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GRANDEZA Y DECADENCIA DE ROMA - VOLUMEN II - JULIO CÉSAR

 

CAPITULO V

 

LA CONQUISTA DE BRETAÑA

 

 

Inducido por un deseo muchísimo tiempo insaciado, cegado por esa confianza temeraria en el éxito que a todos embriagaba un poco mäas o menos en Roma, Craso se envanecía de poder improvisar con toda prisa, a los sesenta años, y sin seria preparación, la conquista de Persia. Llegado a Brindisi, quiso hacerse inmediatamente a la mar, por más de que estuviese en la mala estación; y perdió muchos hombres y navíos. Desembarcado en Dyrrachium, se dirigió enseguida, no obstante el invierno, por la via Ignacia a través del Epiro, Macedonia y la Tracia hacia el Bósforo, sin tener en cuenta que aquellos desastres y esta marcha desanimaban a sus jóvenes soldados, tan descontentos ya.

Entretanto, César habia decidido para el año siguiente una expedicion a Bretaña. Ignoramos con qué objeto, pero es poco probable que César creyese poder realizar la conquista de la gran Isla. Quizás no tuviese otra intención que la de hacer una vasta razzia para recoger botín y ofrecer a los romanos otro motivo de admiración y de orgullo, y para disminuir en la Galia el malestar ocasionado ante todo por la paz que había impuesto de improviso a un país donde las guerras eran secularmente habituales. Estos bruscos cambios sociales producen siempre el mismo efecto, y de ahí resultó una de las mayores dificultades del nuevo régimen.

Muchísimas personas vivían en la Galia de esas guerras y de ellas obtenían influencia y honores. Privados súbitamente por la paz de lo que era la razón de su importancia social y de su existencia misma, no podían por menos de ser un elemento de descontento y de perturbación. Tan bien lo comprendía Cesar que, para ocupar a estos numerosos militares parados, reclutaba entre ellos gran numero de auxiliares; y para halagar el orgullo militar de los galos, concibió el proyecto de formar una legión, compuesta exclusivamente de galos, la famosa legión de la Alondra , colocando así a los nuevos súbditos de Roma al mismo nivel que los conquistadores del mundo. Es, pues, posible que considerase la Bretaña como un nuevo campo de acción que abrir—bajo la inspección de Roma—a las aspiraciones belicosas de las grandes familias galas, pues tenía el propósito de conducir sus jefes a Bretaña al siguiente año. Por el momento, hacia fines del 55, y luego de haber inventado un nuevo tipo de navío y de ordenar que se construyese cierto número durante el invierno, volvió a Italia, se dirigió a Iliria y regresó a la Cisalpina para reunir allí las asambleas locales, acoger a los innumerables pordioseros llegados de Roma, y practicar en gran escala la política de corrupción.

Disponiendo ahora de grandes recursos, podía remitir fuertes sumas a sus dos agentes de Roma, Balbo y Opio, ofrecer considerables préstamos a todos los senadores necesitados de dinero, construir villas suntuosas, comprar tierras en Italia, pinturas, estatuas, antiguas obras de arte, comenzar como Pompeyo grandes trabajos públicos en Roma, dar a ganar mucho dinero a los contratistas y a los obreros, satisfacer el gusto de la gente, que iba despertándose en todo el pueblo. Sus proyectos eran grandiosos. Había encargado a Opio y a Ciceron de ampliar el foro, que era demasiado angosto, y gastó la enorme cantidad de sesenta millones de sestercios para comprar las viejas casuchas que ahogaban el Comitium, al pie del Capitolio. Como el pueblo aún se reunía para los comicios de las tribus en el Campo de Marte, en el recinto provisional rodeado de empalizadas, y dividido por cuerdas en tantas secciones como tribus habia, César quiso erigir para los comicios un gran palacio de mármol blanco digno del pueblo-rey, los saepta Julia. El edificio habría tenido la forma de un inmenso rectángulo, cuya fachada correspondía a la línea actual de los palacios del Corso, a la derecha, cuando se viene de la Plaza del pueblo, del palacio Sciarra hasta la plaza de Venecia; debía estar rodeado de un magnífico pórtico de mil pasos, v adornado de un gran jardin público. En fin, César empleaba el dinero de la Galia en crearse un numeroso personal de secretarios, correos, archiveros, arquitectos, criados, de que tenía necesidad; compraba muy caros esclavos en todos los mercados y escogía escrupulosamente entre los prisioneros aquellos que podían serle útiles. Así se convertía en uno de los más grandes propietarios de esclavos que había en Italia, lo que implicaba una gran fuerza y riqueza, pero también un gran peligro; pues los esclavos numerosos arruinaban facilmente a sus amos si no se les conservaba en estrecha disciplina. Pero César era uno de los más habiles señores de esclavos que había en su tiempo, y mejoraba paulatinamente su familia, vigilándola a toda, hasta a los esclavos más humildes, estableciendo un sistema de recompensas, que comenzaba en la comida y el vestido y llegaba a un salario en dinero, a la libertad, al regalo de casas, de propiedades y de capitales. Conservaba la disciplina mediante castigos crueles. Y sucedió que en el número de sus más humildes servidores había un chiquillo hecho prisionero en Germania. Pero habiendo sabido por casualidad que este muchacho prestaba a usura a sus compañeros las sobras de su comida, le hizo pasar inmediatamente a las oficinas de su administracion. Sin duda se figuró que si no acababa en la cruz, este precoz usurero iría lejos. Y no se equivocó.

