en cuanto
Dios y desde el momento que donde se dice Dios se pone Iglesia o Papado o
Patriarcado o cualquier otra cosa, la Teología deja de ser Ciencia de Dios para
devenir ciencia de hombres, y siendo cosa de hombres todo su contenido es
muerte y destrucción, sobre lo cual está la Historia del Cristianismo y de las
Iglesias llena de ejemplos, en los que, en todos juntos y uno por uno vemos
cómo la División de las Iglesias, es decir, la destrucción del Reino de Dios en
la Tierra, encontró siempre en los teólogos su mejor soldado al servicio del
Diablo. Y así vemos en el autor de sus Epístolas que su Teología está al
servicio de Dios y jamás al servicio de Pedro, y que la corrupción de las
iglesias comenzó cuando los futuros Pablos quitaron a Dios como Ser y pusieron
su pensamiento al servicio de papas, emperadores, patriarcas y reyes,
sirviéndoles como siervos, renunciando de esta manera a la Autoridad del Señor
Jesucristo para poner a los pies de un hombre su genio.
Así pues, y volviendo
a la Idea del Pontífice Universal, Único y Sempiterno, y habiendo Uno, Solo y
Único que vive por la Eternidad, y es en su Naturaleza Dios de Dios, se
entiende que cualquier discusión sobre el Pontificado Universal que le afecte a
la sustitución del que Dios Padre le dio a la Religión de su Reino es, en el
caso más comprensivo, locura, y en el caso más directo, perversión maligna y
rebelión infernal contra Aquel que Dios eligió para mantenerse de pie delante
de su Majestad Omnipotente y el Solo y Único que vive eternamente ante su
Presencia.
Nosotros, considerando
la Ignorancia de la Cristiandad, lo mismo de los Pastores que de los Rebaños,
en función de los Efectos surgidos a raiz de la Caida y Rebelión de los hijos
de Dios contra quien fuera su Padre, excusamos la Discusión sobre el
Pontificado Universal en la Ignorancia, a la vez que denunciamos la continuidad
de su dialéctica como Rebelión contra el Pontífice Universal Sempiterno,
Jesucristo.
De donde se desprende
que sólo hay un Pontífice Universal, y la proyección de sus Poderes a un hombre
es una perversión de la Gloria de Jesucristo, la cual perversión por lógica
había de proceder a poner en marcha la ignomisiosa Historia de los Papas,
Patriarcas, Arzobispos, etcétera, que no fue sino el resultado de la acción de
aquéllos que quisieron para sí lo que el Diablo para sí mismo, ¡la Gloria de
Jesucristo!, el Diablo fijando sus ojos en la de su Corona, y los Papas,
Patriarcas y Arzobispos en la de su Pontificado.
Mas volvemos a lo
mismo, si la locura del Diablo fue la manifestación de una Pasión Maligna,
incurable e invencible por en cuanto fue asumida con pleno conocimiento de causa,
estando en posesión de sus plenas facultades mentales, intelectuales y físicas
su autor, en el caso de las iglesias la locura está sujeta a la definición de
lo pasajero, en virtud de la ignorancia heredada de Adán, y, en consecuencia,
la salud de las iglesias está a los pies de su Señor. Ahora bien, si quienes
aprovechando la Ignorancia de la Cristiandad de Ayer aún Hoy quieren mantener
contra el Señor los Atributos del Pontífice Universal, Jesucristo, allá ellos
con su Delito. Nosotros sólo sabemos lo que el Espíritu Santo nos dijo, a
saber:
El punto principal de todo lo dicho es que tenemos un Pontífice que
está sentado a la diestra del trono de la Majestad de los cielos; ministro del
santuario y del tabernáculo verdadero, hecho por el Señor, no por el hombre. Pues todo pontífice es
instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios, por lo cual es preciso que
tenga algo que ofrecer. Si El morara en la tierra, ni podría ser sacerdote,
habiendo ya quienes, al tenor de la Ley, ofrecen oblaciones. Estos sacerdotes
sirven en un santuario que es imagen y sombra del celestial, según fue revelado
a Moisés cuando se disponía a ejecutar el tabernáculo: “Mira — se le dijo — , y
hazlo todo según el modelo que te ha sido mostrado en el monte”.
