PROFETAS

ISAÍAS

PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
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TERCERA PARTE
CUARTA PARTE
QUINTA PARTE
SEXTA PARTE
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Introducción.

 

Vida del profeta.

El nombre de Isaías significa etimológicamente “Dios salva,” y parece reflejar simbólicamente la misión de “salvación” del gran profeta escritor. En la nota introductoria al libro que lleva su nombre se dice que es hijo de Amós, que no es el profeta conocido con este nombre. Aunque no sabemos cuándo nació Isaías, sin embargo, podemos suponer que fue hacia el 770 antes de Cristo, pues hacia el 740 aparece ya predicando en Jerusalén, lugar de su nacimiento. El estilo selecto de su lenguaje nos hace suponer también que era de la clase alta de la sociedad jerosolimitana. Su vocación al ministerio profético tuvo lugar — según la indicación del libro que lleva su nombre — en el año en que murió el rey de Judá Azarías, llamado también Ozías; es decir, hacia el 740 antes de Cristo.

La idea central de la predicación isaiana es — como luego veremos — la de la “santidad” de Dios, que exige también una atmósfera de “santidad” en el pueblo elegido. Por eso, el título que enfáticamente da el profeta a Yavé es el de el “Santo de Israel.” Toda su vida fue consagrada a esta misión de preparar al pueblo espiritualmente para que fuera “santo,” en consonancia con las exigencias de la “santidad” divina. Y su labor no sólo se limitó a la predicación en el pueblo, sino que tuvo intervenciones solemnes, como consejero, en los momentos críticos de la vida política de Judá. Así, en 734 procuró reanimar al rey Acaz ante la invasión del ejército siro­efraimita. En 701 intentó reavivar las esperanzas de salvación en ocasión en que Jerusalén estaba cercada por las tropas de Senaquerib. Y, por otra parte, en varias ocasiones se opuso a que Judá entrara en coaliciones antiasirias, por el peligro que esto suponía para la vida religiosa y aun política de la pequeña nación. Con ocasión de la embajada de Merodac Baladán ante el rey Ezequías, Isaías puso en guardia a éste contra las posibles intenciones políticas del cabecilla rebelde babilonio, que ante todo buscaba ayuda para insurreccionarse contra el rey de Asiria. Sobre todo, el profeta tuvo una influencia decisiva en la reforma religiosa impuesta por el piadoso rey Ezequías. En su misión profética tuvo primero que hacer frente a la política antireligiosa del impío rey Acaz (736-727); con su sucesor Ezequías (727-698), las relaciones del profeta fueron cordiales, ya que el rey era profundamente religioso, y procuraba seguir sus consejos. Al morir el piadoso rey, Isaías tuvo que sufrir la persecución del impío y sectario rey Manasés (698-643), hijo de Ezequías. Según la tradición judaica, el gran profeta fue aserrado por orden del impío rey, perseguidor del yavismo tradicional.

Ambiente histórico.

Cuando Isaías inicia su labor profética, Judá se halla en un gran momento de prosperidad nacional, pues el rey Azarías (768-740) había vencido a los edomitas, moabitas y filisteos, con lo que se aseguró el comercio exterior en el Mediterráneo, y el oriental de Arabia, como conscuencia de haber conquistado el puerto de Elán, en el actual golfo de Akaba. Pero esta prosperidad es efímera, ya que por el norte se barrunta ya la llegada del rey asirio Teglatfalasar III (745-727), que ha de caer como un ciclón sobre los pequeños estados de la costa siro-fenicio-palestina. El profeta es el primero en dar la voz de alarma. Acaz pretende adelantarse a los acontecimientos buscando la alianza del coloso asirio, e incluso influye para que los cultos idolátricosasirios tengan acceso al templo de Jerusalén. En 734 antes de Cristo, una coalición militar siro-efraimita pone sitio a Jerusalén con la pretensión de sustituir a Acaz por otro (llamado en Is 7:6 “hijo de Tabeel”) que se plegara a sus exigencias de entrar en una liga antiasiria. Con ocasión en que Acaz inspeccionaba los servicios del abastecimiento del agua, Isaías le salió al paso, prometiéndole la ayuda de Dios y un signo portentoso en prueba de la promesa. El rey, hipócritamente, rechaza la oferta, porque secretamente había solicitado ayuda del rey asirio, y es entonces cuando Isaías profirió su famoso vaticinio del Emmanuel. El profeta, airado, anunció la invasión de los asirios, que Acaz secretamente había llamado como aliados, despreciando el auxilio de Yavé.