Por la primavera del año 54 César volvio a la Galia; Craso, que había pasado el Bósforo y entrado en Siria por el Norte, durante los primeros meses del año 54, relevó a Gabinio de su mando. Al contrario, Pompeyo envió sus legados a España, y él permaneció en la vecindad de Roma con el pretexto de proveer al abastecimiento de la metrópoli. La verdad es que no se consideró oportuno que los tres jefes permaneciesen lejos de Roma. En efecto; el partido conservador, aunque hubiese perdido mucho en número e influencia, no estaba desarmado. Para crear dificultades a la política imperialista de la triarquía, fingia defender los pueblos oprimidos por Roma: en el Senado, en las reuniones públicas, en las conversaciones privadas, en prosa y en verso, protestaba contra la brutal rapacidad de César, contra las fortunas escandalosas de los oficiales, sobre todo, de Mamurra y de Labieno; procuraba despertar la conciencia moral, adormecida en la nación. Pero ésta, exatada por un entusiasmo contagioso, sólo demandaba dinero, conquistas y fiestas; consideraba como ya sometidas la Bretaña y la Persia, comprometía o gastaba los tesoros que en ellas se encontrarían: admiraba a César, a Craso y a Pompeyo, a César especialmente, el más popular de todos por el momento, el general único, como le llamaban sus admiradores, el hombre hacia quien convergían todas las miradas.

En todas las épocas demasiado ávidas de placeres y de dinero el carácter se debilita; los hombres no saben permanecer mucho tiempo con la minoría, y cambian fácilmente de opiniones. Asi resulta que todos imitaban entonces el ejemplo de Cicerón, que se había inclinado súbitamente del lado de los triunviros. Craso quiso reconciliarse con él antes de partir; Pompeyo no desperdiciaba ocasión de mostrarsele amable; Cesar trataba magníficamente a su hermano, halagaba con habilidad su vanidad literaria; acogía diligente a todas las personas que le recomendaba. ¿Cómo resistir tantas amabilidades? Verdad es que de tiempo en tiempo algun escándalo venía a perturbarle e irritarle. Hasta llegó a pensar por entonces en formular ante el Senado una acusacion contra Gabinio. Luego la timidez, la pereza, el escepticismo de los otros, el sentimiento de la inutilidad de todo esfuerzo contrario, le inducían a dejar hacer, a no ocuparse ya en los asuntos políticos, sino en sus informes y trabajos literarios. Estaba a punto de convertirse en un verdadero hombre de letras. Al presente trabajaba en ordenar los manuscritos de Lucrecio, que se había suicidado el año anterior en un acceso de su melancolía, exasperado, a lo que parece, por el abuso de las bebidas afrodisíacas; tambien se proponía escribir un poema sobre las hazañas de César en Bretaña; en fin, consuelo académico de los hombres de Estado desocupados, componía un voluminoso tratado sobre política, el de República.