En este caso el Modelo
que se le ofreció a los Edificadores de la Iglesia lo vemos en el Concilio de
Jerusalén del 49, donde todos los Obispos se reúnen en calidad de Hermanos del
Pontífice Universal, Jesucristo, bajo cuya Autoridad hablan y a El únicamente
le deben Obediencia, manifestándose de esta manera el Señor en sus siervos para
Edificación de toda su Iglesia. Y hubiera sido una perversión maligna y
demoníaca por parte de Pedro haber condenado a Pablo por atreverse a cerrarle
la boca y abrir la Cristiandad a todas las naciones sin necesidad de la Ley del
Judaismo. Al contrario, siendo el Único Infalible el mismo y único Señor de
todos, Jesucristo, es este Señor el que, estando todos los Obispos a su
servicio, corrige a unos por los otros para la perfección del magisterio de
todos, y lo contrario, como se entiende del Modelo Divino, a saber, que un
Siervo anule la Autoridad de Dios y la Obediencia debida de todos los siervos a
su Señor Universal y sempiterno, Jesucristo, y la sustituya por su voluntad,
esto es una perversión maligna -de darse contumacia invencible- del Sacerdocio
cristiano por parte del siervo que contra Dios y el Señor anula la Autoridad
Divina y abole el Pontificado Universal de Jesucristo mediante la locura de la
Infalibilidad de un Siervo contra todo el Concilio.
En este sentido la
Historia de las iglesias desde Pablo a nuestros días es una lucha entre la
Muerte y la Vida contra la materialización del Modelo por Dios levantado en el
Monte, el Concilio del Jerusalén. Vemos en él que es el Señor quien reúne a sus
siervos y que ése mismo Señor y Pastor Universal Supremo es el que actúa en
Espíritu para corregir cualquier problema en el movimiento universal del
Momento. Esta es la Relación entre el Creador y su Creación fundada por Dios en
Persona para subsistir por la Eternidad, y acorde a este Modelo Divino,
siguiendo la esperanza: “Así en la Tierra como en el Cielo”, las Iglesias se articulan Conciliarmente bajo la Unica Autoridad
Infalible de Jesucristo, cuyo Espíritu rige la sabiduría de sus siervos para el
bien de todos, y lo contrario, que un siervo se declare Infalible y anule la
Autoridad de Dios Omnisciente y Todopoderoso es un Delito de Rebelión contra el
Señor Jesucristo, sobre el cual tendrá que pronunciarse el interesado en
nuestros días, justificando su delito en la Ignorancia si hinca las rodillas y
pone el efecto de su comportamiento a los pies de su Señor, o declarando su
Rebelión ad eternum, a imagen y semejanza de la del Diablo, si procede a
mantener su posición contraria en lo absoluto al Modelo Divino.
Y siguiendo con el Espíritu Santo:
Pero nuestro
Pontífice ha obtenido un ministerio tanto mejor cuanto El es mediador de una
más excelente alianza, concertada sobre mejores promesas. Pues si aquella
primera estuviera exenta de defecto, no habría lugar a una segunda. Sin
embargo, vituperándolos, dice: “He aquí que vendrán días, dice el Señor, en que
concertaré con la casa de Israel y con la casa de Judá un pacto nuevo, no
conforme al pacto hecho con sus padres el día en que los tomé de la mano para
sacarlos de la tierra de Egipto, puesto que ellos no permanecieron fieles en su
alianza y yo me mostré negligente con ellos, dice el Señor. Este será el pacto
que yo haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Imprimiré
mis leyes en su mente, y en sus corazones las escribiré. Y yo seré su Dios, y
ellos serán mi pueblo. Y nadie enseñará a su conciudadano ni a su hermano,
diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el
mayor, porque me mostraré indulgente con sus iniquidades, y de sus pecados
jamás me acordaré”. Al decir “un pacto nuevo”, declara envejecido el primero.
Ahora bien, lo que envejece y se hace anticuado está a punto de desaparecer.
De donde se ve que la
Historia del Israel bíblico es un paso por el mar Rojo de los siglos hasta
llegar al Reino Universal de Jesucristo, hacia el que caminaba el Judaísmo sin
conocimiento perfecto de causa, porque era imposible que el Hombre entendiera
qué es lo que le estaba pasando a su mundo y entendiéndolo siguiera en la
obediencia a un Dios que, pudiendo, no había determinado el cese de los efectos
que arrancaran su curso en la Mesopotamia Adánica y cuyo fin estaba conduciendo
al mundo de los hombres a su destrucción total. Y es que no habiendo visto por
la experiencia la causa por la que Dios alzó la Pena de Muerte contra la
Guerra, existía la necesidad absoluta e imperiosa de dicha experiencia, a fin
de que por el conocimiento que viene de los sentidos la Creación entera viese
con sus ojos la razón por la que Dios no puede soportar la Injusticia y la
Corrupción, y amando la Verdad y la Paz sobre todas las cosas, no sólo no
aboliese la Pena de Muerte contra el Transgresor a la Ley de la Vida sino que
mantuviera su Eternidad aún sobre la cabeza de su propio Hijo.