En efecto, las tropas de Teglat Pileser III conquistaron Damasco en el 731 antes de Cristo y se anexionaron la parte septentrional del reino de Israel. En 721 cayó Samaria en manos de Sargón (721-705), sucesor de Salmanasar V (727-721). Al subir al trono Ezequías, hijo de Acaz, en 727, las perspectivas religiosas de Judá cambiaron totalmente, ya que el joven rey emprendió una profunda reforma religiosa, en la que tuvo mucha influencia el propio Isaías. Del piadoso rey hace el texto sagrado el mejor elogio: “Obró la rectitud a los ojos de Yavé, como lo había obrado David..., y después de él no hubo igual entre los reyes de Judá, ni entre los anteriores a él.” Purificó el templo de las huellas idolátricas que había dejado su padre y después arrasó los otros lugares de culto: “Destruyó los bamoth (lugares altos), y destruyó los masseboth (estelas erigidas en honor de las divinidades cananeas), y cortó el aserah (bosque sagrado, dedicado a Astarté, diosa de la fecundidad), e hizo pedazos la serpiente de cobre que había hecho Moisés,porque hasta aquel día los israelitas le quemaban incienso y le habían impuesto el nombre de nejustan”. En esta reforma religiosa se procuró llevar al extremo la centralización del culto en el templo único de Jerusalén. Sin duda que en toda esta empresa tuvo mucha importancia la predicación de Isaías, la cual, como veremos, se centra en gran parte en torno a la abolición del sincretismo religioso.

En lo político, Ezequías procuró atraerse el resto de israelitas del desaparecido reino del norte, invitándolos a ir a participar del culto jerosolimitano. Sin duda que en esta labor las insinuaciones del gran profeta consejero tuvieron gran influencia, ya que él invitaba en su predicación a la unión de todos los descendientes de Jacob. También en lo relativo a alta política exterior Isaías trabajó para que Ezequías se mantuviera como vasallo del rey asirio, sin entrar en las aventuras políticas antiasirias de los reyezuelos de la costa siro-fenicio-palestina. Sin embargo, en 711 tuvo alguna veleidad de aliarse con ellos; pero una invasión asiría que llegó hasta Asdod le disuadió. Al morir Sargón en 705, resucitaron las esperanzas de insurrección. En 704, Merodac Baladán (otros suponen que esto tuvo lugar en 712) le envió una embajada de congratulación por su curación, y sin duda le incitó a la insurrección. Precisamente cuando Senaquerib (705-681), sucesor de Sargón, se hallaba entretenido en la pacificación de la baja Mesopotamia, donde se había insurreccionado Merodac Baladán, los reyezuelos de la costa palestina se levantaron contra el coloso asirio, y en esa coalición desgraciada entró Ezequías, a pesar de las admoniciones de Isaías. Pero apenas Senaquerib se vio con las manos libres en Oriente, se dirigió a sofocar el levantamiento de Palestina, venciendo sucesivamente a Sidón y ocupando la zona filistea, hasta chocar con un ejército egipcio en Elteqeh, reportando una sonada victoria. Después se dedicó a someter a algunos focos de resistencia, entre ellos Jerusalén, donde Ezequías esperaba el auxilio del faraón. El mismo Senaquerib nos describe irónica y enfáticamente el sitio de JerusalÚn: “... En cuanto a Ezequías, rey de Judá, que no se había sometido a mi yugo, asedié 46 de sus ciudades fortificadas... A él mismo yo le encerré, como a un pájaro en su jaula, en Jerusalén, su morada; levanté bastiones contra él... Al precedente tributo de sus impuestos anuales añadí yo impuestos como oferta a mi majestad, y se los asigné. En cuanto a él, el fulgor de mi majestad lo postró, y los Urbi (¿árabes?) y sus soldados elegidos — que para defender su morada de Jerusalén había introducido — junto con 50 talentos de oro, 800 talentos de plata, piedras preciosas, afeites..., lechos de marfil, pieles de elefante..., cuanto es posible hallar en un gran tesoro, como también sus hijas, sus damas de honor, cantores y cantoras, a Nínive, ciudad de mi morada, hizo que trajeran en mi séquito, y para entregarme su tributo y rendirme homenaje envió a sus mensajeros”. Este es el relato oficial del analista del rey asirio. En él se dice que Ezequías le entregó un tributo, pero no dice nada de la conquista de la ciudad. En la Biblia se dice, en efecto, que Ezequías entregó un tributo a Senaquerib cuando éste tenía su cuartel general en Laquis, esperando calmar su animosidad; pero el rey asirio envió un fuerte ejército para sitiar a Jerusalén. El representante de Senaquerib invitó a los asediados a rendirse, pero no lo consiguió, teniendo que retirarse inesperadamente después de ver diezmado su ejército por una especial intervención divina . En realidad, ante la presión del faraón Tirhaqah, tuvo que levantar el cerco y replegarse hacia el norte, marchando Senaquerib a Nínive. Esto tuvo lugar en el 701 antes de Cristo. Isaías, ante momentos tan críticos, predicaba la confianza en Yahvé, único medio de salvación. Sus promesas de liberación se cumplieron, aunque Judá quedó arruinada, y su capital, “como una cabaña en una viña. Sin embargo, se había salvado como nación, y con ello se había robustecidola religiosidad yahvista del pueblo. Poco después murió Ezequías (698), y con su hijo Manasés (698-43) volvieron a soplar malos tiempos para el yavismo tradicional.

