BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 

 

HISTORIA

DE LA DOMINACIÓN DE LOS ÁRABES

EN ESPAÑA

por

Don José Antonio Conde

en Tres tomos /www.archives org.

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PROLOGO

PRIMERA PARTE

CAPITULO I - DE LOS ANTIGUOS ÁRABES.

 

NOTICIA DE LA VIDA Y ESCRITOS DE DON JOSE ANTONIO CONDE

Es muy sensible que el erudito continuador de la España sagrada, el P. Mro. Fr. José de la Canal, que tuvo el encargo de concluir la edición de la Historia de la dominación de los árabes, no nos diese alguna noticia de su autor, prematuramente arrebatado a la república de las letras. Solo él, que se contaba como uno de sus mejores amigos, podia darnos luz sobre esta vida, que, consagrada al estudio desde sus primeros años, pasó desapercibida para todos los que no tuvieron ocasión de admirar de cerca su vasto saber, su modestia y su resignación en la adversa suerte : pero la siniestra pintura que hubiera debido hacer de sus últimos días, cuando repudiado por el pais que le vio nacer, y que él habia ilustrado con sus escritos, tuvo que buscar un asilo en tierra extraña; le retrajo sin duda de prestar este homenaje a su amistad y relevantes prendas. Sin más noticias ahora que las que han podido suministrarnos los mismos escritos del autor y los de algunos cuerpos sabios de que fue individuo, a ellas debemos concretar la biografía de D. José Antonio Conde.

Nacido por los años de 1765, hizo sus estudios en la universidad de Salamanca, y después de haberlos cumplido con notable aprovechamiento, recibióse de doctor en ambos derechos en la universidad de Alcalá. Mas no pudo la jurisprudencia absorver su atención hasta tal punto, que no se dispertase en él muy luego la afición a otros estudios, y en particular al de los idiomas y literatura orientales. Convencido de cuán importante y necesario era el conocimiento del arábigo, para entender e ilustrar la historia de nuestra nación, ocupada durante el espacio de ocho siglos por árabes y moros, que nos legaron gran parte de sus usos, costumbres, lenguaje, artes y agricultura; dedicóse a él con empeño, y procuró demostrar esta necesidad, en un discurso leido en la Real Academia de la Historia en agosto de 1800. Ya en 1779 había dado una prueba de sus profundos conocimientos en aquella lengua, publicando, traducida y anotada, la Descripción de España hecha for Xerif Aledris, conocido por el Nubiense; y acreditólos más y más en lo sucesivo con la Memoria sobre la moneda arábiga, y en especial la acuñada en España por los príncipes musulmanes, que en 21 de julio de 1801 leyó a la misma Academia. Deseosa esta corporación de honrar y aprovechar los talentos de tan distinguido escritor, se había apresurado a seguir el ejemplo de la Real Academia Española, admitiéndole también en su seno, nombrándole en 1801 su individuo supernumerario, luego de número, y posteriormente su anticuario. Los importantes trabajos en que se ocupó por encargo de aquel cuerpo justificaron el acierto de la elección, para gloria del autor y de los que le llamaron para que les auxiliase en sus tareas. Esparcida la fama de su saber, procuraron todos honrarle a porfía : el señor don Carlos IV le nombró su bibliotecario, y la Academia de ciencias y buenas letras de Berlin quiso también contarle entre sus individuos.

Aunque la historia nacional y los conocimientos que pueden contribuir a ilustrarla fueron los que cultivó con preferencia, no dejó por esto de ocuparse en otros estudios, mayormente filológicos, sobresaliendo sobre todo en el conocimiento del griego y del hebreo. A él somos deudores de una buena traducción de las poesías de Anacreonte, Teócrito, Bion y Mosco, que se publicó en 1786: traducción perfecta, en cuanto lo permite el habla castellana comparada con el dulcísimo dialecto dórico, formado, como él mismo decía, para las delicias de las musas; y es lástima que quedase inédita la que hizo del cantar de Salomón por el texto hebreo, preciosísimo resto de la poesía oriental, cuyas bellezas son admirables y en extremo difíciles de ser trasladadas a las lenguas modernas. Sólo el que conozca la gracia de los originales en ambas lenguas, puede apreciar debidamente las dificultades que ofrece su versión, y cuanto ingenio y saber debían adornar al traductor que tan cumplidamente alcanzó lo que él mismo tenía por imposible, dejando muy atrás a cuantos le habían precedido en aquel trabajo.