Desafortunadamente
para nuestro mundo nos tocó ser el campo de esa experiencia, por Dios vivida
muchas veces y ninguna por sus hijos, y que se resume diciendo que todo Mundo
expuesto a la Ciencia del bien y del mal acaba en el Polvo, pereciendo su
esperanza de vida eterna en el fuego de su propia demencia suicida. Pero
observamos que podía oponérsele a esta Ley eterna el razonamiento de que
estando Dios por medio bien puede Dios vencer tales consecuencias. Ahora bien,
la inconsistencia de este razonamiento consiste en que la Ciencia del bien y
del mal, operando, requiere de la negación de la participacion de Dios en la
Historia del Mundo, y de aqui la consecuencia.
Pero el conocimiento
sin fundamento en la experiencia, llevado a este nivel, procede a la
incredulidad de la verdad en la respuesta, y de aqui que Dios determinase
fundar la Verdad, por la Eternidad, sobre los fundamentos de la experiencia,
que, en lo que a nosotros nos toca, consiste en la sucesión de los
acontecimientos que habían de conducir y conducen a nuestro mundo a su
destrucción, es decir: “Polvo eres y al polvo volverás”. Y de aquí que, existiendo la Necesidad, dijese Dios que se mostró “negligente con Israel”. Mas inmediatamente el Espiritu Santo dice:
Este será el
pacto que yo haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el
Señor: “Imprimiré mis leyes en su mente, y en sus corazones las escribiré. Y yo
seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y nadie enseñará a su conciudadano ni a
su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el
menor hasta el mayor, porque me mostraré indulgente con sus iniquidades, y de
sus pecados jamás me acordaré”. Al decir “un pacto nuevo”, declara envejecido
el primero. Ahora bien, lo que envejece y se hace anticuado está a punto de
desaparecer.
O sea, teniendo Dios
misericordia de nuestro mundo y justificando el delito de Adán en la
Ignorancia, en virtud de la cual la Gracia nos vino por la Sangre de
Jesucristo, quiso Dios Pactar con nosotros, en cuanto Mundo, a fin de que, así
como estableció la vida de Israel mientras existió el Pacto con los hijos de
Abraham contra todos los poderes que la Muerte desató para borrar de la faz de
la Tierra a los Hebreos, por este mismo Poder Invencible Dios hacía del Mundo
Cristiano su Pueblo, de manera que sin abolir la Ley Eterna nos abre por la Fe
una Esperanza de vida, de esta manera por la Fe cumpliéndose la Ley, y por la
Esperanza dándosenos un Nuevo Principio. Ahora bien, sabemos por este Pacto
entre Dios y nuestro Mundo, que nadie verá ese principio si no aquéllos a los
que se refiere la Nueva Alianza, cumpliéndose así, para los que viven sin el
Dios de la Eternidad, la Ley, y para los que vivimos a la luz de su Reino, Vida
al otro lado del Fin del Mundo.
El
Testamento de Cristo y la Ley contra la Guerra
Aquí entramos en el mismo Sagrario. Dejamos
de merodear por el exterior de la Existencia de la Divinidad para, deviniendo
sus familiares, tener acceso de lleno a la propia esencia de quien es en sí y
de por sí “la Vida Eterna”; dejamos de maravillarnos de ser “barro” que habla,
figuras de polvo animadas de vida divina, para correr hacia nuestro Creador y
seguirle por los campos de nuestro tiempo como sigue el Rebaño a su Pastor, el
ejército a su Rey, el hijo a su padre, unidos en una misma marcha contra la
Muerte. Nada nos detiene, nuestro paso está marcado, nuestra victoria escrita
en los ojos del Dios de la Eternidad, ¿y quién le arrancará la visión de
nuestra Victoria de su Mente? Acusados, sentenciados, golpeados, escupidos e
injustamente maltratados, las cicatrices de nuestra batalla permanecen para
memoria de nuestros huesos. Y en la eternidad el recuerdo de nuestra Victoria
será el núcleo contra el que ha de estrellarse por siempre la tentación del regreso
al infierno del que saldremos y contra el que nuestra Fe levantará una
Civilización Nueva al otro lado del Fin que se acerca. Nuestra carne caminaba a
este Fin desde que dijera el Juez de su Creación: “Polvo eres y al polvo volverás”. No hay miedo al Fin, sino alegría por el Principio que pareció habernos
sido arrebatado el día que nuestro Campeón fue escupido, golpeado, injustamente
maltratado y finalmente crucificado como un vulgar despojo. ¿No fue ése el día
de nuestro nacimiento? Murió El para que nosotros viviéramos; no hay necesidad
de nuestra muerte. Para regalarnos la vida se dejó quitar la suya. Jurando así
Dios sobre su sangre que muriendo El quedaba su Descendencia exenta de muerte.