El "Isaías" de Fray Bartolomé

 

Carácter personal de Isaías.

Dotado de excepcionales condiciones humanas por su genio y su educación literaria esmerada, Isaías figura a la cabeza de todos los profetas del Antiguo Testamento. En primer lugar se ve en su persona una gran firmeza de carácter, que le hace no titubear en los grandes momentos de su vida profética. Enfrentado con situaciones críticas para su nación, siempre se mantuvo a una altura de independencia de carácter que le liberaba de todo compromiso político humano. En los primeros años de su carrera profética hace frente a las marrullerías del impío Acaz, y cuando ya está en el trono un rey profundamente religioso como Ezequías, el profeta se mantiene dignamente alejado de todo lo que pueda empañar su libertad de acción religiosa. Fustiga los vicios inveterados de propensión a la idolatría y hace frente a la frivolidad de los cortesanos, los cuales derrochan en lujos, mientras que los pobres y desheredados no tienen lo necesario para la vida. Fustiga la falsa religiosidad de los que pretenden cubrirse ante Dios con sacrificios y ofrendas en el templo. Todo ello no tiene valor para el profeta mientras no haya contrición de corazón y comprensión de las necesidades del prójimo. En su primera visión inaugural nos da un avance de lo que ha de ser su misión como profeta. Ante la majestad del Dios “santo” se siente impuro, habitando en un pueblo de “labios impuros.” Todo su libro puede resumirse en la frase “Sión será redimida por la rectitud.” Sólo una conversión de los corazones a Dios puede cambiar la perspectiva de castigo que se cierne sobre el pueblo de Judá. Esta es la “tesis” de su predicación, mantenida con entereza. Es el alma de la reforma de Ezequías. Entregado profundamente a su misión de profeta, mantiene siempre un equilibrio de carácter varonil, que se refleja en su estilo a la vez ponderado y brillante. Su carácter “visionario” parece atemperado por el razonamiento lógico. Pero, no obstante, su estilo es arrebatador y enérgico, sin ser afectivo como Jeremías.

Doctrina teológica.