La democracia sufría en Roma las últimas convulsiones: la aristocracia ya no existía; la monarquía detestábase hasta tal punto que nadie la hubiese considerado como un remedio a los males presentes. ¿De qué reforma podría esperar la república su salud? Este es el problema que Cicerón se propone en su libro. Y cree resolverlo con la reconciliacion aristotélica de la monarquía, de la aristocracia y de la democracia, proponiendo una magistratura suprema de la República, la elección de un ciudadano eminente, que colocado por un tiempo determinado y con grandes poderes al frente del Estado, haría respetar por todos las leyes del pueblo y del Senado.

Desgraciadamente, mientras se entregaba a estas profundas meditaciones políticas, Cicerón, también conquistado por la manía del lujo, seguía contrayendo deudas. Aunque todavía no hubiese concluido de pagar la casa que le destruyó Clodio; aunque la indemnización concedida por el Senado fuese insuficiente para reconstruir su palacio y sus villas, seguía disipando dinero en su villa de Pompeya; compraba otra en Pazzolo; edificaba en Roma, y aumentaba el número de sus esclavos. César escogió hábilmente un momento de apuro, y le hizo aceptar un préstamo considerable .

A1 contrario, Cátulo, convertido en un aristócrata a ultranza, lanzaba contra los hombres del partido popular sus violentos yambos. Vuelto a Roma, rompió definitivamente con Clodia; y después de escribir una última poesia de adios, amarga y dolorosa, cambió de motivos, de metros y de estilo. Ahora se dedicaba a la política conservadora y cultivaba la poesía erudita, mitológica y refinada de los alejandrinos; escribio en el bárbaro ritmo galiyámbico el extraño Carmen LXIII, que tiene relacion con el culto orgiástico de Cibeles; compuso el Epitalamio de Tetis y de Peleo, y atacó en poemas breves y violentos a César, a Pompeyo y a sus principales partidarios, afectando él, joven provinciano, sentimientos ultraristocráticos, el horror de aquella democracia vulgar, que confundía ahora las clases, aún en los más altos cargos. «¡Hasta Vatinio, que jura estar seguro de ser algun dia cónsul! — ¡Que te queda, oh Cátulo, sino morir!». Pero su salud estaba arruinada. Presintiendo un cercano fin, apresurábase en recoger sus mejores poemas para formar un pequeño volumen, y exhalaba en bellas poesías la profunda tristeza que le consumía: «Tu amigo Cátulo anda mal, ¡oh Cornificio! Anda mal y está lleno de sufrimientos».

Llegó el verano; Craso, sin previa declaración de guerra invadió la Mesopotamia, ocupando sus diferentes ciudades. A1 contrario César tardó en invadir la Bretaña. En Roma comenzaba la lucha electoral. Los candidatos numerosísimos para todas las magistraturas, no bajaban de cinco para el consulado: Cayo Memmio Gemelo, antiguo enemigo y ahora candidato favorito de César; Marco Valerio Mesala, noble de antigua familia, bien visto de los conservadores; Marco Emilio Escauro; Cayo Claudio, otro hermano de Clodio, y en fin, Cneyo Domicio Calvino. Lo que sobre todo sirvió de motivo de escándalo, fue la fiera lucha de ambiciones que estalló súbitamente. Jamás vio Roma nada semejante. Todos los magistrados en funciones pedían dinero a los contrincantes para ayudarles; los dos cónsules concertaron un tratado regular con Memmio y Calvino, comprometiéndose a ayudarles a condición de que si resultaban electos les otorgarían por una complicada superchería las provincias que deseaban, y que en caso de fracasar les pagarían 400.000 sestercios; la corrupción superó muy pronto cuanto se había visto hasta entonces: habiendo acusado de corrupción un candidato a otro de sus rivales, los demás imitaron su ejemplo, y enseguida todos fueron acusadores y acusados. Pasmado, espantado el público, se preguntaba qué iba a ocurrir el día de las elecciones: las acusaciones, las invectivas, las amenazas redoblaban en violencia y la corrupción en audacia a medida que se acercaban los comicios: sin duda que ese día correría la sangre a oleadas en el campo de Marte. Pero nadie hacía otra cosa que lamentarse. Catón, que era pretor, acabó por exigir que los candidates al tribunado le entregasen un millón de sestercios, amenazándoles con confiscarselos, si corrompían a los electores. Pero Pompeyo, irritado y digustado, dejaba hacer; los senadores no querían adoptar ninguna iniciativa peligrosa, y aunque celebrasen largas y laboriosas sesiones, no llegaban a ponerse de acuerdo. Los grandes calores del verano llegaron, y todos decían que nunca habia sido tan ardoroso y que era necesario refugiarse en el campo; el Senado prorrogó las elecciones consulares hasta el mes de Septiembre, esperando que así se calmase la fiebre electoral; entretanto, se discutirían los procesos.