Mas la Historia de la dominación de los árabes, que ahora publicamos, fue su obra predilecta, y a la que consagró todos sus desvelos. La historia de España, durante la dominación sarracena, no había tenido hasta entonces más luz que la que la prestaban las apuntaciones, sobrado compendiosas de algunos antiguos cronistas, casi siempre parciales, no siempre verídicos. Sin embargo, durante algunos siglos, la historia de los árabes y moros fue casi la única que pudo llamarse de España; pues ocupado lo más de su territorio por aquel pueblo, añora abatido, entonces importante por su número, su poder, su ilustración y cultura, aun por los mismos cristianos de las provincias septentrionales solía darse exclusivamente el nombre de España a la parte ocupada por los árabes.

Persuadido nuestro Conde de la importancia de aclarar los hechos ocurridos durante aquel largo periodo, teniendo a su disposición los preciosos manuscritos arábigos de la biblioteca del Escorial y solicitada copia de otros existentes en la Real de París, dotado de profundos conocimientos en la lengua en que estaban escritos y de una crítica perspicaz, escribió y emprendió la publicación de esta obra. ¡Ojalá hubiese podido llevarla a término y darla la última lima! Víctima de las discordias civiles que han agitado a España en lo que va de este siglo, y proscrito de su patria, murió pobremente en Francia a 12 de junio de 1820, dejando solamente publicado el primer tomo de su obra. El P. la Canal fue el encargado de continuar la edición, ya que se sabía que el autor habia dejado la. obra acabada, aunque no limada; y a los desvelos de aquel sabio, que puso en orden y cuidó de dar a luz el manuscrito de Conde, somos deudores de que podamos tener una completa noticia de aquella dilatada época, antes desconocida de propios y extraños, y bajo todos conceptos tan interesante para el estudio de nuestra historia nacional.

¡Quiera Dios que nunca mas veamos a un sabio español, distinguido literato, cuyas modestas virtudes eran iguales a su inmensa erudición y a su mucha sabiduría, arrebatado fuera de su patria, muriendo en pais extranjero, sin otros auxilios y consuelos que los de la amistad.

Permítasenos trasladar aquí, en obsequio del autor, la mención honorífica que hizo de él la Real Academia de la Historia en su junta de 2 de marzo de 1821, y la magnífica oda con que su buen amigo y justo admirador Moratín quiso eternizar su memoria.

Había precedido (dice la Academia) en 12 de junio la muerte de nuestro benemérito anticuario el S. D. José Antonio Conde : pérdida sumamente lamentable para la Academia, tanto por las prendas de su corazón y sus virtudes, como por su vasta instrucción en materia de antigüedades en general, y en particular de las españolas, y por sus profundos conocimientos en las lenguas sabias y en los diferentes ramos de la literatura oriental. Nosotros que tuvimos la satisfacción de tratarle más de cerca desde el año de 1801, en que entró de individuo supernumerario, hemos sido testigos de su constante moderación, de la suavidad de sus costumbres, de su laboriosidad, de su modestia incomparable, de su resignación y filosofía en la adversa fortuna. De su exquisita e inmensa erudición, acompañada de la crítica más perspicaz y juiciosa, responden los muchos informes dados a la Academia, que se conservan en su archivo, la traducción de la Geografía árabe del Nubiense en la parte que trata de España, la de Anacreonte, su disertación sobre la numismática de los reyes mahometanos de Andalucía y finalmente la historia general de los moros de España que ha empezado ya a imprimirse, y en que este importante periodo de la historia de España, que abraza el dilatad espacio de ocho siglos, desde la invasión de Tarec hasta la emigración de Boabdil, toma un aspecto enteramente nuevo para el público literario europeo, que apenas conocía de él mas que algunos vagos e incoherentes sucesos, envueltos entre muchas vulgaridades y errores. La numismática de los reyes godos de España esperaba también grandes adelantos de la laboriosidad e intelijencia de nuestro difunto compañero. La Academia le había encargado este trabajo, que enlazado con el de las monedas de los reyes andaluces inserto en nuestras memorias, hubiera ilustrado la numismática española de mil años, y que aunque menos nuevo y original que el otro, hubiera probablemente dado mayor extensión a los descubrimientos anteriores de nuestros sabios, y perfeccionado considerablemente esta parte de la literatura.