Las ideas teológicas que aparecen en el libro de Isaías son sustancialmente las mismas que encontramos en sus contemporáneos Amós, Oseas y Miqueas. Todos están poseídos de la grandeza y trascendencia de Dios y de sus exigencias respecto del pueblo elegido, Israel. Isaías se distingue en su predicación por su esquema orgánico-teológico, desarrollado a base de pocos principios fundamentales, que pueden reducirse a tres: a) concepción trascendente de Dios como “santo”; b) sus relaciones históricas con Israel; c) concepciones escatológicas.

a) Concepción Trascendente de Dios. — Isaías, en toda su predicación, da por supuesta la idea monoteísta de Dios. Sólo existe Yavé, y los ídolos de los otros pueblos son “vanidades”; no son más que “obras de los hombres”. Por eso, en su predicación arremete con frecuencia contra toda índole de cultos idolátricos. Para él sólo existe un Ser divino, al que enfáticamente llama el “Santo de Israel.” Esta nota de “santidad,” como la mejor definición de la divinidad, aparece ya en la visión inaugural. Para él Yavé es un Ser “trascendente” en su “gloria”; por eso los serafines se cubren su rostro ante la majestad de aquel que está sentado en su trono como “rey” de Israel y del universo. Él canto de éstos se reduce a la repetición de una palabra: “santo, santo, santo.” Es que para el hebreo la “santidad” es como la esencia de la divinidad, lo numénico, lo trascendente, que le caracteriza como tal.

Dios está como rodeado de una atmósfera aislante, la “santidad”; por eso, al entrar en contacto con las criaturas, exige la “purificación,” de forma que éstas se eleven — ritual y moralmente — a una atmósfera superior que pueda aproximarse de algún modo a la divina. La “gloria” es como la manifestación de la grandeza de Dios en el mundo, mientras que la “santidad” es como la zona inaccesible de la divinidad, lo que la caracteriza como tal. Por eso la “santidad” para el hebreo no es un atributo más de Dios, sino su definición como Dios, en cuanto distinto y trascendente a todo lo creado. En Isaías, la idea de “santidad” incluye, además, la idea de incontaminación moral; por eso, ante la vista del Dios “santo,” exclama aturdido y tembloroso: “¡Ay de mí, porque soy un hombre de labios impuros!” Su conciencia de pecado le parece que le impide entrar en relaciones con el Dios puro y santo. De esto se deduce que, para el profeta, la idea de “santidad” aplicada a Dios incluye, de un lado, su carácter superior, inaccesible a las criaturas, y también un aspecto ético, en cuanto que concibe a Dios como “perfecto” en el orden moral.

b) Dios de Israel. — Una de las frases que más reiteradamente se encuentra en los escritos isaianos es la de el “Santo de Israel.” Para el profeta, aunque Yavé es el Ser inaccesible por antonomasia, sin embargo, tiene un plan salvífico en la historia humana, sobre todo respecto de Israel. Yavé tiene una “obra” que realizar en su pueblo; por eso en la visión inaugural aparece deliberando con su corte de honor celeste, los serafines, sobre el sujeto a enviar como colaborador de su “obra” en el pueblo escogido: “¿A quién enviaremos?” Dios tiene un designio providencialista sobre el mundo, pues la historia humana — y sobre todo la de Israel — está lanzada en los planes de Dios hacia una etapa definitiva de salvación, hacia el establecimiento del reinado de justicia en la tierra. Por eso Yavé “obra” en la historia, y en esta “obra” Yavé le pide al profeta sea su colaborador. Por eso Isaías acusa a los jefes paganos de no percibir esta “obra” de Dios en la historia. Como la “gloria” de Dios llena la tierra, aunque los seres humanos no la vean así, su “obra” penetra y dirige la historia de la humanidad. Los impíos son ciegos y no la perciben; por eso irónicamente dicen al profeta: “Que veamos la obra de sus manos; que venga, pues, y de una vez acabe su plan el Santo, y lo veamos nosotros.”

Para Isaías, la historia es “un drama que se acerca a su desenlace, y en las convulsiones de los fundamentos del mundo político escucha los pasos del Omnipotente, que avanza hacia el día de la crisis judicial y la esperanza final de la humanidad.” De este modo Yavé “reina soberanamente sobre el reino de la naturaleza y en la esfera de la historia, y el colapso de los reinos, la disolución total del viejo orden del mundo hebreo, que seguía al avance de Asiria, es para el profeta no otra cosa que la prueba cumbre del dominio absoluto de Yavé, afirmándose y humillando a todo lo que disputa su supremacía.” Su carácter de trascendente e inaccesible le hace intransigente ante las transgresiones de los pecadores: “El Santo se santifica (se muestra “santo”) en la justicia”; de ahí la necesidad de un juicio purificador sobre el mundo y sobre el mismoIsrael. Yavé es el Soberano al que todo le está sometido; pero al mismo tiempo es paciente y misericordioso: “Yavé os está esperando para haceros gracia.”