También Cicerón partió para Arpino en busca de frescura y para vigilar la construcción de una hermosa villa y de otros importantes trabajos ordenados por su hermano Quinto, que empleaba así el dinero ganado en la Galia. Sin embargo, para Cicerón, que amaba tiernamente a su hermano Quinto, la expedicion a Bretaña era causa de mayores inquietudes que la situación de Roma. Pero ¿era cierto que iba a realizarse la expedición? A primeros de Julio le escribió Quinto diciéndole que César estaba a punto de abandonar su idea.

Habían sabido—le decía—que los bretones se aprestaban a defenderse vigorosamente, y que la conquista no aportaba metales preciosos ni esclavos de valor. Pero otra razón que Quinto ignoraba o no osaba confiar a su hermano, hacía dudar a Cesar: era la situacion interior de la Galia. La reconciliación con el partido nacional no se consumaba; las instituciones nacionales funcionaban muy mal bajo la intervención romana, y en vez de asegurar el orden y la paz engendraban toda suerte de imprevistas dificultades; las medidas inpiradas con las mejores intenciones surtían efectos completamente distintos de los esperados. Asi es que apenas vuelto a la Galia, César tuvo que hacer una breve expedicion al pais de los treviros, que, como solía ocurrir en la época de la independencia, estaban a punto de hacerse una guerra civil por la elección del primer magistrado. César contuvo la guerra imponiendo a Cingetorix, uno de los dos aspirantes; pero sin granjearse por esta intervención el reconocimiento del pueblo, se enajenó todo el partido del otro candidato, Induciomaro, que no podía resignarse a abandonar la lucha sin combatir.

La guerra de Bretaña, esa diversión ofrecida a la nobleza gala, tampoco produjo el efecto esperado. Muchos nobles galos no la aprobaban, y Dumnorix les persuadió a no marchar, diciendo que César quería hacerles perecer a todos durante el viaje. Inquieto de este sordo descontento, César se preguntó un instante si no seria más prudente renunciar a la empresa; y quizás hubiese abandonado su proyecto, si la espera de la expedición no hubiese sido muy viva en Italia ni los preparativos tan adelantados. Sin embargo, había reducido la empresa a más modestas proporciones, no destinando a ella más que cinco legiones y dos mil caballeros, y llevando a Bretaña para su servicio personal sólo tres esclavos, dejando las otras tres legiones en la Galia, al mando de Labieno; adoptando, en suma, todas sus disposiciones para regresar muy pronto y para que vigilasen a la Galia durante su ausencia. Adoptadas todas estas precauciones, César dirigiá a sus legiones y a los jefes galos que le acompañaban a un puerto que es difícil encontrar en las cartas modernas, y apenas soplaron los vientos favorables, comenzó el embarque; pero entonces ocurrió un incidente gravísimo: Dumnorix se fugó con la caballería edua. Temiendo una revolución general, César envio toda su caballería en persecución del fugitivo, que al ser alcanzado se hizo matar antes que rendirse. Atemorizados los demás jefes galos, decidiéronse entonces a seguir a César; y en los últimos días de Agosto, Cicerón supo por una carta de su hermano que el ejército habia arribado a Bretaña sin ningún incidente grave, a fines de Julio, por consiguiente, pues las cartas tardaban unos veintiocho días en llegar de Bretaña a Roma. Cicerón quedó tranquilo: puesto que César había podido desembarcar, la victoria le parecía segura.