El nombre de Conde, por una fatalidad que esperimentaron también otros hombres célebres, era quizá mas conocido y respetado fuera que dentro de su patria: la Academia de ciencias y buenas letras de Berlin le contaba entre sus individuos; apenas habia viajero literato extranjero que al llegar a la corte no buscase su comunicación y trato. Sus amigos y compañeros hemos reparado, cuanto nos era dable, este y otros agravios de la suerte con sinceras y repetidas muestras del más cordial aprecio; y la Academia, que es quien más inmediatamente padece el dolor y los inconvenientes de su falta, no puede menos de decir en su elogio, que era uno de los ornamentos de nuestra nación, y que el hueco que ha dejado en el mundo literario es sumamente difícil de llenarse.

 

A la muerte de D. Antonio José Conde,

docto anticuario, historiador y humanista.

 

¡Te vas mi dulce amigo

La luz huyendo al día

¡Te vas, y no conmigo !

Y de la tumba fría

En el estrecho límite.

Mudo tu cuerpo está!

Y a mí, que débil siento

El peso de los años,

Y al cielo me lamento

De ingratitud y engaños

Para llorarte ¡mísero!

O fuéramos unidos

Al seno delicioso,

Que en sus bosques floridos

Guarda eterno reposo

A aquellas almas ínclitas

Del mundo admiración :

O a mi solo llevara

La muerte presurosa,

Y tu virtud gozara

Modesta, ruborosa ,

tan ilustres méritos

Ufana tu nación.

Al estudio ofreciste

Los años fugitivos ,

Y joven conociste

Cuanto le son nocivos

Al generoso espíritu

El ocio y el placer.

Veloz en la carrera,

Al templo te adelantas

Donde Temis severa

Dicta sus leyes santas,

Y en ellas digno intérprete

Llegaste a florecer.

Ciñéronte corona

De lauros inmortales

Las nueve de Helicona,

Sus diáfanos cristales

Te dieron , y benévolas

Su lira de marfil.

Con ella, renovando

La vez de Anacreonte,

Eco amoroso y blando

Sonó de Pindo el monte,

Y te cedió Teócrito

Tu caña pastoril.

Febo te dio la ciencia

De idiomas diferentes.

El ritmo y afluencia

Que usaron elocuentes,

Arabia, Roma y Ática,

Supiste declarar.

Y el cántico festivo,

Que en bélica armonía

El pueblo fugitivo

Al numen dirigía,

Cuando al feroz ejército

Hundió en su centro el mar.

La historia, alzando el velo

Que lo pasado oculta.

Entregó a tu desvelo

Bronces que el arte abulta,

Y códices y mármoles

Amiga te mostró.

Y allí, de las que han sido

Ciudades poderosas ,

De cuantas dio al olvido

Acciones generosas

La edad que vuela rápida

Memorias te dictó.

Desde que el cielo airado

Llevó a Jerez su saña,

Y al suelo derribado

Cayó el poder de España ,

Subiendo al trono gótico

La prole de Ismael;

Hasta que rotas fueron

Las últimas cadenas,

Y tremoladas vieron

De Alhambra en las almenas

Los ya vencidos árabes

Las cruces de Isabel;

A tí fue concedido

Eternizar la gloria

De los que ha distinguido

La paz ó la victoria.

En dilatadas épocas

Que el mundo vio pasar.

Y a ti, de dos naciones

Ilustres enemigas,

Referir los blasones.

Hazañas y fatigas,

Y de candor histórico

Dignos ejemplos dar.

Europa, que anhelaba

De tu saber el fruto,

Y ofrecerte esperaba

En aplausos tributo,

La nueva de tu pérdida

La parca inexorable

Te arrebató a la tumba.

En eco lamentable

La bóveda retumba,

Y allá en su centro lóbrego

Sonó ronco jemir.

¡Ay ! perdona, ofendido

Espíritu, perdona.

Si en la región de olvido

Ciñes áurea corona,

Y tus virtudes sólidas

Tienen ya galardón;

No de una madre ingrata

El duro ceño acuerdes,

Que nunca se dilata

La existencia que pierdes,

Sin que la turben pérfidas

Envidia y ambición.

 

PROLOGO