Esto tiene especial aplicación a las relaciones de Dios con Israel, porque éste es el pueblo de Yavé en exclusiva. Por eso Yavé es de modo especial de Israel, lo que daba una conciencia religiosa especial a los componentes de este pueblo privilegiado, al menos en la mentalidad ortodoxa de los profetas, que eran los grandes maestros del espíritu, representantes del yahvismo tradicional. De esta concepción teocrática se sigue que la religión no es sólo una cuestión de relación entre Yavé y los individuos, sino entre Yavé y la nación como tal en sus destinos colectivos históricos. Los israelitas son considerados por el profeta como esencialmente vinculados a la colectividad nacional, y, como tales, objeto de las complacencias divinas en cuanto forman parte de esta comunidad. De ahí el principio de solidaridad en el bien y el mal. Dios premia y castiga a unas generaciones por los pecados de las anteriores.

Isaías considera la soberanía de Yavé en el universo en relación con su señorío sobre el propio Israel. “Israel es la inmediata esfera de las funciones reales de Yavé, y por eso Isaías exige oír su voz autorizada en la dirección de los negocios del Estado. Se presenta a sus compatriotas como el ciudadano privilegiado que “ha visto” al “Rey” y que ha sido oficialmente comisionado por El para declarar su voluntad como la suprema ley de la nación.” Yavé es para él, ante todo, “el Santo de Israel”, es decir, el Ser soberano puro, inaccesible y trascendente, pero que está vinculado de modo particular a Israel, lo que exige por parte de este pueblo privilegiado una “santificación” o elevación moral especial frente a las demás naciones, que sólo pertenecen a Yahvé por los vínculos generales de la creación. Los israelitas deben ante todo reconocer su situación de privilegiados y “santificar al Señor de los ejércitos,” es decir, reconocerle como “santo,” con lo que esto implica de obediencia y entrega a su ley.

Pero el profeta se da cuenta, desde el momento en que es llamado al ministerio profético, que existe una ruptura entre Yavé y su pueblo pecador; por eso exclama con amargor: “He aquí que habito en un pueblo de labios impuros”. Era preciso, pues, un juicio purificador, y como sus labios habían sido purificados por el fuego, así el fuego de la ira divina debía consumir hasta los cimientos a la sociedad actual israelita, salvándose sólo un “resto,” la “semilla santa,” que habría de ser el germen de restauración en el futuro. En su predicación, el profeta anuncia este juicio purificador sobre una sociedad corrompida, que está inficionada de cultos idolátricos, despreciando a Yavé, y cree cubrirse en sus deberes religiosos con unas prácticas meramente ritualistas en el templo. Por otra parte, la clase directora no reconoce más derechos que los de su codicia insaciable, conculcando al pobre, a la viuda y al huérfano: “Cuando esperaba (Yavé) juicio, he aquí derramamiento de sangre, y cuando esperaba justicia, he aquí gritería.” La sociedad estaba totalmente paganizada y escéptica respecto de sus deberes religiosos, confiando sólo en sus carros y caballos y en los juegos diplomáticos para salvar a la nación, viviendo prácticamente en plan de apostasía general. Como consecuencia, Yavé ha rechazado a su pueblo. Es preciso que Israel vuelva a su Dios y tenga una “fe” en el cómo único Señor de sus designios. El profeta destaca la importancia de la “fe” como medio de retorno a las buenas relaciones íntimas que debe haber entre Yavé y su pueblo.

c) Expectación Mesiánica. — Los profetas viven de la esperanza del futuro, como reinado de Dios, con todo lo que implica de triunfo de la justicia y equidad. Por eso, su extraordinaria sensibilidad religiosa les hace chocar con las imperfecciones y deficiencias religiosas de su tiempo; de ahí que en sus predicaciones clamen por un cambio radical de cosas, incluso por una conmoción cósmica que transforme la sociedad en sus cimientos, dando paso a un nuevo orden de cosas en el que se dé el pleno reinado de la justicia como consecuencia de un mayor “conocimiento” de Yavé. Las angustias y abusos morales de su tiempo les hacen forjar por contraste la idealización de la etapa definitiva del futuro.