En esta época, hacia fines de Agosto o primeros de Septiembre, murió Julia, la mujer de Pompeyo, poco después que su abuela, la venerable madre de Cesar. La joven generación era tan débil y las muertes prematuras tan frecuentes, que no sorprendían a nadie. Este año tambien murió Cátulo, que apenas tenía treinta y tres años. Pero la muerte de Julia produjo en Roma vivísima emoción, porque la joven había unido durante cuatro años a los dos hombres más célebres de la época. Todos se preguntaban si esta muerte modificaría la situación política. Luego, nuevos escándalos ocuparon la atención pública. En vano se esperó que el retraso de las elecciones calmase los espíritus. Muy pronto recomenzaron los escándalos, las intrigas, la corrupción, al mismo tiempo que la venalidad y la violencia. Habiendo reñido Memmio con Calvino, un día leyo públicamente ante el Senado la convención que habian estipulado con los dos cónsules en ejercicio; las bandas de los candidatos libraban verdaderas batallas, y cada día habia muertos.

Disgustada y asustada, la gente deseaba que las elecciones se celebrasen lo antes posible para acabar de una vez; pero cuando llegó la fecha, los tribunos del pueblo volvieron a retrasarlas.

Temiendo Memmio el no triunfar después del escándalo, quiso esperar a que César volviese de la Galia para que le ayudase mejor, e imitó lo que Pompeyo y Craso hicieron el año precedente. Por desgracia, César tenia entonces otras preocupaciones. Cicerón habia recibido cartas de su hermano y de César hasta fines de Septiembre (la ultima de César estaba fechada el de Septiembre) y las noticias no revelaban ninguna inquietud. Luego de haber construido un campamento a orillas de la mar, César avanzó hacia el interior; pero al cabo de algunos días tuvo que dejar a Quinto y al cuerpo expedicionario para volver a la costa y ver su flota, en la que una violenta tempestad causó grandes averías. Ciceron ya no volvió a recibir cartas de su hermano ni de Cesar; nadie las recibió tampoco en Roma; de suerte que no teniendo noticias durante cincuenta dias, Ciceron comenzó a inquietarse y a pensar lo que ocurriría en "la Gran Isla Fabulosa". Afortunadamente, las cartas llegaron al cabo de algunos días, tranquilizando a Cicerón, que las contestó el 24 de Octubre. César se abismó otra vez en el pais; pero el rey Casivelauno, simulando huir ante él, le arrastró lejos del mar, a través de bosques y marismas; y luego dio orden de tomar las armas a los reyes de las regiones que había dejado detrás. Rotas las comunicaciones con el mar, las legiones se vieron obligadas a extenuarse combatiendo las pequeñas columnas de caballería de Casivelauno, y sin poder lograr nunca resultados decisivos; pues para destruir a esas columnas se hubiese necesitado mucha caballería, y César disponia de muy poca, compuesta toda de galos. César comprendió enseguida que la empresa era peligrosa; que los víveres se agotarían pronto. Al fin, se interpuso el atrebate Comio, que era amigo de Casivelauno, y se concertó la paz. César dice que impuso un tributo a Bretaña; pero lo cierto es que si Casivelauno prometió algo, no pagó nada cuando el ejército romano hubo surcado el mar. César volvió a la Galia en la primera quincena de Octubre, llevando solamente como botín numerosos esclavos. La conquista de Bretaña resultó una decepcion.