Alegría pues, y todos a por la Victoria. Y ahora al lío. Dice el Espíritu
Santo:
Y el primer pacto tenía su ceremonial y
su santuario terrestre. Fue construido un tabernáculo, y en él una primera
estancia, en que estaban el candelabro, y la mesa, y los panes de la
proposición. Esta estancia se llamaba el Santo. Después del segundo velo, otra
estancia del tabernáculo, que se llamaba el Santo de los Santos, en el que
estaba el altar de oro de los perfumes y el arca de la alianza, cubierta toda
ella de oro, y en ella un vaso de oro que contenía el maná, la vara de Arón, que había reverdecido, y las
tablas de la alianza. Encima del arca estaban los querubines de la gloria, que
cubrían el propiciatorio. De todo lo cual nada hay que decir en particular. Dispuestas así las cosas, en la primera estancia del
tabernáculo entraban cada día los sacerdotes, desempeñando sus ministerios;
pero en la segunda, una sola vez en el año entraba el pontífice solo, no sin
haber ofrecido la sangre en expiación de sus ignorancias y las del pueblo. Quería
mostrar con esto el Espíritu Santo que aún no estaba expedito el camino del
santuario mientras el primer tabernáculo subsistiese. Era esto figura que
miraba a los tiempos presentes, pues en aquel se ofrecían oblaciones y
sacrificios, que no eran eficaces para hacer perfecto en la conciencia al que
ministraba, pues eran sólo sobre alimentos, bebidas y diferentes lavatorios y
preceptos de una justicia carnal establecidos hasta el tiempo de la
rectificación.
Teníamos, por tanto, en el Templo de
Jerusalén la Promesa del Perdón de todos los pecados del mundo en la Sangre del
Cordero de Dios, que El ofrecería en Expiación de todos los delitos cometidos
por el Género Humano desde la Caida de Adán, estableciendo esta Redención en la
Ignorancia del Transgresor, quien habiendo sido engañado por un hijo de Dios,
no de esta creación, sin saber lo que hacía alzó el hacha de guerra contra las
naciones “en la fe de obtener por la violencia del Poder lo que mediante la Paz
de la Sabiduría le vendría dado por herencia del Espíritu Santo”.
Pero ... Dios ofreció su Cordero a distancia
-infinita respecto al día de la Caída-, por esta distancia quedando condenados
a destrucción naciones enteras que por el Delito de “aquel hijo de Dios” fueron
entregadas a la ruina. ¿Cómo iba Padre tan excelente permitir que le fueran
arrebatados tantos hijos sin abrirse en el Tiempo un agujero de horror y
terror, viniendo como consecuencia a brotar de la fuente del Amor, de la que El
mismo Dios sacia su sed y cuyo manantial escancia en la copa de su Espirítu la
alegría que viene del que es amado con pasión que no muere nunca? ¿Cómo iba a
permitir El que de esta divina fuente brotase el agua maldita del miedo a la
Omnipotencia y al Todopoder de Dios? Magnífico en su Ciencia, brillante en su
Sabiduría, delicioso en su Corazón, estableció Dios, sobre la Sangre de su
Cordero, desde entonces y para siempre, que todos sus hijos volverían a sus
manos, y en el Dia del Juicio Final todos sus hijos, de esta creación, tendrían
por Defensor de su Causa a Aquel mismo que por nuestra causa se entregara a la
injusticia que viene de la Ignorancia, para establecer sobre la Justicia que
viene de la Sabiduría nuestro Conocimiento de Dios, y lo que es más importante,
hacer que de su sangre brotara el agua divina del Amor al Creador de todas las
cosas, quedando de esta manera milagrosa la relación del Creador con su
Creación establecida no en el Miedo a un Ser que es Indestructible y
Todopoderoso sino en el Cariño que procede per se de padre a hijo, aun cuando el primero es Dios y el segundo sólo una criatura
tomada de barro.
