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BIBLIOTECA TERCER MILENIO |
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La GuErra del PaCÍFICO 1879-1881 POR
CHARLES DE VARIGNY
La historia de la Guerra del Pacífico del escritor
francés D. Carlos de Varigny que ahora extraemos de la "Revue des Deux
Mondes'' de los años 1881 y 1882, es una novedad entre nosotros. Pocos la han
conocido, y ha permanecido en el olvido, escondida en el silencio de las
bibliotecas, como un buen vino en la bodega. Al traducirla cuarenta años
después de escrita—a cuatro mil millas del teatro de la guerra—recobra toda su
vitalidad, porque es el mejor relato sintético de la guerra, de sus causas, su
desarrollo y consecuencias. Es la mirada imparcial de un extranjero instruido
por periódicos, libros y publicaciones, de las naciones en lucha, sin que
ninguna especial simpatía indique su juicio, acaso sin conocer los países trabados
en guerra.
Sin duda los chilenos que en su tiempo la leyeron,
inflamados por el patriótico orgullo de vencedores, encontraron fría la
historia de Varigny, acaso cargada de simpatía hacia las naciones vencidas y en
parte injusta o excesivamente severa con el vencedor: que siempre el caido
arrastró las simpatías de todo corazón bien puesto —¡Y la dejaron en olvido!
Olvidáronla también porque, convencidos de la justicia
de la causa chilena, no cuidaron nunca la debida demostración de ella ante el
criterio extranjero.
Raza chilena fría y desinteresada, habitante de país
montañoso, en lucha pertinaz con la naturaleza y aislada en sus fatigas,
conserva ese carácter heredado de España, de ser más capaz de realizar hazañas
que de contarlas; y he aquí por qué si hemos tenido historiadores caudalosos,
tan enamorados del pasado como desdeñosos del presente, no hemos tenido
propagandistas y hasta carecemos de las facultades propias a la difusión de
nuestra historia, que tiene páginas que justificarían para Chile el dictado
honroso del Quijote de América.
No hubiera Varigny trepidado en dárselo si hubiera
tenido presente que las tropas chilenas que en 1880 entraron en Lima en
correcta formación y a paso de vencedoras habían estado dos veces en la ciudad
de los virreyes, no en guerra con el Perú, sino en guerra con los enemigos del
Perú, en expediciones libertadoras; y que la única ocasión en que Valparaíso ha
recibido las balas enemigas fue por haber Chile declarado la guerra a España,
cuando ésta quiso volver a reconquistar su perdido virreinato del Pacífico.
Esas tres guerras, las únicas que hemos tenido fuera de la de 1879, fueron el
sacrificio heroico de un pueblo en aras del idealismo de la fraternidad
americana, bautismo en sangre y fuego en Sudamérica de la incruenta doctrina
Monroe formulada por los americanos del Norte.
Por ese carácter de orgullosa entereza no se ha hecho
una debida difusión de nuestra historia y de la causa y desarrollo de nuestro
conflicto con Perú y Bolivia y sus actuales consecuencias. El Gobierno ha sido
censurado muchas veces por ello.
Ese descuido de la opinión ajena, fundado en la propia
estimación, ha sido parte principal en que las quejas sentimentales del Perú
hayan podido hacer creer a muchos que nuestro juicio del norte sea semejante
al de Alsacia y Lorena, hoy recobradas por el heroismo francés.
No lo es, ni en el origen de la guerra de 1879, ni en
las condiciones de la retención condicional de Tacna bajo la soberanía chilena.
La guerra del 79 fué tramada por el Perú y Bolivia por el tratado secreto de
1873 solo conocido en Chile en vísperas de estallar la guerra; y la retención
de la provincia no depende sino de la voluntad de sus propios habitantes.
Adelantándose Chile a los tiempos estatuyó el plebiscito como fuente de la
soberanía y principio de la nacionalidad mucho antes que lo consagrara el
Tratado de Versalles; como en el arreglo posterior de sus pleitos de límites
con la República Argentina estatuyó el arbitraje y la limitación de armamentos
veinte años antes que lo establecieran la Liga de las Naciones y la Conferencia
del desarme de Washington. Estos hechos hablan más alto que las quejumbres de
despojo con que el Perú ha removido los ecos en todos los ángulos del mundo.
No ha perdonado el Perú, hábil en explotar los
sentimientos, medio de obtener la gracia de los grandes países del orbe.
Durante la guerra europea, mientras Chile mantuvo una decorosa neutralidad, él
declaró la guerra a los imperios centrales y se manifestó en favor de los
aliados cuando el triunfo ya no era dudoso, pero ni un soldado, ni un cañón, ni
un óbolo salió de su territorio para demostrar la sinceridad de la causa de que
se hacía defensor; en cambio pretendió que en virtud de la sangre aliada
vertida en Europa se le devolvieran Tacna y Arica, ¡sin consultar la voluntad
de sus habitantes!
Si Chile hubiera creído de su deber hacer causa común
con los aliados, habría participado en la guerra. No está en su carácter hacer
alardes de amistad sin cumplir como amigo. Si el año 66 declaró la guerra a
España, en nombre de la independencia de América, cuando España reclamaba al
Perú las islas Chinchas, tomó las armas para sostener su actitud y sufrió las
consecuencias de la guerra con el bombardeo de Valparaíso por la escuadra
española.
Chile, neutral, tuvo no obstante muchos de sus hijos
en las filas aliadas y su sangre se mezcló con la francesa en los holocaustos a
la patria; y concluida la gran guerra, ayudó a la reconstrucción de los
territorio devastados. Un caserío en el norte de Francia muestra la adhesión
chilena a los sufrimientos de ese gran país.
Si durante las exaltaciones patrióticas en el ardor
de la lucha pudo parecer a los aliados toda neutralidad sospechosa de
parcialidad; y algún diario francés, estimulado por la propaganda peruana, pudo
decir que nos inclinábamos hacia Alemania, hoy, pasado el himno de los
combates, se ve claro la correcta y discreta actitud de Chile, su neutralidad
vigilante y sus simpatías por una paz fundada en cordialidad entre naciones. El
testimonio de esos países lo certifica.
Si entonces hubiéramos expuesto con tesón hasta
llegar al convencimiento público, el origen y situación de nuestras diferencias
con el Perú, más equitativos sentimientos habrían dominado en el mundo en
guerra hacia el lejano país que ha sido el primero en levantar la bandera del
arbitraje en los diferendos internacionales, el primero en reconocer el
principio de las nacionalidades y ha buscado el plebiscito como medio de
establecer y respetar la libertad y la voluntad humanas.
Ningún testimonio habría parecido más imparcial. Los
antecedentes de este historiador y geógrafo, que escribe a cuatro mil millas
del teatro de los sucesos la historia de un conflicto entre países que solo
conoce por los libros, y que ha distribuido censuras y alabanzas, según su leal
entender, a los beligerantes, no podía entonces y menos ahora, ser sospechoso
siquiera de simpatías. Nosotros sentimos, al leerlo hoy, que sus simpatías
humanitarias se caen más bien del lado del Perú.
Pero la exactitud de los datos que ha recogido, la
abundancia de detalles, la visión del campo que recorren los ejércitos en
lucha, el certero criterio de historiador con que discierne la importancia de
los hechos y penetra en los móviles que los inspiran, todo en él revela al
escritor que se ha documentado prolijamente, que ha estudiado a conciencia su
tema, y al escritor que sabe agrupar los datos, distribuirlos y presentarlos
con tal arte, que añade al interés del asunto el agrado de la lectura.
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