César supo la muerte de Julia al desembarcar en la Galia. Era una desgracia para el padre, pues amaba mucho a la bella joven, que le recordaba el primero y quizas único amor de su vida, los hermosos y lejanos años de la juventud y a Cornelia, la hija de Cinna, otra flor ajada por la muerte en toda su frescura. También era una desgracia para el jefe del partido democrático, pues Julia había sabido conservarle la amistad de Pompeyo. Pero César ni siquiera tuvo el tiempo de entregarse al dolor. Asuntos gravísimos le preocupaban. La situación política se complicaba en Roma de una manera peligrosísima. Memmio continuaba su obstruccionismo; los comicios no se reunían; repetíanse los actos de violencia; el público, cansado y asustado, reclamaba enérgicas medidas, cualesquiera que fuesen, con tal de que el orden se restableciese y se celebrasen las elecciones sin apelar este mismo año al interrex. Aprovechándose de esta alarma, los amigos y los aduladores de Pompeyo, lanzaron la idea de nombrarle dictador. Pero había comenzado ya una nueva lucha. Los conservadores hacían una oposicion encarnizada, y no aceptaban la dictadura de Pompeyo, procurando servirse hábilmente del odio popular que desde Sila se sentía por esta magistratura, diciendo que no combatian la dictadura de Pompeyo, sino la dictadura en sí. Pompeyo, que deseaba restablecer el orden, y además sentía la necesidad—cuando Cesar y Craso tanto daban que hablar—de realzar el prestigio de su nombre, quería en el fondo que le nombrasen dictador; pero, al mismo tiempo, dudaba, temiendo la impopularidad del cargo y también el fracaso; y como de costumbre, dejaba que sus amigos trabajasen por él, sin confesar nunca sus intenciones, ni comprometerse en uno u otro sentido.

«¿Quiere; no quiere? ¿Quién lo sabe?» — escribía Cicerón a su hermano.

Así, el fantasma de la dictadura comenzaba a pesar sobre Roma, unas veces acercándose, otras alejándose; hasta el punto de desaparecer para volver en seguida. En medio de estas luchas, Gabinio regresó de incógnito en Septiembre, seguido pronto por Rabirio, el ministro de la hacienda egipcia, a quien un alzamiento popular tras la marcha de Gabinio obligó a huir. Pero el escaándalo resultó muy grande y la pequeña bandería conservadora quiso aprovecharse de él para atacar en las personas de Gabinio y de Rabirio—ya que era impotente contra César, Craso y Pompeyo—a esta democracia inquieta. Gabinio fue acusado de majestas y de concusión; Rabirio solo de concusion. Pero estos procesos dieron lugar a nuevas intrigas. Pompeyo pretendió en vano inducir a Cicerón a que tomase la defensa de Gabinio; sin embargo, este fue absuelto por una débil mayoría en el primer proceso; y se dispuso a responder en la segunda acusación. Pompeyo hizo nuevas tentativas cerca de Cicerón, y logró persuadirle; luego tomó él mismo la palabra para defender a Gabinio ante el pueblo; leyó cartas de César en su favor; pero Gabinio fue condenado. En cambio, parece que Cicerón logró, algo después, que se absolviese a Rabirio pronunciando un discurso que aún poseemos.

Pero Memmio esperó inutilmente la vuelta de César. Apenas se retiró de Bretaña, cuando ocurrió en la guerra un suceso gravísimo. Tasgecio, a quien César hizo rey de los carnutos, fue asesinado. ¿Iba a comenzar con este asesinato el partido nacional el desquite contra los grandes que consentían en reconocer la dominacion romana? Este hecho, más significativo que grave en sí mismo, inquietó a César hasta el punto de que, para intimidar a la Galia, envió una legión al país de los carnutos. Luego se preparó para regresar a Italia. Pero al ponerse en marcha supo en Samarobrive (Amiens) una noticia mucho más grave. A su vuelta de Bretaña la amenaza del hambre le obligó a dislocar sus legiones para que invernasen en sitios diferentes. Valiéndose de esta dispersion, un pueblecillo de Bélgica, los eburones, se sublevaron a las órdenes de dos nobles, Ambiórix y Catuvolco; éstos sorprendieron y astutamente hicieron salir de su campamento a una legión y cinco cohortes reclutadas poco antes en la Cispadana—probablemente para organizar otra legion—que invernaban en su pais bajo el mando de Titurio y de Arunculeyo, matando a casi todos; luego, habiendo sublevado a otros pueblos, marcharon contra Quinto Cicerón que invernaba en el pais de los nervios, sitiándole en su campamento. La Galia respondía de este modo a la muerte de Dumnorix, el jefe del partido nacional. César tuvo que suspender el viaje y correr inmediatamente en ayuda de Quinto.

De manera que César, absorto en esta guerra, Pompeyo ocupado en las intrigas necesarias para salvar a sus amigos procesados, e impotente el Senado, abandonaban el Estado a la aventura. Se llegó al término del año sin haber hecho una sola elección. A principios del 53 todos los cargos estaban vacantes, y la anarquía era completa.