Pero Cristo, constituido Pontífice de
los bienes futuros y penetrando en un tabernáculo mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombres,
esto es, no de esta creación; ni por la sangre de los machos cabríos y de los becerros,
sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el santuario,
realizada la redención eterna. Porque
si la sangre de los machos cabríos y de los toros y la aspersión de la ceniza
de la vaca santifica a los inmundos y les da la limpieza de la carne, ¡cuánto
más la sangre de Cristo, que por el espíritu eterno a sí mismo se ofreció
inmaculado a Dios, limpiará nuestra conciencia de las obras muertas para dar
culto al Dios vivo! Por esto es el mediador de una nueva alianza, a fin de que,
por su muerte, para redención de las transgresiones cometidas bajo la primera
alianza, reciban los que han sido llamados las promesas de la herencia eterna.
Aleluyas, pues, en los espacios infinitos, y
amenes en las dimensiones eternas, porque el Creador no renunció a su Creación,
ni dobló la cabeza como quien da por consumada la ruina de su aspiración
gloriosa, sino que, exaltándose, en su Verdad invencible levantó sus brazos
para, dejándose crucificar, mostrar su Indestructibilidad en el Acto de la
Resurrección.
¡Cantad, poetas, salmos nuevos al arpa de
seis cuerdas, la que habla con la voz de la tormenta, batid rayos y truenos
contra el pellejo que antes hablara gritos de guerra!
Miradme estrellas, estoy ensangrentado,
acribillado por el cuchillo de los milenios, atrapado entre las sábanas de una
vision que no se va de mi cabeza.
Despierta, Humanidad, levántate de tu sueño.
No es hora de promesas. A vestirse que ya el Dia alborea.
Ay mi cabeza, dura como el hierro, mi
voluntad como el diamante que jamás se quiebra. Siento el metal en mis huesos
como juramento escrito con tinta de fuego.
Corramos. La Victoria es nuestra.
Así pues, lo que habia sido constituido bajo
juramento como Promesa sempiterna tenía que vestirse de carne y derramar su
sangre con objeto de quedar sellada la Nueva Alianza entre Dios y su creación
entera. Porque si por un único hombre todo el mundo fue entregado a la ruina,
era solo natural que siendo Dios el que era la
Restitución del Género Humano a su Creador implicase una Alianza Nueva entre
todas las naciones y el Dios de todas ellas. ¿Porque conociendo a Dios, hay
algo más natural que Dios no se dejase intimidar por el Infierno y aceptase el
reto de una Guerra Total contra su Creación por parte de la Muerte? Y no sólo
era natural, sino que de no haberla aceptado no amáramos a Dios bajo ningún
concepto, y como el amor por ley no puede ser impuesto a quien es libre y está
en posesión de todas sus facultades ontológicas, ni el mismo Dios puede hacer
que el infierno se convierta, fue Su Sí Total a la Guerra la Afirmación que
hizo brotar espontáneamente en todas sus criaturas, las de esta creación como
en las de las anteriores, el Amor al que es, quedando así fundada la relación entre Creador y
Criatura, de una vez y para siempre, en el Amor de un padre a sus hijos y no en
el Miedo a un Ser todopoderoso y omnipotente. Sobre lo cual hay que decir
mucho, pero no será en este momento.
Porque donde hay
testamento es preciso que intervenga la muerte del testador. El testamento es
valedero por la muerte, pues nunca el testamento es firme mientras vive el
testador. Y ni el primero fue otorgado sin sangre; porque, habiendo
leído al pueblo todos los preceptos de la Ley de Moisés, tomando éste la sangre
de los becerros y de los machos cabríos, con agua y lana teñida de grana e
hisopo, asperjó el libro y a todo el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la
alianza que Dios ha contraído con vosotros”. Y el mismo
tabernáculo y los vasos del culto los asperjó del mismo modo con sangre, y,
según la Ley, casi todas las cosas han de ser purificadas con sangre, y no hay
remisión sin efusión de sangre.