     El día de Yavé.” — Ya Amós había hablado del “día de Yavé” como día de “tinieblas y no de luz.” Isaías recoge la misma idea, y, con todo detalle, en sus primeros capítulos nos habla de un cambio sustancial de la sociedad, que en sus pecados ha llegado a la saturación. Por eso se acerca un juicio purificador: “Porque llegará el día de Yavé sobre todos los altivos y soberbios, sobre cuantos se ensalzan para humillarlos..., y sólo Yavé se exaltará aquel día, y desaparecerán todos los ídolos.” Quizá en su juventud había sido testigo del tremendo terremoto del que se hace mención en Am 1:1, y todavía se estremece ante el recuerdo de aquella conmoción desorbitada. Sin embargo, los contemporáneos han olvidado lo que era — en la mentalidad profética — un castigo divino, y ahora Isaías parece entrever otra conmoción colosal en la que se tambalearán todos los cimientos de la sociedad. Sin duda que el profeta alude a la próxima invasión de los asirios, a los que considera como instrumentos de la justicia divina para castigar al Israel pecador. Pero, detrás de esta inmediata perspectiva de castigo en su concepción teológica de la historia, Isaías piensa en otra conmoción social más honda, que será el preámbulo de la inauguración mesiánica.

  El “resto” salvado. — En la catástrofe que se avecina se salvará “un resto,” que ha de ser el núcleo de restauración nacional, la semilla santa de la que saldrá la ansiada nueva teocracia mesiánica. Ya Amós en sus oráculos había hablado de un “resto” salvado del juicio purificador de Yavé. Precisamente para dar esperanzas de salvación a los temerosos de Yavé, el profeta había impuesto a uno de sus hijos un nombre simbólico, Sear-Yasub (“un resto volverá”). Los judíos contemporáneos del profeta no veían el peligro que se venía sobre ellos y confiaban ciegamente en sus destinos históricos; pero Yavé va a someter a la sociedad a una dura prueba de la que se salvarán muy pocos: “Si quedare un décimo, será también para el fuego, como la encina o el terebinto cuyo tronco se abate”. Pero de ese tronco saldrá un “retoño,” que será la “semilla santa” de los “rescatados de Sión,” núcleo de restauración de la futura sociedad teocrática.

El “Mesías.” — Aunque en los oráculos isaianos nunca se use la palabra Mesías (“ungido”) para designar al Príncipe ideal, Salvador de Judá, sin embargo, sus concepciones “mesiánicas” se centran en torno a un personaje ideal, al que se describe con los epítetos más cautivadores: “Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz.” Es el “retoño” de Jesé, sobre el que descansará el “espíritu” carismático de Yahvé en su múltiple manifestación: “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yavé.” Es el “Niño” misterioso “Emmanuel” que nace de una “doncella,” que es prenda de salvación ante la inminente invasión asiria.

En la segunda parte del libro de Isaías, la perspectiva es muy distinta, y el “Siervo de Yavé,” lejos de ser encarnado en un “Príncipe” poderoso, es un sujeto dolorido que sufre calladamente por los pecados de su pueblo, triunfando con su muerte. En este sentido, las profecías mesiánicas del libro de Isaías son la culminación del “mesianismo” concebido como esperanza de rehabilitación de la humanidad, anunciada germinalmente en los albores mismos de la historia humana. El autor se ha acercado hasta el máximo al misterio de los misterios, a la muerte de Cristo-Redentor. Por eso el libro de Isaías es quizá el libro de más contenido teológico de todos los del Antiguo Testamento, ya que sus concepciones netamente espiritualistas rozan la manifestación plena evangélica.

Maarten van Heemskerck (Siglo XVI)- Isaías le anuncia a los Judíos el regreso de la Cautividad Babilónica