De una Promesa saltamos a otra. Si por la
primera el Mundo quedó en suspense y la creación entera contuvo el aliento a la
espera de su realización, máxime cuando el pueblo al que se le dio por misión
mantener vivo su fuego fue una nación pequeñita, sin apariencia ni fuerza
delante de las naciones, y para mayor dificultad -si cabe- sujeta a la misma
ley de ignorancia que tenía esclavizado al resto del mundo, pues de no haber
existido ignorancia hubiera sido innecesario el templo y sus sacrificios
expiatorios, y por esta ignorancia y aquella debilidad la promesa de victoria
parecía diluirse en las aguas turbulentas de los siglos hasta llegar al Pesebre
donde- se dice- naciera Aquel nacido para ser el Cordero de Dios ... Y porque
había nacido para ser el Cordero precisamente Aquel que resucitara para ser el
Rey, la Promesa de Su Reino Universal en la Tierra quedaba de nuevo en
suspense, y a la creación entera, aunque coronada, volvía a llenársele de
lágrimas el rostro; mas si las primeras lágrimas fueron de temor ante lo
desconocido, a saber, la Victoria de Cristo Jesús, y en su sabor la desolación
se apercibía, en las segundas, aunque terribles sobre la sangre de tantos
inocentes llevados al matadero del Sacrificio, el cántico de los sacrificados
en el altar de la Redención endulzó con el grito de victoria el paso del
Cristianismo por los siguientes siglos, luciendo al final de la Noche de los
Obispos la Vida espléndida de la Promesa que sellara con su sangre el Rey, de
traer a luz Descendencia de su Espíritu.
De Promesa a Promesa, de una Descendencia a
otra, de la Descendencia de Abraham a la Descendencia de Cristo. Y si la
primera estaba predestinada al Sacrificio, la segunda, muriendo los primeros
para que nosotros viviéramos, vivimos para una Promesa de vida.
Era, pues, necesario que
las figuras del santuario celestial fuesen purificadas, pero el santuario mismo
del cielo había de serlo con más excelentes sacrificios; que no entró Cristo en
un santuario hecho por mano de hombres, figura del verdadero, sino en el mismo
cielo, para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro. Ni para ofrecerse muchas veces, a la manera que el
pontífice entra cada año en el santuario en sangre ajena; de otra manera sería
preciso que padeciera muchas veces desde la creación del mundo. Pero ahora una
sola vez, al cumplirse los siglos, se manifestó para destruir el pecado por el
sacrificio de sí mismo. Y por cuanto a los hombres les está establecido morir
una vez, y después de esto el juicio, así también Cristo, después de haberse
ofrecido una sola vez para tomar sobre sí los pecados de todos, por segunda vez
aparecerá, sin pecado, a los que le esperan para recibir la salud.
De donde se ve que establecida la Necesidad
quiso Dios hacer de su consumación sello con el que hacer inaccesible a los
siglos el testamento de su Hijo. Y como habiendo descendencia es el hijo el que
hereda y la madre la que dispone de todas las cosas hasta la mayoría de edad
del heredero de su esposo, viendo el Espíritu Santo esta disposición dio
testimonio del Futuro diciendo “pero
esperamos la libertad de los hijos de Dios”, hablando asi en nombre de la creación entera. Pues, en efecto, habiendo
declarado Dios pasado todo lo Antiguo y estableciendo su Reino sobre el
Fundamento de la Gloria “sola y única” de su Hijo Primogénito, declarando el
Fin del Imperio y anunciando el principio del Reino Universal de su Unigénito,
era solo natural que el Rey fuese coronado delante de toda la casa de Dios y
regresase a su Mundo para sentarse en Su Trono sempiterno, quedando de esta
manera nuestro mundo a la espera de la consumación de los tiempos, sobre cuyo
Fin, “polvo eres y al polvo
volverás”, dispuso Dios por la Sabiduría que viene de
la experiencia que se estableciese en la Inteligencia de toda su creación la
Causa por la que El ha establecido Prohibición, bajo pena de muerte, contra la
Guerra.
No nos queda más que unir nuestro pensamiento
al de Dios, nuestro Rey, y declarar la Abolición de la Guerra, y Afirmar
Declaración de Pena de Muerte contra todo “el que coma del fruto del árbol
prohibido”. Esta es la Ley del Reino de Dios, la Ley que transgredió el Primer
Hombre.
Porque la Guerra es el fruto del árbol de la
la Ciencia del bien y del mal, bendito sea Dios por haber mantenido la Ley
contra la sangre de su Hijo, bendito por haber hecho manar de ésa sangre su
Reino, y bendito de nuevo por haberle dado la Corona de su Reino a Aquel que
derramó su Sangre antes que hacer de su Brazo un hacha de guerra.
Cristo Raúl Y&S
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